Nuestra Señora del Sagrado Corazón Mejor Conocida (Julio Chevalier)
Capítulo VI
María Madre de los Vivientes y
el Título de Nuestra Señora
del Sagrado Corazón
Este Título
es de una profundidad maravillosa. Meditémoslo unos instantes.
I.- Dios es todo amor ('Jo 4,8).
María, su imagen más perfecta; después de Jesús, es, pues, la más amante de las
criaturas. Es lo mismo que decir que ninguna criatura ama tanto a Dios y a los
hombres, como María. A Dios, María le ama como a su Dios y su Hijo. A los
hombres, María les ama no solamente porque Dios les ama y porque ellos son la
imagen de su Hijo, los miembros de su cuerpo místico, sino también porque ellos
son sus verdaderos hijos en el orden de la gracia. María quiere, pues, con
todas las fuerzas de su ser, el bien de Dios y el de los hombres. Ahora bien,
¿cuál puede ser el bien de Dios siendo, El mismo, el Soberano Bien? El Infinito
¿puede ser receptor de algo? ¿Le falta, acaso, alguna cosa? ¿Está necesitado de
algo? Sin duda alguna que no y, sin embargo, a pesar de su infinitud o, más
bien, a causa de su infinitud, Dios quiere experimentar una necesidad, una
necesidad suprema, como hambre y sed inenarrables: Él tiene hambre y sed de
darse; como plenitud infinita, como océano sin orillas y sin fondo, quiere
rebosar, difundirse. Y esto de trasmitirse, de darse, lo hace principalmente
por medio de la gracia (Cornelio a Lapide, Com. a Oseas, c. I). Ayudar a Dios a
difundirse comunicando su gracia es como la necesidad suprema de María, su más
ardiente deseo; deseo que, para Ella, compendia y reúne todos los demás. Dios
es una fuente infinitamente abundante que sólo aspira a derramar sus aguas.
María, bendito canal, tampoco aspira a otra cosa que a favorecer esa divina
efusión.
Y Ella lo quiere también por amor
a los hombres.
El hombre está hecho para vivir de
Dios: por la gracia en el tiempo, por la gloria, en la eternidad.
¿Qué es, pues, para él, el bien
supremo, sino la gracia y la gloria, que equivale a la vida misma de Dios? De
ahí, en todo su ser, esa hambre de Dios que solamente Él puede satisfacer.
¡ Espectáculo admirable! Dios y el
hombre como precipitándose el uno hacia el otro; Dios, impulsado por su amor
(Jo 3.16) y el hombre, llevado hacia Dios por todas las fuerzas de su propia
necesidad y el empuje de sus aspiraciones (San Agustín, conf.). ¡El hombre
tiene hambre y sed de Dios y Dios, hambre y sed del hombre! ¡Espectáculo, en
verdad, admirable!
Y Vos, oh María, estáis devorada,
más que nadie, por esa hambre y por esa sagrada sed de Dios, pero devorada y
satisfecha, plenamente saciada: Gratia plena, Dominus tecum (Lc 1,28); es más,
permítaseme decirlo, más que satisfecha y saciada, Vos estáis embriagada de
amor, de amor de Dios y amor a los hombres.
Así pues, impera en María la
necesidad de dar Dios a los hombres, y de dar los hombres a Dios... ¡Eso es lo
que explica que Ella sea la Reina de los Apóstoles y de los predicadores de la
verdad! María es, después de Dios y, en la medida en que puede serlo, la
caridad viviente, el celo viviente. ¡Qué no haría Ella para verter en un alma
aunque no fuera más que una gota de vida divina! ¡Vos anheláis, oh María,
difundir la gracia!
