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Benedicto XVI, Occidente y el Islam: Comentario 1 a su lección magistral en Ratisbona

 

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Documento comentado:
Dios, la fe y ciencia (BenXVI, Ratisbona)
(Comentario 1) 
(Comentario 2)
(Comentario 3)
(Comentario 4)

 

 

Lo que ha dicho el Papa en Alemania no se circunscribe solo a la polémica en torno al discurso de Ratisbona. Hay más, bastante más, y el conjunto expresa un relato de una extraordinaria coherencia e importancia para guiar el futuro, algo que el griterío no debería ocultar. En este sentido, es necesario subrayar cuatro grandes ejes:

- Una crítica a Occidente por su alejamiento de Dios, por la razón gélida que transmite su ausencia causada por el falso iluminismo que en nombre de la razón se opone a ella. Sin duda éste era uno de los temas centrales, si Al Jazira y la BBC no hubieran orientado las cosas en otro sentido. El laicismo vigilante y militante ya lo vio así y ha reaccionado. Por ejemplo, Arcadi Espada, uno de los promotores de un nuevo partido en Cataluña, publicaba en El Mundo un artículo paradigmático de esta forma de pensar. Sostenía que las reacciones antes el discurso del Papa son la mejor constatación de que el razonamiento del Papa Ratzinger es un error, dado que la religión siempre provoca enfrentamientos. Es importante retener este aspecto de la cuestión porque va a ser sistemáticamente utilizado en contra del derecho religioso, en general, en nombre precisamente de la defensa de la libertad.

- El segundo eje en importancia era subrayar el papel decisivo de la razón. En Ratisbona repite hasta cinco veces que “no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”.

- Un tercer elemento que cabe señalar es que la única referencia directa al Corán es positiva: “ninguna restricción en las cosas de la fe” o, en otra versión “no hay apremio en la religión” (sura 2,256). Presenta una dimensión del texto sagrado de los musulmanes acorde con el proyecto de convivencia.

- Una crítica a la violencia ejercida en nombre de Dios y basada en una breve exégesis, ahora ya famosa, de una cita sobre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo que imperó en 1391.

Por tanto, la dimensión de lo que nos dice el Papa es mucho más compleja que una mala interpretación de unas frases de 373 palabras sobre un total de 3.565 en el original alemán.

Precisamente, desde algunas perspectivas occidentales, habitualmente hipercríticas con el Papado, se ha señalado que el error radicaba en no usar una referencia de la violencia ligada con la religión cristiana en lugar del Islam. Es un grave error de juicio o mala intención formular este tipo de planteamiento, básicamente por dos razones.
 
Una es coetánea: no existe ningún terrorismo en el mundo que en el nombre de Jesucristo derribe aviones o ponga bombas.
 
No es este el caldo de cultivo religioso donde está situado el problema, sino en el Islam; para ser exactos y justos, en una determinada interpretación del Islam. Escurrir el bulto de la realidad a base de meter en medio de la violencia actual, una referencia sobre el cristianismo, sería simplemente eludir la naturaleza del problema. No hubiera sido intelectualmente honesto ni moralmente verdadero.
 
La segunda razón es conceptualmente más importante: el Papa no podía citar una referencia cristiana porque no existe ninguna al mismo nivel. El fundador del cristianismo, Jesucristo, no planteó nada que pudiera inducir a la guerra, a la agresión o a la violencia, sino todo lo contrario, e incluso ni bajando un gran escalón, sus más inmediatos y destacados seguidores, Pedro y Pablo, dejaron escrito ni dicho nada que pudiera justificar, ni tan siquiera veladamente, la imposición de la religión mediante la violencia. No existe, por tanto, en el cristianismo un equivalente en rango a la referencia a Mahoma que el Papa utilizó en la cita del emperador bizantino Manuel II.
 
Y esto forma parte de la naturaleza del problema. Del Corán pueden extraerse suras que justifiquen la violencia en relación a la fe, y también otras que dicen cosas muy distintas. Tenemos un gran desconocimiento de este importante texto que tiene poco que ver con lo que a nosotros nos es más próximo, los Evangelios, la Biblia.
 
Primero por su radical literalidad. El texto del libro santo de los musulmanes está escrito en el cielo en lengua árabe y así ha sido transmitido a través del profeta Mahoma. A la especie humana no le cabe sino acatar esta literalidad.
 
Este no es el caso del cristianismo, y sobre todo del catolicismo, seguidores de una persona y no de un texto, y con unos Evangelios, una Biblia, inspirada por Dios pero redactada por manos humanas que se interpreta a la luz del Magisterio y de la Tradición. Esto ha facilitado siempre la inculturación en la historia.
 
Precisamente la articulación entre el Evangelio y la filosofía griega como argumento a favor de la idea de Dios como “logos”, como razón, está en el núcleo duro del discurso de Ratisbona. En este sentido, el Islam, presenta una mayor dificultad. Tampoco es un dato menor el que su exposición siga un orden cronológico y no temático, de manera que el texto sin una gran profundización pueda parecer heterogéneo, que da saltos y que trata el mismo tema en lugares distintos.
 
