DIOS NOS SORPRENDE: LOS FENÓMENOS SOBRENATURALES



Dios no sólo hizo lo que la Biblia dice que hizo en tiempos del Antiguo Testamento, sino que, a partir del Nuevo, Él hace eso y mucho más. ¿Pruebas? La vida de numerosos varones y mujeres de Dios a los largo de la era cristiana. He aquí algunos de los numerosísimos fenómenos sobrenaturales.
 

Por Diana R. García B.
El Observador, 822


Los Fenómenos divinos sobrenaturales
Fenómenos de orden cognoscitivo - Fenómenos de orden corporal - Fenómenos de orden afectivo - A Satanás le gusta imitar lo divino para confundir - Volar por los aires - Se hizo invisible - En dos lugares al mismo tiempo - Que el amor quema... literalmente - Vivir sin comer



Hace algunas décadas se puso de moda entre cierta corriente «modernista» de teólogos católicos y protestantes la práctica de «desmitificar» las Sagradas Escrituras. Ello significaba desechar todo lo que de sobrenatural presentaba la Biblia; es decir, aquello que la razón humana no alcanzaba a entender debía interpretarse como «mito» y, por tanto, como no histórico. Por supuesto, con semejante invento lo único que se logró fue convertir a Dios en esclavo de las propias leyes naturales que Él creo, incapaz, por tanto, de manifestar su omnipotencia. Así, fenómenos como el esplendor en el rostro de Moisés (cfr. Ex 34, 29-35) o la fuerza de Sansón (cfr. Jue 13-16) debían considerarse meras leyendas.

Pero la verdad es que Dios no sólo hizo lo que la Biblia dice que hizo en tiempos del Antiguo Testamento, sino que, a partir del Nuevo, Él hace eso y mucho más. ¿Pruebas? La vida de numerosos varones y mujeres de Dios a los largo de la era cristiana. He aquí algunos de los numerosísimos fenómenos sobrenaturales:

Fenómenos de orden cognoscitivo

Las visiones. Son de tres tipos. 1) Visiones externas son aquellas en que los ojos del cuerpo perciben una realidad naturalmente invisible al hombre; en tal caso no es necesario que el objeto que se ve (persona o cosa) esté física y realmente presente, sino que basta que se forme la imagen en la retina. Es a lo que de ordinario se le llama apariciones. 2) Visiones imaginativas son aquellas en que Dios estimula la imaginación del individuo a fin de comunicarle un mensaje, de manera que el subconsciente humano no es capaz de controlar o dirigir el proceso. De este tipo son los sueños proféticos. 3) Visiones intelectuales son aquellas en las que ya no intervienen los sentidos sino sólo la inteligencia, pero sin necesidad de emplear la facultad de razonar, por ello se accede a un entendimiento puro, superior a todo lo humanamente posible.

Las locuciones. Son comunicaciones que Dios hace. Pueden ser percibidas por los sentidos externos (el oído) o interiormente. Es común que visiones y locuciones se den al mismo tiempo, pero no necesariamente. El beato Francisco Marto veía pero no podía oír a la Virgen en Fátima.

Las revelaciones. Son manifestaciones sobrenaturales de una verdad oculta o un secreto divino que Dios decide comunicar para bien general o para la utilidad de quien la recibe. Pueden ser privadas (cuando son hechas a un individuo, y no entran en el depósito de la fe) o universales (las Sagradas Escrituras y la Tradición).

Conocimiento del interior de otro. Dios comunica a un siervo suyo los secretos del corazón de otras personas, por ejemplo, sus pecados. Fue algo que experimentaron frecuentemente el Santo Cura de Ars y el padre san Pío de Pietrelcina.

La hierognosis. Es el conocimiento de lo que es sagrado. Quienes reciben esta gracia son capaces de distinguir sin ningún esfuerzo de su parte un objeto bendito de uno que no lo está, o las auténticas reliquias de los santos.

Ciencia infusa universal. Tiene lugar cuando, sin estudio alguno, se posee un vastísimo conocimiento de la Sagrada Escritura, de los principios de la vida espiritual o de la teología.

Fenómenos de orden corporal

Los estigmas. Se trata de llagas o heridas, visibles o invisibles, que concuerdan con las de Jesucristo en la Pasión. Pueden ser varias o solo una.

Sudor de sangre. Es la expulsión de líquido sanguinolento a través de los poros de la piel, particularmente los de la cara. El hecho histórico por excelencia es el de Jesucristo (Lc 22, 44). Ha habido un número pequeño de santos y personas pías que también han tenido sudor de sangre.

