Nuestra Señora del Sagrado Corazón Mejor Conocida (Julio Chevalier)
Capítulo V
María Madre de los Hombres
y el Título de Nuestra Señora del
Sagrado Corazón
Este TÍTULO: "María, madre de los hombres",
demuestra asimismo la legitimidad del de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
María es Nuestra Señora del
Sagrado Corazón por dos motivos: porque Ella es Madre de Dios, ya lo hemos
visto anteriormente, y también porque Ella es Madre de los hombres, que es lo
que ahora debemos probar.
Entremos, de inmediato, en lo más
profundo de esta cuestión.
I.- ¿Quién es Cristo? ¿Qué es
Cristo? -La Cabeza de toda la Iglesia: '"Ipse est Caput corporis
Ecclesiae"' (Col 1,18). Y la Iglesia misma ¿qué es? El cuerpo místico de
Cristo y cuyos miembros son los cristianos (I Cor 12, 12,13,27).
Este cuerpo místico no es sólo una
sociedad formada por Jesús y nosotros en una comunidad, más o menos perfecta,
de ideas, de sentimientos y de obras, tomando la palabra cuerpo en su sentido
más literal. Miembros de ese cuerpo, vivimos de la vida misma de Jesús, pero no
de una vida, imagen de la suya, tan perfecta como es esa imagen, sino, más
bien, de su vida propia y real. "Divinae consortes naturae" (II Petr
1,4). "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos" (Jo 15,5), nos dice
Jesús; y San Pablo: ""Viri Caput Christus est: Cristo es la cabeza de
todo hombre. ¿Acaso no existe la misma vida entre el tronco y las ramas, en la
cabeza que en los miembros? De la misma forma, entre Jesús y nosotros.
Esta comunicación, esta efusión en
nosotros, de la vida divina, se lleva a cabo, aquí en la tierra, por medio de
la gracia santificante (Sto. Tom., Sum. Teol., III, q. VII, art. 1), y, en el
cielo, por la gloria. Es decir, que mediante la gracia y la gloria, se
introduce Dios en nosotros, estamos como impregnados de Dios, por participación
nos convertimos en dioses mismos (Suárez y Cornelio a Lapide), en la medida que
podemos serlo sin dejar de ser criaturas.
De lo que aquí se trata, no es de
una simple adopción. Quede bien claro. Ciertamente, somos hijos adoptivos de
Dios (Gal IV, 4,5). En otras palabras, que no poseemos ese título naturalmente
y por derecho, sino por vía sobrenatural y por gracia del todo gratuita.
En realidad, Dios al adoptarnos,
nos hace hijos suyos, en un sentido de tal modo profundo que puede y debe
llevarnos a exclamar: "Vivo yo, o más bien no soy yo el que vive sino que
es Cristo Quien vive en mí" (Gál 11,20).
¡He ahí hasta qué punto Dios es
nuestro Padre por la gracia! Y hasta qué punto María es nuestra madre. Porque
¿cómo nos es otorgada la gracia? Por medio de María. "Nulla gratia venit
de coelo in terram nisi transeat por Maríam"[5] (San
Bernardino de Siena, Serm. II sobre de el Nombre María) como hemos visto en el
capítulo precedente.
En el cielo, cuanto la gracia
siente plaza en la gloria, veremos la vida de Dios en nosotros y en todos los
bienaventurados, compañeros nuestros en la felicidad; veremos también cómo esta
vida nos viene por medio de María.
En la tierra, lugar de prueba y
oscuridad, no vemos esa vida, ni la misteriosa filiación que ella establece
entre María y nosotros. Sin embargo, lo creemos y llamamos a María Madre de la
gracia y Madre de los hombres.
En efecto, María es nuestra Madre
más por la gracia que por naturaleza, y por lo que nosotros la llamamos con tan
dulce nombre. Y esto no ocurre solamente porque María nos da la vida divina,
infinitamente superior a la vida natural, sino también y, sobre todo, porque
esa vida divina Ella nos la otorga sin interrupción, iba a decir, gota a gota.
María, esta augusta Madre, nos lleva
incesantemente en su seno o, si se prefiere, no vivimos de la vida divina sino
por la efusión continua que Ella provoca en nosotros.
Ella es la Madre de Cristo, del
cuerpo natural de Jesús, así como de su cuerpo místico: Madre de la cabeza y
Madre de cada uno de sus miembros, como dice el piadoso autor Dionisio el
Cartujano. Lo que resulta real y cierto, tanto para los cristianos en estado de
gracia como para los santos en la gloria.
