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Mi dolor ¿tiene sentido?

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Un enigma - Por sus llagas han sido curados - La parábola del barbero - ¿Por qué el Señor permite que yo sufra?  Jesús sanó a muchos, pero no a todos - Testimonios: Enfermos fueron mejores  Tres posturas ante el dolor  Beneficios de la tribulación - El sufrimiento es el don más grande que Dios nos ha dado - Cruz abrazada  Mensajes para ser fortalecidos en el momento de las pruebas - Dios da a santos actuales un sufrimiento que los de antes no experimentaron
 

El mejor documento que se puede leer sobre el sufrimiento en clave cristiana es, a mi humilde juicio, la carta apostólica Salvifici doloris, de Juan Pablo II. 

Por Jaime Septién

El mejor documento que se puede leer sobre el sufrimiento en clave cristiana es, a mi humilde juicio, la carta apostólica Salvifici doloris, de Juan Pablo II.  “El sentido cristiano del sufrimiento humano”, más que una carta apostólica es un manual insuperable para entender no por qué sufrimos, sino para quién sufrimos los hijos de Dios.

En definitiva, o sufrimos por el otro o el sufrimiento es un escándalo.  Se dice fácil, pero el propio siervo de Dios y próximo beato Juan Pablo II nos dio la mejor lección sobre el sentido cristiano del sufrir, con sus palabras y con su vida.  O el sufrimiento se entrega a Cristo o no sirve para nada.  Más bien, sirve para hundirnos en la nada.  En la desesperación, que es el peor de los tormentos que puede soportar el corazón humano.

¿Sufrir con alegría?  Esta parece ser una más de las paradojas del cristianismo por las cuales los que no entienden a Jesús lo ignoran; lo hacen ver como un “utopista”. Sin embargo, en este misterio está encerrado uno de los mensajes más bellos del modo de ser cristiano: “Sufro en mi carne –dice San Pablo (Col. 1,24) —lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.  Y agrega esta frase luminosa:  “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros”.  El Otro por el que se sufre es Cristo, y a través de Él, los otros, mis prójimos, especialmente los más próximos.  La mujer por el marido, el marido por la mujer, los padres por los hijos, los hijos por los padres, los sacerdotes por los fieles, los fieles por los sacerdotes… 

Sufrimiento con Jesús

El dolor, el sufrimiento del cuerpo o del alma por algún bien del que no se participa, deja de ser paradoja y se convierte en fuente de alegría.  No sufro para mí, sufro para Jesús y para la salvación del mundo.  También para salvar mi alma.  Sufro de manera natural y sobrenatural.  Ya es otra cosa.  En la Gaudium et spes se dijo lo esencial: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte”.  También, pienso yo, los enigmas de la alegría y de la vida.

 

«Por sus llagas han sido curados»

El viernes 11 de febrero tuvo lugar la Jornada Mundial del Enfermo 2011. El Papa Benedicto XVI ha enviado un mensaje —que a continuación se extracta— no sólo a los que sufren padecimientos en su cuerpo, sino a todos los cristianos a fin de que descubran el valor que se esconde en medio de una salud deteriorada

“Cada año, en la celebración de la memoria de la Beata Virgen de Lourdes, que se celebra el 11 de febrero, la Iglesia propone la Jornada Mundial del Enfermo. Esta circunstancia... se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para hacer a nuestras comunidades y a la sociedad civil más sensibles hacia los hermanos enfermos. Si cada hombre es hermano nuestro, tanto más el débil, el sufriente y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado.

“Llevo aún en el corazón el momento en que... pude estar en reflexión y oración ante la Sagrada Síndone... Contemplarla es una invitación a reflexionar sobre lo que escribe san Pedro: «Por sus llagas habéis sido curados» (I Pe 2, 24). El Hijo de Dios sufrió, murió, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas llagas se convierten en el signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; se convierten también, sin embargo, en un banco de prueba para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, rechazan, se oponen. Para ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre lleno de misterio, difícil de aceptar y de llevar.

“Al apóstol Tomás le cuesta creer en la vía de la pasión redentora: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré» (Jn 20,25). Pero frente a Cristo, que muestra sus llagas, su respuesta se transforma en una conmovedora profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Lo que antes era un obstáculo insuperable, porque era signo del aparente fracaso de Jesús, se convierte, en el encuentro con el Resucitado, en la prueba de un amor victorioso.

“Queridos enfermos y sufrientes: es precisamente a través de las llagas de Cristo como nosotros podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad. Resucitando, el Señor no ha quitado el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz. A la prepotencia del mal ha opuesto la omnipotencia de su Amor...

