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PARA TU CONVERSIÓN
Tratado de la
Paciencia
Capítulo 11: La paciencia, madre de todas las virtudes
Después de haber tratado
-dentro de nuestras posibilidades- los temas
principales sobre la paciencia, ¿sobre qué otros
trataremos? ¿serán los de casa o los de afuera?
18 Abundante y extensa es la labor del demonio.
Variadísimos los dardos de este arquero dañino.
A veces son pequeños y otras muy grandes. A los
menores los desprecias en razón de su misma
pequeñez; pero de los mayores, ¡huye a causa de
su violencia! Cuando la injuria es pequeña,
entonces no es necesaria la paciencia; pero
cuando es grande, entonces sí que la paciencia
es muy necesaria para curar la injuria.
Esforcémonos en superar los daños que nos
inflija el maligno; de modo que la competencia
de nuestra serenidad de ánimo supere la astucia
del enemigo. Cuando nosotros mismos, por
imprudencia o capricho, nos causamos daño,
sufrámoslo con paciencia ya que somos culpables.
Y si creemos que Dios nos prueba, ¿a quién hemos
de mostrar mayor paciencia que al Señor? Porque
además de habernos enseñado a sufrir con
alegría, le debemos agradecer que se haya
dignado hacernos objeto de un castigo divino;
pues dice: `´Yo a los que amo castigo´(Ap. lIl,
19, y Hebr.. Xll, 6). ¡Oh feliz el siervo de
cuya corrección se interesa el Señor! ¡Dichoso
aquel contra quien se digna enojarse y a quien
corrigiendo nunca engaña con disimulo!
19
Como se puede ver, estamos siempre
obligados al deber y servicio de la paciencia.
De cualquier parte que venga la molestia: sea de
nosotros, sea de las insidias del demonio o por
amonestación de Dios, ha de intervenir la
paciencia con su ayuda que, además de ser una
merced grande de su condición, es también una
felicidad. ¿A quiénes, en efecto, llamó el Señor
dichosos sino a los pacientes? "Bienaventurados,
dice, los pobres de espíritu porque de ellos es
el reino de los cielos" (Mat., V, 3). Nadie es
pobre de espíritu perfectamente sino el humilde,
y ¿quién es humilde sino el paciente? Pues,
nadie puede humillarse a sí mismo, si antes no
tuvo paciencia en la
sumisión. "Bienaventurados los mansos." De ninguna manera es posible suponer que estas palabras puedan referirse a los impacientes. Asimismo, cuando distingue los pacíficos con el título de dichosos y los llama hijos de Dios, ¿podrán por casualidad tenerse los impacientes por familiares de la paz? Necio sería quien tal pensase. Y cuando dice: "Gozaos y alegraos siempre que os maldijesen y os persiguiesen, mucho en verdad será vuestro premio en el Cielo". Ciertamente que no es a la impaciencia que se promete la alegría, porque nadie se goza en las adversidades si antes no las hubiese despreciado, y nadie puede despreciarlas sin la práctica de la paciencia.
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