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'CONSIDERACIONES SOBRE LA «ESPIRITUALIDAD LITÚRGICA»QUE ES PRECISO DESARROLLAR AL INICIO DEL TERCER MILENIO 

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Antonio C. Molinero Espadas[1]*
Catechumenium 4 (2004) 97 - 144

Introducción: Spiritus et Sponsa n. 16

La primera impresión que puede suscitar el contundente título del presente comentario es pensar que el autor es un pretencioso.

Sin embargo, la verdad es que sólo pretendo atender-responder al deseo-mandato que Su Santidad Juan Pablo II expresa como conclusión de su Carta Apostólica Spiritus et Sponsa (= SS), donde afirma en el n. 16: "Es preciso que en este inicio de milenio se desarrolle una «espiritualidad litúrgica»".

Pero antes de centrarme en el objeto del presente trabajo, deseo realizar algunas observaciones que sirvan de presentación a la Carta Apostólica Spiritus et Sponsa y ayuden también a considerar el valor teológico-pastoral que debemos concederle.

La Carta Apostólica Spiritus et Sponsa fue firmada por el Santo Padre el 4 de diciembre del 2003, con ocasión del XL aniversario de la promulgación de la Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium(= S C).

El documento, no demasiado extenso y articulado en 16 números, tiene un esquema de fondo que responde a tres objetivos:

 

 

a) redescubrir los temas de fondo de la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, b) comprobar su recepción y c) mirar hacia el futuro[2]'.

¿Cómo debe ser leída la Spiritus et Sponsa? Por el motivo de su publicación, su estructura y contenido, no podemos dudar de que su lectura pretende llevarnos a celebrar el aniversario de la publicación de la Sacrosanctum Concilium y a "actualizar-aplicar" sus contenidos; teniendo presente, según la expresión del mismo Santo Padre, que "la Sacrosanctum Concilium ha marcado una etapa de fundamental importancia para la promoción y el desarrollo de la liturgia" (SS 16). "Actualización-aplicación" que ya tuvo un primer momento en el año 1988 con la publicación de la Carta Apostólica Vicesimus quintus annus (= Vqa).

1. Cuestiones previas

1.1. ¿Por qué tenemos que "actualizar-aplicar" la Constitución Sacrosanctum Concilium?

En primer lugar queremos definir lo que entendemos por "actualización-aplicación". Utilizamos este término como reflejo del concepto de "actualización" que se utiliza al hablar de los sacramentos como commemoratio del Misterio Pascual de Cristo. En efecto, no se pretende simplemente repetir la enseñanza de la Sacrosanctum Concilium o recordar, más o menos románticamente, sus logros, ni tampoco hacer una nueva Constitución Conciliar o hacerle decir al documento lo que no dijo; sino que se trata de "aplicar" al "hoy" de la Iglesia, lo que la Iglesia afirmó de manera solemne, sobre la Sagrada Liturgia, el 4 de diciembre de 1963.

Y es necesario que "actualicemos-apliquemos" lo dicho por la Iglesia hace cuarenta años, en un documento que en principio debe ser considerado definitivo, porque el momento histórico ha cambiado. Ha cambiado la situación histórica de la sociedad, ha cambiado la situación histórica de la Iglesia y ha cambiado la realidad histórica de cómo los cristianos vivimos las acciones litúrgicas.

 

Ya eran evidentes estos cambios sociales en 1988. El Santo Padre reconocía, en la Carta Apostólica Vicesimus quintus annus: "El esfuerzo de la renovación litúrgica debe responder además a las exigencias de nuestro tiempo. La Liturgia no está desencarnada. Durante estos veinticinco años han surgido nuevos problemas o han tomado un nuevo aspecto (...) En la Constitución Sacrosanctum Concilium no se hace mención de estos problemas, pero se indican los principios generales para coordinar y promover la vida litúrgica" (Vqa 17).

Nuevos problemas y nuevas "dificultades debidas sobre todo a un contexto poco favorable, caracterizado por una tendencia a privatizar el ámbito religioso, por un cierto rechazo de toda institución, por una menor presencia visible de la Iglesia en la sociedad, por un cuestionar la fe personal" (Vqa 11).

Para el año 2003, dichos problemas y dificultades se han transformado en verdaderos desafíos para la Iglesia:

"Mirando al futuro, son múltiples los desafíos a los que la liturgia debe responder. En efecto, a lo largo de estos cuarenta años, la sociedad ha sufrido cambios profundos, algunos de los cuales ponen fuertemente a prueba el compromiso eclesial. Tenemos ante nosotros un mundo en el que, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana, los signos del Evangelio se van atenuando. Es tiempo de nueva evangelización. La Liturgia se ve interpelada directamente por este desafio.

A primera vista, parece quedar marginada por una sociedad ampliamente secularizada. Pero es un hecho indiscutible que, a pesar de la secularización, en nuestro tiempo está emergiendo, de diversas formas, una renovada necesidad de espiritualidad. Esto demuestra que en lo más íntimo del hombre no se puede apagar la sed de Dios. Existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en un contacto personal con Cristo. Sólo en la intimidad con él cada existencia cobra sentido, y puede llegar a experimentar la alegría que hizo exclamar a Pedro en el monte de la Transfiguración: «Maestro, ¡qué bien se está aquí!» (Lc 9, 33)" (SS I b)).

La profunda y rápida transformación que ha sufrido la sociedad en los últimos tiempos ha dejado una huella, igualmente profunda, en la vida de la Iglesia contemporánea. Su influencia ha sido tal que ha llegado a provocar la aparición de verdaderos principios de desintegración en su mismo núcleo cristológico-eclesiológico que están en la mente de todos . Es oportuno recordar en este momento que todos estos procesos de transformacióntanto de la sociedad como de la Iglesia, no tienen un origen reciente, sino que se han ido generando, por lo menos, desde el siglo XIX.

Frente a este panorama, la Iglesia ha respondido de diversas maneras, siendo el momento clave, y clave de interpretación de todo lo demás, la convocación y celebración del Concilio Vaticano II. La obra conciliar, con auténtica visión profética, ha generado una profunda renovación teológica en la que podemos descubrir como núcleo la conocida "eclesiología de comunión", cuya alma es la "espiritualidad de comunión''[3].

De todo este proceso, que ha vivido y está viviendo la Iglesia, encontramos un reflejo directo en su vida litúrgica. No entramos en la discusión de si la situación de la Iglesia ha provocado o ha sido provocada por la situación de la Liturgia, pensamos que sería una discusión poco fructífera que no nos llevaría a ninguna conclusión. Más bien queremos hacer una lectura de la historia desde la fe: se trata de un proceso histórico (del mundo, de la Iglesia y de la liturgia) permitido por Dios, ya que "sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Rm 8,28).

El gran liturgista Louis Bouyer esquematizaba la evolución de la vivencia litúrgica, antes y después del Concilio Vaticano II, con las siguientes palabras: "La liturgia de ayer no era prácticamente más que un cadáver embalsamado. Lo que hoy día se llama liturgia no es más que ese mismo cadáver descompuesto''[4]. Sin duda dicha afirmación es una caricatura de la realidad, pero precisamente por eso nos permite intuir, con mucho acierto, la situación real en sus rasgos más fuertes.

Nosotros, incluso, podríamos añadir que se pueden detectar las "bacterias necrófagas" responsables de dicha descomposición. A tal fin  recurrimos a la enseñanza del Santo Padre que al explicar las dificultades con las que se ha encontrado la aplicación concreta de la reforma litúrgica dice:

"Se puede suponer también que el pasar de una mera asistencia -a veces más bien pasiva y muda- a una participación más plena y activa haya sido para algunos una exigencia demasiado fuerte; por lo cual han surgido actitudes diversas e incluso opuestas ante la reforma.

En efecto, algunos han acogido los nuevos libros con una cierta indiferencia o sin tratar de comprender ni de hacer comprender los motivos de los cambios; otros, por desgracia, se han encerrado de manera unilateral y exclusiva en las formas litúrgicas anteriores, consideradas por algunos de éstos como única garantía de seguridad en la fe. Otros, finalmente, han promovido innovaciones fantasiosas, alejándose de las normas dadas por la autoridad de la Sede Apostólica o por los Obispos, perturbando así la unidad de la Iglesia y la piedad de los fieles, en contraste, a veces, con los datos de la fe" (Vqa 11)4[5].

Frente a esta realidad, lejos de sorprendernos, escandalizamos o llenamos de angustia, es preciso que, mirando con ojos de fe, esperemos el milagro del ave fénix; símbolo, entre los cristianos, de la resurrección. Más aún, es posible verificar si ya se está dando dicho re-nacimiento por una especie de test que Juan Pablo II nos ha ofrecido en la Spiritus et Sponsa:

"A distancia de cuarenta años, conviene verificar el camino realizado. Ya en otras ocasiones he- sugerido una especie de examen de conciencia a propósito de la recepción del concilio Vaticano II. Ese examen no puede por menos de incluir también la vida litúrgico-sacramental.

¿Se vive la liturgia como «fuente y cumbre» de la vida eclesial, según las enseñanzas de la Sacrosanctum Concilium?.

El redescubrimiento del valor de la palabra de Dios, que la reforma litúrgica ha realizado, ¿ha encontrado un eco positivo en nuestras celebraciones?

¿Hasta qué punto la liturgia ha entrado en la vida concreta de los fieles y marca el ritmo de cada comunidad?

¿Se entiende como camino de santidad, fuerza interior del dinamismo apostólico y del espíritu misionero eclesial?" (SS 6).

En este contexto de re-nacimiento que, tomando el espíritu del magisterio del Santo Padre, podemos definir como el proceso que va desde la "reforma" litúrgica y, pasando por la "renovación", debe llegar a la "profundización", se encuentra el tema de nuestro trabajo: la "espiritualidadlitúrgica" que es necesario desarrollar al inicio del tercer milenio.

1.2. ¿Dónde podemos fundamentar esta "espiritualidad litúrgica"?

No podemos admitir que sea una casualidad, ni tan siquiera una cuestión superficial, que el documento pontificio que estudiamos resalte entre comillas la expresión: "espiritualidad litúrgica". En realidad, lo que sucede es que no se nos propone desarrollar cualquier espiritualidad litúrgica, sino la "espiritualidad litúrgica" adecuada al inicio del Tercer Milenio; dicho de otra manera: la "espiritualidad litúrgica" adecuada para la Nueva Evangelización, "Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión''[6].