“San Bernardo afirma: «Dios no puede padecer, pero puede compadecer». Dios, la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder compadecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre. En cada sufrimiento humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y la soportación; en cada sufrimiento se difunde la consolatio, la consolación del amor partícipe de Dios.

“Quisiera dirigir también un pensamiento particular a los jóvenes, especialmente a aquellos que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la Pasión, la Cruz de Jesús dan miedo, porque parecen ser la negación de la vida. ¡En realidad, es exactamente al contrario! La Cruz es el «sí» de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna.

“Contemplando las llagas de Jesús, nuestra mirada se dirige a su Corazón sacratísimo, donde se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo crucificado, con el costado abierto por la lanza, del que brotan sangre y agua (cfr. Jn 19,34)... Especialmente vosotros, queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón lleno de amor, y bebed con fe y alegría de esta fuente, rezando:

«Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, fortifícame. Oh buen Jesús, escúchame. En tus llagas, escóndeme» (Oración de san Ignacio de Loyola).

“Deseo expresar mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas que vivís cotidianamente en unión con Cristo crucificado y resucitado, para que os dé la paz y la curación del corazón.

“Que en el rostro de los enfermos sepáis ver siempre el Rostro de los rostros: el de Cristo”.

Benedictus PP XVI


La parábola del barbero «Si Dios existiera no habría tanto dolor»

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello, y entabló una conversación con la persona que lo atendió. De pronto, tocaron el tema de Dios.

El barbero dijo:

— Yo no creo que Dios exista, como usted dice.

— ¿Por qué no? —preguntó el cliente.

— Al salir a la calle es muy fácil darse cuenta de que Dios no existe. O, dígame, ¿acaso si Dios existiera habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. No puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.

El cliente se quedó pensando, y no quiso responder para evitar una discusión.

Al terminar el barbero su trabajo, el cliente salió del negocio y vio a un hombre con la barba y el cabello largo.

Entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero:

— ¿Sabe una cosa? ¡Los barberos no existen!

— ¿Cómo que no, si aquí estoy yo?

— ¡No, no existen! —insistió el cliente— Si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre.

— Los barberos sí existen, es que esas personas no vienen hacia mí.

— ¡Exacto...! —respondió el cliente—  Ése es el punto: Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan. Ésa es la principal razón por la que hay tanto dolor y miseria.

Anónimo


¿Por qué el Señor permite que yo sufra?

Por nada del mundo quiero ver a mis hijos enfermos. ¿Entonces, por qué Dios, nuestro Padre, permite que suframos? ¿Acaso no nos ama lo suficiente? ¿Por qué nos castiga así?

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que en cuando las personas reciben el sacramento del Bautismo son regeneradas de tal manera que «no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios: ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado» (n. 1263). «No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida» (n. 1264).

Así, es necesario que quede claro que el sufrimiento es consecuencia del pecado, pero no necesariamente un castigo.  Explica Juan Pablo II en su carta apostólica Salvifici Doloris que «si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento».

«Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento», continúa el Papa Wojyla.

Para conversión

«Éste es un aspecto importantísimo —agrega—: El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios».

Hay quienes nunca se habrían acercado a Dios de no ser por una desgracia vivida; por ejemplo, una enfermedad incurable o un fracaso familiar. Pero, si bien el sufrimiento se convierte para algunos en una medida efectiva para enderezar el camino, también llega a suceder, por el contrario, que gente buena, luchadora y paciente, después de años de virtud acaba por «tirar la toalla» cuando las pesadumbres se incrementan a niveles que parecieran insoportables e interminables, y entonces ejecuta acciones que en situaciones ordinarias (problemas cotidianos en el trabajo y el hogar, enfermedades comunes, etc.) jamás habría realizado: venganzas, fraudes, apostasía, suicidio... En tal caso, si el Todopoderoso sabía que los pesares habrían de convertirse incluso en causa de condenación eterna para una persona, ¿por qué no habrá hecho algo para evitar que los tuviera?

Nadie se escapa

El misterio del sufrimiento deja, pues, muchas dudas. Pero, aun cuando a veces pareciera que las penas van mucho más allá del límite aguantable, al menos las Escrituras aseguran que no son tan desmesuradas como parecen, en el sentido de que Dios permite sólo las que una determinada persona humana es capaz de soportar; y, en caso de ser mayores, le concede siempre aquello que necesita para aguantar: «Hasta ahora, ustedes no tuvieron tentaciones que superen sus fuerzas humanas. Dios es fiel, y Él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla» (I Co 10, 13).