Sin embargo, en este mundo
¡cuántas almas cristianas hay que no poseen la gracia! En estos casos, María
¿no es Madre, para ellas? Si, lo es, apresurémonos a decirlo. María Mater pia
peccatorum, escribe un autor. Esas almas son, para María, hijos que, en verdad,
no viven, pero que pueden revivir. Ellas han tenido la gracia y, aunque
perdida, pueden volver a tenerla. Por eso, María las llama hijos suyos. María
percibe en ellas como huellas indelebles de su anterior grandeza, sagrados
estigmas, lazos de familia todavía reconocibles. Eso es poco, pero ¿tan poco
sería para que una Madre no reconozca a sus hijos? Por otra parte, ¿no son,
acaso, la imagen de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo? Y si basta esa semejanza
para atraer todas las iras del infierno, con cuánta mayor razón es suficiente
para atraer sobre todos, por muy miserables que sean, el maternal amor de
María, según se desprende de las revelaciones de Santa Brígida y que recoge, en
sus escritos, el gran teólogo Cornelio a Lapide (Com. al Eclesiástico, XV,2).
II.- Ascendamos juntos al
Calvario. Es allí, al pie de la cruz, en el dolor y la alegría, donde este
Título de Madre de los hombres va a recibir su consagración solemne. Es allí
donde María, en medio de los más indecibles sufrimientos, dice San Antonino,
nos hace nacer a la vida de la gracia y se convierte, de verdad, en Madre
nuestra.
El Hombre-Dios, clavado en el
árbol de la salvación, baja tiernamente los ojos sobre su augusta Madre; luego,
abriendo su boca adorable, pronuncia estas misteriosas palabras: "Mujer,
he ahí a tu hijo" -"Mulier, ecce Filius tuus"' (Jo XIX,26).
Volviendo de inmediato su mirada
hacia San Juan, convertido en su hermano de adopción, Jesús añade: "He ahí
a tu Madre" -"Ecce Mater tua" (ib.). Lo que quiere decir:
"Mujer, bendita entre todas las mujeres -benedicta tu in mulieribus-, la
verdadera Madre de los vivientes. "'Ipsa ergo vera est fidelium Eva, id
est, Mater viventium"" (Cornelio a Lapide). "María per Evam
significabatur; per enigma Mater viventium apellata est"' (San Epifanio).
¡Vos sois la nueva Eva, como yo soy el nuevo Adán! ¡Madre mía! Yo te invisto,
en este instante supremo, de una nueva maternidad. Yo te asocio a la obra de la
Redención. Vos seréis la Madre de todos los hijos de la gracia, como lo sois de
mi discípulo predilecto. Vuestra mediación inseparable de la mía, hará descender
sobre la humanidad, regenerada en mi sangre, todos los frutos del gran
sacrificio que ofrezco a mi Padre por la salvación del mundo .
Realmente, a los pies de la cruz
está, en verdad, el Árbol de la vida, de donde toma su raíz la nueva posteridad
de María; es bien cierto que esta bendita Madre, dicen los Santos Doctores,
entre el llanto y el dolor, engendra a todos los hijos de la gracia y bendición
(San Bernardino de Siena). Ellos enseñan, en efecto, que aquellas palabras de
Cristo moribundo: Ecce filius tuus; Ecce Mater tua, encierran un doble y
profundo sentido: He ahí a tu hijo, he ahí a tu Madre. El primero, que es
simbólico, nos dice que San Juan se convierte en el hijo de María y viceversa.
"Mas, en este hijo de adopción, exclama Dionisio el Cartujano, es
necesario buscar otro personaje. La Filiación del Discípulo a quien Jesús amaba
y la Maternidad de María respecto a San Juan, contienen un misterio mucho más
elevado e importante: el misterio de nuestra filiación con relación a María y
de la Maternidad de María con respecto a nosotros que estábamos representados
por San Juan e identificados en él" (Dion. el Cart. Coment. a San Juan).
Al narrar el Nacimiento de Cristo
en el establo de Belén, San Lucas se sirve de una expresión llena de misterio.
