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Jean-Pierre de Caussade
El abandono en la divina Providencia
Indice (El Indice remite a las páginas de la obra impresa) Introducción, 3. El autor, 3. La obra sobre l'Abandon, 3. La presente edición, 3. Una obra imperfecta, 4. Una obra genial, 4. Algunos avisos, 5. Prefacio, 6. I.- Cómo Dios nos habla y cómo debemos escucharle. Dios habla hoy como ayer, 7. María, abandonada en Dios, 7. Dejémonos llevar por Dios en cada instante, 8. Es camino para todos, 8. II.- Modo de actuar en el estado de abandono y pasividad, y antes de que se haya llegado a él. Estado activo y estado pasivo, 9. Tiempo de abandono, 9. Es ya Dios quien obra en el alma, 10. Voluntad divina ya expresada y voluntad divina providente, 10. Almas llevadas por Dios providente, 11. Parecen despreciables e inútiles, 11. Desasidas y entregadas a Dios, 12. El momento presente, 12. Caminando bajo la guía de un amigo, 12. Vía pura y sencilla, 13. No faltan contradictores, 13. Perseverando en la paz, 14. Dirección espiritual, 14. III.- Disposiciones para el abandono y sus efectos. Docilidad a la voluntad de Dios, 15. Fidelidad a la gracia del momento, 15. Contradicciones, 16. De guiarse a sí mismo a ser guiado por Dios, 16. Un reproche continuo, 17. Pero Dios obra en el centro del alma, 17. Dios oculto y disfrazado, 17. IV.- El estado de abandono, su necesidad y sus maravillas. Voluntad divina, fiesta continua, 19. Impulso continuo de gracia, 19. Camino llano y recto del abandono, 20. Vivir muriendo, 20. El justo vive de la fe, 20. Fuerza y fidelidad de la fe, 21. Fe y abandono entre tormentas, 21. Dios es quien escribe nuestra vida, 22. Confiados, dejémosle hacer a Dios. 22. Abandono y paz en todas las cosas, 23. V.- El estado de pura fe. En pura fe, 24. En puro amor, 24. Abandono confiado, camino universal, 24. Todos llamados a la santidad, 25. Lo de menos es tener o no talentos, 25. Todos los estados son santos y santificantes, 26. Con gracias extraordinarias o sin ellas, 26. Contentos con el don de Dios, 27. Paz bajo la guía de Dios, 27. Tobías, 27. Un corazón puro, 28. Llave de los tesoros celestiales, 29. Dios reina en un corazón puro, 29. VI.- Pura fe y abandono a la acción divina. El Amigo oculto que nos guía en todo, 30. Todo es para bien, 31. Guiados por mociones, más que por ideas, 31. La fidelidad a la obligación lleva a la libertad del amor, 31. Crisis dolorosa, 32. Humillación, 32. Crece el corazón como gusano de seda, 33. De día y de noche, sin saber cómo, 33. VII.- El orden de la Providencia es el que nos santifica. Pequeñez de esta ordenación en aquellos que Dios santifica sin brillo y sin esfuerzos. Ordenación divina providente, 34. Interior instinto, no reflexiones o libros, 34. La ciencia del momento presente, 34. Voluntad divina siempre benéfica, 35. Hace crecer en Cristo día a día, 35. Todo es nada sin la voluntad de Dios, 36. Indiferencia espiritual, 36. Templos de la Trinidad, 36. Quietistas, 37. Dios da un camino a cada alma, 37. El pan vivo del momento presente, 37. Pobre apariencia de la presencia divina, 38. Contentos con el pan que Dios nos da, 38. VIII.- Hay que sacrificarse a Dios por amor al deber. Fidelidad para cumplirlo y parte del alma en la obra de la santificación. Dios hace todo el resto Él solo. Ofrenda sacrificial continua, 39. Voluntad divina obligante y voluntad divina operante, 39. El abandono es fidelidad a toda clase de voluntad divina, 39. Santo desasimiento, 40. Amor puro es puro don de Dios, 40. Amor puro es total indiferencia, 40. Vacío de sí, abnegación perfecta, 41. Vía simple y universal, 41. Pasividad fielmente activa, 42. La Pasión del Señor, 42. Cara fea y cara bella del tapiz, 42. Fieles a los mandamientos, dóciles a la ordenación providente, 43. Deberes generales y deberes particulares, 43. Camino fácil hacia la santidad, 43. Lienzo o piedra que se abandonan al artista, 44. Dejémosle hacer a Dios, 44. Siempre fieles a los deberes propios, 45. Quietismo insensato, 45. No más santos por hacer esto o lo otro, 45. Jesús, María y José, 46. Hay tres deberes, 46. No querer sino lo que Dios quiera, 47. Si se conociera este camino... 47. Misionero de la voluntad divina, 48. IX.- La voluntad de Dios y el momento presente. Tesoro de la voluntad divina, 48. Tesoro del momento presente, 48. Guiarse por la fe, no por los sentidos, 49. María, Jesús, los Magos, los pastores, 49. María, la Virgen fiel, 50. Dios habla en la Escritura y en la vida, 51. Dios sigue hablando en el presente, 51. Aprender a leer en los sucesos diarios, 51. Palabras de Dios escritas no en libros, sino en el corazón, 52. La fe de los santos sabe leer en la vida, 52. Más atención al hoy que al ayer, 53. Atención al Maestro interior, 54. Inmensidad de la acción divina, 54. ¿Por qué se ignora tanto todo esto? 55. Fecundidad grandiosa de la acción divina, 55. Todos podrían llegar a la santidad por esta vía, 55. El Espíritu Santo sigue escribiendo historias sagradas, 56. Eterno plan de Dios hoy, en el tiempo, 56. Felices con el plan de Dios, 57. Vana curiosidad espiritual, 57. Ciencia suprema del plan divino, 58. El justo vive de la fe, 58. El momento presente, 59. Lo único necesario: santificar el nombre de Dios, 59. Job, David, 59. El Padre nuestro, 60. Con libros o sin ellos, con medios o sin medios, 60. Encontrar a Dios en todas las cosas, 61. Con más o con menos talentos, 61. Contentos con lo que Dios dispone, 62. Oyendo a Dios, que nos habla en cada cosa, 63. X.- El secreto de la espiritualidad está en amar a Dios y servirle, uniéndose a su santa voluntad en todo lo que hay que hacer o sufrir. Ver al Señor en todo lo que sucede, 63. Esta fe nos guarda en la paz y el gozo, 64. En la simplicidad del abandono, 64. El abandono todo lo simplifica, 65. La estatua imponente del mundo, hecha de oro y bronce, hierro y barro, 66. El Espíritu divino vence siempre a la Bestia mundana, 67. La victoria cierta de la fidelidad, 67. Lucifer es la rebeldía contra la voluntad de Dios providente, 68. El alma sencilla reconoce y acepta en todo la voluntad de Dios, 68. La ciencia suprema: conocer y aceptar la voluntad de Dios, 68. XI.- En el puro abandono en Dios todo lo que parece obscuridad es actividad de la fe. Caminando a ciegas, en total seguridad, 69. A obscuras, en la paz del abandono, 70. Un cántico nuevo: todo va bien, 71. En tinieblas absolutas, 71. Soñando o despertados por Dios, 72. Trucos del Amor divino providente, 72. Quietistas, 72. En pura fe, en un purgatorio, 72. Un guía amigo nos guía en la noche, 73. Dios conduce en la noche a sus santos, 73. Abandono perfecto de Jesucristo, 73. Camino fácil, sencillo, recto, 74. Camino oculto y obscuro, 74. Evangelio vivo y diario, que sigue escribiendo el Espíritu Santo, 74. La fe sabe leer este Libro de Vida, 75. Espíritu Santo, enséñame a leer el momento presente, 75. Nota bibliográfica, 77. Índice, 80. Jean-Pierre de Caussade (1675-1751), nacido en Quercy, ingresa en la Compañía de Jesús en Tolosa, en 1693, y a partir de 1715 se dedica a la predicación y a la enseñanza, viviendo sucesivamente en varias residencias. Entre 1729 y 1739 es asidua su relación con las religiosas de la Visitación de Nancy, y dirige su casa de ejercicios desde 1733. Varias de estas visitandinas reciben de Caussade un profundo influjo espiritual en dirección espiritual y por carta, y todas ellas a través de frecuentes retiros comunitarios. Especialmente receptiva se muestra la superiora, Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen, que reúne muchas cartas espirituales del Padre. También la sobrina de la M. de Rosen, la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg, superiora desde 1738, tiene en gran estima la enseñanza del Padre de Caussade, y ella también guarda un gran número de cartas suyas de dirección. Estas cartas, con otras instrucciones y avisos del mismo autor, fueron coleccionadas y copiadas varias veces. En 1740, el P. Caussade es destinado a Perpignan como rector del colegio jesuita, y al año siguiente publica sus Instructions spirituelles. La obra sobre L'Abandon Mucho más tarde, en 1861, se publicarán algunos escritos del padre de Caussade sobre el Abandono. En efecto, una colección de cartas e instrucciones suyas dirigidas a sus visitandinas en torno a este tema llega a las manos del eminente jesuita P. Henri Ramière (1821-1884), Director del Apostolado de la Oración y gran apóstol del Corazón de Jesús. Él es quien descubre con entusiasmo la calidad espiritual de estos escritos, y su fuerza doctrinal frente a las tendencias quietistas y jansenistas. Es, pues, el P. Ramière quien reorganiza completamente ese conjunto de escritos, y los publica en París en 1861 con el título L'Abandon à la Providence divine envisagé comme le moyen le plus facile de santification; ouvrage inédit du R. P. J. Pierre Caussade. La obra alcanza gran éxito, y las visitandinas de Nancy le hacen llegar al P. Ramière otros dos cuadernos con 101 y 24 cartas más, de modo que éste, en la quinta edición del libro (1867), integra todas ellas en el tratado sobre el Abandono que se hará clásico. Así fue como, bajo la docta pluma de Ramière, los antiguos escritos del padre de Caussade experimentan un gran número de añadidos aclaratorios, supresiones, glosas e introducciones. L'Abandon viene de este modo a hacerse un clásico de la literatura espiritual moderna, y ha tenido muchas ediciones y traducciones, también en el siglo XX, como puede verse al final en la Nota bibliográfica. La presente edición El jesuita Michel Olphe-Galliard es uno de los mejores conocedores de Jean-Pierre de Caussade en nuestro tiempo, y después de haber publicado las Lettres spirituelles de éste, partiendo de ese trabajo, edita de nuevo L'Abandon à la Providence divine (Desclée de Brouwer, París 1962, 324 pgs.; ib. 1966, 151 pgs.). En estas ediciones no reproduce ya el texto retocado por Ramière, sino que se limita a publicar los auténticos escritos del padre de Caussade sobre el abandono. Pues bien, de esta última edición de los escritos originales de Caussade sobre el Abandono (1966) hemos realizado la traducción que aquí ofrecemos. Sólo nos hemos permitido introducir en el texto unos subtítulos que faciliten su