Nadie en este mundo se ha librado ni se librará del sufrimiento. Es algo que hay que aceptar. Mejor hay que buscar maneras de convertir esta difícil realidad en algo positivo, para lo cual, como dijera el Papa Wojtyla, «tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente.... Cristo nos hace... descubrir el por qué del sufrimiento en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino».

 

«Jesús sanó a muchos», pero no a todos

La enfermedad, el dolor y la muerte no son queridos por Dios sino consecuencias del pecado. En ese sentido, lo que dice el presbítero colombiano Darío Betancourt es estrictamente cierto: «Dios nos quiere sanos, no nos quiere enfermos». Y entonces puede extenderse la afirmación a las otras dos realidades: «Dios no quiere que suframos», y «Dios no quiere que muramos».

Pero igual el hombre se enferma, sufre y se muere.

Del mal sacar un bien

No es que el Señor no pueda impedir que esto suceda, sino que Él actúa según lo resume san Agustín en esta frase: «Dios no hubiera permitido la existencia del mal si no fuera tan sabio, tan bueno y tan poderoso que pudiera sacar bienes aun de los mismos males».

Entonces, aunque podría hacerlo si así lo dispusiera, de manera ordinaria el Señor no va a quitar todavía esos males, sino que se va a valer de ellos para sacar grandes bienes. Su propia vida terrena es muestra de ello: desde su nacimiento no desdeñó los sufrimientos; durante su Pasión vivió a causa del maltrato toda clase de desajustes corporales (enfermedad) hasta llegar a niveles jamás vividos por alguien,  y finalmente se sometió a la muerte.

Dios compasivo

Lo que ya nadie debe afirmar es que Dios sea indiferente a los dolores humanos: «Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros» (Heb 4, 15)

Esa compasión divina es total y absolutamente cierta aquí y ahora, si bien los efectos de ella habrán de verificarse más bien al final de los tiempos.

Curaciones de Jesús

Mas, como un adelanto de aquella promesa expresada por el profeta Isaías —«el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25, 8)—, Dios interviene con cierta frecuencia liberando a algunas personas de sus enfermedades. En la Biblia a veces pareciera que Dios Hijo sanaba parejo: «Curó a todos los que estaban enfermos» (Mt 8, 16). Pero hay que entender que la cita de san Mateo se refiere a que sanó a todos los enfermos congregados en esa ocasión y en ese lugar, lo que no significa que siempre ocurriera lo mismo. San Marcos dice, por ejemplo, que en otra parte «Jesús curó a muchos enfermos» (Mc 1, 34), mas no a todos; y san Mateo aclara que cuando Cristo fue a Nazaret «no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de la gente» (Mt 13, 58), es decir, sanó a pocos.

SÍ o no, ¿por qué?

¿Por qué, ayer como hoy, algunos son curados y otros no? Lo dicho en el anterior versículo es la respuesta sólo para parte de los casos: algunos no son curados por falta de fe. Porque hay veces que el enfermo tiene una gran fe, y con ella pide salud a Dios, mas no se cura. En tal caso el Señor puede tener planes superiores que sólo se habrán de concretar si el enfermo permanece en tal estado.

Al final de todas las cosas, sin embargo, Dios hará sentir a todos sus amigos la victoria definitiva sobre todos los males, sobre todas las consecuencias del pecado: «Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor» (Ap 21, 4).


Testimonios: Enfermos fueron mejores

Hicieron de sus extremos sufrimientos motivo de santificación

«Mi profesión: inválido»

El beato Manuel Lozano Garrido, «Lolo», estuvo paralítico en un sillón de ruedas más de la mitad de su vida.

Nació en España el 9 de agosto de 1920. Tras realizar el servicio militar, en 1943 comienza su invalidez, que le lleva a estar en parálisis total, en silla de ruedas, hasta su muerte, a los 51 años de edad (3 de noviembre de 1971). Además, sus últimos nueve años de vida también quedó ciego. Y ante esta situación, en la que más de uno hubiera cedido a la desesperación y al desaliento, «Lolo» resistió con una fortaleza especial. Su fuerza venía de Dios, a quien recibía diariamente en la Eucaristía.

«Lolo» ofreció por completo su dolorosa enfermedad a Dios. Era muy consciente de sus limitaciones. Hasta llegó a afirmar «Mi profesión: inválido».

