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Nuestra Señora del Sagrado Corazón Mejor Conocida (Julio Chevalier)

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Nuestra Señora del Sagrado Corazón Abogada de las causas difíciles y desesperadas

 

Capítulo VIII

Explicación y Legitimidad del Título y de la Devoción  a Nuestra Señora del Sagrado Corazón

María, al ser Madre de Dios, ya lo hemos dicho, hace que su intercesión sea todo-poderosa ante su HIJO y, por ello, también ante su Corazón, que es el compendio de su Persona:

"B. Virgo habuit dominium maternum seu potestatem patriam in Christum" (Maldonado, Com. a San Lucas, cap. II).

"Sin duda alguna, al servirnos de semejante expresión, repetiremos con nuestro ilustre Arzobispo, no intentamos atribuir a María un poder absoluto, irresistible, necesario o indeclinable, sobre el Corazón del Hijo de Dios, poder que no podría conciliarse ni con su condición de criatura, ni con la dignidad de su Divino Hijo, ni, en consecuencia, con las nociones de la sana teología: entendemos e intentamos, sencillamente, hablar de esa súplica, como dicen los santos doctores, omnipotencia supplex, que Nuestro Señor no deniega; que, naturalmente, otorga a María sobre el Corazón de Jesús un crédito incontestable, un poder positivo y real, cuya existencia no es posible negar, ni tampoco desconocer su fundamento o su general admisión" (Mons. de la Tour d'Auvergne con motivo de la coronación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón).

Por lo demás, basta abrir el Evangelio. ¿Qué encontramos allí? Que Nuestro Señor mismo ha reconocido a su Madre ese poder de súplica al cual El mismo se sometió voluntariamente. "Et erat subditus illis" (Lc 2,51), "Y les estaba sujeto".

"¡Y les era obediente! Dios, a Quien obedecen las potestades y principados, era sumiso a María, dice San Bernardo, y hasta también a José, en razón de María. Que Dios obedezca a una mujer, ejemplo de humildad inigualable; que una mujer MANDE a Dios resulta de una grandiosidad incomparable".

"La Santísima Virgen es, pues, verdaderamente una SOBERANA", añade San Bernardino de Siena.

Sin embargo, dos hechos en el Evangelio parecen estar en oposición a nuestra tesis: el primero es el acto de Jesús quedándose en el templo sin prevenir a María y, al responderle: ¿Por qué me buscabais?, etc.

El segundo es la respuesta que le da en Caná cuando Ella le advierte que falta el vino en la sala del banquete: "Mujer ¿qué nos va a Mí a Ti en ello? Mi hora todavía no ha llegado" (Jn2,3).

Pero ambos hechos, estudiados a fondo, ¿no apoyarían, por el contrario, la doctrina que, en principio, parecen invalidar?

Retomemos las cosas desde un ángulo superior.

"En Jesús, la voluntad humana está absolutamente conformada con su voluntad divina que, a su vez, es la voluntad misma del Padre" (Conc. VI de Constantinopla).

Ahora bien, precisamente para hacernos concebir en nosotros que en Él hay dos voluntades y que la voluntad inferior se conforma con la superior, Jesús exclama, durante la Pasión:

"¡Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz...! Pero no se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc XXII,42). Como se ve, Jesús hace resaltar claramente, en esas palabras, la existencia de sus dos voluntades y la subordinación de su voluntad humana a la de Dios (Sto. Tomás, Suma T., q.  XVIII, art. 1,2,5).

¿No puede decirse que, igualmente, en los dos hechos recordados más arriba, Jesús manifiesta estas dos cosas: que DE DERECHO su voluntad de hombre-Dios en modo alguno está sometida a María, sino que DE HECHO El se la quiere someter?

En efecto: "Por qué me buscabais? Le dice Jesús, ¿No sabíais que es necesario que Yo me ocupe de las cosas de mi Padre? (Lc 2,49). Queda bien claro que el Hombre-Dios que, de derecho, solamente está sometido a Dios, no tiene obligación alguna de obedecer a María, ni siquiera de consultarla.

Mas, de hecho, ese Hombre-Dios abandona el templo, regresa y permanece en Nazaret. ¿Se lo pidió María? Nada consta ni está probado, ni siquiera que se lo insinúe. Ella simplemente se limitó a exponer una cuestión: "Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos con angustia... (Lc 2,45). Y ¿qué cosas son las de su Padre? Ni José ni María le comprenden (ib.). No obstante, María no le pide explicaciones. Ella ha expresado su pensamiento con una especie de reserva y discreción perfectas. Y no añade nada más. Pero Jesús comprende y capta el deseo de su Madre, deseo que Ella no formula, y regresa con Ella. "Y les estaba sujeto" (Lc 2,51)

¿No aparece en todo esto una distinción perfectamente clara entre el derecho de Jesús de no obedecer y la condescendencia, absolutamente libre, en virtud de la cual, de hecho, Él obedece?