Si a este hecho se le une la dificultad de la lengua árabe para los extranjeros y la poca calidad de algunas traducciones tendremos una dimensión de por qué a veces nos cuesta tanto entendernos.

En el Islam hay numerosas suras que tratan del enfrentamiento, la guerra y la violencia. Por ejemplo, la 2,189; la 2,214-217; la 9,42,44; la 47,4,5.
 
También es necesario remarcar la importancia que tiene en el uso de la violencia la existencia de una persecución o expulsión previa. Este tampoco es un dato menor porque un argumento de fondo de todo el discurso del islamismo radical es el de considerarse permanentemente agredidos y expulsados. Agredidos por Occidente genéricamente, por Estados Unidos, y de forma más acentuada todavía por Israel. Expulsados de territorios que consideran suyos, como es el caso de España.
 
Es evidente que en este planteamiento de ser agredidos, hay una parte de verdad, pero no significativamente mayor que la que pueden sentir históricamente los europeos entre si, como sucede con el continuo enfrentamiento histórico entre franceses y alemanes, para citar un ejemplo.
 
La perspectiva de la expulsión también implica notable subjetivismo en la perspectiva temporal. Quienes realmente invadieron todo el norte de África hasta llegar a la Península Ibérica y atravesar los Pirineos fueron los árabes y precisamente en nombre de la religión, lo mismo que hicieron más tarde los turcos con el Imperio bizantino. Toda la orilla africana del mediterráneo y buena parte de lo que hoy llamamos Oriente Medio, es decir Argelia, Marruecos, Túnez, Libia, Egipto, en buena medida Palestina, Líbano, Siria era territorio cristiano.
 
¿Es necesario recordar por ejemplo que uno de los principales doctores de la Iglesia, San Agustín era arzobispo de Hipona, en el territorio que hoy ocupa Argelia?
 
En este sentido las Cruzadas no son tanto una acción de conquista como un intento reiterado de reconquistar los territorios de la cristiandad ocupadas por el Islam, pero en el imaginario, sobretodo árabe, son vistas como una gran agresión, de ahí que el descalificativo de “cruzado” sea uno de los predilectos de Al Qaeda.

La posibilidad de interpretar el Islam a partir del Corán en términos convivenciales o violentos lo podemos encontrar precisamente en la “Jihad”, que normalmente es utilizada en los comunicados del islamismo radical en términos de “guerra santa”.

El texto coránico presenta una transición desde posiciones no violentas, suras 50,45; 109,1-6; a la guerra defensiva, sura 22,39-40 y preceptos ambiguos como la sura 9,22.

Esta “guerra santa” para algunos, “guerra legal” también puede ser utilizada en términos distintos, como defensa del Islam, o para extenderlo. Es incuestionable que, en su historia, este concepto ha representado uno de los medios más eficaces para su expansión y esta, digamos, memoria histórica es la que utilizan los radicales.

Pero la “Jihad” tiene un sentido más amplio: significa esfuerzo en el camino de Dios a fin de eliminar las malas inclinaciones que lo alejan de Dios. Es en este sentido un concepto espiritual.

Esta combinación de liberalidad y a la vez posibilidad de ejes interpretativos distintos debe unirse al extraordinario déficit cultural en que hoy vive la sociedad islámica. Aunque solo es una parte de la misma, disponemos de datos sobre el mundo árabe que señalan que gastan menos de cuatro millones de dólares anuales en la compra de libros contra los doce millones de Europa.

El periodista libanés Camille Eid explicaba en “Avvenire” que sólo en España se imprimen más libros cada año que todos los que se han publicado en el mundo árabe desde el siglo IX. Este déficit educativo ayuda a comprender también su retraso tecnológico y sus dificultades para el desarrollo económico.

El vacío cultural convierte a los dirigentes religiosos y la oración del viernes y, de manera más reciente, la televisión, Al-Arabiya o Al-Yazira, sobre todo esta última, en los elementos fundamentales para la formación del juicio y opinión del mundo musulmán.

Todas estas circunstancias ayudan a explicar el surgimiento de un fenómeno reciente, el del radicalismo islámico, nacido en Egipto en los años 20 y que pronto se extendió a otros países árabes de la mano del movimiento de los “Hermanos musulmanes”.

En los años 50 este movimiento desarrolló la teoría Gâhiliyyah (“ignorancia religiosa”) que sostiene que “quien no aplica el Corán es pagano”.

Esto conduce a la tesis siguiente: “puesto que Mahoma en el Corán ha combatido militarmente la Gâhiliyyah, el paganismo de entonces, también nosotros debemos combatir la Gâhiliyyah de hoy con las armas”.

Esta línea ideológica se realimenta en la violencia y evoluciona hasta llegar a considerar que un “Imam” puede afirmar que una persona es Kâfir, es decir infiel o apóstata para que esta pueda ser matada. Es lo que sucedió con Sadat, sucesor de Nasser, asesinado por el Tratado de Paz con Israel.

Existen, por tanto, problemas reales, objetivos, pero no por ello insolubles, si bien que para poder intentar resolverse han de ser reconocidos como tales, cosa que no hace una buena parte de la intelectualidad y la progresía europea. Es un dato verificado que el Islam tiene en su aplicación política, la “Shariah” que forma un bloque indisociable con la religión, importantes dificultades con el ejercicio de la libertad.