Pensamos que esta nueva "espiritualidad litúrgica" tiene como punto de apoyo la Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium (4-diciembre­1963), de la que se derivan las dos actualizaciones-aplicaciones sucesivas que encontramos en las Cartas Apostólicas Vicesimus quintus annus (4­diciembre-1988) y Spiritus et Sponsa (4-diciembre-2003). Estos tresdocumentos deben leerse como una continuidad, constituyen el eje básico que sostiene la reforma-renovación-profundización de la vida litúrgica y suponen el esfuerzo de aplicación del Concilio Vaticano II; no desde la perspectiva de voces opinables, sino desde la voz autorizada del magisterio conciliar y pontificio.

De esta forma llegamos a un asunto que no por ser algo evidente, deja de tener mucha importancia y que a veces parece olvidarse o menospreciarse: nosotros, por voluntad expresa de Dios ¡somos la Iglesia del Vaticano II!; o mejor: ¡ somos la Iglesia de la aplicación del Concilio Vaticano II!. No somos la Iglesia a la que Dios confió la aplicación, por ejemplo, del Concilio de Trento, ni la Iglesia a la que Dios confiará la aplicación de un hipotético Concilio "Vaticano III". Nos ha tocado vivir el momento histórico que Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, ha determinado que vivamos. Aquí poco importan mis gustos personales (me gustaba más la Iglesia preconciliar... o me gustaría una Iglesia más...), aquí de lo que se trata es de ir al paso de la Iglesia, ajustar mi paso al suyo: "para sentir con la Iglesia''[7].

¡ Somos la Iglesia de la aplicación del Concilio Vaticano II!, en general. Yen particular: ¡Somos la Iglesia de la aplicación de la reforma litúrgica del Vaticano II, promovida por la Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium!

Pero ¿qué ha supuesto la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II para la vida de la Iglesia? Así lo ve Juan Pablo II: "Verdaderamente, en la Constitución sobre la sagrada liturgia, primicia de la «gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX», el concilio Vaticano II, el Espíritu Santo habló a la Iglesia, guiando sin cesar a los discípulos del Señor «hacia la verdad completa» (Jn 16, 13)" (SS 1).

Con esta visión del Concilio Vaticano II y de su reforma litúrgica, es enormemente revelador recordar lo que el mismo Santo Padre[8] afirmaba en la Vicesimus quintus annus, al repasar su propia labor ministerial:

"Desde el inicio de mi servicio pastoral en la cátedra de Pedro, me preocupé en insistir sobre la importancia permanente del Concilio Vaticano II y tomé el empeño formal de dar al mismo la correspondiente aplicación. Y añadí que convenía hacer madurar, con el estilo propio de lo que se mueve y vive, las  fecundas semillas que los Padres del Concilio Ecuménico, alimentados con la Palabra de Dios, sembraron en tierra buena (cf. Mt. 13, 8. 23), es decir, los importantes documentos y las deliberaciones pastorales. En más de una ocasión he desarrollado posteriormente, sobre diversos puntos, las enseñanzas del Concilio respecto a la Liturgia y he llamado la atención sobre la importancia que la Constitución Sacrosanctum Concilium tiene para la vida del pueblo de Dios; en ella es ya posible hallar la sustancia de aquella doctrina eclesiológica que será posteriormente propuesta por la asamblea conciliar. La Constitución Sacrosanctum Concilium, que fue el primer documento conciliar, cronológicamente hablando, anticipa la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium y se enriquece, a su vez, con la enseñanza de esta Constitución.

Después de un cuarto de siglo, durante el cual la Iglesia y la sociedad han conocido cambios profundos y rápidos, es oportuno poner de relieve la importancia de esta Constitución conciliar, su actualidad en relación con los problemas nuevos y la permanente validez de sus principios" (n. 2).

Una observación final para concluir este apartado. La fuerte vinculación entre eclesiología y liturgia es un hecho admitido en la actualidad por todos. No olvidemos que, por una parte, "la liturgia es la cumbre a la que tiende

la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10), y que, por otro lado, "la Eucaristía edifica la Iglesia y la

Iglesia hace la Eucaristía" (Ecclesia de Eucharistia n. 26). Por eso, no es para asombrarse que, al igual que frente a la crisis eclesiológica la Iglesia

ha respondido con la "eclesiología de comunión" y su correspondiente "espiritualidad de comunión", como respuesta a la crisis litúrgica se busque desarrollar una "espiritualidad litúrgica" capaz de responder adecuada­mente a los desafíos actuales.

1.3. ¿Por qué "es preciso que (...) se desarrolle" esta "espiritualidad litúrgica"?

En primer lugar, ¿por qué el Santo Padre, afirmando que "es preciso", le da un matiz de exigencia urgente al desarrollo de esta "espiritualidad litúrgica"?

Porque están en juego aspectos fundamentales para la vida del cristiano,

de la Iglesia, de la sociedad y del ser humano; tanto en el presente como para el futuro. Ya que, por una parte, la liturgia es "la fuente primera e indispensable del verdadero espíritu cristiano"[9]; y, por otro lado, ante el anhelo insaciable que todo hombre tiene de encontrarse con las respuestas a sus interrogantes más profundos y en definitiva ante el "anhelo de encuentro con Dios, la liturgia ofrece la respuesta más profunda y eficaz" (SS 12).

Y es que, tal como enseñó la Sacrosanctum Concilium al delinear los principios que fundan la praxis litúrgica, las acciones litúrgicas, situadas en el horizonte de la historia de la salvación cuyo fin es la redención humana y la perfecta glorificación de Dios, actualizan la obra de nuestra redención gracias a la presencia operante de Cristo en la liturgia en la que asocia para tal fin a la Iglesia, haciéndonos de esta forma pregustar la liturgia de la Jerusalén celestial. Por eso, con autenticidad, podemos afirmar que la liturgia es la cumbre y la fuente de toda la acción de la Iglesia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no iguala ninguna otra acción de la Iglesia. Más aún, la vida litúrgica de la Iglesia no mira sólo a sí misma y al bien de los bautizados, sino que tiene verdaderamente una dimensión cósmica y universal[10].

En segundo lugar, ¿por qué pide el Santo Padre que "se desarrolle" esta "espiritualidad litúrgica"?

Porque, sin duda, la Iglesia ha vivido y vive del espíritu que la anima. Por consiguiente, no es que no haya existido nunca o no exista espiritualidad litúrgica, sino que la preocupación es desarrollar una "nueva espiritualidad litúrgica" adecuada a la "nueva evangelización" para el Tercer Milenio.

Se trata en definitiva, de tomar los principios de espiritualidad litúrgica presentes en el Depósito de la Fe (en la Sagrada Escritura yen la Sagrada Tradición) y en el Magisterio vivo de la Iglesia y aplicarlos adecuadamente al momento histórico que el Señor nos ha concedido vivir. Con este sentido no sería una barbaridad decir que la "espiritualidad litúrgica" que se nospide desarrollar existe en germen, porque se trata de un camino que tenemos por delante para recoCuadro de texto: 106 Antonio C. Molinero Espadas
rrer.      

2. Deshaciendo mal entendidos.

2.1. ¿Qué debemos entender por "espiritualidad"?

Evidentemente no se trata de falsos espiritualismos, producto más bien de un sentimiento religioso natural, más o menos vago, y que tiene como fruto específico un profundo divorcio entre lo que se cree y lo que se vive. No se trata de espiritualismos que nacen del stupor que provoca lo tremendum, un mecanismo de defensa, generalmente, producto de la psicología humana; que llevan por caminos plagados de fantasía, que no tienen mucho o nada que ver con la realidad del mundo, del hombre y de Dios.

Hablamos de una "espiritualidad" que tiene como punto de arranque la propia Palabra de Dios: "Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testirnonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados" (Rm 8,15-17).

Se está hablando de una "espiritualidad" que se ajusta a la Sagrada Escritura y a la Sagrada Tradición, y que concuerda perfectamente, por consiguiente, con la experiencia y enseñanzas de los Santos Padres y de todos los Santos. Es la "espiritualidad" que de forma realmente admirable sintetiza el Catecismo de la Iglesia Católica (= CEC) en su Cuarta Parte.

No es el momento de hacer ni tan siquiera un resumen de lo que ahí nos enseña el Magisterio vivo de la Iglesia. Pero creemos indispensable hacer algún comentario al número 2558, número que creemos da sentido ala estructura de todo el Catecismo y fundamenta sólidamente el concepto de "espiritualidad" al que nos estamos refiriendo; dice así:

"Este es el Misterio de la fe". La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (Primera parte del Catecismo) y lo celebra en la Liturgia sacramental (Segunda parte), para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre (Tercera parte). Por tanto, este Misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración."

 

Aquí se presentan tres facetas de la misma realidad, el ser cristiano viene definido por lo que creemos, lo que celebramos y lo que vivimos; es una aplicación del clásico lex orandi-lex credendi, que con más precisión podemos enunciar: lex credendi - lex orandi - lex vivendi. Un trípode inseparable que sostiene y da equilibrio a toda la vida cristiana. Lo que creemos engendra lo que celebramos, y de lo que creemos y celebramos procede lo que vivirnos como "semilla que crece sola", en una admirable unidad coherente; de tal forma que cada uno de los elementos aquilata los otros dos y cada uno sirve de "termómetro" del resto[11].

La genuina espiritualidad cristiana aparece en el punto de fusión de estas tres facetas, como "relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero", como un "diálogo-comunicación" entre Dios y el hombre. De tal forma que en la única espiritualidad podemos distinguir tres dimensiones: espiritualidad bíblica (como columna vertebral de la fe), espiritualidad litúrgica y espiritualidad existencial. Y así aparece un verdadero diálogo-comunicación entre Dios y el hombre que, siendo verdaderamente "sinfónico", podemos reconocer como diálogo bíblico - diálogo litúrgico - diálogo existencial.