Lo mismo ocurre en las bodas de Caná. "Mujer ¿qué nos va a Ti y Mí? Aún no es llegada mi hora (Jo 2,3). Es el Hombre-Dios, el Maestro Supremo, el que habla y que no debe sumisión a nadie.

Y ahí tenemos al Hombre-Dios sometiéndose libremente, sin que María le haya pedido nada: "No tienen vino" (ib.), dijo, y nada más. Su reserva es perfecta, como nos consta más arriba; pero María sabe que su Hijo, que tiene el más absoluto derecho de no hacer su voluntad, con todo, se someterá a Ella, por condescendencia: "Haced lo que El os diga", advierte a los servidores. Y, efectivamente, Jesús, al ver lo que desea su Madre, hace lo que María no pide: "transforma el agua en vino" (ibíd.).

Se nos antoja que Jesús y María aparecerían allí perfectamente como lo que son el uno para el otro: María, criatura y madre, pidiendo, como criatura, supplex, y ¡con qué modestia! obteniéndolo, como Madre, omnipotentia. Y Jesús: Creador e Hijo, otorgando libremente, como Hijo, lo que, como Creador, tiene el derecho de negar.

Es, por lo tanto, cierto, como dice San Antonino, que la súplica de María reviste el carácter de una orden que siempre es atendida: "Oratio Deiparae habet rationem imperii, unde impossibile est Eam non exaudiri".

Jesús transforma, pues, el agua en vino y obra su primer milagro.

Y este milagro, debido a la todopoderosa intercesión de María, ¿qué supone para el mundo? Escuchemos y veremos cuán querido nos debe ser el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que tan bien expresa el poder sin límites que el Hijo ha tenido a bien otorgar a su Madre sobre su Corazón. "Ab omnipotente Filio, omnipotens Mater facta est" (San Bernardo).

Este primer milagro demuestra, ante todo, la manifestación de la gloria de Cristo:"Manifestavit gloriam suam" (Jo 2,11). Entendemos cuanto estas palabras contienen. El eterno esplendor del Padre (Hebr 1,3), tal era lo deseado en el seno virginal de María; en ese misterioso cenáculo, en esas sagradas nupcias de la Divinidad con la Humanidad se oculta la gloria exterior del Verbo, semetipsum exinanivit (Filip 2,7). ¿No era, pues, justo que también, por medio de María, se manifestara al mundo esa misma gloria de Cristo, hasta entonces oculta?

El Verbo, Sabiduría increada, Palabra substancial del Padre, se condenó al silencio y a una aparente inacción, encarnándose en las entrañas inmaculadas de la Virgen. ¿No era justo que esa boca de la Divinidad (Ricardo de San Lorenzo) fuese abierta, por medio de María, en el momento en que debía ilustrar a la humanidad; no era justo que ese Poder infinito, aherrojado en el seno virginal, fuese liberado, por medio de María, a fin de que se manifestara mediante esa regeneración de los hijos de Adán en la luz y en la verdad?

Ese milagro proporciona, en fin, a los Apóstoles la fe en la Divinidad y en la misión del Salvador. Et crediderunt in Eum discipuli Ejus (Jo 2,11). En virtud de ello, esas piedras destinadas a constituir el edificio incomparable de la Iglesia se yuxtaponen y se sueldan, por así decirlo, al sagrado fundamento, a la piedra angular que es Cristo: "Petra autem erat Christus"' (1 Cor 10,4).

Supongamos, si nos es posible, todo lo que Dios recibirá de gloria, todo lo que recibirán los hombres, en beneficios, en el tiempo y durante la eternidad, de este primer milagro, debido al poder de intercesión de María ante el Corazón de Jesús.

Es, pues, incuestionable, según el mismo Evangelio, que Jesús, ya en la tierra, ha concedido a su divina Madre un poder real sobre su Corazón adorable y que nosotros podamos denominarla: Nuestra Señora del Sagrado Corazón. "Ab omnipotente Filio, omnipotens Mater effecta est" (Ricardo de San Lorenzo).

II.- Pero esta todopoderosa intercesión de María sobre el Corazón de su Divino Hijo ¿seguirá subsistiendo ahora? Jesús, al coronarla Reina de cielo y tierra, ¿la habrá despojado de tal prerrogativa?