Lágrimas de sangre. Son una efusión sanguinolenta a través de los lagrimales. Estos casos son más raros.

Ayuno absoluto. En la Iglesia ha habido muchos casos de ayuno absoluto prolongado sin detrimento alguno de la salud. El de santa Catalina de Siena duró ocho años; el santa Ludovina de Schiedman, 28 años, el de la beata Caterina de Raconigi, diez años.

La vigilia o privación prolongada del sueño. San Macario de Alejandría pasó 20 años continuos sin dormir.

La agilidad. Consiste en la traslación corporal prácticamente instantánea de un lugar a otro. La Biblia recoge el caso del diácono Felipe, que fue de pronto transportado por Dios a la ciudad de Azoto tras bautizar al etíope (cfr. Hch 8, 39-40). Otros santos que experimentaron este fenómeno fueron san san Felipe Neri, san Antonio de Padua y san Martín de Porres.

La bilocación. Consiste en la presencia de una misma persona en dos lugares distintos al mismo tiempo.

Las levitaciones. Es la elevación espontánea del suelo y el mantenimiento del cuerpo humano en el aire sin causa visible. Si el cuerpo se eleva un poco se llama éxtasis ascen sional; si se eleva a gran altura recibe el nombre de vuelo extático; y si comienza a andar velozmente a ras del suelo, pero sin tocarlo, se llama marcha extática.

La sutileza. Es el paso de un cuerpo a través de otro. San Raymundo de Peñafort entró en su convento a puertas cerradas.

Esplendores. Son irradiaciones luminosas que a veces despiden los cuerpos de los santos, sobre todo durante la contemplación o el éxtasis.

Osmogénesis. Es la emanación sobrenatural de un cierto perfume de exquisita suavidad del cuerpo de los santos.

Fenómenos de orden afectivo

Éxtasis místico. Estado de contemplación tan profundo que se suspenden los sentidos.

Los incendios de amor. Fenómeno en el que el amor hacia Dios se manifiesta exteriormente bajo la forma de fuego que quema, incluso materialmente, la carne y la ropa cercana al corazón.

Los fenómenos sobrenaturales, si son auténticos, proceden siempre de Dios y no son explicables por la ciencia. Pero a veces la propia naturaleza o el demonio pueden imitarlos.

Los fenómenos naturales que aparentan sobrenaturalidad tienen como fuente elementos de orden fisiológico (temperamento, sexo, edad), la imaginación, los estados depresivos por diversas causas (trabajo intelectual absorbente, meditación religiosa mal regulada, excesiva austeridad) y las enfermedades.

Por ejemplo, hay estigmas que no son sino naturales, presentes en personas que padecen histeria y que se provocan ellas mismas las heridas. Es famoso el caso del adolescente Alberto Solís, alias «Betito», de Saltillo, Coahuila, que decía que la Virgen le hablaba, y que intentó en 2007 provocarse heridas parecidas a los estigmas de Cristo en manos y pies, para lo cual quiso someterse a un tipo de tatuaje que deja hundimientos permanentes en la piel. Pero, por ser menor de edad, no encontró tatuador que accediera.

Hay un caso más famoso, el del italiano Giorgio Bongiovanni, a quien le gusta exhibir sus estigmas al tiempo de proclamar toda una serie de tonterías inimaginables: que él es la reencarnación del beato Francisco Marto, quien a su vez fue la reencarnación de san Juan Bautista, quien a su vez fue la reencarnación del profeta Elías; que en 1991 (luego en 1993, y después en 1996) el mundo se iba a acabar; y, ahora, que en 2012 Jesucristo regresará a la Tierra en una nave espacial acompañado de los extraterrestres.

¿Cómo puede un hombre como Bongiovanni conservar los estigmas por tanto tiempo (se supone que los tiene desde 1989) si sólo son heridas naturales que tarde o temprano deberían cicatrizar? La respuesta no es fácil, pero no debe olvidarse que también los demonios tienen la capacidad de producir fenómenos asombrosos que se confunden con la acción de Dios. Por ejemplo, pueden falsificar visiones y éxtasis; producir esplendores; curar enfermedades (producidas por los mismos demonios); hacer aparecer estigmas, etc. Aunque no son científicamente explicables, estos hechos no deben ser llamados sobrenaturales sino preternaturales, del latín praeter naturam, que significa «más allá de la naturaleza», y que se refiere al fruto de la actuación de un ángel o un demonio.