lectura, y hemos añadido también entre corchetes las referencias de los lugares citados en el texto, bíblicos casi todos. Buena parte de estas referencias se incluyen ya en la edición de Olphe-Galliard. Una obra imperfecta El Abandono del P. de Caussade es sin duda una obra imperfecta, ante todo, porque se trata principalmente de un conjunto de cartas ocasionales de dirección espiritual o de fragmentos de instrucciones. Esto implica inevitablemente un gran desorden en la exposición de las ideas, una falta de precisión teológica en ciertas expresiones -normal en un género íntimo y epistolar-, y también un cierto énfasis ocasional y literario, que no siempre guarda del todo la armonía propia de una verdad espiritual completa. Pero la mayor imperfección, también debida a las causas señaladas, viene constituida por las frecuentes reiteraciones. La obra, en efecto, es una serie de «variaciones sobre un mismo tema», el tema precioso del abandono en la acción divina providente. Podría asemejarse al Bolero de Maurice Ravel, donde un mismo tema melódico se repite una y otra vez a lo largo de la obra, con maravillosas variaciones tímbricas y rítmicas de la orquesta. Una obra genial A pesar de estas imperfecciones, en cierto modo necesarias, el Abandono del Padre de Caussade es un obra genial. No significa esto que sea absolutamente original; si así lo fuera, sería ajena a la mejor tradición espiritual cristiana, y por tanto falsa. No, la espiritualidad del abandono, muy al contrario, tiene innumerables precedentes. En realidad, el tema del abandono espiritual, aunque expresado con otros términos, está presente en toda la historia de la espiritualidad cristiana, desde su inicio. Si buscamos los precedentes más próximos al abandono de Caussade, habremos de recordar, por ejemplo, la indiferencia espiritual de San Ignacio de Loyola (1491-1556, «Ejercicios espirituales» 16, 23, 234) ; la conformidad con la voluntad de Dios, enseñada por el jesuita Alonso Rodríguez (1526-1616, «Ejercicio de perfección», I, cp. 8) y por tantos otros autores; el abandono confiado de San Francisco de Sales (1567-1622, «Traité de l'Amour de Dieu», lib. 8-9); o el notable «Discours sur l'acte d'abandon à Dieu», de Bossuet (1627-1704).Parece cierto, sin embargo, que el Padre de Caussade, por especial don de Dios, ha vivido personalmente y ha expresado con genial elocuencia la santificación diaria del momento presente, la fuerza santificante de las pequeñas cosas de cada día, en las que la fe ha de captar continuamente la ordenación bondadosa de la Providencia divina. El mismo de Caussade se confiesa misionero de la voluntad divina: «Dios mío, yo quiero con toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad, y enseñarle a todo el mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de todos como la santidad». Basta para alcanzar ésta vivir fielmente las pequeñas cosas de la vida diaria, cumpliendo bien los deberes del propio estado, sea el que fuere, y mantener siempre y en toda circunstancia, con la gracia de Dios, un fiat permanente a la voluntad divina. A partir de la publicación, en 1861, del Abandono del P. de Caussade, el espíritu de esta obra, e incluso no pocas de sus expresiones e imágenes concretas, reaparecen una y otra vez en muchos autores espirituales, sobre todo de la tradición francesa. Hallamos, por ejemplo, su indudable influjo, directo o indirecto, en la infancia espiritual, es decir, en el caminito de Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), en el santo abandono del cisterciense Vital Lehodey (1857-1948), o en el precioso libro La Providence et la confiance en Dieu: fidélité et abandon (1953), del dominico Réginald Garrigou-Lagrange. Algunos avisos Con mucha alegría, pues, ofrecemos ahora una nueva edición del Abandono del padre de Caussade. Y lo hacemos sin reserva alguna, seguros de que los lectores actuales están muy lejos de verse tentados a error por las imprecisiones que puedan darse en esta obra. El autor, es cierto, de tal modo enfatiza en estos textos la fuerza santificante del momento presente que en algunas páginas apenas alude al tema del discernimiento, como si el momento presente expresara siempre de modo inequívoco la moción de gracia que Dios ofrece con él. Tampoco dice casi nada, por ejemplo, de la Eucaristía y de los sacramentos, como clave decisiva de toda la santificación cristiana, o de la importancia de la pobreza, de la mortificación, de la fidelidad a una regla de vida o de la perseverancia en ciertas prácticas religiosas. Cuando este autor, en fin, ensalza tanto la fuerza santificadora del momento presente, tenga éste la forma que tenga, podría también malentenderse su enseñanza, como si en orden a la santidad viniera a dar lo mismo pobreza o riqueza, vivir de este modo o de tal otro. Pero él sabe bien que la conversión cristiana, bajo la acción del Espíritu Santo, implica renovaciones no sólo interiores, en el corazón, sino también exteriores, en los modos de vida, y que a veces estas renovaciones han de ser muy grandes: «vino nuevo en odres nuevos» (Mt 9,17). Sin ellas se puede echar a perder la vida interior. Muchas de las objeciones que se pueden hacer -y se han hecho- a de Caussade han de resolverse alegando que él da por supuestas muchas cuestiones ascéticas propias de una vida espiritual incipiente, pues sus escritos van dirigidos a personas de vida espiritual avanzada. Notemos, por ejemplo, que tampoco en San Juan de la Cruz la vida litúrgica y sacramental es presentada con frecuencia en sus obras mayores como la clave de toda conversión de vida, sin que por eso el Santo Doctor ignore esta verdad. Simplemente, un escritor habla de lo que está tratando, sin que por eso niegue intencionalmente o menosprecie necesariamente lo que silencia. Otras veces de Caussade, llevado por su impulso literario, encarece en gran medida la lectura del Libro de la Vida diaria, recordando escasamente que sin la Sagrada Escritura y los libros espirituales apenas es posible entender nada del libro diario que el Espíritu Santo escribe en nosotros. Pero se trata sólo de contraposiciones retóricas, literarias, expresadas en un género epistolar exhortativo. Por otra parte, aunque de Caussade diga con cierta frecuencia que la acción divina necesita encontrar corazones sencillos para realizar su obra, es claro que, hablando de Dios, se trata de expresiones antropomórficas, que han de ser bien entendidas. El autor sabe perfectamente que toda la buena voluntad que Dios encuentra en el hombre procede de Su gracia previa, ha sido causada por ella, y que Él, propiamente, no necesita hallar en la persona nada precedente a su gracia para poder concederle sus dones. Precisamente, la primacía de la gracia -total, continua, universal- es una de las verdades más claramente expuestas por de Caussade. Todos estas insuficiencias de la presente obra son perfectamente explicables si tenemos en cuenta que se trata de un conjunto ocasional de cartas y de instrucciones dadas por el autor sobre el tema concreto del abandono. Entre ya, pues, el lector en los escritos del padre de Caussade sobre el Abandono en la Providencia divina. Por sí mismo comprobará que este religioso ejemplar, como Santa Teresa, nunca habla sino de lo que él mismo ha experimentado profundamente en sí y en otros. Y en muchas de las páginas que siguen hallará luces tan verdaderas y tan bellas que solamente pueden proceder del Espíritu Santo. José María Iraburu [El breve prefacio que sigue, según Olphe-Galliard, parece haber sido escrito por la Madre Marie-Anne-Sophie de Rottembourg, para presentar el manuscrito que, por iniciativa suya, compuso hacia 1740 su tía, la Madre Marie-Anne-Thérèse de Rosen (+1747)]. Esta breve obra se compone de cartas escritas por un eclesiástico a la superiora de una comunidad religiosa. En ella se ve claro que el autor fue un hombre espiritual, interior y gran amigo de Dios. Él descubre en sus cartas, aquí abreviadas a veces, el verdadero método, el más corto y realmente el único para llegar a Dios. Feliz aquél que reciba fielmente estas lecciones. Los pecadores encontrarán cómo redimir sus pecados, expiando las acciones cumplidas por su propia voluntad, por la adhesión única a la voluntad de Dios. Y los justos comprobarán que, con muy poco esfuerzo y trabajo en sus ocupaciones y quehaceres, podrán llegar muy pronto a un alto grado de perfección y a una eminente santidad. No es otro el fin que aquí se pretende sino la mayor gloria de Dios y la santificación del lector. [Las páginas que siguen son ya textos escritos por el padre Jean-Pierre de Caussade]. Capítulo I Cómo Dios nos habla y cómo debemos escucharle Dios habla hoy como ayer Dios nos sigue hablando hoy como hablaba en otros tiempos a nuestros padres, cuando no había ni directores espirituales ni métodos. El cumplimiento de las órdenes de Dios constituía toda su espiritualidad. Ésta no se reducía a un arte que necesitase explicarse de un modo sublime y detallado, y en el que hubiese tantos preceptos, instrucciones y máximas, como parece exigen hoy nuestras actuales necesidades. No sucedía a así en los primeros tiempos, en que había más rectitud y sencillez. Entonces se sabía únicamente que cada instante trae consigo un deber, que es preciso cumplir con fidelidad, y esto era suficiente para los hombres espirituales de entonces. Fija su atención en el deber de cada instante, se asemejaban a la aguja que marca las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio que debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por el impulso divino, se volvían fácilmente hacia el nuevo objeto que Dios les presentaba en cada hora del día. María, abandonada en Dios Éstos eran los ocultos medios de la conducta de María, la más simple de todas las criaturas y la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al ángel, contentándose con decirle: Hágase en mí según tu palabra [Lc 1,38], sintetiza toda la teología mística de sus antepasados. Entonces como ahora, todo se reducía al más puro y sencillo abandono del alma a la voluntad de Dios, bajo cualquier forma que se presentase. Esta disposición, tan alta y bella, que constituía el fondo del alma de María, brilla admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat mihi. Es la misma exactamente que aquellas otras que nuestro Señor quiere que tengamos siempre en nuestro corazón y en nuestros labios: Hágase tu voluntad [Mt 6,10]. Es verdad que lo que se exige de María en este solemne instante es gloriosísimo para ella; pero todo el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la voluntad de Dios la que mueve su corazón. Esta voluntad de Dios es la regla única que María sigue y que en todo ve. Sus ocupaciones todas, sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que sombras, más o menos brillantes, en las que encuentra siempre e igualmente con qué glorificar a Dios, reconociendo en todo la mano del Omnipotente. Su espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que debe hacer o padecer en cada momento como un don de la mano de Aquél que llena de bienes un corazón que no se alimenta sino de Él, y no de sus criaturas. La virtud del Altísimo la cubrirá con su sombra [+Lc 1,35], y esta sombra no es sino lo que cada momento presenta en forma de deberes, atracciones y cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la naturaleza, se esparcen sobre los objetos sensibles, como velos que los ocultan. Y del mismo modo, en el orden moral y sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias, encubren la verdad de la voluntad divina, la única realidad que merece nuestra atención. Así es como María se encuentra siempre dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre sus facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena su fe de Aquél que es siempre el mismo. Retírate ya, arcángel, que eres también una sombra. Pasó tu instante y desapareces. María sigue y va siempre adelante, y tú ya estás muy lejos. Pero el Espíritu Santo, que bajo el aspecto sensible de esa misión ha entrado en ella, ya nunca la abandonará. Casi no vemos rasgo alguno extraordinario en el exterior de la santísima Virgen. No es, al menos, eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren las personas de su condición. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara la persecución de Herodes; y vive con Jesús y José, que trabajan para procurarse el pan cotidiano. Dejémonos llevar por Dios en cada instante Pero ¿de qué pan se alimenta la fe de María y de José, cuál es el sacramento de todos sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre bajo la apariencia común de los acontecimientos que los llenan? Lo que allí sucede es visible, es lo que ordinariamente vemos en todos los hombres; pero lo invisible que la fe allí descubre y reconoce es nada menos que el mismo Dios realizando obras grandes [Lc 1,49]. ¡Oh Pan de los ángeles, maná celeste, perla evangélica, sacramento del momento presente! Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan viles del estable y la cuna, la paja y el heno... ¿Pero a quién se lo das? A los hambrientos los colma de bienes [1,53]. Dios se revela a los pequeños en las cosas más pequeñas; y los grandes, que solo miran la apariencia, no le reconocen, no lo descubren ni aun en las grandes. ¿Hay algún modo secreto para encontrar este tesoro, este grano de mostaza, esta dracma? En absoluto. Es un tesoro que está en todas partes, y que se ofrece a nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas todas, amigas y enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo hacen fluir por todas las facultades de nuestro cuerpo y potencias de nuestra alma, hasta el centro mismo del corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos será llenada. Sí, la acción divina inunda el universo, penetra y envuelve todas las criaturas, y en cualquier parte que estén ellas, ella está, las adelanta, las acompaña, las sigue. Lo único que hay que hacer es dejar llevar por su impulso. Es camino para todos Quiera Dios que los reyes y sus ministros, los príncipes de la Iglesia y del mundo, sacerdotes, soldados, ciudadanos, todos, en una palabra, se convenzan de la facilidad con que pueden llegar a una santidad eminente. Para conseguirla sólo es necesario cumplir fielmente con los sencillos deberes del cristianismo y del propio estado, abrazar con paciencia las cruces que éstos traen consigo, someterse a los designios de la Providencia, cumpliendo incesantemente todo cuanto el presente nos ofrezca para hacer o padecer. Ésta es toda la espiritualidad que santificó a los Patriarcas y Profetas, cuando todavía no existían tantos métodos y maestros. Ésta es la espiritualidad de todas las edades y de todo estado, que ciertamente no pueden santificarse de un modo más alto, más extraordinario, y al mismo tiempo, más fácil: la práctica sencilla de aquello que Dios, único director de las almas, les da en cada momento para hacer o sufrir, al mismo tiempo que se obedecen las leyes de la Iglesia o las del príncipe. Si se viviera así, los mismos sacerdotes apenas serían necesarios, más que para los sacramentos. Las demás cosas, sin ellos, resultarían santificantes en todos y en cada uno de los momentos. Y esas almas sencillas, que no se cansan de consultar sobre los medios para ir a Dios, se verían liberadas de fardos pesados y peligrosos, que aquellos que disfrutan gobernándolas les imponen sin necesidad. Capítulo II Modo de actuar en el estado de abandono y pasividad, y antes de que se haya llegado a élEstado activo y estado pasivo Hay un tiempo en que el alma vive en Dios, y otro en que Dios vive en el alma. Y lo que es propio de uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando Dios vive en el alma, ésta debe abandonarse totalmente a su providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe proveerse con mucha solicitud y regularidad de todos los medios de los que puede aprovecharse para llegar a esa unión con Dios. En efecto, todos sus caminos están trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su guía está a su lado, y todo está regulado, hasta las horas de hablar. Tiempo del abandono Pero cuando Dios vive en el alma, ella no ha de hacer nada desde sí misma, sino aquello que le es dado hacer en cada momento movida por el principio que la anima. Ya no hay provisiones, ni caminos trazados. Es como un niño a quien se lleva donde se quiere, y que se limita a ver las cosas que se le van presentando. No hay ya libros señalados para esta persona. No raras veces se ve privada de director espiritual, y Dios las deja sin otro apoyo que Él mismo. Permanece así en la tiniebla y el olvido, el abandono, la muerte y la nada. Esta persona experimenta sus necesidades y miserias sin saber por dónde ni cuándo le verá el auxilio. Simplemente, espera en paz y sin inquietud que le venga la asistencia, puestos sólo en el cielo los ojos de su esperanza. Dios, que en esta esposa suya no halla ninguna disposición más pura que esta total dimisión de todo lo que ella es, para solamente ser por gracia y por acción divina, le proporciona oportunamente libros y pensamientos, proyectos y avisos, consejos y ejemplos de sabiduría. Todo lo que las otras almas encuentra con su esfuerzo, ésta lo recibe en su abandono. Todo lo que las otras guardan con precaución, para retomarlo cuando les convenga, ella lo recibe en el momento en que lo necesita, admitiendo precisamente sólo aquello que Dios tiene a bien darle, para así vivir solamente de Él. Las otras almas emprenden para la gloria de Dios un sin fin de cosas, pero ésta a veces está en un rincón del mundo, como los restos de un vasija rota, que yo se sirva para nada. El alma que se ve en tal estado, desprendida de las criaturas, pero gozando de Dios por un amor muy real, muy verdadero, muy activo, aunque infuso, en el reposo, no se inclina a ninguna cosa por su propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en sus manos para servirle de la manera que Él disponga. Muchas veces ignora para qué sirve, pero Dios lo sabe bien. Quizá los hombres la estimen inútil, y las apariencias apoyan este juicio; pero la verdad es que, por medios y secretos y canales desconocidos, ella difunde una infinidad de gracias sobre personas que muchas veces la ignoran y en las que ella tampoco piensa. Es ya Dios quien obra en el alma En esta almas solitarias, todo es eficacia, todo predica, todo es apostólico. Dios da a su silencio, a su reposo, a su olvido, a su desprendimiento, a sus palabras, a sus gestos, una cierta virtud que opera sin ellas saberlo en las almas. Y como estas almas son dirigidas por las acciones ocasionales de mil criaturas, de las que se sirve la gracia para instruirles sin que ellas de den cuenta, así también sirven ellas de confortación y de dirección a no pocas almas, sin que exista para ello ninguna vinculación o relación expresa. Es Dios quien obra en estas almas, pero por movimientos imprevistos y muchas veces desconocidos, de manera que son como Jesús, del que manaba una virtud que curaba a otros [Lc 6,19]. La diferencia está en que ellas no sienten la irradiación de esa virtud, a la que no contribuyen por una cooperación activa; son, más bien, como un bálsamo oculto, cuyo perfume se siente sin conocerlo, y que él mismo se ignora. El estado espiritual que describo se parece sobre todo al estado de Jesús, de la santísima Virgen y de San José. Voluntad divina ya expresada y voluntad divina providente Se trata de una plena dependencia respecto a lo que Dios quiera y de una pasividad continua para ser y para obrar, según la libre voluntad de Dios. Y aquí es preciso destacar que ésta es una voluntad desconocida, imprevisible, fortuita o, por así decirlo, casual. Yo le llamaría una voluntad de pura providencia, para distinguirla de aquella voluntad que señala obligaciones precisas, de las que nadie puede dispensarse. Pues bien, dejando aparte esta voluntad señalada y precisa, digo que estas almas a las que me refiero viven pendientes de esa otra que yo llamo de pura providencia. Y así sucede que su vida, aunque muy extraordinaria, no ofrece sin embargo nada que no sea muy común y ordinario. Son personas que cumplen sus deberes religiosos y los de su estado, lo mismo que aparentemente vienen haciendo los demás. Almas llevadas por Dios providente Observadles con atención, y no apreciaréis nada impresionante, ni especial. Todas ellas viven el curso de los acontecimientos ordinarios, y