Toda la tradición de la Iglesia se alza para contestarnos:

No, y mil veces no.

"La Bienaventurada Virgen María, dice Suárez, desde el halo de felicidad en que se encuentra, no ha disminuido su caridad hacia los hombres. Ella tiene siempre piedad de nosotros y no cesa de rogar a Dios en favor nuestro. Y lo hace con tal interés como si estuviera entre nosotros. Y se siente más inclinada a ello por cuanto, desde la altura de su gloria, Ella contempla en el Verbo cuanto acontece aquí, en la tierra. De donde se sigue que María aún puede rogar más y mejor por nosotros en el cielo que en la tierra misma, puesto que en la tierra no conocería todas nuestras miserias y que las que conociera, no las consideraría siempre como las conoce ahora y durante toda la eternidad en el Verbo Divino.

Además, por parte de Dios, nada hay que se oponga a que la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sea tan poderosa en el cielo como en la tierra, porque, aunque Dios está siempre dispuesto a venir en nuestra ayuda, quiere, no obstante, que nosotros le recemos (ésta es la condición que Él pone para favorecernos) y que la Santísima Virgen le pida por nosotros a fin de que, así, El manifieste más su gloria, que seamos testigos de la caridad de María y que honremos a esta tierna Madre como Ella lo merece. En ello no podría haber injuria para Cristo que es el único y verdadero Mediador entre Dios y los hombres. Antes y por el contrario es una gloria para Él, puesto que todo lo que María pide por nosotros y para nosotros, lo pide en nombre de Jesucristo, y todo lo que Ella consigue no lo obtiene sino por medio de Él y por sus méritos infinitos.

Así pues, lejos de que la gloria de Cristo quede oscurecida por la todopoderosa intercesión de María, adquiere mayor brillo, ya que toda la eficacia de las súplicas de esta augusta Virgen descansa únicamente en Jesucristo" (Suárez, q. XXXVIII, a. IV, Disp. XXIII, sec .III).

Aparte de esto, entre Jesús y María, aunque sean en el cielo el uno para el otro, existen siempre las mismas relaciones de Hijo y de Madre. La muerte nada destruye. "La Maternidad en María y la Filiación en el Hijo permanecen siempre": Maternitas et Filia tío in Virginia et in Christo semper durant" (Suárez, q. XXXV, s.III, a.5).

De igual modo. "Dios no se arrepiente de sus dones" (Hebr VII,21). "Ahora bien, Dios, una vez que ha querido hacer de María la Madre de su Hijo y, a tal efecto, comunicarle el honor y los derechos de la Maternidad, ya no cambia ese orden de cosas; el estado glorioso del Salvador no es obstáculo para ello: tanto en el cielo como en la tierra, el derecho maternal subsiste y, por consiguiente, su poder perdura. De ahí todos esos magníficos títulos que el reconocimiento y la piedad secular le han otorgado. María es la Dispensadora de todas las gracias, la "Inventora" de la gracia, el puerto más seguro para los náufragos. Ella "gobierna" a Cristo, es la Madre de la verdadera Misericordia, etc., etc. No acabaríamos nunca si intentásemos enumerar todos los títulos que le dan los doctores y los santos.

Con todo me pregunto ¿qué quieren decir todas esas expresiones, sino que María tiene una Omnipotencia suplicante ante el Corazón de Dios? Todos esos textos, todos esos testimonios están vacíos de sentido o, por el contrario, significan que María ejerce, tanto en el cielo como en la tierra, un poderoso poder de intercesión ante el Corazón de su Divino Hijo; que, tanto en el cielo como en la tierra, María conserva sus derechos maternales en toda su extensión; que, tanto en el cielo como en la tierra, Ella puede hablar como Madre y que siempre es escuchada" (Mons. de la Tour d'Auvergne en la Coronación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en 1869).

Oigamos a San Bernardo: "Una vez que Ella fue elevada a los cielos, la Augusta Virgen no cesa de colmar con sus dones a los hombres. ¿Quién podría ponerlo en duda? Puesto que no le faltan ni poder ni voluntad" (Sermón sobre la Asunción)  "¿Queréis tener un abogado ante Jesús? Recurrid a María. Ella es incapaz de rechazar a nadie. Lo afirmo sin dudarlo: en consideración a su dignidad el Hijo escuchará a la Madre y el Padre escuchará al Hijo" (San Bernardo, Sermón sobre la Natividad).