 

2.2. Piedad y actos piadosos. Devoción y devociones.    

La espiritualidad propuesta por el Catecismo de la Iglesia Católica, que debemos entender como la espiritualidad adecuada para la Nueva Evangelización ante el Tercer Milenio, busca poner como Fuente genuina, única y directa de la vida del cristiano al propio Cristo, "que nos espera para darnos de beber" en tres manantiales: la Palabra de Dios, la Liturgia de la Iglesia y el "Hoy" ("los acontecimientos de cada día"). El Espíritu de Cristo, en estos manantiales, nos introduce por la puerta estrecha de la fe, nos educa para orar en la esperanza, para llevarnos a la cumbre de la vida cristiana que es el amor"[12] .       

En definitiva se busca conducir a los fieles a los nutritivos pastos de una espiritualidad bíblica-litúrgica-existencial, que supere un tipo de espiritualidad apoyada directa y casi exclusivamente en las prácticas devocionales, con una referencia remota a la Sagrada Escritura, con la asistencia a celebraciones litúrgicas tan distantes que hace necesario simultanearlas con actos piadosos, por ejemplo el rezo del Santo Rosario, más cercanos y comprensibles; yen la que la existencia se distancia, poco a poco, de la revelación de Dios en Cristo y de la celebración sagrada que ésta engendra.

Las devociones y los actos piadosos, sin duda, han tenido a lo largo de toda la historia de la Iglesia, y siguen teniendo en la actualidad, una gran importancia y son de enorme utilidad para la vida cristiana, con tal que"recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera" (LG 67) creída-celebrada-vivida. Ciertamente "la constitución Sacrosanctum Concilium interpreta proféticamente esta urgencia, estimulando a la comunidad cristiana a intensificar la vida de oración, no sólo a través de la liturgia, sino también a través de los «ejercicios piadosos», con tal de que se realicen en armonía con la liturgia, como si derivaran de ella y a ella condujeran" (SS 10)[13]. "Una pastoral litúrgica auténtica sabrá apoyarse en las riquezas de la piedad popular, purificarlas y orientarlas hacia la liturgia" (Vqa 18).

Es conveniente, en este momento, para evitar mayores confusiones, saber precisar lo que es Devoción y Piedad, para así distinguirlo de lo que son devociones y actos piadosos. Colocando, de esta forma, cada elemento en su propio lugar.

La Summa Theologiae define Piedad como la "Virtud moral que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión"[14]. Pero, ¿qué es Devoción? La misma obra así la entiende: Devoción es la "Actitud de prontitud con que se está dispuesto a hacer la voluntad de Dios[15].

A esta Devoción, la teología posterior la llama "devoción substancial", para precisar que existe también la "devoción accidental" que consiste en ciertos sentimientos de alegría y gozo que acompañan muchas veces a la devoción substancial. Pero estos sentimientos no son ni necesarios ni suficientes, por sí solos, para lo substancial de la devoción. No son necesarios porque sin estos consuelos sensibles puede existir el acto de la voluntad pronto para ejecutar lo que pertenece al divino servicio (se ilustra clásicamente este aspecto con el pasaje de Jesús en Getsemaní). Y no son suficientes porque estos gustos sensibles pueden ser efecto natural de una naturaleza tierna y fácil para recibir una impresión dulce de los objetos que se representan en la mente. No obstante, cuando estos consuelos sensibles tienen su origen en la gracia sobrenatural, son dones de Dios que completan accidentalmente la devoción y facilitan los actos de virtud.

De todo lo dicho se deduce que al ser la Piedad-Devoción una virtud, uno de los dones del Espíritu Santo que "pertenecen en plenitud a Cristo" (CEC 1831), su recepción está vinculada a la obra redentora de Nuestro Salvador a la que tenemos acceso por la fe. Fe que "viene de la predicación" (Rm 10,17), se actualiza por las acciones litúrgicas, ya que "la vida espiritual de los fieles se alimenta en la celebración litúrgica" (SS 10). En definitiva, si queremos que el Pueblo de Dios tenga Piedad y Devoción, lo urgente es gastar nuestros esfuerzos en la predicación, en la constatación-discernimiento de la fe de los bautizados yen la autenticidad de las celebraciones litúrgicas. Dicho de otra manera: el problema actual y real de falta de Piedad no está causado por la falta de actos devocionales, sino por la falta de predicación-fe y de participación en las acciones litúrgicas; lo que implica el divorcio entre la fe y la vida, entre las acciones litúrgicas y la vida, e incluso entre las devociones y la vida.

No se trata de desplazar los actos piadosos y devocionales, sino de que ocupen su verdadero lugar. Porque el verdadero peligro es esperar que sólo con la realización de actos piadoso-devocionales aparezca la Piedad‑Devoción, ya que, si lo hacemos así, estaremos fomentando sólo la devoción accidental, dando paso a meras "apariencias" afectadas o provocando el simple cumplimiento externo y legalista al estilo del fariseísmo tan criticado por Nuestro Señor. No olvidemos, finalmente, que, atendiendo a la definición de Piedad-Devoción de Sto. Tomás, la Piedad/ Devoción se manifiesta externamente, y así descubrimos si es substancial o accidental, por medio de la prontitud para realizar la voluntad de Dios. Es decir, la lex vivendi es inseparable de la lex orandi al cualificarla. Y así, "lo que se escucha en la acción litúrgica, también se haga luego realidad en la vida"[16], "estimulando la existencia cristiana a una renovación continua" (SS 8).

3. Núcleo y desarrollo de la "espiritualidad litúrgica"

3.1. Núcleo: Spiritus et Sponsa - Vicesimus quintus annus -Sacrosanctum Concilium

Si, como hemos señalado más arriba, leemos la Constitución Conciliar y las dos Cartas Apostólicas sobre la liturgia corno un eje básico, en una clara línea de continuidad del Magisterio vivo que busca la aplicación del Concilio Vaticano II, podremos encontrar el núcleo o columna vertebral capaz de sustentar la "espiritualidad litúrgica" que deseamos desarrollar.

Para realizar este trabajo haremos un recorrido de lo sintético a lo desarrollado, en un proceso regresivo en el tiempo.

Spiritus et Sponsa 16:
Cristo 
y su Iglesia

Cuando el Santo Padre nos pide desarrollar esta "espiritualidad litúrgica", precisa que con ello busca conducir a la Iglesia entera a tomar conciencia de dos aspectos indisolublemente unidos. Por una parte que Cristo, como primer "liturgo", "actúa sin cesar en la Iglesia y en el mundo en virtud del misterio pascual continuamente celebrado". Y que, por otro  lado, para realizar dicha misión, Cristo "asocia a sí a la Iglesia, para alabanza del Padre, en la unidad del Espíritu Santo"[17].

Esta realidad esencial a la celebración litúrgica de la Iglesia, su lex orandi, corresponde a su vez con el núcleo de la predicación y la fe de la Iglesia, su lex credendi, que podemos descubrir esquematizado en el anuncio kerigmático que realizan primero los apóstoles y luego la Iglesia universa[18]. Y del mismo modo, se corresponde con la columna vertebral de la vida cristiana, su lex vivendi, desarrollada admirablemente en el Sermón del Monte1[19] y prefigurada proféticamente en los cantos del Siervo de Yahvé[20].

Por otra parte, este núcleo esencial de la "espiritualidad litúrgica" se ajusta perfectamente a la propia naturaleza de las acciones litúrgicas de la Iglesia, porque "¿qué es la liturgia sino la voz unísona del Espíritu Santo y la Esposa, la santa Iglesia, que claman al Señor Jesús: «Ven»? ¿Qué es la liturgia sino la fuente pura y perenne de «agua viva» a la que todos los que tienen sed pueden acudir para recibir gratis el don de Dios? " (SS 1).

Vicesimus quintus annus:

Misterio Pascual - Palabra de Dios - la Iglesia se
manifiesta a sí misma

Sobre la piedra angular, señalada en el apartado anterior, de Cristo y su Cuerpo que es la Iglesia, se apoyan tres grandes cimientos que darán solidez al edificio de las acciones litúrgicas: la actualización del Misterio Pascual, la presencia de la Palabra de Dios y la automanifestación de la Iglesia. Se trata, en definitiva, de "los principios directivos de la Constitución, que sirvieron de base a la reforma [y que] son fundamentales para conducir a los fieles a una celebración activa de los misterios, fuente primaria y necesaria del espíritu verdaderamente cristiano (...) [Por consiguiente] es necesario mantener constantemente presentes estos principios y profundizarlos" (Vqa 5).

En primer, lugar, toda la vida litúrgica gira en torno al sacrificio eucarístico y a los demás sacramentos; de tal forma que cada vez que se celebra el memorial de la muerte del Señor, se realiza la obra de nuestra Redención. Para actualizar su misterio pascual, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. Dicha presencia real y eficaz de Cristo la encontramos en cuatro dimensiones litúrgicas: en la Iglesia orante, con las consiguientes exigencias de acogida fraterna—que llega hasta el perdón—y de decoro; en la persona del ministro que por su actitud interior y exterior debe translucir y no opacar dicha presencia; en su Palabra; y, finalmente, por medio del Espíritu Santo en los sacramentos[21].

En segundo lugar, gracias a una lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada, fruto de la renovación conciliar, la Iglesia busca que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y rito en la liturgia; ya que la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo. El desarrollo de la vida cristiana no se podrá realizar si no se promueve constantemente un "amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura". De lo cual se derivan una serie de exigencias dignas de tener muy en cuenta: absoluta fidelidad al sentido auténtico de la Escritura, adecuada disposición interior de los ministros de la Palabra, esmerada preparación de la homilía a través del estudio y la meditación, compromiso de los fieles a participar en la mesa de la Palabra, promoción del gusto de orar mediante los Salmos y deseo de descubrir a Cristo en la mesa de la Palabra y del Pan, y, por último, sin descuidar la atención al modo de proclamar la Escritura y el uso adecuado de los necesarios medios técnicos[22].

En tercer lugar, cuando hablamos de la automanifestación de la Iglesia, se afirma que es necesario ver en la Liturgia una epifanía de la Iglesia. La Iglesia, celebrando el culto divino, expresa lo que es: una, santa, católica y apostólica. Se manifiesta como una, con aquella unidad que le viene de la Trinidad. Expresa la santidad que le viene de Cristo. Muestra su catolicidad, ya que en ella el Espíritu del Señor congrega a los hombres de todas las lenguas. Y manifiesta que es apostólica, porque la fe que ella profesa está fundada en el testimonio de los Apóstoles. En definitiva, el Misterio de la Iglesia es principalmente anunciado, gustado y vivido en la Liturgia[23].