A Satanás le gusta imitar lo divino para confundir

Éste es un testimonio firmado con el nombre «Erasmo di Basi» y publicado en la revista Renovación del Espíritu Santo, de septiembre de 1987:

«Hace ya algunos años tuve la experiencia del juego del vaso, no sabiendo que se trataba de una forma de espiritismo. Después de algún tiempo me acometieron extrañas facultades. Tenía las mismas facultades que en parapsicología se definen como extrasensoriales, es decir: clarividencia, lectura del pensamiento, diagnósticos clínicos, lectura del corazón y de la vida de personas vivas o muertas, y otros poderes. Meses después se añade otra facultad: la de anular el dolor físico con la imposición de manos, aliviando o eliminando el estado de sufrimiento.

«Leyendo después la Palabra de Dios, me di cuenta de que mi vida no había cambiado en absoluto. Continuaba siendo fácil a la ira, lento en perdonar, fácil al resentimiento, susceptible a la ofensa. Tenía miedo de tomar mi cruz, miedo de la incógnita del futuro y de la muerte.

«Después de un largo peregrinar y tormentosas penalidades, Jesús me condujo hacia el movimiento de la Renovación Carismática. Aquí encontré algunos hermanos que han rogado por mí, y se ha constatado que lo que me había sucedido no era de origen divino sino fruto del Maligno. He reconocido y confesado mis pecados, me arrepentí y renuncié a toda práctica oculta. Y mis poderes cesaron».

Ya desde hace mucho tiempo se han podido realizar estudios serios que han evidenciado la intervención del demonio en fenómenos extraordinarios. Así, por ejemplo, el libro Medicina católica, del doctor Henri Bon (1859, Argentina), recoge este testimonio sobre los estigmas y otros hechos preternaturales experimentados por una mujer entre 1890 y 1891 en Lyon, Francia:

«Los dolores y los estigmas tenían lugar a veces en el coro de la capilla. Allí, en éxtasis, los ojos fijos sobre una visión invisible para todos los demás presentes, la señora N permanecía largo tiempo en esa actitud, con los brazos en cruz y la frente sangrando en forma tal que sus compañeras debían secarla con paños.

«A menudo también, arrodillada en la barra de hierro de su lecho o en otro lugar, y en éxtasis, se mantenía en posturas asombrosas y naturalmente imposibles, de equilibrio inestable.

«La señora N tenía estigmas en seis regiones diferentes de su cuerpo: en la cabeza, en la mano derecha, en la izquierda, en el pie derecho, en el izquierdo y en el costado izquierdo del pecho...

«Los médicos que examinaron a la estigmatizada llegaron a esta conclusión: ‘No es posible admitir que la concentración del pensamiento, por fuerte e intensa que se quiera, logre producir tales prodigios’. Además, la estigmatizada tenía visiones, éxtasis, discernimiento de conciencias, vista a la distancia, etc.

«El examen de la causa, muy voluminoso, fue confiado a un teólogo muy versado en esta materia, que concluyó su informe así: ‘La mayoría de los fenómenos ocurridos a la señora N... sobrepasan la naturaleza. Pero ninguno de los fenómenos citados exige la intervención divina... Finalmente, en muchos de estos fenómenos hay, en indicio, la marca de la influencia diabólica’. Estas conclusiones fueron desarrolladas y demostradas ante el obispo y su consejo episcopal».

Volar por los aires

San José de Cupertino fue un fraile franciscano italiano nacido en 1603. En su vida sacerdotal experimentó éxtasis, poder de hacer milagros y curaciones, y muchos otros sucesos sobrenaturales, entre ellos la levitación. Fueron muy numerosas las veces en que a san José de Cupertino se le vio volando por los aires. Uno de los casos más famosos ocurrió cuando diez obreros intentaban inútilmente cargar una pesada cruz para ponerla en una montaña; entonces fray José se elevó por los aires con la cruz y la colocó en la cima. Pero otras veces levitaba por sólo pensar en Cristo, como un domingo en que se encontró a un corderito, se lo echó al hombro y, al pensar en Jesús Buen Pastor, se fue elevando por los aires. En una Misa, a la cual asistió el príncipe Juan Federico de Brunswick, en el momento de la Consagración fray José estuvo levitando con la Hostia en la mano por 15 minutos; y el príncipe, que era protestante luterano, se convirtió a la fe católica. Otras veces fue visto volar sobre el púlpito, o delante de un crucifijo o una imagen pía, y aterrizar sobre el altar o cerca del tabernáculo. En un período de su vida esto llegó a ser tan frecuente que sus superiores lo exceptuaron del rezo común en su convento y de presidir Misas en público porque esto perturbaba las ceremonias.

