Las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón


La idea del P. Chevalier era que existiera una Congregación femenina con las mismas características que la masculina. Y en ello puso su empeño. En París, en 1865, una comunidad de mujeres se había separado de su Instituto de origen, debido a las acusaciones de jansenismo que sobre él se lanzaban. Y lo había hecho con la aprobación del Arzobispo de París, Mons. Darboys. La nueva comunidad adoptó el nombre de Hermanas del Santo Nombre de Jesús. Su nueva superiora, la Madre María Francisca, tenía una gran devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Y, conocedora de que el P. Chevalier deseaba fundar una Congregación femenina dedicada a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, se ofreció a colaborar con él en la nueva fundación, con la anuencia de todas sus religiosas.

El P. Chevalier acepta la propuesta y ve, lógicamente, cumplidos sus sueños. Pero, previsor, impone unas condiciones que ellas aceptan de buen grado: postulantado y noviciado reiniciado para quienes aún no lo habían terminado, y los lógicos cambios en su espíritu, regla y actividad. Las nuevas hermanas admiten gustosas todas las condiciones.

Muy pronto se les ofrece en el mismo Issoudun la dirección de un internado. Ya tenían casa y forma de apostolado. El 30 de agosto de 1874, domingo, las nuevas religiosas son presentadas oficialmente al pueblo de Issoudun en la misa parroquial.

La enfermedad de la Superiora, Madre María Francisca, que se retira a París, hace que quede al frente de la Comunidad la Hermana Felicitas, en el mundo Condesa Pirinoli. Y será ella la que dé un cambio, negativo en este caso, aunque con buena voluntad, a la recién nacida Congregación. Imbuida hasta el máximo de su responsabilidad como Superiora, la Hna. Felicitas decide cambiar la forma de vida de la nueva Comunidad: su vocación dejará de ser apostólica activa para dedicarse a la contemplación, lo cual provoca una profunda crisis. La renuncia a su cargo de la Hna. Felicitas, que vuelve al mundo y recupera su título de condesa, será el final de esa crisis.

Poco antes había ingresado en la residencia, como mero miembro de la comunidad, María Luisa Hartzer, viuda, cuyos dos hijos serían muy pronto Misioneros del Sagrado Corazón. Y en ella y en su decisión -en su humildad se resistió todo lo que pudo- se apoyará el P. Chevalier para reconducir la nueva Congregación de Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y cumplir así, en parte, su promesa del 8 de diciembre de 1854 de que haría honrar de un modo especial a la Santísima Virgen.

Nombrada Superiora y Maestra de Novicias, la Madre Hartzer se conver­tirá en la líder espiritual de la reciente Congregación. Recordando la funda­ción de los M.S.C., el anuncio de su nombramiento lo hizo el P. Chevalier en la víspera de la fiesta de la Inmaculada. Las Constituciones de los M.S.C., aprobadas ya por Roma, fueron la base de las que ambos prepararon para la naciente Congregación.

Ese liderazgo espiritual que ejerció convierte a la Madre María Luisa Hartzer en auténtica cofundadora de la Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, dedicadas a propagar la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón y al apostolado activo. La educación de la juventud y el cuidado de los enfermos fueron los fines primeros que los fundadores se propusieron. Pero la Providencia tenía otros fines. Y de Oceanía, Mons. Navarre, M.S.C., pide de inmediato su ayuda para la Misión. Ahí nacerá lo que más tarde será uno de los fines primordiales de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Cinco religiosas partirán de inmediato hacia Nueva Guinea, su primer campo de misión. Luego, los trabajos se multiplicaron: enseñanza, atención a los necesitados, guarderías, internados...

La persecución religiosa, que comenzó en Francia en 1880, y cuyas leyes prohibían la existencia de Ordenes y Congregaciones religiosas en el país, obligó a la Madre Hartzer a trasladar a sus hijas (1901) a otros países de Europa (Suiza, Bélgica; más tarde Italia, Holanda, Irlanda...); y luego, América, África, Oceanía..., donde rápidamente arraigaron y se multiplicaron. Hoy día es una flore­ciente Congregación extendida por todo el mundo y gran colaboradora en la labor de los Misioneros del Sagrado Corazón, a cuyo cuidado encomendó el P. Chevalier en su testamento a las nuevas Hermanas.

(Madre y Maestra nº 437)

Lea también el capítulo 6 de Julio Chevalier, un Hombre con una Misión de J.E. Cuskelly msc