Sacrosanctum Concilium:
Los grandes principios de las Acciones Litúrgicas.

Una vez construidos los cimientos, es necesario levantar columnas y poner vigas al edificio. Éste es el papel de los altiora principia[24], o "grandes principios de las Acciones Litúrgicas" que puso de manifiesto el movimiento litúrgico y asumió la reforma y renovación litúrgica del Concilio Vaticano II.

En efecto, "Juan XXIII, en el Motu propio Rubricarum instructum del 25 de julio de 1960, con el cual promulgaba el nuevo código de las rúbricas, declaraba que su fin era eminentemente práctico: aligerar el aparato rubrical de la misa y del oficio divino, dejando al Concilio la enunciación de los principios fundamentales, altiora principia, para la reforma general de la liturgia. La comisión preparatoria se esforzó por investigar cuáles son esos principios y formularlos en la Constitución[25].

Por su parte, "Los padres conciliares no se limitaron a enunciar los altiora principia de la liturgia, sino que, por la relación inseparable que existe entre el principio teórico y el desarrollo de los ritos, decidieron tratar también sobre la acción litúrgica en sus aspectos más concretos, porque en los ritos el Espíritu y la Iglesia actúan conjuntamente a través de signos sensibles (...) Los aspectos de la liturgia se afrontaron con valentía y clarividencia, y a cada uno se indicó la solución, de acuerdo con la genuina tradición eclesial y con los fundamentos bíblico-patrísticos, para respondera las nuevas exigencias de la acción pastoral y con el fin de fomentar la formación del pueblo de Dios y su participación fervorosa, activa, consciente y comunitaria en la liturgia"[26].

Ahora no podemos hacer mucho más que enumerarlos y señalar las referencias conciliares que a ellos se refieren. Pero aprovecharemos la ocasión para ordenarlos y así vincularlos a los tres principios directivos de la Constitución Sacrosanctum Concilium que hemos visto anteriormente.

La actualización del Misterio Pascual supone tres principios: Principio de la múltiple presencia real de Cristo en la Liturgia[27], Principio de la presencia operante o de la acción eficaz de Cristo (que incluye un doble movimiento: la acción de Dios en favor de su Pueblo y la respuesta del Pueblo a Dios)[28] y Principio de la culminación y la fontalidad[29]..

La lectura más abundante de la Sagrada Escritura se prolonga, como columna central, en el Principio de la mesa abundante de la Palabra de Dios[30].

La automanifestación de la Iglesia conlleva otros tres principios: Principio de la transparencia de los signos.[31] Principio de la adaptación[32] y Principio de la celebración comunitaria[33].

Por último, como gran viga que, uniendo y atravesando las columnas, hace firme toda la construcción: Principio de la participación consciente y activa[34]. El tema de la "participación"[35] es un asunto de suma importancia y ha sido preocupación prioritaria, directa y expresa de la Iglesia, por lo menos, desde 1903[36]. No obstante, es necesario realizar en la actualidad una sólida profundización del concepto, ya que en los últimos decenios las concepciones empobrecidas de "participación" se han difundido por todas partes. El concepto de "participación", calificado por el Concilio y el Catecismo de la Iglesia Católica con un número considerable de adjetivos[37], se corresponde a la "nueva creación" (2Co 5,17) que hace al que participa "partícipe de la naturaleza divina" (2P 1,4). Es el concepto de "participación" al que nos referimos, en la celebración de la Eucaristía, cuando decimos: "Dirige [Padre] tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente..."[38]. De tal forma que "participar" es, de suyo, "participación en la vida trinitaria" o "divinización" del hombre, tal como lo enseña toda la teología oriental y de forma particular los Padres capadocios[39].

El alma de la "participación" es el "culto espiritual"(Rm 12,1)[40]: "En el Señor Jesús y en su Espíritu, toda la existencia cristiana se transforma en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», auténtico «culto espiritual». Es realmente grande el misterio que se realiza en la liturgia. En él se abre en la tierra un resquicio de cielo, y de la comunidad de los creyentes se eleva, en sintonía con el canto de la Jerusalén celestial, el himno perenne de alabanza:

 

Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis!" (SS 16).

Desde este concepto de "participación" podemos comprender que lo que hacemos en la liturgia, lo que decimos, el lugar y el tiempo de la celebración, la música y canto sagrado, etc. serán útiles en tanto en cuanto nos ayuden a "participar" del Misterio Pascual. Es decir, participarán del concepto de "participación" en la medida en la que sirvan para hacer que el pueblo cristiano pueda aclamar con autenticidad: "Dios omnipotente y misericordioso (...) Tú nos renuevas constantemente con los sacramentos de salvación para liberarnos de la servidumbre del pecado y transformarnos, de día en día, en una imagen cada vez más perfecta de tu Hijo amado"[41].

 

 

3.2. Desarrollo: de la reforma a la profundización, pasando por la renovación

Para que todo lo expuesto en el apartado anterior, como núcleo y columna vertebral de la "espiritualidad litúrgica", pase del patrimonio magisterial de la Iglesia, fruto de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, al patrimonio existencial de los cristianos, es necesario conducirlo, a través de la renovación, hasta la profundización. Tal como nos lo pide el Santo Padre[42]. Es el camino necesario para que exista una "espiritualidad litúrgica" adecuada para la Nueva Evangelización ante el Tercer Milenio.

Por consiguiente, en primer lugar, será ineludible aceptar la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II como un verdadero don de Dios para su Iglesia, de lo que ya hemos hablado. No se trata de una aceptación romántica, teórica o a regañadientes; no puede ser un "sí, pero...". No se trata de una aceptación cuya dinámica profunda sea ajustar el Concilio a mis ideas. Se trata de que todo mi ser se ajuste a la manifestación del Espíritu Santo por medio de su Iglesia, "para sentir con la Iglesia".

En segundo lugar, es necesario renovar nuestra mente, nuestra forma de concebir las cosas, nuestra teología. Para que lo inmutable de la Revelación de Dios que siempre se muestra rejuvenecido, como algo "nuevo", pueda ser comprendido y asimilado por nuestras capacidades siempre limitadas: "Transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12,2).

Precisamente, en la actualidad, la Iglesia está preocupada por los abusos litúrgicos, especialmente por los abusos en la celebración de la Eucaristía[43]. Es muy importante corregir diligentemente los abusos. Pero es aún más importante, si cabe, descubrir las causas que han provocado dichos abusos para evitar que se reproduzca el fenómeno. Pensamos que una de las causas más importantes que han llevado a la situación actual es que a la reforma litúrgica no le ha sucedido, en muchos casos, una verdadera renovación. Sino que "el pasar de una mera asistencia -a veces más bien pasiva y muda- a una participación más plena y activa haya sido para algunos una exigencia demasiado fuerte; por lo cual han surgido actitudes diversas e incluso opuestas ante la reforma" (Vqa 11). Y así se ha dado paso a la indiferencia, a la cerrazón de manera unilateral y exclusiva en formas litúrgicas anteriores y en la promoción de innovaciones fantasiosas que perturban la unidad de la Iglesia y llegan a contrastar hasta con la Revelación[44].

Sin embargo, "la renovación litúrgica llevada a cabo en estas décadas ha demostrado que es posible conjugar unas normas que aseguren a la liturgia su identidad y su decoro, con espacios de creatividad y adaptación, que la hagan cercana a las exigencias expresivas de las diversas regiones, situaciones y culturas. Si no se respetan las normas litúrgicas, a veces se cae en abusos incluso graves, que oscurecen la verdad del misterio y crean desconcierto y tensiones en el pueblo de Dios. Esos abusos no tienen nada que ver con el auténtico espíritu del Concilio y deben ser corregidos por los pastores con una actitud de prudente firmeza" (SS 15).

El tercer paso que es necesario realizar es la profundización:

"La renovación conciliar de la liturgia tiene como expresión más evidente la publicación de los libros litúrgicos. Después de un primer período en el que se llevó a cabo una inserción gradual de los textos renovados en las celebraciones litúrgicas, es necesario profundizar en las riquezas y las potencialidades que encierran. Esa profundización debe basarse en un principio de plena fidelidad a la sagrada Escritura y a la Tradición, interpretadas de forma autorizada en especial por el concilio Vaticano II, cuyas enseñanzas han sido reafirmadas y desarrolladas por el Magisterio sucesivo. Esa fidelidad obliga en primer lugar a los que, con el oficio episcopal, tienen «la tarea de ofrecer a la divina Majestad el culto cristiano y de regularlo según los mandamientos del Señor y las leyes de la Iglesia» (Lumen gentium, 26); en esa tarea debe comprometerse, al mismo tiempo, toda la comunidad eclesial «según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual» (Sacrosanctum Concilium, 26).

Desde esta perspectiva, sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica en nuestras comunidades, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos los fieles, con vistas a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que recomendó el Concilio (cf. n. 14; Vicesimus quintus, 15)" (SS 7)44.

Desde este texto luminoso nos lanzamos al último apartado de nuestro estudio, ya que el Santo Padre vincula la profundización y, por consiguiente, la "espiritualidad litúrgica" a la "adecuada formación".

4. Un problema-tarea: La adecuada formación 
4.1. De todos

Ya decía S.S. Juan Pablo II en 1988, al hablar del futuro de la renovación litúrgica, que "el cometido más urgente es el de la formación bíblica y litúrgica del pueblo de Dios: pastores y fieles. La Constitución ya lo había subrayado: «No se puede esperar que esto ocurra (la participación plena, consciente y activa de todos los fieles), si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y llegan a ser maestros de la misma» (Const. Sacrosanctum Concilium 14). Esta es una obra a largo plazo ..." (Vqa 15).

Ahora, a los cuarenta años de la promulgación de la Constitución Sacrosanctum Concilium, afirma: "sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica en nuestras comunidades, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos los fieles, con vistas a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que recomendó el Concilio" (SS 7).

Varios aspectos queremos destacar de los textos precedentes.

En primer lugar, que la necesidad de formación litúrgica ha sido y sigue siendo urgente y prioritaria. Y que dicha formación es una tarea para todos: pastores y fieles. No obstante, no se puede esperar que esto suceda en los fieles, si antes no ha sucedido en los pastores.