aquello que podría distinguirlas no resulta asequible a los sentidos. Lo que parece representar todo para ellas es esa dependencia continua que mantienen respecto de la voluntad de Dios. Esta voluntad de pura providencia las hace siempre señoras de sí misas, por la continua sumisión de su corazón. Y se que cooperen ellas expresamente o que obedezcan sin advertirlo, están sirviendo para el bien de las almas. No hay honores ni salarios para un servicio que, a los ojos del mundo, cumplen estas almas en la mayor desnudez e inutilidad. Libres, por su situación, de casi todas las obligaciones exteriores, estas almas son poco aptas para el trato mundano o para los negocios, lo mismo que para las reflexiones o conductas complicadas. No es fácil servirse de ellas para nada, y más bien dan la imagen de personas débiles de cuerpo y de espíritu, de imaginación y de pasiones. No se les ocurre nada, no piensan en nada, no preven nada, no se toman a pecho nada. Son, por decirlo así, muy bastas, y no se ve en ellas el adorno que la cultura, el estudio y la reflexión dan al hombre. Se ve en ellas lo que la naturaleza muestra en los niños que no han recibido aún formación alguna de sus maestros. Son en ellas patentes ciertos pequeños defectos, de los que no son más culpables que esos niños sin formación, pero que chocan más vistos en ellas que en éstos. Y es que Dios despoja a estas almas de todo, menos de la inocencia, para que no tengan nada sino a Él mismo. Parecen despreciables e inútiles El mundo, que ignora este misterio, y que sólo juzga por las apariencias, no encuentra en estas almas absolutamente nada de lo que él le agrada y estima. Las rechaza y desprecia. Más aún, vienen a hacerse piedras de escándalo para todos. Cuanto más se las conoce, menos se entienden y más oposición suscitan. En realidad, no se sabe qué decir o pensar de ellas. Hay algo, sin embargo, no se sabe qué, que habla a su favor. Pero en lugar de seguir este instinto, o al menos en lugar de suspender el juicio, se prefiere seguir la malignidad. Y así se espía sus acciones con mala intención, y lo mismo que los fariseos reprobaban las maneras de Jesús, se mira a estas almas con prejuicios negativos, que todo lo hacen parecer ridículo o culpable. Y a esto se junta que estas pobres almas se ven a sí mismas como inferiores. Unidas simplemente a Dios por la fe y el amor, todo lo sensible que ven en sí mismas les parece un desorden. Y eso les previene aún más contra sí mismas, cuando se comparan con quien pasan por santos, personas bien capaces de sujetarse a reglas y métodos, que en toda su personas y sus acciones dan un testimonio de vida ordenada. Entonces, la vista de sí mismas les llena de confusión y les resulta insoportable. De ahí nacen así, del fondo de su corazón, suspiros y gemidos amargos, que no expresan sino ese exceso de dolor y de aflicción que les abruma. Acordémonos de que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo; él estaba aniquilado como hombre, y como Dios, lleno de gloria. Estas almas, sin participar de su gloria, sienten sólo esas aniquilaciones que en ellas producen sus tristes y dolorosas apariencias. A los ojos del mundo vienen a ser lo que era Jesús a los ojos de Herodes y de su corte. De todo esto, me parece, es fácil concluir que estas almas de abandono no pueden, al contrario de las otras, ocuparse en deseos, búsquedas, cuidados, ni tampoco vincularse a ciertas personas o actividades, ni sujetarse a ciertos métodos o planes bien concertados para hablar, obrar o leer. Todo esto supondría que estaban en condiciones de disponer de sí mismas; pero todo eso viene excluido por el mismo estado de abandono en el que se encuentran. Desasidas y entregadas a Dios En este estado -es un estado de vida-, la persona está en Dios por una cesión plena y completa de todos sus derechos sobre sí misma, sobre sus palabras y acciones, pensamientos y proyectos, sobre el empleo de su tiempo y sobre todas las relaciones que pueda tener. Solamente permanece un solo deber que cumplir: tener siempre los ojos fijos sobre el Señor que se ha dado, y mantenerse siempre a la escucha, para adivinar y captar su voluntad, ejecutándola al instante. Ningún ejemplo mejor que el de un servidor que no está junto a su señor sino para obedecer a cada instante todas las órdenes que le pueda dar, y que de ningún modo está para emplear su tiempo en gestionar sus propios asuntos, que debe abandonar, para permanecer al servicio de su Señor en todo momento. De este modo, estas almas de las que hablamos son, por su estado, solitarias y libres, desasidas de todo, para contentarse con amar en paz a Dios, que las posee, y con cumplir fielmente el deber presente, según la voluntad expresada por Dios, sin permitirse ninguna reflexión, ni andar dando vueltas para examinar consecuencias, causas o motivos. Ha de bastarles ir adelante cumpliendo con sencillez sus deberes, como si no hubiera en el mundo otra cosa que Dios y esta apremiante obligación. El momento presente El momento presente es, pues, como un desierto, donde el alma sencilla sólo ve a Dios, y de Él goza, sin ocuparse de nada más que de lo que Él quiera de ella: todo lo demás queda a un lado, olvidado, abandonado a la Providencia. Esta alma, como un instrumento, no recibe ni hace sino en la medida en que la acción íntima de Dios la ocupa pasivamente en ella misma o la aplica a lo exterior. Y esta dedicación a lo exterior va acompañada por su parte con una cooperación libre y activa, aunque infusa y mística. Dios, por tanto, contento de su buena disposición y hallando en ella cuanto es preciso para que actúe en cuanto Él lo ordene, le ahorra trabajos, dándole aquello que de otra manera hubiera sido fruto de sus esfuerzos y del ejercicio de su buena voluntad. Caminando bajo la guía de un amigo Es como si alguien, viendo que un amigo va a hacer un viaje, para ayudarle, penetrase al punto en este amigo, y bajo su apariencia, hiciese el camino por su propia actividad, de tal modo que a este amigo no le quedara sino la voluntad de andar, mientras iba caminando llevado por este ajeno impulso. Este caminar sería libre, puesto que sería efecto de la determinación libre del amigo que así era ayudado; sería activo, ya que se trataría de un caminar real; sería infuso, pues se realizaría sin acción propia; y sería místico, puesto que su principio permanecería oculto. En todo caso, para explicar la clase de cooperación que se da en esta marcha imaginaria, adviértase que es completamente diversa del cumplimiento que ese amigo hace de sus obligaciones. Aquí la acción por la que las cumple no es mística ni infusa, sino libre y activa, como se comprende obviamente. Y así, en la obediencia a la voluntad de Dios que se da en el abandono y la pasividad, el alma no pone nada de su parte, fuera de su habitual buena voluntad general, que quiero todo y no quiere nada, es decir, que se hace un instrumento sin acción propia desde el momento en que se pone en manos del obrero. Por el contrario, la obediencia que se presta a la voluntad de Dios manifestada y determinada se produce en un estado común de advertencia, de solicitud atenta, de prudencia y discreción, según que la gracia actúe sensiblemente o deje a la persona en sus esfuerzos ordinarios. Vía pura y sencilla En el abandono, pues, el alma deja que Dios actúe en todo lo demás, guardándose sólo para sí el amor y la obediencia al deber presente, pues en esto el alma actuará siempre. Este amor del alma, infuso en el silencio, es una verdadera acción, a la que ella se obliga perpetuamente. Debe, en efecto, conservarla sin cesar y mantenerse continuamente en estas disposiciones en que el deber la pone, lo cual el alma no puede hacer, evidentemente, sin actuar. Y así esta obediencia al deber presente es al mismo tiempo una acción por la que ella se consagra entera a la voluntad exterior de Dios, sin esperar nada extraordinario. Ésta es, pues, la regla, el método, la ley, la vía pura, sencilla y segura de esta alma: una ley invariable, que está vigente en todo tiempo, lugar y circunstancia de vida. Es una línea recta, por la que el alma camina valiente y fielmente, sin desviarse a derecha o a izquierda, y sin ocuparse de otra cosa. Y todo lo que vaya más allá de esto es recibido por ella pasivamente y realizado en el abandono. Es decir, es activa en todo lo que viene prescrito por el deber presente, y es, en cambio, pasiva y abandonada en todo lo demás, en lo que no hace nada por sí misma, sino acoger en paz la moción divina. No hay camino espiritual que sea más seguro que esta sencilla vía, ni que sea tan claro y fácil, tan amable y tan libre de errores e ilusiones. La persona ama a Dios, cumple sus deberes cristianos, frecuenta los sacramentos, practica las obras exteriores de religión que obligan a todos, obedece a sus superiores, cumple sus deberes de estado, resiste continuamente las tentaciones de la carne, la sangre y el demonio. Nadie, en efecto, es más atento y vigilante para cumplir con sus obligaciones que las almas que van por esta vía. No faltan contradictores Y si ésta es la verdad, ¿cómo es posible que tantas veces sean objeto de contradicción? Una de las contradicciones que más frecuentemente han de sufrir consiste en que, después de que han cumplido con lo que los doctores más estrictos exigen de todos los cristianos, todavía se pretende imponerles ciertas prácticas enojosas, a las que la Iglesia no obliga en modo alguno. Y si ellas se resisten, son acusadas de espiritualidad ilusoria. Pero analicemos el asunto. Si un cristiano se limita a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y en todo lo demás, sin meditaciones y contemplaciones, sin lecturas ni dirección espiritual, se entrega al trato mundano o a otros asuntos de la vida civil ¿puede decirse que va descaminado? A nadie se le ocurre ni remotamente acusarle de ello. Pues bien, comprendamos que mientras no se moleste para nada al cristiano que acabo de describir, es de justicia no inquietar a esta alma que, no solamente cumple los preceptos como aquél, e incluso mejor, sino que añade prácticas interiores y exteriores de piedad, que el otro ni siquiera conoce o, si las conoce, las mira con indiferencia. A pesar de