Vos seréis la Madre de esa gracia
-Mater divinae gratiae-. El Sagrado Corazón, fuente misma de la gracia, es
vuestro; tomadlo, abridlo, difundid su contenido. A un mismo tiempo, constituís
su dicha y la vuestra, y la dicha de las almas. Dad, otorgad, nunca lo
otorgaréis del todo, puesto que Él es infinito; jamás lo daréis en exceso ya
que esa misma infinitud quiere darse ella misma: ""Ego ero merces tua
magna nimis' "Yo seré tu recompensa, grande en verdad'". (Gén XV, l).
María otorgará, por lo menos, todo
lo que será otorgado, es decir, que, del Sagrado Corazón, no se verterá una
gracia a no ser por medio de María: "Omnia per Mariam" 'Todo por
María" (San Bernardo).
Sin duda alguna, María, feliz de
comunicar la gracia, convocará lo más posible a las demás criaturas, a los
hombres y a los ángeles, al honor y a la dicha de ayudarla a Ella misma en sus
comunicaciones divinas, como una madre que hace pasar sus regalos por las manos
de todos sus hijos. Pero, los Ángeles, los Santos, hasta los mayores Santos, lo
que conceden es, como si dijéramos, de segunda mano, o más bien, pedirán,
mediarán, mas sólo María es quien todo lo otorgará después de haberlo obtenido
Ella misma. Podemos, pues, con justo título, proclamarla la Misionera, la
Dispensadora por excelencia, del Sagrado Corazón de Jesús.
¡Madre de los vivientes! No hay
viviente que no le deba su vida en el orden de la gracia, y toda su vida;
""Sicut enim Eva dicta est Mater omnium viventium, vita naturae; sic
Maria, Mater omnium viventium, vita gratiae[9]" (Ricardo de San Lorenzo). María le ha
concebido, María le ha engendrado, María le ha nutrido; María le ha preservado,
le ha curado, le ha resucitado, según un piadoso autor cisterciense. De Dios
vienen y proceden todas estas gracias, pero es María la encargada de
distribuirlas.
¡No es posible imaginar en una
alma una gota de vida divina que no llegue a ella por mediación de María! Como
no se-ría posible imaginar el que un hijo no deba toda su vida a su madre.
Por lo tanto, es preciso tomar al
pie de la letra esta expresión: toda gracia viene por María; de la misma manera
que nada ha sido hecho sin el Verbo, nada se hizo, al menos, en el mundo
sobrenatural, sin la Madre de la gracia, sin la Madre del Verbo (San Anselmo).
Ahora bien, María, como Dios
mismo, no desea otorgar la gracia sin otra finalidad que no sea conducir a la
gloria a los que la reciben.
Así pues, por intenso que sea el
deseo de María de comunicar la gracia, mayor aún es su deseo de comunicar la
gloria. Madre de todos los vivientes, Mujer bendita entre todas las mujeres
(San Alberto Magno y San Antonino), María quiere, merced a su misteriosa y maravillosa
fecundidad, dar al Padre innumerables hijos; es más, aun antes de que ellos
lleguen a ver la luz, María ya experimenta por ellos angustias de Madre. Su
gozo no es completo hasta el momento en que entren en la gloria donde sus hijos
nacen a la vida verdadera. ¡Qué júbilo para María en el instante en que un alma
llega al cielo!
Pronto diremos algo sobre esto.
Por lo menos, lo intentaremos.
II.- Por el momento,
contemplaremos a sus hijos en ese estado intermedio y tan doloroso que separa
la prueba del gozo; la tierra del cielo; las almas en el Purgatorio. "B.
Virgo in regno Purgatorii dominium tenet[10]" (San
Bernardino de Siena). María tiene la seguridad de que, algún día, le serán
entregados sus hijos en la gloria. Ellos no morirán de muerte eterna, sino que
vivirán la vida eterna; tendrán vida más temprano o más tarde; de momento, no
tienen vida, al menos, completa; tienen la corteza de la gloria; feliz
convicción, aunque, sin embargo, infinitamente inferior a la posesión misma.