En segundo lugar, consideramos que no parece que lo propio de esta formación litúrgica sea simplemente la transmisión de contenidos teóricos, más o menos ricos, sobre la celebración litúrgica. Éstos serán útiles, sin duda, pero difícilmente tendrán, por sí mismos, como resultado "la participación plena, consciente y activa" consecuencia de quienes se han impregnado "totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia". De hecho, después del Concilio se han multiplicado por todas partes los talleres de liturgia, las semanas litúrgicas, los laboratorios litúrgicos, los grupos de estudio litúrgicos, la publicación de hojas y cuadernos litúrgicos...; pero los resultados en la vida litúrgica de la Iglesia no parecen haber ido en proporción con el esfuerzo intelectual invertido.

Ahora bien, si dicha formación litúrgica "no se trata sólo de la necesidad de instrucción (...), sino [que pertenece al ámbito más amplio] del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona" (CEC 1231), las perspectivas y esperanzas pueden ser muy distintas. Máxime si realizamos esta consideración con la vista puesta en la Nueva Evangelización de una humanidad cada vez más secularizada. Es lo que podríamos llamar una formación de carácter mistagógico.

4.2. Libros litúrgicos

Pieza clave, para la "espiritualidad litúrgica" que es necesario desarrollar al inicio del Tercer Milenio y para la formación litúrgica "adecuada" para la Nueva Evangelización, es el conjunto de los libros litúrgicos postconciliares[45].

"La renovación conciliar de la liturgia tiene como expresión más evidente la publicación de los libros litúrgicos. Después de un primer período en el que se llevó a cabo una inserción gradual de los textos renovados en las celebraciones litúrgicas, es necesario profundizar en las riquezas y las potencialidades que encierran..." (SS 7). Recordando para esto que la reforma de los ritos y de los libros litúrgicos ha sido llevada a cabo gracias al trabajo de un gran número de expertos y de pastores, y realizada en fidelidad a la Tradición y apertura al progreso legítimo: ad normam Sanctorum Patrum[46].

Por otro lado, no debemos olvidar que la importancia de los libros litúrgicos radica en que contienen el modo en el que la Iglesia considera voluntad de Dios celebrar el Misterio Pascual de Cristo en cada momento histórico. Por eso mismo, la celebración litúrgica debe incluirse en la categoría de "lugar teológico"[47]. Esto explica que al hablar de la formación teológica se nos diga lo siguiente:

"Hoy debe situarse a la Sagrada Liturgia entre las principales disciplinas, que debe enseñarse en conexión con las restantes asignaturas, y no solamente bajo el aspecto jurídico, sino principalmente, bajo los aspectos teológico e histórico, así como en el pastoral y espiritual, para que los alumnos conozcan, en primer lugar, de qué forma están presentes y operan los misterios de la salvación en las acciones litúrgicas. Además, una vez explicados los ritos tanto orientales como occidentales, hágase ver en la Liturgia el principal lugar teológico en que se manifiesta la fe y la vida espiritual de la Iglesia[48].

Pero a este valor, que tienen en sentido general todos los libros litúrgicos de la Iglesia, ya que nos dicen "qué hacer" (rúbricas) y "qué decir" (nígricas) en la celebración litúrgica y así determinan la validez y la licitud de las acciones litúrgicas, los libros litúrgicos postconciliares, de modo particular y como aportación de todo el proceso de renovación del Concilio Vaticano II, han añadido una novedad de enorme importancia. Nos referimos a lo que se conoce como Institutio Generalis o Praenotanda o Introducción General u Ordenación General. En dichas secciones de los libros litúrgicos aparece el "cómo hacer y decir" y, sobre todo, "por qué hacer y decir así", lo que representa un aspecto de grandísima importancia para la "significación" de los sacramentos, en consecuencia para la adecuada "participación[49] y en definitiva para la eficacia[50] de los mismos.

 

En la Carta Spiritus et Sponsa encontramos las líneas de acción que permitirán alcanzar la formación litúrgica necesaria para desarrollar la "espiritualidad litúrgica" objeto de nuestro trabajo. Dichas líneas indicativas son propuestas a los pastores de la Iglesia como deberes ineludibles[51]. Nosotros, por nuestra parte, también las proponemos para todos aquellos que se preparan para el ministerio presbiteral o para cualquier otro servicio en la Iglesia y, en definitiva, para todos los que se sientan interpelados por la llamada al desarrollo de la "espiritualidad litúrgica" adecuada para el Tercer Milenio.

4.3. Ocho líneas de acción... para el Tercer Milenio

Cuando el Santo Padre propone las líneas indicativas que desarrollaremos seguidamente lo hace mirando al futuro, en el que aparecen los múltiples desafíos de una sociedad ampliamente secularizada. Pero una sociedad en la que se evidencia, de diversas maneras, que es imposible apagar la sed de Dios en lo más íntimo del hombre[52]. Y absolutamente convencido de que "existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en un contacto personal con Cristo (...) [y que] ante este anhelo de encuentro con Dios, la liturgia ofrece la respuesta más profunda y eficaz" (SS 11s).

Nosotros, para facilitar la consideración de las referidas tareas o líneas de acción, las agrupamos en ocho apartados de los que haremos algunos breves comentarios.

1° Procurar que el sentido del misterio penetre en las concien­cias (SS 12):

Se nos pide que las conciencias queden penetradas por el misterio, pero no por cualquier concepto de misterio, sino por el sentido cristiano de misterio. Ya que el concepto de misterio en las religiones es totalmente diverso del concepto de misterio en el cristianismo.

Pues, en efecto, no se trata de penetrar las conciencias del misterio misterioso, mistérico, esotérico, ininteligible; que es la médula, a la vez que envuelve, de lo "tremendum" (lo desconocido que sobrecoge al ser humano por que lo supera y es incontrolable para sus capacidades), que provoca el "stupor" (asombro que incluye el miedo por lo dañino que pueda ser para el hombre, llegando incluso a lo terrorífico ) y mueve a realizar "rituales atávicos" (ritos protectores que buscan que lo "tremendum" sea favorable a la vida e intereses del hombre). Además, la densidad de este concepto de misterio se incrementa con el aumento de la distancia y la interposición de barreras, a modo de biombos físicos y/o psíquicos y/o intelectuales, que hacen rnás misterioso el misterio.

El sentido del misterio cristiano tiene características diversas y sigue una dirección totalmente opuesta. El sentido del misterio cristiano es el revelado en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición, el enseñado por los Santos Padres y el manifestado en la vida sacramental de la Iglesia.

Ya en el Antiguo Testamento "Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11). Aunque ciertamente, en el camino por el desierto, cuando "el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte humeante (...) temblando de miedo se mantenía a distancia", con una clara experiencia religiosa del misterio, llegaron a pedirle "a Moisés: Habla tú con nosotros, que podremos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, no sea quemuramos" (Ex 20, 18s). Pero el esfuerzo de Dios por no mantenerse lejos de su pueblo, sino en medio de ellos, será continuo y progresivo. Desde la Tienda de Reunión, hasta la construcción del Templo, pasando por la conquista de la Tierra Prometida, de tal modo que se irá generando un nuevo sentimiento en el pueblo, una nueva experiencia que se aleja progresivamente del "tremendum" religioso, y les llevará a exclamar: "¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?" (Dt 4,7).

Esta cercanía de Dios con la humanidad, este salir Dios de sí mismo para mostrarse a los suyos llegará a su plenitud con Nuestro Señor Jesucristo: "el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 14). La Encarnación no sólo significa que Dios vive en medio de su pueblo y muestra sus proezas en favor de sus elegidos, sino que asume la misma naturaleza humana. Así se da "cumplimiento a la Palabra de Dios, al misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria" (Col 1,25-27).

Para comprender la naturaleza de la intimidad que Dios busca tener con el hombre, escuchemos al propio Cristo que les habla a sus discípulos: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído ami Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15). Y dirigiéndose a su Padre afirma: "Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17,26).

Por todo esto, no tenemos más remedio que estremecernos y unirnos a las palabras de san Pablo: "Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios. A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y     en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén" (Ef 3,14-20)

En resumen, el misterio cristiano se refiere al plan de salvación diseñado en el interior de la familia Trinitaria, manifestado a sus íntimos y al que está llamada la humanidad entera. Este misterio, según toda la enseñanza de los Santos Padres, es el que se actualiza de forma sacramental (por lo que algo sensible nos da acceso a una realidad insensible, pero nunca esotérica) en la liturgia de la Iglesia. Dicho acceso es posible gracias a la comprensión de la significación de las acciones litúrgicas, "por consiguiente, es de suma importancia que los fieles comprendan fácilmente los signos sacramentales" (SC 59)[53].    

Por otra parte, el misterio cristiano aumenta su intensidad, no conforme nos distanciamos de él, sino en la medida en que somos introducidos más profundamente en su propia intimidad. Quiere esto decir que conforme somos "iniciados[54] en los "Misterios de Cristo''[55], podemos llegar a hacer nuestras de alguna manera, por ejemplo, las palabras de santa Catalina de Siena:

"Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco. Tú sacias el alma de una manera en cierto modo insaciable, ya que siempre queda con hambre y apetito, deseando con avidez que tu luz nos haga ver la luz, que eres tú misma.

Gusté y vi con la luz de mi inteligencia, ilustrada con tu luz, tu profundidad insondable, Trinidad eterna, y la belleza de tus creaturas..."[56].

Finalmente, el misterio cristiano no provoca el "stupor" religioso. En la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, S. S. Juan Pablo II nos enseña con claridad cómo la sola consideración del Mysterium Paschale y de su actualización en el Mysterium Eucharisticum, suscita el "«asombro» eucarístico"[57]. No un asombro (= stupor) de cualquier tipo —el entrecomillado a la palabra «asombro» es del texto original— sino el "«asombro» eucarístico". Un ejemplo simple: no se trata del "stupor" de quien ve su vida amenazada por lo que le sobrepasa, o que se queda boquiabierto por algo inaudito, sino que se trata del "«asombro» de acción de gracias" del condenado a muerte, por homicidio del Hijo del Rey, al que se le ha absuelto de su culpa y a cambio de su delito se le ha concedido pasar al banquete del Reino y ser constituido hijo, por adopción, del mismísimo Rey...