todo, el prejuicio llega a afirmar que esta alma se engaña, se equivoca, pues después de someterse a todo lo que la Iglesia prescribe, se considera libre para entregarse sin trabas a los íntimos impulsos de Dios, y para seguir las mociones de su gracia en todos los momentos en los que no se ve expresamente obligada a nada concreto. En una palabra, se le condena porque se dedica a amar a Dios en el tiempo que otros dedican al juego o a sus asuntos mundanos. ¿No es esto una injusticia manifiesta? Es preciso insistir en ello. Si uno se mantiene en el nivel y estilo comunes, aunque sólo se confiese una vez al año, nadie tiene nada que decir, y se le deja vivir en paz, contentándose eventualmente con exhortarle a algo más, eso sí, sin presionarle demasiado y sin hacérselo sentir como una obligación. Ahora bien, si alguno se sale de la costumbre común, enseguida se le abruma con normas, reglas y métodos. Y si él no pasa por ello, y no acepta lo que el arte de la piedad ha establecido, o si no lo observa con constancia, la cosa es clara: todos temen por él, y su camino resulta claramente sospechoso. Ahora bien, ¿no es cosa sabida que todas las prácticas, por buenas y santas que sean, no son, después de todo, sino caminos que conducen a la unión con Dios? ¿Para que, pues, ha de ejercitarse en ellas aquél que no está ya en el camino, sino en la meta? Todo esto, sin embargo, se le exige a esta alma, que se supone víctima de engañosas ilusiones. En realidad ella hizo el camino como los demás, siguiendo al principio fielmente todas las prácticas normales. Pero ahora van a esforzarse en vano quienes pretendan que siga sujeta a ellas. Una vez que Dios, conmovido por los esfuerzos que ella hizo para avanzar con esos medios, ha venido junto a ella, tomando a su cargo conducirla a la feliz unión; una vez que ella ha llegado a esa hermosa zona, en la que solamente se respira el abandono, y en donde comienza a poseerse a Dios por el amor; una vez, en fin, que Dios bondadoso, sustituyendo sus empeños y esfuerzos, se ha hecho principio de su actividad, ya los pasados métodos han perdido para ella toda su utilidad, y no son más que un camino ya recorrido, que quedó atrás. Exigirle, pues, al alma que vuelva a adoptar aquellos métodos o que continúe siguiéndolos, equivale a pretender que abandone el término al que llegó, para volver al camino que a él le condujo. Perseverando en la paz Son pretensiones y esfuerzos vanos. Si esta alma tiene algo de experiencia, no se afectará en nada al oír este griterío, y permanecerá sin turbación ni inquietud alguna en esa paz tan íntima, en la que con tanto fruto se ejercita su amor. En ese centro es donde hallará su descanso o, si se quiere, ahí encontrará la línea recta trazada por el mismo Dios, la que ella seguirá siempre. Avanzará continuamente por ella, y en cada momento todos sus deberes le serán marcados siguiendo la dirección de esta línea. A medida que se vayan éstos presentando, ella los cumplirá sin vacilaciones y sin prisas. Y en todo lo demás guardará una absoluta libertad, siempre pronta a obedecer las mociones de la gracia en cuanto las sienta, abandonándose así al cuidado de la Providencia. Dirección espiritual Por lo demás, esta alma necesita menos que otras la dirección espiritual, pues no ha llegado donde está sino por medio de muy expertos y excelentes directores, y es algo providencial que ahora se quede sin ayuda, cuando el que tenía está lejos o murió. Incluso en este caso está dispuesta a dejarse guiar, y espera con paz el momento de la acción de la Providencia, sin pensar ya después en ello. De vez en cuando, en este tiempo de privación, encontrará personas, sin conocerlas ni saber de dónde provienen, por las que sentirá una secreta confianza que Dios le inspira. Él quiere servirse de ellas como de una señal, por la que comunicarle alguna luz, aunque sólo sea pasajera. El alma, entonces, consulta y sigue con toda docilidad los consejos que recibe. Pero cuando faltan estas ayudas, guarda fidelidad a las orientaciones que le fueron dadas por su primer director. Y así está siempre muy dirigida, bien por los antiguos consejos recibidos hace tiempo, o bien por estos avisos ocasionales. A éstos se atienen ellas hasta que Dios les dé alguien a quien puedan confiarse por completo, o hasta que se los lleve de este mundo, después de que ellas hayan caminado en el abandono bajo su guía. Capítulo III Disposiciones para el abandono y sus efectos Docilidad a la voluntad de Dios ¡Qué desasido hay que estar de todo lo que se siente o se hace para caminar por esta vía, en la que sólo cuenta Dios y el deber de cada momento! Todas las intenciones que vayan más allá de esto deben ser eliminadas. Es preciso limitarse al momento presente, sin pensar en el precedente, ni en el que va a seguir. Guardando siempre a salvo, por supuesto, la ley de Dios, hay algo interior que te está diciendo: «Me veo ahora inclinado a esa persona, a este libro, a recibir o a dar tal advertencia, a presentar cierta queja, a abrirme a esa persona o a recibir sus confidencias, a dar tal cosa o a hacer tal otra». Es preciso, entonces, seguir lo que se presenta como moción de la gracia, sin apoyarse ni un sólo momento en las propias reflexiones, razonamientos o esfuerzos. Hay que tener presente todo esto, pero para el momento en que Dios venga, sin realizar opciones propias. Dios nos da su voluntad, ya que en este estado Él vive en nosotros. En efecto, la voluntad de Dios ha de ocupar aquí el lugar de todos nuestros apoyos ordinarios. Fidelidad a la gracia del momento Cada momento va urgiendo la acción de cada una de las virtudes. Y el alma abandonada responde con fidelidad en cada instante, de modo que aquello que ha leído o escuchado lo tiene tan presente, que el novicio más abnegado no cumple mejor que ella sus deberes. Eso lleva consigo, por ejemplo, que estas almas son llevadas una vez a esta lectura, otra vez a otra, o bien a hacer tal observación o cierta reflexión sobre sucesos mínimos. En un momento concreto, les da Dios aliciente para instruirse en una doctrina, y en otro va a sostenerles en la práctica de la virtud. En todas las cosas que van haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior para hacerlas, sin saber por qué. Todo lo que podrían decir vendría a ser: «Me siento inclinado a escribir, a leer, a preguntar, a mirar tal cosa. Sigo esta atracción, y Dios, que me la da, pone en mis potencias un fondo y una reserva de cosas particulares, para ser en seguida el instrumento de otras inclinaciones, que me darán el uso de esa riqueza y reserva, para mi provecho y el de los demás». Esto requiere que estas almas sean sencillas, dúctiles, ligeras y dóciles al menor soplo de estos impulsos íntimos, casi imperceptibles. Dios, que es su Señor, tiene derecho a aplicarlas a todo lo que sea para su gloria. Y si ellas pretenden resistir esas mociones, aferrándose a las reglas de vida por las que se rigen las almas que avanzan con esfuerzo y modos propios, se privarían así de mil cosas necesarias para cumplir los deberes de los días futuros. Contradicciones Sucede, sin embargo, que como se ignora esto, se les juzga, y se les censura por su simplicidad, y ellas, que no censuran a nadie, que aprueban todos los estados, y que saben discernir perfectamente los grados y progresos, se ven despreciadas por estos falsos sabios, que no están en condiciones de gozar de esa dulce y cordial sumisión a las órdenes de la Providencia. ¿Aprobarían estos sabios mundanos aquella continua inestabilidad de los Apóstoles, que no les dejaba establecerse en ninguna parte? Ni siquiera los espirituales ordinarios son capaces de sufrir a estas almas que viven así, pendientes en cada momento de la Providencia. Sólo algunas almas que son como ellas las aprueban, y Dios, que instruye a los hombres por medio de hombres, hace que aquellos que son sencillos y fieles para abandonarse a Él, encuentren siempre algunas almas de esta naturaleza. De guiarse a sí mismo a ser guiado por Dios Hay un tiempo en el que quiere Dios ser por sí mismo la vida del alma, y perfeccionarla directamente y de un modo secreto y desconocido. Entonces, todas las ideas propias, luces y maneras, búsquedas y razonamientos, no son sino una fuente de ilusiones. Y cuando el alma, después de muchas experiencias de desatinos debidos a sus modos propios, reconoce finalmente su inutilidad, se da cuenta de que el mismo Dios ha ocultado y confundido todos los medios con el fin de hacerle encontrar la vida en Sí mismo. Convencida, entonces, de que por sí misma no es más que una pura nada, y de que todo cuanto saque de su propio fondo sólo le servirá de perjuicio, se abandona del todo a Dios, para no tener nada más que a Él, y vivir sólo de Él y para Él. Desde ese momento es Dios para el alma una fuente de vida, no por ideas, luces y reflexiones, que como he dicho, son sólo una fuente de ilusiones, sino por la eficacia y la realidad de las gracias que derrama en ella, aunque ocultas bajo apariencias encubiertas. Y aunque la obra divina es desconocida para el alma, recibe sin embargo su virtud substancia y real a través de mil circunstancias, que al parecer sólo son para su ruina. No hay remedio para esta oscuridad, y es preciso abismarse en ella. Allí y en todas las cosas Dios se le comunica por la fe. El alma no es ya sino un ciego o, si se quiere, es como un enfermo que ignora la virtud de las medicinas, de las que sólo capta su amargura. Incluso con frecuencia tiene la sensación de que ellas más bien le van a producir la muerte; y las crisis y desfallecimientos que sufre parecen confirmar sus temores. Y, sin embargo, es precisamente en esta apariencia de muerte donde encuentra su salud, y sigue tomando las medicinas, fiado en el médico que se las prescribe. Antes el alma, por medio de ideas e iluminaciones, veía cuanto correspondía al plan concreto de su perfeccionamiento. Pero ya no es así ahora, cuando la perfección se le comunica contra toda idea, luz o sentimiento. Ahora se le da más bien a través de todas las cruces de la Providencia, por las actividades impuestas por los deberes actuales, por ciertas atracciones en las que no parece haber de bueno sino que en modo alguno llevan al