Y es imposible que sea de otra manera, escribe San Germán de Constantinopla, ya que Dios le demuestra una deferencia sin límites, en atención a su Maternidad divina.

"Todos los demás Santos y los Ángeles, dice a su vez Ricardo de San Lorenzo, pueden suplicar siempre a Cristo y ser escuchados por Dios, pero solamente la Virgen, en virtud de su autoridad maternal, puede, al ser su Hijo, dar a su oración un carácter de mandato; de ahí que debamos dirigirnos a Ella con confianza; por eso le decimos: Mostrad que sois Madre, que es como si le hiciéramos escuchar estas palabras: ¡Oh María, interceded por nosotros ante vuestro Hijo con vuestra autoridad maternal y soberana!".

Toda la Iglesia cree con San Pedro Damiano que todos los tesoros de la misericordia divina están en manos de María: "In manibus tuis sunt thesauri miserationum Domini. (Sermón sobre la Natividad de la Virgen). Mas, ¿de dónde los ha extraído? Del Corazón de Jesús, de los que es la fuente, y que el Apóstol llama el trono de la gracia (Hebr IV,16). Siendo Ella misma el Tesoro de Dios, dice San Bernardo, el Corazón de Dios está siempre donde Ella se encuentre, y de ahí por qué le está siempre abierto ("Annon Dei Thesaurus Maria? Ubicumque illa est, et Cor Ejus" (Sermón sobre la Anunciac.).

"¡Virgen bendita, escribe San Pedro Damiano con santo entusiasmo, os acercáis sin temor a ese altar de la reconciliación, no solamente para pedir, sino para mandar, no como sierva sino como Soberana, siendo vuestra intervención todopoderosa ante el Rey de Reyes" (Serm. sobre la Nativ.).

"Se os ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, escribe Fulbert, os presentáis ante vuestro Hijo, no como una sierva, sino como una Señora, que no sólo ruega, sino que ordena", convencida de que no recibiréis repulsa, dado que vuestra intercesión es todopoderosa ante su Corazón.

Y ¿qué dice San Bernardino de Siena? Escuchémosle:

"María, si se nos permite decirlo, no sólo ha sido constituida soberana de toda criatura, sino, incluso, del Creador mismo ( 1) Como las demás criaturas, está sometida a Dios, pero Dios, a su vez, se ha colocado bajo su acatamiento". Este mismo Santo la llama también: "Regina Creatoris".

Y San Anselmo: "Domina misericordiae et gratiae". Y Gerson: "Domina ipsius Creatoris".

A todos estos testimonios tan concluyentes unamos aún el del ilustre San Bernardino, que acabamos de citar: "¡Oh, grandeza inefable la de la Virgen María! escribe ese gran doctor.! oh, incomprensible profundidad de los misterios de Dios! una mujer hebrea ha invadido triunfalmente el palacio del Padre Eterno. Yo no acabo de comprender mediante qué encantos Ella ha podido deslumbrar y apoderarse de su Corazón, basta el punto de que hasta DIOS le quedara sumiso - Imperio Virginis omnia famulantur et DEUS-" (Serm. sobre la Natividad)[12].

"Y desde entonces, añade San Bernardo, ¿quién es más digna que Vos ante el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo? Vos le hablaréis, oh Soberana, y todo cuanto le pidáis lo obtendréis. Vuestra intercesión es omnipotente".

En verdad ¿es acaso posible resaltar con mayor fuerza y claridad que las súplicas de María son todopoderosas ante el Corazón de su Hijo y que se la pueda llamar Nuestra Señora del Sagrado Corazón?

Por otra parte, ¿no es acaso lo que la Iglesia intenta y quiere hacernos comprender, cuando aplica a la Santísima Virgen estas palabras de los Libros sagrados: "Vulnerasti Cor meum, soror mea, sponsa; vulnerasti Cor meum" (Can t., de los Cant.). En otras palabras: Vos me lo habéis raptado abstulisti-; me lo habéis conquistado; lo habéis encerrado en él vuestro y hecho cautivo: In corde tuo conclusisti et captivasti (Cornelio a Lapide). Así se explican los mejores comentaristas y uno de ellos, al interpretar el texto para hacernos comprender mejor la grandeza del poder de intercesión de María, llega hasta llamarla Soberana del Corazón de su Divino Esposo: "Cordis Sponsi DOMINA effecta (Maria) vocat Sponsum suum..." (Cristóbal de Vega, Teología Mar.). Lo mismo opinan San Alberto Magno, San Anselmo, San Fulgencio, Ricardo de San Lorenzo y Pío IX en la Bula de la Inmac. Conc. Todos ellos tienen textos elocuentes que nos revelan toda una teología que ilustra esta materia y sobre la que sería inútil insistir.