Se conocen más de 200 santos que experimentaron la levitación. Entre ellos, santa Teresa de Ávila; el beato mexicano Miguel Agustín Pro, que por lo menos el día anterior a su último arresto (que lo llevó al martirio) fue visto por diversos testigos levitar en la Misa durante la Consagración; y la beata árabe María de Jesús Crucificado, que en su convento carmelita se enteraron de esto por primera vez cuando ella no se presentó a cenar y la maestra de novicias fue a buscarla y la encontró en el jardín, cantando y levitando.

Se hizo invisible

La facultad de tornarse invisible ha sido atribuida a muchos santos, como san José de Steinfeld, el bienaventurado Nevelo de Faenza, santa Bona de Pisa, san Luciano y san Francisco de Paula.

Sólo para satisfacer su curiosidad, se presentó un día la reina Violante, esposa del rey Juan de Aragón, en el convento en el que vivía san Vicente Ferrer, y quiso verlo en su celda. Él no accedió, pero ella ordenó que forzaran la chapa de la puerta y entonces entró. Pero no vio a san Vicente y se lo dijo a los frailes. Ellos estaba extrañados de que no pudiera verlo. Le preguntaron al santo: «¿Por qué, no aparecéis ante la reina, que os visita?». Y él contestó: «Yo nunca he permitido a mujer alguna que entrara a mi celda, ni a la misma reina; y Dios, para castigarla de haber entrado por la fuerza, tendrá sus ojos cerrados todo el tiempo que ella permanezca aquí, para impedir que me vea».

Hay pasajes de las Sagradas Escrituras que no son muy claros, pero que bien podrían entenderse considerando el fenómeno de la invisibilidad; como aquel en que, después de que Jesús hablara en Nazaret, «todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino» (Lc 4, 28-30). Y el de Jerusalén, cuando los judíos «intentaron nuevamente detenerlo, pero Él se les escapó de las manos» (Jn 10, 22-39).

Según las visiones que se le concedieron a la beata estigmatizada Ana Catalina Emmerick, Jesús más de una vez se hizo literalmente invisible a los ojos de sus enemigos. Cuenta así lo que vio respecto del pasaje de san Lucas: «Unos veinte fariseos lo rodearon a la salida... Él les dijo que lo dejasen libre porque los seguiría, y ellos marchaban rodeándole como guardias y mucho pueblo iba detrás... Con gritos sarcásticos y burlas fueron subiendo la pendiente de la ciudad. Jesús continuaba enseñando tranquilo... Llegaron a una pendiente alta... Una vez en el lugar pretendían primero preguntar y hacer hablar a Jesús para arrojarlo luego al precipicio... Cuando se acercaban al lugar, se detuvo Jesús, que estaba entre los fariseos, mientras ellos continuaron caminando... Jesús volvió sobre sus pasos y pasó por en medio del populacho que vociferaba sin verlo...Nada puede imaginarse más ridículo que la locura y la confusión que se originó entre los fariseos y demás cuando no vieron más a Jesús entre ellos... Terminaron culpándose unos a otros por haberlo dejado escapar».

Dice también la Beata que, cuando Judas fue con un grupo de soldados a apresar a Jesús en el monte de los Olivos, «el traidor les dijo que tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban».

En dos lugares al mismo tiempo

El 21 de septiembre de 1774 san Alfonso María de Ligorio, obispo de Santa Águeda, se hallaba en su diócesis cuando repentinamente sufrió un desmayo: quedó por casi dos días sentado en una silla, como dormido en profundo sueño. Su gente lo estuvo vigilando todo el tiempo y, cuando despertó, le dijeron: «Monseñor, ya hace dos días que usted no habla, ni come, ni da señal alguna de vida». Y el santo respondió: «Ustedes pensaban que yo estaba durmiendo, pero no fue eso sino que fui a asistir al Papa, que ahora ya no se encuentra más en la lista de los vivos». En efecto, en breve se supo que el Papa Clemente XIV había fallecido el 22 de septiembre.

Cuenta un sacerdote de nombre Alberto, que conoció a san Pío de Pietrelcina en 1917, la siguiente anécdota: «Vi hablar al padre Pío mientras se encontraba de pie cerca de la ventana con la mirada fija sobre la montaña. Me acerqué a él para besarle la mano, pero él no se dio cuenta de mi presencia y tuve la sensación de que su mano estaba entumecida. Luego lo escuché con voz muy clara, en el momento en que dio la absolución a alguien. Después de un instante el padre se sacudió como si se despertara. Volteándose hacia mí, me dijo: ‘¿Estáis aquí?, no me enteré de ello’. Algún día después llegó de Turín un telegrama de agradecimiento al Padre Superior por haber mandado al padre Pío a asistir a un moribundo. Obviamente, el Superior no envió al padre Pío sino que éste lo visitó en bilocación».