2° Redescubriendo y practicando el arte "mistagógico" (SS 12):
Conocemos por "mistagógica"[58], la catequesis que nos introduce en el Misterio de Cristo; o, mejor aún, la catequesis que nos introduce en la actualización del Misterio de Cristo que se realiza en las acciones litúrgicas. "Dado que la mistagogia significa conducir por un camino que lleva al misterio, se comprende por qué no basta un itinerario litúrgico sin una comprensión personal[59]. De esta forma, " la catequesis litúrgica pretende introducir en el Misterio de Cristo (es mistagogia), procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los sacramentos a los misterios" (CEC 1075). "El método mistagógico consiste en leer en los ritos el misterio de Cristo y contemplar la subyacente realidad invisible. Por ello, el mistagogo en la liturgia no habla en nombre propio, sino que se hace eco de la Iglesia, la cual le ha confiado aquello que a su vez ella ha recibido"[60].

El carácter "mistagógico" no sólo habla de las catequesis que acompañan al cuerpo sacramental y litúrgico de la Iglesia, sino que también se debe aplicar a la propia celebración del Misterio de Cristo. Y así, por ejemplo, hablando del bautismo y del carácter mistagógico de su celebración, el Catecismo de la Iglesia Católica dice: "el sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado" (CEC 1234).

Por otra parte, si bien es verdad que el arte "mistagógico" se puede hacer referir a todos los sacramentos y, en general, a todas las acciones litúrgicas de la Iglesia, no cabe duda de que cuando hablamos de "mistagogia" se nos remite, directamente, a todo el proceso de la Iniciación Cristiana y a los sacramentos que la integran. Ahora bien, la dimensiónformativa, de "iniciación", que posee la "mistagogia" "no se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona" (CEC 1231).

De tal forma que, gracias al "desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona", la catequesis "mistagógica" conduce al hombre hasta alcanzar una formación, una "iniciación", con características peculiares. No es una formación puramente intelectual, pero incluye conocimientos e instrucción. No admite divorcio ninguno entre la fe y la vida, entre lo "teórico" y lo "práctico", entre la "teología" y la "pastoral". Alcanza la ansiada unidad, concordancia y coherencia, entre lo que se cree, lo que se celebra y lo que se vive[61].

Esta iniciación mistagógica, el arte "mistagógico" al que nos referimos, tiene como punto de arranque, de apoyo y de continua referencia los libros litúrgicos fruto de la renovación conciliar. Y, sin lugar a duda, tiene como maestros a los Santos Padres[62]: "aún queda mucho por hacer en la labor de ayudar a los sacerdotes y fieles a que profundicen en el sentido de los ritos y de los textos litúrgicos, como también a que fomenten la dignidad y belleza de las celebraciones y de los lugares de culto, y a que promuevan —como hicieron los Padres de la Iglesia—una catequesis mistagógica de los sacramentos" (Vqa 21).

 

 Promover celebraciones dignas (SS 12):

Un primer equívoco que debemos eliminar, al desarrollar esta línea de acción, es confundir dignidad con un estilo o gusto artístico determinado, o pensar que es digno lo que muestra signos de riqueza y lujo, o, sorprendentemente, considerar como digno lo que manifiesta pobreza y sencillez... La dignidad está ligada a la "noble sencillez" (SC 34) que la reforma conciliar ha pretendido al revisar los ritos, reformándolos, además, para favorecer la transparencia de los signos, para que puedan de estamanera ser fácilmente comprensibles. "Pero la sencillez deseada no debe degenerar en empobrecimiento de los signos, sino que los signos, sobre todo los sacramentales, deben contener la mayor expresividad posible. El pan y el vino, el agua y el aceite, y también el incienso, las cenizas, el fuego y las flores, y casi todos los elementos de la creación tienen su lugar en la Liturgia como ofrenda al Creador y como aporte a la dignidad y belleza de la celebración" (Vqa 10).

Y así, la preocupación por la dignidad de las celebraciones litúrgicas nos remite al lenguaje simbólico, no alegórico, que es constitutivo de los signos sacramentales y que es la columna vertebral que sostiene la catequesis mistagógica, abriéndonos paso al conocimiento existencial del Misterio Pascual de Cristo.

Por otro lado, la dignidad de la liturgia podrá ser alcanzada en la medida que huyamos de la banalización de las celebraciones litúrgicas[63]. "Banal" es lo que se considera trivial, común, sin importancia... [64].

Hablando de la Eucaristía, cumbre y fuente de toda la vida litúrgica de la Iglesia, la Encíclica Ecclesia de Eucharistia nos da una serie de rostros que muestran la banalización de la Eucaristía, en particular, y que, con sus adaptaciones, podemos hacer referir a las acciones litúrgicas en general. Así, por ejemplo, un rostro de la banalización es el empobrecimiento del

"tesoro inestimable" que ha recibido en depósito la Iglesia[65]. Otro rostro de la banalización es la instrumentalización y reducción del Misterio de Cristo[66]. El mismo efecto se consigue avalando una ambigüedad que hace que lo que está pensado por Dios para ser luz para los hombres, se transforme en tinieblas[67]. Por último, no llegar a reconocer al auténtico propietario de las acciones litúrgicas, produce inevitablemente su trivialización[68].

4° Prestando la debida atención a las diversas clases de personas, ya que todos han de sentirse acogidos en nuestras asambleas (SS12):

Esta preocupación por prestar la debida atención a cada uno de los distintos tipos de personas es un aspecto de la "adaptación-enculturación”[69] de las acciones litúrgicas mucho más cercano al mundo globalizado que nos ha tocado vivir. Cada día, con más fuerza, los tipos de personas y sus mundos culturales no están tan delimitados por coordenadas geográficas, sino más bien por formas de vida y maneras de afrontar su relación con Dios. Cada día existen menos poblaciones aisladas que desarrollan su propia y exclusiva manera de entender la realidad, y, por el contrario, el fenómeno de las grandes ciudades y el desarrollo increíble de las comunicaciones se hace más patente.

De esta forma, la preocupación que ahora nos ocupa se relaciona con el concepto de "anonimato": "se impone la necesidad de hacer que la comunidad, confiada a sus cuidados pastorales [a los cuidados pastorales de los ministros de la Iglesia] sea realmente acogedora, de modo que se evite el anonimato y que nadie sea tratado con indiferencia[70].

Desde esta perspectiva, la catequesis de la Iglesia debe buscar "formar para asumir responsabilidades en la misión de la Iglesia y para saber dar testimonio cristiano en la sociedad. Se ha de ayudar al adulto a descubrir, valorar y vivir todo lo que ha recibido de la naturaleza y de la gracia, tanto en la comunidad eclesial como en la comunidad humana. De este modo podrá también superar los riesgos de la masificación y del anonimato, particularmente frecuentes en algunas sociedades de hoy, que llevan a la pérdida de identidad y a la desconfianza en las propias posibilidades[71].

"La educación de la fe hoy ha de tener muy en consideración los ambientes o contextos de vida, porque es en ellos donde cada persona vive su existencia, de ellos recibe gran influencia y en ellos a su vez ejerce la suya, yen ellos desarrolla sus propias responsabilidades (...) El ritmo propio de vida de la ciudad es a menudo fuente de estrés, de gran movilidad, de sugestivas llamadas a la evasión y al desinterés, donde es frecuente la situación de anonimato y de soledad"[72].

Por todo ello, el Santo Padre nos enseña que "para muchas personas, especialmente para los jóvenes, la ciudad se convierte en una experiencia de desarraigo, anonimato e injusticia, con la consiguiente pérdida de identidad y del sentido de la dignidad humana. El resultado es, a menudo, la violencia, que ahora caracteriza a muchas de las grandes ciudades (...) No hay que dejar que el anonimato de las ciudades invada nuestras comunidades eucarísticas. Hace falta encontrar nuevos métodos y nuevas estructuras para construir puentes entre las personas, de modo que se realice realmente la experiencia de acogida mutua y de cercanía que la fraternidad cristiana requiere"[73].

5° Respirar el clima de la primera comunidad creyente (SS 12):

Fruto de la línea de acción anterior es que, poco a poco, el modo de vivir el cristianismo que aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lejos de ser una utopía romántica, se transforme en una realidad.

No debemos olvidar que la forma de vivir el cristianismo en los Hechos de los Apóstoles y la pastoral que ahí aparece, no es un modo posible más, entre otros, de vivir el cristianismo o de realizar la Iglesia su pastoral. Dicho modo de vida cristiana y su pastoral correspondiente, pertenece a la mismísima revelación, al Depósito de la Fe. De tal manera que cualquier otra forma de vida comunitaria, de vida cristiana o de pastoral, es simplemente una adaptación, más o menos lograda, de lo que allí encontramos.

6° Cultivar la experiencia del silencio (SS 13):

No se trata, lógicamente, de cultivar el silencio que se corresponde con la "meditación transcendental" para llevar a "nirvanas" cercano al nihilismo.

Se refiere a cultivar el silencio, exterior e interior, que nos permita escuchar... Escuchar a Dios en el diálogo íntimo y personal que hace con cada cristiano en la Palabra, en la Liturgia y en la Vida (CEC 2558). Triple diálogo que compone una única sinfonía y que exorciza, al ser luz en medio de las tinieblas, las voces del mundo, del demonio y de la carne.

La historia del gran profeta Balaam es un buen ejemplo de alguien que no tenía capacidad de escuchar esta sinfonía. Escuchaba, por ejemplo, "palabras" de Dios, pero dichas "palabras" no era capaz de aquilatarlas con lo que Dios le decía por medio de los acontecimientos. El que no sabe guardar silencio para escuchar a Dios, hablará sus propias palabras e ideas fruto de los engaños del maligno. Y si los profetas no saben escuchar, hablarán las burras... Cuando Balaam, finalmente, pueda llegar a escuchar el lenguaje sinfónico de Dios, sólo entonces sus palabras serán reflejo de la Palabra de Dios[74].

Entre los factores existenciales que más ayudan a poder escuchar el lenguaje sinfónico de Dios se encuentra el dolor y el sufrimiento. Ambos nos afinan el sentido del oído y han quedado como impresos en las llagas gloriosas de Nuestro Señor Jesucristo que, a su modo, nos gritan para que podamos escuchar. Es el Misterio asombroso de la Cruz victoriosa, del Árbol de la Vida.