pecado, pero que están todas ellas aparentemente muy lejos de los brillos sublimes y extraordinarios de la virtud. En estas cruces, que se suceden una tras otra, el mismo Dios, velado y oculto, se le comunica por su gracia de una manera muy desconocida, pues el alma no siente otra cosa que debilidad para llevar la cruz, disgusto por sus obligaciones, y sus inclinaciones no le llevan sino hacia las prácticas más comunes. Un reproche continuo En este estado, todo el ideal de la santidad no es para ella más que un reproche continuo de sus bajas y despreciables disposiciones. Todos los libros de vidas de santos la condenan, sin que tenga medio para defenderse. El alma ve una santidad luminosa, que la desola, pues ya no siente en sí fuerzas para elevarse a ella, y no capta su propia debilidad como ordenación divina, sino como simple cobardía. Y todas aquellas personas que tenía como amigas y que apreciaba como distinguidas por sus virtudes o por la lucidez de sus ideas la ven ahora con menosprecio. «¡Vaya santa!», comentan, y el alma, creyéndolo así, viéndose confusa por tantos esfuerzos inútiles que hace para elevarse de su bajeza, llena de oprobios, nada tiene que responder a las acusaciones de los otros o de sí misma. Pero Dios obra en el centro del alma Sin embargo, siente el alma en sí una fuerza fundamental que la centra en Dios, y escucha en su interior una voz que le asegura que todo irá bien, siempre que ella le deje hacer a Dios y no viva sino de la fe. Como dice Jacob, «verdaderamente Dios está aquí, y yo no lo sabía» [Gén 28,16]. Alma querida, tú andas buscando a Dios, y Él está en todas partes. Todo te lo revela, todo te lo da, está junto a ti, a tu alrededor, en ti misma ¡y andas buscándole! Posees la sustancia de Dios, y buscas su idea. Buscas la perfección, y está en todo cuanto de sí mismo se te presenta. Tus sufrimientos, tus acciones, tus inclinaciones, son enigmas bajo los cuales se da Dios a ti por sí mismo, mientras que vanamente sueñas ideas sublimes, de las que no quiere servirse para morar en ti. Dios oculto y disfrazado Marta quiere agradar a Jesús con platos delicados, y Magdalena se contenta con Jesús y le recibe del modo como Él quiere presentarse [Lc 10,38-42]. Jesús se oculta también a Magdalena bajo la figura de jardinero, y Magdalena le busca bajo la forma que en su mente ha concebido [Jn 20,14-16]. Los apóstoles ven realmente a Jesús, y le toman por un fantasma [Lc 24,33-42]. Así gusta Dios de disfrazarse para elevar al alma a una pura fe, con la que siempre le encuentra, por más que se encubra bajo enigmas obscuros, pues ella conoce el secreto de Dios, y le dice como a la esposa: «Allí está; miradlo detrás de la cerca; mira por la ventana, acecha por entre las celosías» [Cant 2,9]. ¡Oh, amor divino!, ocúltate, salta, estremécete en los dolores, aplica el atractivo o la obligación, mezcla, confunde, rompe como hilo frágil todas las ideas y todas las medidas que el alma se forme. Que ésta pierda suelo, que nada sienta, que no vea ya camino ni sendero ni luces, que no te encuentre como en otro tiempo en tus ordinarias habitaciones y vestiduras acostumbradas, que no te halle en la quietud de la soledad ni en la oración, ni en la observancia de tales o cuáles prácticas, ni tampoco en los sufrimientos, ni en las ayudas prestadas al prójimo, ni en la huida de vanas conversaciones o de negocios. En una palabra, que después de haber probado todos los medios y modos conocidos de agradarte, nada consiga, ni alcance a verte en nada como en otro tiempo. Pero haz que la inutilidad de todos estos esfuerzos le lleve finalmente en adelante a dejarlo todo, y a encontrarte en ti mismo, y muy pronto en todo, en todo, sin necesidad de reflexionar. Porque, oh, amor divino, ¿no es un error no divisarte en todo lo que es bueno y en todas las criaturas? ¿Por qué, pues, buscarte en otras cosas que en las que tú quieres comunicarte? Amor divino, ¿por qué querer hallarte bajo otras especies que aquellas que tú has elegido como sacramentos tuyos, ignorando que su escasa apariencia y leve realidad dan todo el mérito a la obediencia y a la fe? Capítulo IV El estado de abandono, su necesidad y sus maravillas Voluntad divina, fiesta continua ¡Qué verdades tan inmensas permanecen ocultas en este estado! ¡Qué verdad es que toda cruz, toda acción, toda inclinación de la ordenación divina, comunica a Dios, lo da, de una manera que no puede explicarse sino por comparación con el más augusto misterio [de la Eucaristía]! Y por eso, ¡qué misteriosa es en su simplicidad y bajeza aparente la vida más santa! ¡Oh, banquete, oh fiesta perpetua! Un Dios que se da continuamente y que es siempre recibido no en el esplendor, en lo sublime y luminoso, sino en lo que es debilidad, desconcierto, nada. Dios elige aquello que la estimación natural desprecia y todo lo que la prudencia humana deja a un lado. Dios está en el misterio y se da a las almas en la medida en que éstas creen y le encuentran en él. La anchura, la solidez y la firmeza de la piedra, sólo se encuentran en la vasta extensión de la voluntad divina, que se presenta sin cesar bajo el velo de las cruces y acciones más ordinarias. Es en la sombra de éstas donde Dios esconde su mano para sostenernos y conducirnos. Esta convicción debe bastar a un alma para llevarla al más sublime abandono. Y en el momento en que así lo hace, queda ya a cubierto de la contradicción de las lenguas, pues el alma no tiene nada que decir ni hacer en su defensa, puesto que su obra es la obra de Dios, y no en otra parte puede hallarse su justificación. Además, sus efectos y consecuencias le justificarán suficientemente, y bastará con dejar que todo vaya adelante. «El día al día le pasa el mensaje» [Sal 18,3]. Impulso continuo de gracia Cuando uno no se gobierna por sus propias ideas, no necesita defenderse con palabras. Nuestras palabras no pueden expresar más que las ideas que concebimos; y si no existen estas ideas, tampoco hay palabras, porque ¿para qué servirían? ¿Para dar razón de lo que se hace? Pero si es que el ama no conoce esa razón, que permanece oculta en el principio que le hace actuar, y del que sólo siente el impulso de una manera inefable. Es preciso, pues, dejar que cada momento sostenga la causa del momento siguiente; y todo se sostiene en este encadenamiento divino, todo resulta firme y sólido, y la razón de lo que precede se ve por el efecto de lo que le sigue. Quedó atrás una vida de pensamientos, imaginaciones, una vida de palabras múltiples. Ya no es todo eso lo que ocupa al alma, lo que la alimenta y entretiene. Ya ella no se mueve ni se sostiene con esas cosas. El alma no ve ni prevé ya por dónde habrá de avanzar. No se ayuda ya con reflexiones para animarse al trabajo y aguantar las incomodidades del camino, y va pasando por todo en el sentimiento más íntimo de su debilidad. El camino se va abriendo a su paso, entra en él, y por él marcha sin ninguna vacilación. Esta alma es pura y santa, simple y verdadera: camina por la línea recta de los mandamientos de Dios, en una continua adhesión al mismo Dios, que incesantemente encuentra en todos los puntos de esta línea. No se entretiene ya en buscar a Dios en los libros, en las infinitas cuestiones y en la vicisitudes interiores. Abandona el papel y las discusiones, y Él se da al alma y viene a encontrarla. No sigue buscando ya caminos y vías que le conduzcan, pues el mismo Dios le traza el camino, y a medida que ella avanza, lo encuentra claro y abierto. Así es que todo lo que le queda por hacer es mantenerse bien asida de la mano de Dios, que se le ofrece directamente a cada paso y en cada momento, en los diversos objetos que encuentra día a día, y que se van presentando sucesivamente. El alma sólo tiene, pues, que recibir la eternidad divina en el deslizamiento de las sombras del tiempo. Estas sombras varían, pero el Eterno que ocultan es siempre el mismo. Por eso el alma, sin apego a nada, debe abandonarse en el seno de la Providencia, seguir constantemente el amor por el camino de la cruz, de los deberes ciertos y de las mociones indudables. Camino llano y recto del abandono ¡Qué claro y luminoso es este camino! Lo defiendo y lo enseño sin ningún temor, y estoy seguro de que todos me comprenden cuando digo que toda nuestra santificación consiste en recibir en cada instante las penas y deberes de nuestro estado como velos que nos ocultan y nos dan al mismo Dios. En el abandono la única regla es el momento presente. En este estado el alma es ligera como una pluma, fluida como el agua, simple como un niño, móvil como una pelota, para recibir y seguir todos los impulsos de la gracia. Estas almas no tienen la consistencia y rigidez de un metal fundido. Cómo éste acepta todos los trazos del molde donde le fundieron, así estas almas se amoldan y ajustan con la misma facilidad a todas las formas que Dios les va dando. Su disposición, en una palabra, es semejante a la del aire, siempre dócil a todo soplo y siempre configurado a todo.