Pero no parece que en las bilocaciones necesariamente ocurran esas pérdidas de conciencia en un lado mientras se está en otro lugar al mismo tiempo. Cuando la mamá de san José de Cupertino se estaba muriendo en su pueblo (Cupertino), el santo estaba en Asís y percibió la necesidad de su madre. Fray José se apareció en el cuarto de la moribunda delante de muchos testigos, y ella, al verlo, exclamó: «¡Oh padre José, oh mi hijo!», y murió instantáneamente. Cuando sus superiores le preguntaron en Asís por qué estaba llorando tan amargamente, el contestó que porque su madre acababa de morir.

La bilocación la experimentaron también san Antonio de Padua, el Papa san Clemente, san Francisco de Asís, santa Ludwina, san Francisco Javier, san Martín de Porres y san Juan Bosco, entre otros.

Más y más maravillas

Que el amor quema... literalmente

Los llamados «incendios de amor», fenómeno en el que el amor hacia Dios se manifiesta exteriormente bajo la forma de fuego que quema, incluso materialmente, la carne y la ropa cercana al corazón, pueden producirse en diversos grados:

1) Simple calor intenso.- Es un extraordinario calor del corazón que se expande a todo el organismo. Es clásico el episodio de la vida de san Wenceslao, duque de Bohemia. De noche visitaba el templo, y ahí se quedaba con los pies descalzos. A su ayudante, que le acompañaba, le recomendaba meter los pies en los zapatos calientes que él se había quitado, a fin de que el siervo no se congelara a causa de las bajas temperaturas del lugar.

2) Ardores intensísimos.- El fuego del amor divino puede llegar a tal intensidad que a veces es necesario utilizar medios refrigerantes para poderlo soportar. Se cuenta de san Estanislao de Kotska que era tan fuerte el fuego que lo consumía, que en pleno invierno era necesario aplicarle sobre el pecho paños empapados en agua helada. Santa Caterina de Génova no podía acercar su mano al corazón sin experimentar un calor intolerable.

3) La quemadura material.- Cuando el fuego del amor llega a producir incandescencias, las quemaduras se realizan plenamente. Es lo que se llama a pleno título «incendios de amor». El corazón de san Pablo de la Cruz, el fundador de la orden religiosa de los pasionistas, ardía de tal manera que más de una vez su túnica de lana aparecía completamente quemada por la parte del corazón.

Vivir sin comer

«No sólo de pan vive el hombre», respondió Jesucristo a Satanás cuando éste lo instaba a convertir en panes unas piedras con el pretexto de que saciara su hambre. Prueba de lo dicho por Jesús es la inedia (ayuno absoluto) experimentada por muchos hombres y mujeres de Dios.

Entre los casos más cercanos a nosotros en el tiempo figura el de la beata portuguesa Alexandrina Maria da Costa (1904-1955), una vivaz mujer que quedó paralítica a los 14 años tras arrojarse por una ventana para salvarse de ser violada por tres hombres. En su terrible condición creció enormemente en santidad, y vivió los últimos 13 años de su vida sin comer ni beber, pero recibía la Comunión cada día. Fue sometida a una observación exhaustiva por 40 días en un hospital de Oporto (Portugal), vigilada durante las 24 horas por testigos imparciales para que no tomara ningún alimento o bebida. Al final de la prueba ella había mantenido su peso, temperatura, presión arterial… Los médicos no pudieron encontrar ninguna explicación científica razonable.

La francesa Marthe Robin (1902-1981), una campesina que vivía con sus padres, enfermó de encefalitis a los 26 años de edad, lo que le paralizó todos los músculos, incluyendo los que le permitían deglutir los alimentos y bebidas. Así, postrada en la cama —y posteriormente ciega— no podría volver a tomar ni siquiera un vaso de agua el resto de su vida. Los médicos anunciaron su próxima muerte por inanición, y entonces sus padres llamaron al sacerdote para que la preparara en su último viaje. Pero fueron pasando los días y Marthe, que era muy piadosa, no murió: desafiando las leyes biológicas vivió 53 años sin comer ni beber. Su único alimento era una minúscula partícula de la sagrada Comunión, ya que no podía deglutirla, y que recibía una vez por semana. Conforme avanzaba en santidad, fue experimentando éxtasis, los estigmas de la Pasión, las heridas de la flagelación de Cristo y lágrimas de sangre, así como, a partir de 1932, la vigilia (ya no dormía), mientras dedicaba su existencia a interceder por los pecadores. Actualmente se encuentra en proceso de beatificación.

 

 

 

 

 





 

 

 

 



 



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