"Ella dio a luz a su hijo primogénito", nos dice, "Et peperit
Filium sum primogenitum"" (Lc 11,7). ¿Por qué hace mención de un
primogénito? La Madre inmaculada del Verbo hecho carne, la augusta Madre del
Hijo único del Padre ¿podría tener un segundo hijo? Si, nos responden los
Santos Padres. La Madre de la divina gracia debía engendrar en el dolor, la
posteridad sobrenatural del Nuevo Adán. Y este alumbramiento, acompañado de
indecibles angustias, se realizaba en el momento mismo en que, desde lo alto
del árbol de salvación de Jesucristo, Padre del siglo futuro, dice a la Mujer
por excelencia, a la Eva divina, a la Madre de todos sus hijos de adopción:
"He ahí a tu hijo. Mulier, ecce
filius tuus".
La bienaventurada Virgen nos
engendrará a la vida de Cristo, como engendró a Cristo a la vida del hombre.
Ella nos hará hijos y hermanos de un Dios, como hizo de un Dios al Hijo y al
Hermano del hombre.
Si ahora examinamos esta nueva
maternidad bajo el punto de vista de los privilegios y de los deberes que de
ella se derivan, veremos que ahí se justifica el TITULO de Nuestra Señora del
Sagrado Corazón y la DEVOCIÓN que nosotros intentamos establecer.
III.- Hemos sido creados. Como ya
hemos dicho, para ser miembros del cuerpo místico de Cristo, en el tiempo, por
medio de la gracia, y, por medio de la gloria, en la eternidad. ¡Ese es nuestro
fin!
Ahora bien, al ser María Madre de
ese cuerpo místico del que formamos parte, nosotros tenemos el derecho de
recurrir a Ella en nuestras necesidades y de implorar su asistencia; y Ella
tiene el sagrado deber de venir en nuestra ayuda en la medida de su poder; y
sabemos que su poder es el poder mismo de su Hijo, que Dios le ha otorgado.
"Ab omnipotente Filio, omnipotens Mater facta est" (San Bernardo).
María tanto menos puede denegarnos su asistencia para ayudamos a conseguir
nuestra salvación, cuanto que, al salvarnos, completa el cuerpo místico de
Cristo.
En efecto, este divino cuerpo no
está completo; cuando sea ultimado, lo será también el tiempo, ya que el tiempo
sólo existe en la formación de Cristo en sus elegidos. Este misterioso cuerpo
va, pues, desarrollándose, acrecentándose a través de los tiempos, recibiendo,
de cada generación, un nuevo aumento.
Y, ciertamente, es por medio de
María por quien recibe complemento misterioso. Y ahí radica el deber de María,
su principal deber, su único deber: trabajar en la culminación del cuerpo de
Cristo. De la misma manera que el cuerpo místico de Cristo es la prolongación y
el complemento de su cuerpo natural, la Maternidad de María para con nosotros,
miembros de ese cuerpo, es la prolongación y el complemento de sus deberes de
Madre para con Jesús. Por lo tanto, María debe otorgarnos ese concurso al mismo
tiempo que a Jesús; y Ella tanto más debe hacerle cuanto que esa segunda
Maternidad que hace de nosotros sus verdaderos hijos, implica su
"omnipotente" mediación entre Jesucristo, es decir, su Divino
Corazón, y los hombres.
Efectivamente, María, como el
resto de las madres ordinarias, debe amar a sus hijos, velar por ellos, proveer
a todas sus necesidades, con frecuencia numerosas y apremiantes, protegerlos en
los peligros, defenderlos contra los formidables ataques del demonio,
aliviarles en sus miserias, consolarles en sus penas, prestarles su apoyo y
ayudarles con todas sus fuerzas a conseguir el fin de su creación y
regeneración, que es el Cielo.
Esto en el orden natural.
"Dios, dice Santo Tomás, no
impone carga alguna, no llama a ningún cargo sin que, al mismo tiempo, otorgue
lo necesario para desempeñarlo debidamente; en caso contrario, demandaría un
imposible, lo que se opondría a la justicia y a su sabiduría. Deus imposibilia non jubet". "Dios
no manda lo imposible”.
"La opción divina, añade San
Bernardino de Siena, siempre confiere, por sí misma, a la persona elegida
cuanto precisa para poder desempeñar dignamente su cometido" (Serm. sobre
San José).
Ahora bien, al convertir a María
en Madre de los hombres, Jesucristo ha tenido que depositar, ipso facto, en su
Corazón todos los sentimientos de maternidad -"'Ipse dixit et facta
sunt". Lo dijo y fue hecho". (Salm. 148)-y concederle todas las
aptitudes que Ella pudiera necesitar para cumplir eficazmente su importante y
delicada misión.