Vivir muriendo Una observación importante a todo esto es que en esta actitud de abandono, en esta vía de fe, todo lo que va pasando en el alma y en el cuerpo, en los asuntos y diversos acontecimientos, presenta una apariencia de muerte, que no debe extrañar. ¿Y qué esperabais? Es la condición propia de este estado. Dios tiene sus designios sobre las almas y, bajo oscuros velos, los ejecuta todos muy felizmente. Y entiendo por esos velos las contrariedades, las enfermedades corporales, las debilidades espirituales. En las manos de Dios todo eso prospera, todo se resuelve para bien. Precisamente por esas cosas que son desolación para la naturaleza, Él prepara el cumplimiento de sus más altos designios: «Todas las cosas cooperan para el bien de aquéllos que son escogidos por su libre elección» [Rm 8,28]. El justo vive de la fe Él vivifica así bajo las sombras, cuando los sentidos se ven aterrorizados, y es entonces la fe la que, llena de valor y seguridad, obtiene de cuanto sucede lo bueno y lo mejor. La fe sabe que la acción divina todo lo dispone y conduce, menos el pecado, y por eso entiende que es su deber adorarla en todo cuanto sucede, amarla y recibirla siempre con los brazos abiertos. La persona cobra así en todo un aire alegre, de confianza, elevándose en todas las cosas por encima de unas apariencias que sólo sirven para las victorias de la fe. Éste es el medio que yo os doy para honrar a Dios y tratarlo como a Dios. Vivir de la fe es, pues, vivir la alegría, la seguridad, la certeza, la confianza de que todo lo que es preciso hacer o sufrir en cada momento es por disposición de Dios. Y si a veces este designio resulta incomprensible, es para animar y fortalecer esta vida de fe; para eso Dios hace entrar al alma en medio de estas olas tumultuosas de tantas penas y turbaciones, contradicciones, desfallecimientos y fracasos. En efecto, es precisa la fe para encontrar a Dios en todo eso, y hallar esta vida divina que ni se ve ni se siente, pero que se da en todo momento de forma desconocida, pero bien cierta. La apariencia de muerte en el cuerpo, de condenación en el alma, de trastorno en las empresas, eso es lo que alimenta y sostiene la fe. Ella atraviesa todo eso y llega a apoyarse en la mano de Dios, que le da la vida en todo aquello en lo que no haya pecado cierto. Por eso es necesario que el alma de fe camine siempre segura, tomando todo como un velo y disfraz de Dios, cuya presencia más íntima estremece y atemoriza las potencias. Fuerza y fidelidad de la fe No hay corazón más valiente que un corazón lleno de fe, que no ve más que vida divina en los trabajos y peligros más mortales. Si fuera preciso beber un veneno, atravesar la brecha de un muro, servir como esclavo entre los apestados, en todo eso encontrará una plenitud de vida divina, que se le da no solamente gota a gota, sino que, en un instante, inunda y sumerge el alma. Un ejército de soldados semejantes resultaría invencible. Y es que el impulso de la fe eleva el corazón y lo dilata más allá y por encima de todo lo que se presente. La vida de la fe o el instinto de la fe son una misma cosa. Este instinto hace gozarse en la bondad de Dios, es una confianza fundada en la esperanza de su protección, que vuelve agradable todo y que hace recibir todo con buen ánimo; es, pues, una indiferencia que nos dispone a todos los lugares, a todos los estados y a todas las personas. La fe nunca es desgraciada, nunca enferma, ni nunca está en pecado mortal. La fe viva está siempre en Dios, siempre en su acción, más allá de las apariencias contrarias que oscurecen los sentidos. Y cuando éstos, espantados, le gritan de pronto al alma: «¡desgraciada, estás perdida, ya no hay solución!», la fe al instante afirma con una voz más fuerte: «aguanta firme, avanza, y no temas nada». Fe y abandono entre tormentas Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados. Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias. Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas. Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía. Dios es quien escribe nuestra vida El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días. Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras. Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas. Confiados, dejémosle hacer a Dios Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas. Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable. Abandono y paz en todas las cosas Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad. Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna. El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones. El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones. Capítulo V El estado de pura fe En pura fe El estado de pura fe es cierta unión de fe, esperanza y caridad en un solo acto que une el corazón a Dios y a su acción. Estas tres virtudes unidas forman una sola virtud, un solo acto, una elevación única del corazón a Dios y un simple abandono a su acción. Pues bien, ¿cómo expresar esta divina unión, esta esencia espiritual? ¿Cómo encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su idea, y que haga concebir la unidad de su trinidad? Ya no son tres virtudes, sino una sola fruición y gozo de Dios y de su voluntad. Este objeto adorable se ve, se ama y se espera de él todas las cosas. A esto se le puede llamar amor puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad mística puede dársele el nombre de pura fe, aunque bajo este nombre haya que entender las tres virtudes teologales. Nada hay más cierto que este estado en lo que respecta a Dios, y nada más desinteresado en lo que respecta al corazón. Por la unión de Dios y del corazón el estado de pura fe tiene, del lado de Dios, la certeza de la fe, y del lado de la libertad del corazón, la certeza sazonada por el temor y la esperanza. ¡Qué unidad tan preciosa la de la trinidad de tan excelentes virtudes! Creed, pues, esperad, amad, pero por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os comunica y que produce en vuestro corazón. Ésta es la unión del Nombre de Dios, que el Espíritu difunde en el centro del corazón. He aquí esta palabra y revelación mística, esta prende de la predestinación y de todas sus felices consecuencias: «¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de corazón!» [Sal 72,1]. En puro amor Este toque en las almas abrasadas se llama puro amor, pues derrama un torrente de gozo desbordante sobre todas las facultades, con plenitud de confianza y de luz. Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese mismo toque se llama pura fe, porque la obscuridad y las sombras de la noche son todas ellas puras. El puro amor ve, siente y cree. La pura fe cree sin ver ni sentir. Ésta es la diferencia entre uno y otra, que no se funda sino en apariencias que no son las mismas, pues, en realidad, así como el estado de pura fe no carece de amor, del mismo modo el estado del puro amor no carece ni de fe ni de abandono. Pero se emplean estos términos a causa de lo que predomina en cada estado. La mezcla diferente de estas virtudes bajo este toque del Espíritu marca la variedad de todos los estados de la vida sobrenatural, y como Dios los puede mezclar en infinitos modos, no hay alma que no reciba este precioso toque con alguna peculiaridad propia de ella. Pero ¿qué más da? Se trata siempre de fe, esperanza y caridad. Abandono confiado, camino universal Pues bien, el abandono es el medio universal para recibir de algún modo las virtudes generales de esos toques. No todas las almas pueden aspirar al mismo modo y al mismo estado bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden unirse a Dios, todas pueden abandonarse a su acción, todas ser esposas abandonadas en Él, todas recibir las gracias del estado que les es propio, todas, en fin, encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y en la excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda alma puede aspirar a una corona, sea de amor o sea de fe, que siempre es el reino de Dios. Es cierto que existe una diferencia, pues mientras unas están en las tinieblas, otras están en la luz. Pero, digámoslo ya, ¿qué importa esto, con tal de que unas y otras estén unidas a Dios y a su acción? ¿Es el nombre del estado lo que cuenta? ¿En eso está su distinción y su excelencia? De ningún modo. Lo decisivo es la unión con el mismo Dios y con su acción. La manera debe ser indiferente al alma. Prediquemos, pues, a todas las almas no tanto el estado de pura fe o de puro amor, de cruz o de caricias, pues eso no puede darse por igual a todas y de la misma manera. Prediquemos en cambio a todos los corazones sencillos y entregados a Dios el abandono a la acción divina en general, y hagamos comprender a todos que por estos medios recibirán el estado particular que esta acción divina les ha elegido y destinado desde toda la eternidad. Todos llamados a la santidad No desanimemos, no rechacemos, no alejemos a nadie de la más eminente perfección. Jesús llama a todo el mundo a la perfección, pues a todos exige que sean fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos vengan a formar su Cuerpo místico, cuyos miembros no pueden llamarle Señor con verdad sino en la medida en que sus voluntades se hallen perfectamente de acuerdo con la suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la invitación de este dulce y amable Salvador no exige de ellas nada que sea difícil, ni extraordinario. Él no les exige ninguna habilidad especial; solamente quiere que su buena voluntad esté unida a la suya, para así conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la medida de esa unión. ¡Sí, almas queridas! Dios no quiere más que vuestro corazón. Si buscáis este tesoro, este reino en que sólo Dios reina, lo encontraréis. Si vuestro corazón se entrega totalmente a Dios hallaréis, desde ese momento, aquel tesoro, aquel mismo reino que deseáis y buscáis. Cuando se ama a Dios y su voluntad, se goza de Dios y de su querer, y este gozo corresponde perfectamente al deseo que se tiene de amarlo. Amar a Dios es desear sinceramente amarle. Y porque se le ama, por eso se quiere ser instrumento de su acción, para que su amor obre en nosotros y a través de nosotros. Lo de menos es tener o no talentos La acción divina corresponde a la voluntad del alma sencilla y santa, y no a sus habilidades. Corresponde a su pureza de intención, y no a los medios que elige, a los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los medios que adopta. En todo esto puede engañarse el alma. Y no es raro que suceda. Pero su rectitud y su buena intención no le engañan jamás. Y Dios conoce y ve esta buena disposición de la persona, no se fija en el resto, y toma como hecho todo lo bueno que ésta infaliblemente haría, si conocimientos más exactos secundasen su buena voluntad. Nada, pues, tiene que temer el alma de buena voluntad. Si cae, no puede caer sino en esta omnipotente mano, que la conduce y levanta, en sus mismos extravíos, que la aproxima al fin cuando se aleja de él, que la vuelve a su camino cuando se extravió. El alma encuentra siempre un apoyo en esta mano divina, que la guía entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el esfuerzo y la astucia de las facultades ciegas que la desvían; le hace ver cómo debe despreciarlas, contando sólo con ella y abandonándose enteramente a su infalible gobierno. En todo caso, los errores en que caen las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por lo que