Él tenía un principio que le hacía sentirse permanente optimista. Decía: «El amor me lo endulza todo». Él entendió que la enfermedad era su propia vocación.

Ella le regaló su piernita a Jesús

Antonietta Meo, apodada «Nennolina», nació en Italia el 15 de diciembre de 1930. A los cuatro años ya estaba inscrita en la sección «Pequeñitas» de la Acción Católica. No había cumplido aún cinco cuando sus padres notaron que la rodilla izquierda estaba hinchada. Después llegó el diagnóstico: tenía ostesarcoma, es decir, cáncer en el hueso.

Cuando ya tenía los cinco años le tuvieron que amputar la pierna izquierda. Sus padres estaban devastados, pero ella alegremente le regaló su «piernita» a Jesús, y en una de sus 162 cartas —se las dictaba a su madre o a su hermana mayor, porque ella aún no escribía bien— recogió este pensamiento: «Estoy muy contenta de que Jesús me haya mandado esta desdicha, así soy su predilecta».

Se le permitió adelantar la fecha de su Primera Comunión. Fue por ese entonces que comenzó con sus cartas a Jesús, que ponía cada noche al pie de su cama «para que Él de noche viniera a leerlas».

Recibió la Confirmación en los últimos días de su vida.Su salud empeoraba cada vez más al grado de que ya ni siquiera podía permanecer sentada. La última carta que dictó tiene fecha del 2 de junio de 1936. Decía: «Querido Jesús crucificado: ¡yo te quiero tanto, y te amo tanto! Yo quiero estar contigo en el Calvario.... Querido Jesús, dame tú la fuerza necesaria para soportar estos dolores que te ofrezco por los pecadores». 

Falleció la mañana del 3 de julio de 1937, cuando contaba con seis años de edad.

«Señor, yo quiero lo que Tú quieras»

Alexia González-Barros y González nació en España el día 7 de marzo de 1971.

Su vida fue muy parecida a la de muchas chicas de su edad. Pero un día, cuando tenía trece años, su vida dio un cambio inesperado: se le desarrolló un tumor maligno en la columna que la dejó paralítica en muy poco tiempo.

Sufrió cuatro largas operaciones y una ininterrumpida cadena de dolorosos tratamientos que convirtieron los diez meses de su enfermedad, antes de su muerte, en un durísimo calvario.

Muy unida a la cruz de Jesús, le decía con frecuencia en su oración: «Jesús, yo quiero ponerme buena, quiero curarme; pero si Tú no quieres, yo quiero lo que Tú quieras».

Ella ofrecía sus padecimientos por la salud y por el bienestar y la salvación de otras personas.

Falleció el 5 de diciembre de 1985, a los 14 años de edad.


TRES POSTURAS frente  al DOLOR

El beato «Lolo» describe gráficamente en una de sus obras cuáles son las posturas a adoptar frente al dolor:

«La de aquel que aún no ha ido más allá del escozor de su herida: ‘Dios me ha quitado ...’».

La del que lo acepta, sin entrar en su espíritu de actividad santificante: ‘Dios me ha pedido ...’».

Y la de aquel que, comprendiendo el valor comunitario del sufrimiento, se da de lleno al ideal de redención: ‘Señor, te ofrezco ...’».


Beneficios  de la tribulación

«El que no ha sido tentado, ¿qué es lo que puede saber?... El que siempre ha vivido en la prosperidad, en la comodidad, no sabe nada acerca del estado de su alma. El primer buen efecto de la tribulación es abrirles los ojos que la prosperidad les tiene cerrados...

«El segundo buen beneficio de la tribulación es separarlos del apego que tienen a las cosas de la Tierra... Yo pongo hiel en las cosas terrenas para que, hallándolas ustedes amargas, las aborrezcan y amen los bienes celestiales...

«El tercer buen beneficio consiste en que... las tribulaciones los vuelvan humildes... Envío tribulaciones para que no sean condenados juntamente con este mundo.

«El cuarto beneficio es reparar por los pecados cometidos, mucho mejor que las penitencias que ustedes se imponen voluntariamente... La tribulación que sufren, lo dice San Agustín, es una medicina, no un castigo...

«El quinto beneficio es que las penas hacen que ustedes se acuerden de Mí y los obliga a recurrir a mi Misericordia, viendo que solamente Yo soy el que puede aliviárselas, ayudándolos a sufrirlas.