Como Madre de Dios, sabemos que su
Hijo le ha dado todo poder -"Ab omnipotente Filio omnipotens Mater facta
est'" (San Bernardo)[6],
y que Ella tiene en sus manos todos los tesoros de la Divina Misericordia (San
Pedro Dam.) y, además, que su intercesión es todopoderosa.
Y ¿porqué ese crédito sin límites
ante Dios, esa acumulación de todas las gracias, esa plenitud de todas las
ayudas del Altísimo? Para nosotros que somos sus hijos. Propter nos bomines et propter nostram salutem[7]. Ella es, en consecuencia, la DISPENSADORA de todos
los dones sobrenaturales que emanan de la sangre y de los méritos infinitos del
Redentor, que es Hijo suyo.
"En efecto, Jesucristo, dice
San Bernardo, es un bálsamo divino, compuesto de dos substancias: sustancia de
Dios y sustancia del hombre. Ambas substancias han sido unidas, en alguna forma
mezcladas, fundidas en una sola, aunque distintas, en el seno de la Virgen,
como en un vaso preparador, mediante la acción del Espíritu Santo, uniéndolas
sin confundirlas, con una sabia e inexplicable suavidad". ¿No es, pues,
justo que María tenga la custodia de ese bálsamo saludable y que Ella lleva a
cabo su aplicación a los males de la humanidad de la que es Madre... ?
¡Oh, Mujer, bendita entre todas
las mujeres, exclama el mismo Santo, pues, en vuestras castas entrañas que el
Espíritu Santo ha preparado por el fuego de su amor, está el verdadero pan de
vida, y es justo que lo ofrezcáis Vos misma a los hombres que son vuestros
hijos".
Tal es el orden establecido por el
cielo. Dios no quiere que favor alguno, que bendición alguna, descienda sobre
la tierra sin que pase por las manos de María, añade el Santo Doctor. La
bienaventurada Madre de Jesucristo es el canal por el que corre el agua de la
divina gracia emanada del Corazón Sagrado de Jesús, en el calvario, para llegar
hasta nosotros, regando nuestras almas y calmando nuestra sed. Cuando una fuente
de agua viva entra toda ella en el acueducto que la recibe desde su nacimiento,
nadie puede beberla si no va a extraería del canal por donde se derrama.
"María aquae ductus gratiae divinae. Fons Christus, canalis María, campus
Ecclesia. Caput Christus, collum María, corpus Ecclesia[8]
(San Bernardo).
Resumamos:
Fue en el Calvario donde María nos engendró para la vida sobrenatural y donde
Ella fue convertida en Madre nuestra. Fue también a los pies de la cruz donde
Ella recibió, como en su fuente natural, todas las gracias, todas las
bendiciones que iban cayendo del Corazón de Jesús traspasado por la lanza, para
repartirlas entre nosotros que somos sus hijos. Como María lo recibió todo del
Corazón de su Hijo, como Ella lo ha sacado todo de ese Corazón adorable en el
instante mismo en que era investida de la Dignidad de Madre de los hombres, ¿no
es, por lo tanto, lógico y razonable que María se presente ante ellos con un
TITULO que, a la vez, revele la fuente de todo su poder, y la confianza sin
límites que Ella debe inspirar a sus nuevos hijos?
Ese TÍTULO es el de NUESTRA SEÑORA
DEL SAGRADO CORAZÓN. Y ¿qué expresa? Lo hemos visto ya y lo volveremos a ver:
la eficacia todopoderosa de las súplicas de María ante el Corazón de su Hijo.
Mas, esto no es todo. Significa
también que MARIA ESTA EN NOSOTROS, que es NUESTRA, es decir, que María no ha
sido constituida tan poderosa sobre el Corazón de Jesús sino por nosotros y
para nosotros, puesto que somos sus hijos y Ella, nuestra Madre.
Y nos complacemos en repetirlo: es
Madre nuestra, de todos, pecadores y justos. Y cuanto más pecadores seamos,
tanto mayor es su deber en socorrernos, y cuanto las heridas que el pecado ha
causado en nuestra alma son más profundas e incurables, tanto más debe
esmerarse Ella en curárnosla. "Insanabilia vulnerum Medicina" (San
Germán).
¡NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO
CORAZÓN,
¡Rogad por nosotros!