jamás se encuentran sin recurso, pues, como dice la Escritura, «todo coopera para su bien» [Rm 8,28]. Todos los estados son santos y santificantes Éste es, Amor querido, el abandono que yo predico, y no un estado particular. Considero con gran amor todos los estados en que tu gracia pone a las almas y, sin tener más estima por uno que por otro, enseño a todas un medio general para llegar a aquél que tú les has designado. Solamente pido a todas esa voluntad de abandonarse completamente a tu guía. Tú les harás llegar infaliblemente a aquel estado que es el más excelente para ellas. Ésta es la fe que les predico, el abandono, hecho de confianza y fe. No pido sino la voluntad de entregarse a la acción divina, para ser su instrumento, creyendo que obra en todo instante y en todas las cosas, con más o menos feliz resultado, según la mayor o menor buena voluntad del alma. Ésta es la fe que predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un estado general de buena voluntad, que abraza todas las diferencias de estado y circunstancias particulares en que Dios pone a cada alma, y donde, bajo distintas formas, les comunica las gracias que desde la eternidad les tiene preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí también hablo a toda clase de almas, porque la verdadera intuición de mi corazón es anunciar a todos el secreto evangélico y «ser todo para todos» [1Cor 9,22]. Con gracias extraordinarias o sin ellas En esta disposición feliz, creo que es para mí un deber, que cumplo gustoso, «llorar con los que lloran, alegrarme con los alegres» [Rm 12,15], hablar a los ignorantes en su lenguaje, y emplear con los sabios términos doctos y elegantes. Quiero hacer ver a todos que todos pueden pretender no las mismas cosas, pero sí un mismo amor, un mismo abandono, un mismo Dios, una misma docilidad a su acción, y que todos puedan llegar así a una gran santidad. Aquello que decimos gracias y favores extraordinarios se denomina así por el escaso número de almas que por una fidelidad constante se hacen dignas de recibirlos. El día del juicio se entenderá bien. Entonces se verá muy claramente que esto no viene de que Dios no quiera comunicarlas, sino sólo por culpa de quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A qué sobreabundancia de bienes se abre el seno de quien mantiene siempre constante la sumisión total de una buena voluntad! Cuando nuestro divino Salvador vivía entre los hombres, los que no le veneraban, los que no ponían en Él su confianza, eran los únicos que no disfrutaban de los favores que a todos dispensaba. Y esto sólo ha de atribuirse a sus malas disposiciones. Es cierto también que no todos pueden aspirar a los mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de excelencia; pero si todos, fieles a la gracia, correspondiesen en su medida, todos estarían contentos, porque llegarían todos al nivel de excelencia y de gracia que satisfaría plenamente sus deseos. Y estarían contentos según naturaleza y según gracia, porque la naturaleza y la gracia se confunden en el mismo deseo anhelante que del fondo del corazón se alza hacia tan preciosos dones. Contentos con el don de Dios Si uno no recibe los talentos propios de un estado, recibirá los peculiares de otro. Unos estarán en pura fe, otros en otra situación de espíritu. En la misma naturaleza creada, cada criatura tiene lo que conviene a su especie: cada flor tiene su encanto, cada animal su instinto, cada criatura su perfección. Así, en cada estado diverso de la vida espiritual, cada persona tiene su gracia específica, y cada uno está contento si su buena voluntad sabe acomodarse al estado elegido para él por la Providencia. Desde que esta buena voluntad nace en el corazón de un alma, ésta se sumerge en la acción divina y ésta obrará más o menos en ella, según esté más o menos abandonada. Por lo demás, el arte de abandonarse no es otro que el arte de amar. El amor encuentra a Dios en todo, y nada le rehusa. ¿Cómo rehusarlo? El amor no puede pretender otra cosa que lo que quiere el amor. Cuando Dios actúa en el hombre sólo tiene en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad de las otras potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando Él encuentra un corazón bueno y puro, recto y simple, dócil, filial y respetuoso, ya no necesita más, sino que se apodera de ese corazón, posee todas y cada una de sus potencias, y va concertando todo tan a favor del alma, que en todas las circunstancias halla ésta cómo santificarse. Y aquello mismo que es veneno mortal para otros, resulta inocuo por completo cuando actúa el contraveneno de la buena voluntad. Si el alma llega al borde de un precipicio, la acción divina le sujeta; y si en él cayera, suspendería su caída. Y aún si cayera del todo, ella le levantará. Después de todo, las faltas de estas almas no suelen ser sino faltas de debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe siempre transformarlas para su provecho espiritual. Paz bajo la guía de Dios El Señor, por secretas insinuaciones, les va haciendo entender siempre a estas almas lo que han de decir o hacer según las circunstancias: «los que temen a Dios poseen una mente recta» [Sal 110,10]. En efecto, iluminados por la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia. Y cuando se metieron sin saberlo en una situación perjudicial, la Providencia gobierna las cosas de tal suerte que todo se remedia y se vuelve en bien para ellas. Por más que estas almas se vean envueltas en las mallas de múltiples intrigas, la Providencia rompe esos lazos, confunde a sus autores, y les infundo «un espíritu de vértigo», que les hace caer en sus mismas trampas [Is 19,14]. Bajo su guía, las almas a quienes se quería sorprender hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la apariencia, sirven después para sacarlas de todos los apuros en que su rectitud y la malicia de sus enemigos las habían puesto. Tobías ¡Qué finísima sabiduría lleva consigo la buena voluntad! ¡Cuánta ingenio en su candor inocente! ¡Cuántos misterios secretos se esconden en su invariable rectitud!... Recordad, si no, al joven Tobías [Tob 6,2-6]. No es más que un muchacho, pero a su lado está Rafael. Con este guía angélico camina seguro, nada le espanta y nada le falta. Los mismos adversarios que encuentra son los que le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo marino se vuelve para él un dulce y suave alimento. Se va viendo ocupado en bodas y banquetes, pues así lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene, sin duda, otros negocios importantes, pero están abandonados a esa inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y todos estos asuntos se van arreglando y concluyendo con tal éxito que él solo no lo hubiera logrado tan felizmente de no tratarse en realidad de una bendición. Sin embargo, la madre de Tobías llora, llena de amargas preocupaciones, mientras que el padre está lleno de fe. Vuelve al fin este hijo, y toda la casa se llena de alegría [7,14-16]. Un corazón puro Que los demás, Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré más un solo don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío, no te haré más que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal 50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios, por la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos los instantes, obrando dentro y fuera de él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y conducido por Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra disposición. En su pura sencillez, si el corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su beneplácito. Él conoce también que ese corazón apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga de dárselo. A este corazón no le importan las contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba a dar contra un escollo, el timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino, vientos o mareas, sin nada de ésto, siempre sus viajes terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar, un golpe de viento inesperado le pone fuera de su alcance. ¡Oh buena voluntad, corazón puro! Qué sabiamente Jesús reconoció tu lugar al colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8]. ¡Qué mayor felicidad que la de poseer a Dios y ser al mismo tiempo poseído por Él! Estado maravilloso y lleno de encanto, en el que se duerme tranquilamente en el seno de la Providencia, se juega inocentemente con la divina Sabiduría [Prov 8,30], sin inquietud alguna sobre lo acertado de su curso, que no sufre ninguna interrupción y que se cumple siempre felizmente, a través de escollos, piratas y continuas tempestades. ¡Oh corazón puro, buena voluntad! Tú eres el verdadero fundamento de todos los estados espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones maravillosos de la pura fe, la esperanza, la pura confianza y el puro amor. En tu tronco brotan las flores del desierto, esas gracias tan preciosas que no suelen florecer sino en aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios, como en una casa deshabitada, establece su morada, excluyendo a todo otro morador. Tú eres esa fuente abundante de donde manan todos los arroyos que riegan el vergel del Esposo y amenizan el jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué verdad puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y veréis que soy padre del amor hermoso, amor que distingue lo más perfecto y lo abraza. Yo soy el que hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al mal y lo evita sin turbación. Yo soy el que enciende las luces que nos descubren las grandezas de Dios y la hermosura de la virtud que le honra. Yo soy, en fin, quien suscita los ardientes deseos que, acompañados de la santa esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la espera de aquel Dios cuya posesión un día debe hacer, como ahora pero mucho más gozosamente, la felicidad de estas almas fieles. Y tú, corazón bueno, tú puedes convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos espirituales, y es en ti donde ofrecen esa belleza, atracción y encanto que de ti proceden. Los frutos maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que resplandecen y alimentan, proceden de tus ricos plantíos. T |