Ya en el Antiguo Testamento, Job entendió muy bien todo esto, de tal forma que, después de pasar por tantas calamidades a las que acompañó con una enorme colección de quejas y exabruptos contra Dios y contra todo, sacó la siguiente conclusión: "yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos" (Jb 42,5). Conclusión, de incalculable valor, a la que no llegaron los sabios y piadosos amigos de Job, que, aunque hablaban de "verdades eternas", no hacían nada más que interpretar los hechos según las "palabras" que escuchaban de sí mismos. Por eso "Yahvé dijo a Elifaz de Temán: Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado con verdad de mí, como mi siervo Job... Job intercederá por vosotros y, en atención a él, no os castigaré" (Jb 42, 7s).

 Suscitar el gusto por la oración (SS 14):

Sólo desde la experiencia del verdadero silencio es posible desarrollar el gusto por la oración; o mejor aún, el gusto por el "combate de la oración"[75].

Yen un combate no podemos, de ninguna manera, contentarnos con lo "mínimo". "La pastoral litúrgica, a través de la introducción en las diversas celebraciones, debe suscitar el gusto por la oración. Ciertamente, ha de hacerlo teniendo en cuenta las capacidades de los creyentes, en sus diferentes condiciones de edad y cultura; pero tiene que hacerlo tratando de no contentarse con lo mínimo. La pedagogía de la Iglesia debe ser audaz" (SS 14).

Desde este punto de vista, el Santo Padre nos encomienda una tarea particularmente querida por él mismo: "Es importante introducir a los fieles en la celebración de la Liturgia de las Horas, que, como oración pública de la Iglesia, es fuente de piedad y alimento de la oración personal (SC 90). No es una acción individual o privada, sino que pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia. (...) Por tanto, cuando los fieles son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y sus voces, visibilizan a la Iglesia, que celebra el misterio de Cristo (Institutio generalis Liturgiae Horarum, 20.22)" (SS 14).

 

8° Ejercer la indispensable labor de discernimiento y guía de los pastores (SS 15):

El discernimiento y guía de los pastores no se ha de ver como un principio de rigidez, sino como la acción del Buen Pastor que da su vida por las ovejas, las conoce, las lleva a buenos pastos y carga sobre sus hombros las ovejas débiles y enfermas[76]. Es la labor del padre de familia que sabe gobernar su casa, pronto a enseñar, sufrido y que corrige con mansedumbre[77].

Con este espíritu se deben entregar y recibir las normas litúrgicas, que, por otra parte, tienen capacidad de asegurar a la liturgia su identidad y su decoro, con suficientes espacios de creatividad y adaptación. Pero si no se respetan las normas litúrgicas se cae, a veces, en abusos incluso graves, que oscurecen la verdad del misterio y crean desconcierto y tensiones en el pueblo de Dios.

No nos cabe duda de que esta visión de las normas litúrgicas entra de lleno en la anteriormente citada "eclesiología de comunión", cuya alma es la "espiritualidad de comunión"[78].

La "eclesiología de comunión", y su correspondiente "espiritualidad de comunión", se apoya en lo que podemos llamar "antropología de comunión". Por ella reconocemos que todo hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y que la Iglesia es, por institución divina, germen de unidad para toda la humanidad. Terminamos el presente apartado deseando que, ante todo esto, resuenen con fuerza en nuestro interior las palabras del Maestro: "No juzguéis, para que no seáis juzgados..." (Mt 7,1) y recordad que "No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos"... "Por sus frutos los reconoceréis" (Mt 7,20s). Sin estas premisas, nuestra "antropología de comunión, nuestra "espiritualidad de comunión" y nuestra "Eclesiología de comunión" no dejarán de ser simplemente palabras bonitas, teorías etéreas que poco o nada tienen que ver con la realidad.

 

Conclusión

Por todo lo expuesto, y como conclusión, dado que "la promulgación de la constitución Sacrosanctum Concilium ha marcado, en la vida de la Iglesia, una etapa de fundamental importancia para la promoción y el desarrollo de la liturgia" (SS 16), "parece llegado el momento de dar nuevo vigor al hálito que empujó a la Iglesia cuando la Constitución Sacrosanctum Concilium fue preparada, discutida, votada y promulgada, y cuando comenzó a aplicarse" (Vqa 23).

 


 

[1]  Doctor en S. Teología. Doctor en Ciencias Biológicas. Profesor estable y Secretario Académico del Inst. Sup. de Estudios Teológicos "Redemptoris Mater". Miembro de la Asociación Española de Profesores de Liturgia

[2] Con más precisión, los 16 números de la SS están organizados de la siguiente forma: n. 1 (a modo de presentación e introducción del documento), nn. 2-5 ("Una mirada a la Constitución conciliar"), nn. 6-10 ("De la renovación a la profundización"). nn. 11-15 ("Perspectivas") y n. 16 ("Conclusión").

[3] Sobre "eclesiología de comunión": JUAN PABLO II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia. Capítulo IV: Eucaristía y Comunión eclesial. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Communionis notio. Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28-mayo-1992). BRUNO FORTE, La Iglesia de la Trinidad, Secretariado Trinitario, Salamanca 1996. MARCELLO SEMERARO, Mistero, Comunione e Missione, EDB, Bologna 1998. SEVERINO DIANICH, La Chiesa costero di comunione, Marietti, Assisi 1995.

[4] Louis BOUYER, La descomposición del catolicismo, Herder 1969, p. 107: citado por JAUME GONZÁLEZ PADRÓS, Una triple mirada desde Sacrosanctum Concilium (y 2). Balance y perspectivas: Liturgia y Espiritualidad 9 (2002)392.

 [5]Los subrayados son nuestros

[6] 5 JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos del CELAM (9-marzo-1983), 111: Insegnamenti, VI, 1 (1983), 698. JUAN PABLO Encíclica Veritatis Splendor 106: "El momento que estamos viviendo --al menos en no pocas sociedades---, es más bien el de un formidable desafio a la nueva evangelización, es decir, al anuncio del Evangelio siempre nuevo y siempre portador de novedad, una evangelización que debe ser "nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión". La descristianización, que grava sobre pueblos enteros y comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana, no comporta sólo la pérdida de la fe o su falta de relevancia para la vida, sino también y necesariamente una decadencia u oscurecimiento del sentido moral: y esto ya sea por la disolución de la conciencia de la originalidad de la moral evangélica, ya sea por el eclipse de los mismos principios y valores éticos fundamentales. Las tendencias subjetivistas, Militaristas y relativistas, hoy ampliamente difundidas, se presentan no simplemente como posiciones pragmáticas. como usanzas, sino corno concepciones consolidadas desde el punto de vista teórico, que reivindican una plena legitimidad cultural y social".

[7] ¿Cómo no recordar aquí las conocidas Reglas para sentir con 1a Iglesia, de los Ejercicios espirituales de S. Ignacio de Loyola?

[8] Cfr. ANTONIO C. MOLINERO, Síntesis de1 Magisterio Litúrgico de Juan Pablo II (A propósito de la nota 4 de 1a Vicesimus quintos annus): Revista Teológica Limense 2(1991)287-308.

[9] S. Pio X, Motu Propio Tra 1e sollecuudini (22-noviembre-1903).

[10] Cfr. SS 2s.

[11] No cabe duda que aquí encontramos un reflejo de la economía trinitaria. Nos llama la atención que S. Pablo, en su predicación, afirme: "en Él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28); y en efecto, por la Palabra de Dios somos llamados a la vida y a la Vida Eterna, lo que provoca en nosotros el movimiento de las Acciones Litúrgicas y así el Amor nos da la razón de nuestra existencia.

[12] Cfr. CEC nn. 2652-2660

[13] Cfr. SC 13 y CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE Los SACRAMENTos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Ciudad del Vaticano, 2002.

[14] ST 2.2.q. 101, a. 2, ad 3m.

[15] ST 2.2. q. 82, a. 1.

[16] Ordo lectionum missae 6.

[17] SS 16.

[18]  "El contenido de la predicación apostólica primitiva (Kerygma) (...), se nos ha transmitido esquemáticamente en cinco discursos de Pedro, Hch 2,14-39; 3, 12-26; 4, 9-12: 5,29-32; 10, 34-43, y uno de Pablo, Hch 13,16-41. El núcleo central es un testimonio que tiene por objeto la muerte, la resurrección de Cristo y su exaltación" (Biblia de Jerusalén, Ed. DDB, Bilbao 1984, nota a Hch 2,22).

[19] Cf. Mt 5-7.

[20] Cfr. Is 42,1-9; 49, 1-6; 50, 4-11 y 52.13-53.12.

[21] Cf. Vqa 5, 6 y 7.

[22] Cf. Vqa 8.

[23]  Cf. Vqa 9.

[24] Altiora principia es un término muy usado, pero no siempre se precisa cuáles son dichos principios. Y cuando los autores los enumeran, aunque concuerden en las líneas básicas, no existe unanimidad ni en el número, ni en el nombre, ni en la relación entre los referidos altiora principia. El punto de referencia para todos es, sobre todo, el Capítulo I de la Constitución Sacrosanctum Concilium (nn. 5-46): "Principios generales para la reforma y fomento de la Sagrada Liturgia"; que aparece estructurado de la siguiente manera: 1. Naturaleza de la Sagrada Liturgia y su importancia en la vida de la Iglesia (La obra de la salvación se realiza en Cristo. En la Iglesia se realiza por la Liturgia. Presencia de Cristo en la Liturgia. Liturgia terrena y Liturgia celeste. La Liturgia no es la única actividad de la Iglesia. Liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial. Necesidad de las disposiciones personales. Liturgia y ejercicios piadosos. Se recomiendan las prácticas piadosas aprobadas.) II. Necesidad de promover la educación litúrgica y la participación activa. III. Reforma de la Sagrada Liturgia (Normas generales: Sólo 1a Jerarquía puede introducir cambios en la Liturgia. Conservar la tradición y apertura al 1egítimo progreso. Biblia y Liturgia. Revisión de los libros litúrgicos. Normas derivadas de la índole de la liturgia como acción jerárquica y comunitaria: Primacía de las celebraciones comunitarias. Cada cual desempeñe su oficio. Auténtico ministerio litúrgico. Participación activa de los fieles. Normas para la revisión de 1as rúbricas. No se hará acepción alguna de personas. Normas derivadas del carácter didáctico y pastoral de la Liturgia: Estructura de los ritos. Biblia, predicación y catequesis litúrgica. Lengua litúrgica. Normas para adaptar la Liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos.) IV. Fomento de la vida litúrgica en la diócesis y en la parroquia (Vida litúrgica diocesana. Vida litúrgica parroquial.) V. Fomento de la acción pastoral litúrgica (Signo de Dios sobre nuestro tiempo. Comisión litúrgica nacional. Comisión litúrgica diocesana. Comisiones de música sagrada y arte sacro.)