¿Quién podría decirnos lo que
Maria siente por esas almas que son hijos suyos? (San Bernardino de Siena).
¡Cómo anhelaría Ella introducirlos en el cielo, devolvérselos a ese Padre que
se los da, lanzarlos ya para siempre en sus brazos y tenerlos Ella misma en los
suyos propios!
En efecto, por medio de Ella,
nacerán a la gloria. No se puede tener más que una Madre. Concebidos por María,
en el tiempo, a la vida de la gracia, nacerán, por su mediación, a la vida de
la gloria en la eternidad (San Ricardo de San Víctor).
María hace todo lo posible por
apresurar la llegada de ese feliz instante. Ella les visita, les alienta, dicen
San Buenaventura y San Bernardino de Siena.
Por lo demás, ¿acaso no es Ella su
Madre? "No pasa hora, reveló a Santa Brígida, sin que el rigor de sus
penas en el Purgatorio no sean aliviadas por mi intercesión".
Mas, esto no es todo; existen
también las indulgencias ganadas aquí en la tierra que satisfacen por esas
almas y las alivian, o hasta las liberan.
¿Quién les hará la aplicación de
esas indulgencias?
¿Podríamos pedírselo? ¿Acaso no es
María...? ¡Esa es su función, su privilegio de Madre!
¿De qué se compone el tesoro de
las indulgencias? De las satisfacciones de Jesús, de las de María y de los
méritos sobreabundantes de los Santos. ¿No es Jesús su Hijo? ¿No lo son también
los Santos? ¿No tiene María, sobre ese tesoro, un derecho maternal que Dios le
ha otorgado? (Cfr. cap. IV, III).
Y ¿acaso no deben este favor a
María las almas de este mundo que, mediante la gracia, han ganado esas
indulgencias, se han beneficiado de ese tesoro?
¿Quién, por lo tanto, podría
disputarle a Ella la misión de aplicar esas indulgencias? Es su dicha a la vez
que su privilegio: dicha y privilegio de madre.
¿Querría Jesús privarla de ellos?
En modo alguno ¡ama demasiado a su Madre! "Por lo demás, exclama San Pedro
Damiano, ¿no ha puesto en sus manos todos los tesoros de la misericordia
divina?" (Sermón de la Natividad).
¡A Vos, Madre compasiva, os ha
sido encomendado el cuidar de vuestros hijos en sus aflicciones, acudir en su
ayuda en sus zozobras, aliviarías en sus necesidades! ¡Vos tenéis la misión de
extraer para ellos, del Corazón de Jesús, fuente de todo bien y del cual
poseéis la llave, los apoyos que puedan necesitar!
En consecuencia, así lo vemos,
tanto en el Purgatorio como en la tierra, María es, ciertamente, Nuestra Señora
del Sagrado Corazón, es decir, Soberana Dispensadora de ese tesoro, extrayendo
de él y otorgando y distribuyendo, entre sus hijos, todos los bienes que
encierra.
¡Nuestra Señora del Sagrado
Corazón, Auxiliadora de las almas del Purgatorio, aliviadlas en sus penas!
III.- Ahora bien, si elevamos
nuestra mirada hacia el cielo, allí, como en el Purgatorio, como en la tierra,
María se nos manifiesta como Madre de los vivientes. Y ¿por qué? Porque Ella es
Nuestra Señora del Sagrado Corazón.
Entre los vivientes, ocupan el
primer lugar, los Ángeles.
Estos Espíritus bienaventurados,
dice San Bernardino de Siena, deben a María, después de su Divino Hijo, su
perseverancia en la gracia y su encumbramiento en la gloria (Sermón sobre la
Visitación).
"Al crearlos, añade San
Vicente Ferrer, Dios les mostró a la Virgen predestinada, con preferencia a
toda otra criatura, a ser la Madre de Cristo, y les hizo ver que, por medio de
Ella, su ruina sería reparada, y poblada la Ciudad celestial". "Ruina
Angelica per Eam reparata" (Ricardo de San Lorenzo).