«El sexto beneficio es que las tribulaciones los hacen contraer grandes méritos ante Mí, dándoles ocasión de ejercitar las virtudes que más amo: la humildad, la paciencia y la conformidad con mi voluntad. No se olviden que más vale un ‘Bendito sea Dios’ que mil acciones de gracias en la prosperidad».

Revelaciones de Jesucristo a monseñor Ottavio Michelini. Septiembre de 1969

 

«El sufrimiento es el don más grande que Dios nos ha dado»

Entrevista a la mística austriaca María Simma
Por Nicky Eltz

¿Son igualmente eficaces las oraciones de curación expresadas a distancia, incluso cuando son hechas por personas que no aceptan que se ore por ellas?

Definitivamente, sí. En el Evangelio, Jesús curó al sirviente del centurión a distancia. Luego dijo: «Vete a tu casa; como has creído así se hará». Jesús curó al sirviente por la fe que tenía el centurión en Él. Esto muchas veces preocupa a la gente pues piensa que su fe es muy débil para ayudar. Jesús nunca es débil para ayudar. El punto es otro: continuamente nos toca esperar pues su plan es diferente al nuestro.

Si vemos que una persona sufre terriblemente, ¿podemos intervenir ofreciendo ese sufrimiento a Dios por ella?

Sí, pero tendría más valor si lo hiciera la persona enferma.

En caso de que se tratara de un sufrimiento propio, si la persona soporta bien por un cierto período de tiempo y después pierde la paciencia, y todavía después la ofrece con pleno conocimiento, ¿vale igual este ofrecimiento?

Sí, porque Dios ve nuestra sinceridad en el momento en que hacemos nuestro ofrecimiento.

¿Si alguien sufre y no ofrece este sufrimiento al Señor, se pierde el valor del sufrimiento?

En el sentido en que esa alma no llegará antes al Paraíso, sí. De todos modos ese sufrimiento puede ser muchas veces el resultado de algún hecho cometido en el pasado y que ahora debe ser reparado. El Señor permite que esto suceda, colaboremos o no. Él es amor puro y sabe perfectamente lo que es mejor para nosotros.

¿Qué más nos puede decir del sufrimiento?

Después de la vida y del tiempo que se nos ha dado para hacer el bien en la Tierra, el sufrimiento es el don más grande que Dios nos 
ha dado.

El sufrimiento tiene siempre un efecto terapéutico y debemos siempre confiar en Dios y en que este sufrimiento se nos ha dado por nuestro bien y para su gloria.

Extractado del libro:  «¡Ayúdennos a salir de aquí!»


Cruz abrazada
Por el padre Justo López Melús

La cruz nos ayuda a madurar si se lleva bien. «Jesús quiere probarme en su calidad de pontífice, como los ingenieros prueban un puente, o sea poniéndome sobre los hombros cargas pesadas» (Bloy). No es lo mismo una cruz abrazada que una cruz soportada, aclara Pronzato. Hay quienes dramatizan a propósito de la cruz. Para ellos la cruz es mutilación. Otros la aceptan interiormente, abrazándola. Les ayuda a crecer.

— La verdadera cruz es compartida. Necesita dos presencias. «Jesús es el que soporta (sub-porta) nuestro dolor» (Barth). Antes de ser mía, la cruz es de Cristo. Él está al otro extremo. Bajo cada cruz va Él. Y da valor a la parte que me toca llevar a mí. Si me fijo en el peso, la cruz es un sufrimiento personal. Si veo a Cristo, es un sufrimiento compartido. No debo ver sólo el leño que me aplasta, sino también la espalda que lo soporta.

— «La cruz es el bastidor sobre el que se teje al hombre» (Lanza del Vasto). Hay que llevarla con discreción. No cacarees tu cruz ni te tengas por excepcional. ¡Fuera el complejo de víctima! Vive en comunión con la cruz de todos. No digas: ¡No hay derecho! ¡Es injusto! Mira a Jesús en la cruz. Si no puedes seguir... Tampoco Jesús podía, y llegó hasta el Calvario y se dejó crucificar.

— Si no te va bien la cruz es que es la tuya. Tampoco a Jesús le iba bien la traición y el abandono. La cruz inesperada, injusta, es la que más convence. «La cabeza de Juan Bautista tenía más razón —predicaba mejor— cuando estaba en el plato que cuando estaba sobre sus hombros» (Mazzolari).