Como un ejemplo, entre otros, de presentación y clasificación de los altiora principia citamos a ANNIBALE BUGNINI, La reforma de la liturgia (1948-1975), BAC, Madrid 1999, pp.35,-43: I. Principios orientativos (La liturgia, "ejercicio del sacerdocio de Cristo". La liturgia, "cumbre y fuente" de la vida cristiana. Participación plena, consciente y activa. Manifestación de la Iglesia. "Unidad sustancial, no rígida uniformidad".) II. Principios operativos (La lengua. La Palabra de Dios. La catequesis. El canto. Reforma de la liturgia. "Sana tradición" y "legítimo progreso".)

Nosotros, por nuestra parte, utilizamos una enumeración bastante común, con una clasificación propia.

[25] BUGNINI, La reforma de la liturgia (1948-1975), BAC, Madrid 1999, p. 35.

[26] De la "Presentación" escrita por S.E. MONS. PIERO MARINI para el volumen Renouveau liturgiche - Documents fondateurs, Centre National de Pastolare Liturgiche, Editions du Cerf, Collection Liturgie n° 14, Paris 2004.

[27] Cf. SC 7, 6, 33, 35.

[28] Cf. 4s, 41, 59.

[29] Cf. SC 10, 7, 9, 11, 14, 39.

[30] Cf. SC 51, 35, 48, 106, 109.

[31] Cf. SC 59, 33, 25, 7, 122.

[32] Cf. SC 24, 40.

[33] Cf. 27, 21, 25, 63.

[34] SC 14-20, 26s, 30s, 41, 48-50, 55s, 79, 99, 114, 121, 124

[35] Cfr. A. M. TRIACCA, Participación, en: NUEVO DICCIONARIO DE LITURGIA, Paulinas, Madrid

1987, pp. 1546-1573.

[36] Fijamos esta fecha porque en 1903 Su Santidad Pío X publica el Motu propio Tra le sollecitudini, donde afirma: "la PARTICIPACIÓN ACTIVA en los misterios santos y en la oración pública y solemne de la Iglesia es la fuente primera e indispensable del verdadero espíritu cristiano".

[37] Hemos podido identificar hasta 9 adjetivos que buscan precisar el concepto de "participación": consciente, activa, fructífera, piadosa, interior, exterior, espiritual, sacramental y viva (cfr. LG 11, 14, 19, 48; Eucharisticum mysterium 3 y CEC 1273).

[38] Misal Romano: Plegaria Eucarística III.

[39] Cfr. JUAN PABLO II" Carta Apostólica Orientale Lumen n. 6. TOMMASO FEDERICI, La santa mistagogia permanente de la Iglesia: Phase 193 (1993) 9-34. TOMMASO FEDERICI, El hombre imagen y semejanza de Dios y su divinización: Liturgia y Espiritualidad 5 (1993) 224-229 TOMMASO FEDERICI, La "divinización" del cristiano. La Iglesia, icono del Divino Esposo: Liturgia y Espiritualidad 9/10 (1993) 467-473. MANUEL CARMONA, La salvación realizada y ofrecida en Cristo. Modelos soteriológicos de las explicaciones bíblicas y patrísticas: Phase 236 (2000) 105119. NICOLÁS CABASILLAS, La vida en Cristo, Patmos, Madrid 1952.

[40] Los Lineamento para la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos que se celebrará, D.m., en el año 2005 y que tratará sobre "La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia" dice, a propósito de lo que estamos tratando , en el n. 1: "La Iglesia, sacramento de salvación de Jesucristo para el hombre, vive del culto centrado en el Verbo encarnado, sacramento del Padre; el Canon Romano y la anáfora de San Juan Crisóstomo definen la Santa Misa, "oblationem rationabilem" y "logikén latreían", una trasformación de la Palabra divina en evento, en la cual participan el espíritu y la razón. Aquel que es la Palabra, el Verbo, se dirige al hombre y de él espera una respuesta comprensible, razonable (rationabile obsequium). Así, la palabra humana se hace adoración, sacrificio y acción de gracias (eucharistia). Este "culto espiritual" (cf Rm 12,1) es el corazón de la "participación" activa y consciente del pueblo de Dios en el misterio eucarístico, que alcanza la plenitud en la santa comunión".

[41] Ritual de la Penitencia: Oración fina1 de acción de gracias, n. 137.

[42] Cf. SS 6-10

[43] Véase al respecto la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17-abril-2003) y la recién publicada Instrucción Redemptionis Sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25-marzo-2004).

[44] Cf. Vqa 11.

[45] Cfr. PERE TENA, Los libros litúrgicos en la docencia de 1a teología sacramentarla: Phase 116 (1980) 99-110. JosÉ ALDAZÁBAL, E1 libro litúrgico como pedagogía de la celebración: Phase 116 (1980) 111-124. GABRIEL RAMIS, El libro litúrgico. Su valor documental, 1itúrgico y teológico: Phase 247 (2002) 41-50.

[46] Cf. Vqa 4.

[47] Cfr. ALOIS STENZEL, La liturgia como lugar teológico, en MYSTERIUM SALUTIS, t. 1, Cristiandad, Madrid 1965, pp. 670-685.

[48]CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis n. 79. Y llevando el concepto teológico de "lugar teológico" a un plano más existencial, JUAN PABLO II, afirma: "Para actualizar su misterio pascual, Cristo está presente en su Iglesia, sobre todo en las acciones litúrgicas. La liturgia es, por consiguiente, el lugar privilegiado del encuentro de los cristianos con Dios y con quien El envió, Jesucristo" (Vqa 7).

[49] Cf. SC 59.

[50] Cf. CEC 1070 y 2111, SC 7 y 11.

[51] Cf. SS 12-15.

[52] Cf. SS 11.

[53] Cf. Supra nota 39(38),

[54] Utilizamos este término en el sentido que lo utiliza el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, cfr. Observ. prev. n. 1s.

[55] Cfr. La Iglesia, bajo la Palabra de Dios, celebra los Misterios de Cristo para la salvación del Mundo (Relación Final del Sínodo de Obispos de 1985), especialmente II. A. 2.

56] SANTA CATALINA DE SIENA, Diálogo sobre la divina providencia, cap. 167 (Traducción para la Segunda Lectura del Oficio de Lecturas en su fiesta, 29 de abril).

[57] Cf. Ecclesia de Eucharistia 2, 5 y 6.

[58]  "Al principio de la mistagogia hay un encuentro de fe con el Señor a través de su gracia (...) ¿Cómo podría hacerse mistagogia sin ser atraídos por Jesús? (...) Del encuentro de Cristo con el hombre nace un camino de conocimiento que se despliega en experiencia de fe: ¿dónde vives? (..). y se quedaron con é1 aquel día (Jn 1,38-39). Así sucedió que algunos lo siguieron (...) La mistagogia hoy en día deberá evitar el alegorismo, que a menudo resulta incomprensible y abstracto e induce a comentarios confusos; en cambio, la mistagogia confiará en la fuerza del Espíritu, que se comunica mediante la sobriedad de las palabras y de los gestos sacramentales. La misión del Espíritu Santo es hacer comprender lo que Jesucristo ha revelado. Él es el mistagogo invisible (...). Por lo tanto, volver a descubrir la metodología de los padres es importante para responder a la necesidad visual de imágenes y símbolos, que caracteriza al hombre contemporáneo. La misma contribución de los teólogos medievales es útil para responder a la exigencia racional de la adhesión al misterio. Este patrimonio es conservado en las oraciones y en los ritos litúrgicos: de su comprensión depende en parte la participación" (Lineamento para la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos: La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, 47).

[59] Lineamenta…o.c., 46.

[60] Lineamenta… o.c,, 48.

[61] Cf. CEC 2558.

[62] Son muy conocidas y de gran interés, por ejemplo, las catequesis mistagógicas de ORÍGENES. S. CIRILO DE JERUSALÉN, S. JUAN CRISÓSTOMO, TEODORO DE MOPSUESTIA, S. AMBROSIO Y S. AGUSTÍN. También cfr. C ELORRIAGA Y A. C. MOLINERO, Bautismo y Catecumenado en la Tradición Patrística y Litúrgica, Ed. Grafite, Baracaldo 1998.

[63] Cf. EE n. 48.

[64] Obviamente no debemos confundir lo "banal" con lo "vano" (sin fundamento, inútil...). A ningún cristiano se le ocurre pensar que las celebraciones litúrgicas sean "vanas", pero la tentación de banalizarlas es permanente en modo general, ya que la manifestación del Misterio de Cristo y su actualización litúrgica es algo tan cercano a nosotros, tan nuestro, tan de la vida ordinaria, que el tender a trivializarlas amenaza siempre.

[65] Cf. EE. 25 y 51.

[66] Cf. EE 61.

[67] Cf. EE 10, 30 y 44.

[68] Cf. EE 52.

[69] Cfr. JUAN PABLO 11, Discurso a los obispos de Uganda, en Kampala, 7 de febrero de 1993: L'Osservatore Romano 8 (1993) 12s. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE Los SACRAMENTOS: La liturgia romana y la inculturación, 25-enero-1994.

[70] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. 31-enero-1994, n. 36.

[71] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio general para la catequesis, n. 175

[72] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio general para la catequesis, n. 192.

[73] JUAN PABLO II, Discurso del Santo Padre a los obispos de Ontario, Canadá, en visita ad limina apostolorum, 4-mayo-1999, nn. 3 y 5.

[74]  Cf. Nm 22-24.

[75] Cf. CEC 2725-2751.

[76] Cfr. Jn 10, Ez 34; Lc 15, 4-7

[77] Cfr. 1Tm 3,4s; 2Tm 2,23-26.

[78] Carta Apostólica Novo Millennio ineunte, n. 43: "Espiritualidad de la comunión (eclesiología del Vaticano II) significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como uno que me pertenece (...) Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí , además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente".

 

 


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