Y tal es, también, el pensamiento
de Santo Tomás, y el sentimiento común de los Teólogos, dice el docto Sedlmayr
(Teología mariana).
Asimismo, afirma San Alberto
Magno, podemos llamar a María "Madre de los Ángeles, puesto que Ella ha
engendrado al Padre de los Ángeles y a su Restaurador".
IV.- Y, en verdad, ¿quiénes son
esos Vivientes, esos afortunados habitantes del Cielo? Todos, allí, están
llenos de vida y su vida es Aquel mismo que es la Vida, es Dios; los
Bienaventurados viven en Dios, viven de Dios: vida perfecta, estable, eterna,
sin mezcla de mortalidad. Es decir, que, en ellos, la gracia ha dado lugar a la
gloria; la vida divina ha pasado, en ellos, de su forma primera e inicial a su
forma última y perfecta. Anteriormente, la llevaban dentro de sí mismos como un
tesoro escondido, oculto para los demás y hasta para ellos mismos; y ahora, esa
vida, inundando plenamente todo su ser, se hace visible, y visible para ellos y
para todos.
Y esa vida la recibían por medio
de María en la tierra, en el estado de gracia, y ahora la reciben también de
María en el cielo, en el estado de gloria (San Anselmo).
En nosotros, la sangre brota del
corazón a través de una arteria poderosa y se reparte por todo nuestro cuerpo;
y no nos percatamos de esa admirable circulación. Mas, si de pronto, haciéndose
trasparente nuestra carne, se nos desvelaran esos misterios ¿se daría algún
cambio en la circulación misma? En modo alguno. La sangre siempre procedería
del corazón y, siempre por la misma arteria principal, tendría lugar, al salir
del Corazón, su lanzamiento y distribución por las arterias secundarias. La
sangre es la imagen de la vida divina.
Esa vida nos viene a nosotros del
Corazón de Jesús y llega a nosotros a través de esa arteria única que es María,
Madre de los vivientes. Hoy, nosotros no vemos ni el corazón ni la arteria; ni
la fuente ni el canal primero; ni siquiera percibimos la sangre misma. Es en el
cielo donde veremos todas esas maravillas. Mas, al hacerse visibles, no
experimentarán cambios. La fuente será siempre la misma y siempre el mismo
canal, sólo así lo veremos; y esa visión será nuestra eterna dicha.
Entonces, Dios y Jesús y María se
nos aparecerán en toda su gloria. Dios, fuente de vida, sin fondo y sin
orillas, fuente que surge plenamente en Jesús y de Jesús y que se comunica a
todos sus elegidos a través de María (San Bernardino de Siena, Sermón de la
Anunciación).
¡Asociación inmensa y
maravillosa!, ¡maravillosa por el número de sus miembros, por la belleza de
cada cual y más maravillosa todavía por su perfecta unidad! Una sola vida, un
solo cuerpo, una sola cabeza, y un solo corazón. Y todo esto, de verdad
maravillosa y en una maravillosa unidad: eso es Cristo.
Y María aparecerá como Madre de
ese Cristo, Madre de los Ángeles, Madre de todos y de cada uno. No existirá
otra vida que la otorgada por medio de Ella. Se la verá como Ella es: Madre de
la Vida. "María, Mater Vitae, scilicet, qua vivunt universi" (Ricardo
de San Lorenzo).
Y esa vida María la habrá dado
después de haberla pedido y obtenido, y obtenido en virtud de su Maternidad
Divina y de su intercesión todopoderosa ante el Corazón de Jesús, fuente de
toda vida.
Por eso, al mismo tiempo que, como
Madre de los Vivientes, se la contemplará en todo su esplendor, en todo el
esplendor de su gloria y de su triunfo aparecerá también como Nuestra Señora
del Sagrado Corazón.