 

Mensajes para ser fortalecidos en el momento de las pruebas

«La cruz, por más pesada que sea, no es sinónimo de desventura, de una desgracia que hay que evitar lo más posible, sino una oportunidad para seguir a Jesús y de este modo alcanzar la fuerza en la lucha contra el pecado y el mal». 
Benedicto XVI

«Cuando se ve un pecador atribulado, es señal de que Yo quiero tener Misericordia de él en la otra vida. Al contrario, es desgraciado aquel que no es tocado por Mí en este mundo, porque es señal de que estoy descontento con él y lo tengo reservado para el eterno castigo... El que quiera ser glorificado con los santos, debe padecer en esta vida como los santos padecieron».
Jesucristo a  Catalina Rivas. Septiembre de 1996

«Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».
Santo Tomás Moro

«Ustedes no lo entienden, pero es grande e inapreciable la utilidad que sacan de las tribulaciones. Yo no se las envío porque quiero su mal, sino porque anhelo su bien y, por lo mismo, deben recibirlas cuando las envío y darme también las gracias, no sólo resignándose a cumplir mi divina voluntad, sino alegrándose de que los trate como antes mi Padre me trató a Mí, que mi vida en la Tierra fue un tejido de penas y dolores».
Jesucristo a  Catalina Rivas. Septiembre de 1996

«Si se pudiese ver qué cantidad de gloria futura corresponde al dolor de aquí abajo, serían las almas mismas quienes me pedirían les mandase cruces y sufrimientos».
Jesucristo a una religiosa anónima. Abril de 1963

«Hijos míos, quiero que trabajen mucho para soportar sus aflicciones con paciencia. Toleren las ofensas contra ustedes por amor a Mí, por el amor a sus hermanos y por el amor a sí mismos, porque todo lo bueno o malo que hacen, lo hacen para ustedes o contra ustedes mismos.
Jesucristo a  Catalina Rivas. Mayo de 1996

«Debes saber que las almas que más ama mi Padre son aquellas que padecen mayores tribulaciones».
Jesucristo a santa Teresa de Ávila

«Dios regala su propia corona de espinas a sus amigos».
Santa Bernardita Soubirous

«Estoy realmente presente en los que sufren; donde hay sufrimiento ahí estoy Yo. Estoy presente en las almas víctimas, en ellas encuentro mis complacencias, mis alegrías; ellas me recompensan abundantemente por las ofensas, insultos, blasfemias y sacrilegios de los que no me aman. Ellas forman las delicias de mi Padre. Las almas víctimas son las que han mitigado, detenido la ira de mi Padre por tantas iniquidades de esta generación perversa, que en lugar de apagar su sed en la fuente del Agua viva y pura, se afana en apagarla en las pútridas y enfangadas aguas de los pantanos llenos de miasmas. Hijo mío, ámame mucho, sólo a Mí, con tu amor, con tu fe, con tu ofrecimiento.
Jesucristo a monseñor Ottavio Michelini


Dios da a santos actuales un sufrimiento que los de antes no experimentaron

El padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de beatificación de la beata Teresa de Calcuta, revela en su libro Ven, sé mi luz cómo durante largos años de su vida la religiosa vivió el terrible sufrimiento de no experimentar el amor de Dios.

Ella escribe en una de sus cartas que en cierto momento, cuando vivía no la pesada aridez del alma, propia de las «noches oscuras» de otros siglos, sino la sensación de haber perdido por completo a Dios, de no ser amada por Él, «estuve a punto de dejarlo».

En general la «noche oscura» o etapa purgativa del alma suele alternarse con otros momentos de íntima unión con Dios. Así también le sucedió a la beata Teresa, que entre 1945 y 1946 pudo experimentar medio año de favores indecibles de origen divino, con éxtasis y locuciones interiores.

Pero luego volvió la oscuridad. «Pero, a partir de entonces, la oscuridad que experimentaba — explica el padre Kolodiejchuk— se daba en medio de la unión con Dios. Esto no significa que vivió la unión y luego la perdió. Perdió la consolación de la unión que se alternaba con el dolor de la pérdida y con una profunda nostalgia de Dios, una verdadera sed».

Ella solía decir que la mayor pobreza era no sentirse amado por nadie, y era exactamente lo que ella estaba experimentando en su relación con Jesús. Escribió: «Jesús, ... si mi dolor y sufrimiento, mi oscuridad y separación, te da una gota de consolación, haz conmigo lo que quieras, todo el tiempo que desees. No mires mis sentimientos ni mi dolor».

Dice Carol Zaleski en un artículo de la revista First Things  que esta clase de prueba es nueva. Se trata de una experiencia moderna de santos de los últimos cien años: sufrir el sentimiento de que uno no tiene fe y de que la religión no es verdadera.

 

 


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