Un país cercano como Marruecos, que ha retirado escandalizado a su embajador en el Vaticano, castiga con penas de prisión cualquier proselitismo religioso que no sea musulmán y éste es el vecino –digamos- de la esquina.

Casos más extremos se dan, obviamente, en la Arabia Saudí, Pakistán, Afganistán, donde es imposible que exista el culto religioso ni tan solo en el ámbito privado, y cuyo régimen jurídico permite que un musulmán convertido al cristianismo sea condenado a muerte.

Muchos dirigentes islámicos alardean de que respetan y reconocen las religiones del Libro, judíos y cristianos, pero la triste realidad demuestra lo contrario. Sí es cierto que el Corán trata bien a los cristianos y mucho menos a los judíos (suras 5,82-86; 16,115-120).

Naturalmente todo esto tiene un reflejo en la emigración hacia Europa, un fenómeno inevitable y en expansión. Una numerosa población europea está en parte asumiendo, en su segunda y tercera generación, la ideología islámica en el doble sentido de rebelión contra unos padres que considera “fracasados” y acomodaticios, y como liberación en contra de Europa.

Existe, por consiguiente, un problema objetivo que en España se produce con retraso porque nuestra inmigración islámica es mucho más reciente. Esto plantea la realidad de la existencia de modelos distintos: el Europeo que presenta cada vez perfiles más borrosos, excepto en lo que se refiere a las políticas de permisividad y trasgresión pero que ignora cada vez más cuales son los fundamentos, por consiguiente, razones de las instituciones y la sociedad que ha construido; y el proyecto del Islam político que tiene en la autonomía cultural, la creación de comunidades cerradas, su primer paso.

Es un error olvidar, como parece que hace Europa, que el Islam siempre tiene una dimensión política y que no es posible que puedan coexistir proyectos globales de sociedad radicalmente distintos.

En este sentido la cobardía política de unos y el pensamiento malévolo del laicismo de la exclusión religiosa, de utilizar el Islam y los problemas que pueda acarrear como ariete contra la Iglesia, es un suicidio de la propia colectividad europea.

Pero planteadas así las cosas la pregunta es: ¿qué debemos hacer?

El Papa, precisamente, en el discurso de Ratisbona señalaba los fundamentos de la respuesta al indicar que el diálogo entre las culturas y las religiones en nombre del “logos” constituía el fundamento de la posibilidad de convivir fructíferamente.

Decía: Juan en su evangelio empieza con las palabras “al principio eran “logos”, es decir la palabra, la razón. Dios. Una razón creadora capaz de comunicarse pero como razón”.

Y hacía un llamamiento “hace falta valentía para comprometer toda la amplitud de la razón y no la negación de su grandeza: este es el programa con el que la teología anclada en la fe bíblica ingresa en el debate de nuestro tiempo”.

En ningún caso es una respuesta demostrar temor o aprensión ante la violencia del Islam radical, porque entonces ésta se crece y, al mismo tiempo, se deja sin argumentos a los musulmanes partidarios del diálogo y la convivencia.

En este sentido, y en el ámbito de la política exterior es vital, como ya apuntábamos en otro editorial, la presión para que se instaure en los países democráticos el ejercicio razonable de los derechos fundamentales.

Sin actuar en este plano se estará dando una ventaja enorme, como viene sucediendo, al Islam radical. La existencia de estos derechos, que también implica la libertad religiosa, es necesaria para que puedan operarse movimientos de reforma, debates culturales, en definitiva todo aquello que ha de permitir que la razón se introduzca en las sociedades islámicas.

Desde el punto de vista interno, europeo, es necesaria una concepción clara de que los inmigrantes, también los musulmanes, se han de adaptar a la tradición cultural y política del país, manteniendo la lógica apertura, garantizada por la existencia de los derechos y libertades constitucionales.

Un musulmán no debe tener ninguna dificultad para el ejercicio de su religión en España pero ha de entender que este ejercicio no puede comportar el incorporar su concepción política, la Sharia, y que no puede negarse a la reciprocidad de trato en sus países de origen, para con otras culturas y religiones distintas al Islam.

Claro que para que esto pueda ser eficaz, Europa, la propia España debería tener una idea clara de cuales son los componentes, las raíces que definen su identidad.

Saber qué somos y de dónde venimos es absolutamente necesario si no se quiere caer en el relativismo que tanto nos debilita, como bien ejemplifica Iniciativa per Catalunya al oponerse al reconocimiento institucional que el Papa tenga derecho a manifestar libremente su pensamiento.

Claro que si todo se redujera a tan minúsculo y poco significativo partido, no podríamos hablar de problema. Iniciativa es la muestra, la guinda que corona un pastel en el que intervienen instituciones tan importantes como el Gobierno español y el Parlamento europeo, tan atento a censurar a la Iglesia en nombre de las libertades y tan silencioso hasta ahora a la hora de defender precisamente la libertad y la razón. 

(Comentario 2)
(Comentario 3)

 


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