Isidoro de San Miguel, en su magnífica obra "Sobre la generación temporal de Cristo", escribe estas notables palabras:

"Sólo María, por el atractivo de su sagrada virginidad, por el espléndido adorno de todas sus virtudes, por la fuerza irresistible de su incomparable humildad y de su profunda obediencia, atraerá hacia Ella al Verdadero Sansón, es decir, al Verbo Divino. Cautivo de tanta belleza y fascinado por el encanto de sus plegarias, Él le entregó los secretos de su Corazón".

Sí, ¡oh, María! Vos poseéis los secretos del Corazón de Jesús. Tenéis la llave de todos sus misterios. Vos conocéis todos los designios de su misericordia y su inmenso amor a los hombres. Vos tenéis en vuestras manos todos sus tesoros y podéis distribuirlos a quien os plazca, recuperar para la vida de la gracia a los que yacen en la muerte del pecado, secar las lágrimas de los que lloran, reavivar las esperanzas frustradas y dar el cielo a los que lo han perdido. "Tu unicum nostrum refugium, subsidium et asylum" (Sto. Tomás de Villanueva). "Portus naufragantium, auxilium destitutorum, et unica adjutrix" (San Efrén).

Todas las citas precedentes parecen demostrarnos muy sobradamente que el Título tan bello, tan consolador, de Nuestra Señora del Sagrado Corazón que expresa la intercesión todopoderosa de María ante el Corazón de Jesús, tiene sus raíces en el Evangelio y su glorioso desarrollo en la tradición entera.

III, Resumiendo, pues, lo que antecede, repitamos con el Augusto Pío IX: La Iglesia y la Sociedad no tienen otra esperanza que el Corazón de Jesús. Él curará todos nuestros males(Audiencia al P. J. Chevalier, el 10 de setiembre de 1860).

Y nosotros reiteramos una vez más: Este Corazón sagrado no nos curará sin la cooperación de la Santísima Virgen. De acuerdo con el común sentir de los Santos Padres, Dios no concede gracia alguna a los hombres sin que pase por las manos de María: ""Nihil nos habere voluit, quod per Maria manus non transiret"" (San Bernardo).

Puesto que María, por incomparable privilegio, posee la llave del Corazón de su Hijo, de ese Corazón que es la fuente inagotable de todas las gracias y que Ella puede abrir a su gusto para derramar sobre el mundo todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra, nos permite, para expresar su intercesión todo-poderosa, llamarla Nuestra Señora del Sagrado Corazón y para dirigirnos a Ella, bajo este nuevo Título, con una ilimitada confianza, en los más difíciles momentos, en las necesidades más apremiantes y en los casos más desesperados.

Para confirmar aún más esta doctrina tan consoladora vamos a tomar de la bienaventurada Margarita María el relato auténtico de una visión que demostrará cuán prodigioso es el poder de María sobre el Corazón de su Divino Hijo.

""Un día, fiesta de la Visitación, dice la Santa, estando delante del Santísimo Sacramento, pidiendo una gracia particular para nuestro Instituto, encontré a esa Divina Bondad inflexible a mi plegaria, mientras me decía estas palabras: ""No me hables más; ellas hacen oídos sordos a mi voz y destruyen el fundamento del edificio. Si piensan erigirlo en el extranjero, Yo lo derribaré. Pero la Santísima Virgen, tomando como suyos nuestros intereses ante su Divino Hijo enojado, apareció acompañada de una multitud de espíritus bienaventurados que le rendían honores y alabanzas. Y postrándose ante Él con es-tas tiernas palabras: Descargad sobre mi vuestro justo enojo, ellas son las hijas de mi Corazón, yo seré su manto de protección que recibirá los golpes que descarguéis sobre ellas.

Entonces, ese Divino Salvador, adoptando una mirada dulce y serena, le dice: ¡Madre mía, Vos tenéis todo el poder para distribuir mis gracias como os plazca. Estoy presto, por amor a Vos, a soportar el error que ellas están cometiendo"" (Vida de Santa Margarita María de Alacoque, escrita por sus contemporáneas).

¡Oh, María! ¡Oh, Nuestra Señora del Sagrado Corazón!

Ciertamente, bien podemos llamaros Nuestra Señora de los Desesperados. Rogad, pues, por nosotros al Corazón de Jesús que nada sabe denegaros[13].  .

 

Nuestra Señora del Sagrado Corazón Abogada de las causas difíciles y desesperadas

 

 


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