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 Nota: El Padre Mario Pezzi hace cada año un trabajo admirable de compaginación de textos del Magisterio de la Iglesia y de su Tradición para ayudar a los catequistas y a los demás hermanos. Recomendamos la lectura y meditación sosegada. El documento "Catequesis sobre la Familia Cristiana" es extenso, dado la importancia del tema.  Para mayor facilidad hemos comprimido el texto en un archivo zip. Haga clic y bájelo a su disco duro.  Los que están interesados en el excurso sobre la unidad del matrimonio siguiendo la antropología de San Pablo pueden encontrar unos apuntos en la siguiente página.

 

 

 

CATEQUESIS SOBRE LA FAMILIA CRISTIANA

Papel del padre y de la madre en la educación de los hijos

San Pedro del Pinatar 25 al 28 de septiembre de 2003

 


Los años pasados hemos tratado varias veces el tema de la familia a la luz del magisterio. Puesto que el Camino Neocatecumenal en cuanto iniciación cristiana, está centrado sobre la familia, según la Palabra de Dios "Él pasó salvando a nuestras familias" (Ex 12,27), este año trataremos de manera particular el tema de la educación de los hijos y sobre todo de la transmisión de la fe a los hijos.

Como siempre, examinaremos estos aspectos de la vida de la familia cristiana, a la luz de la Revelación, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, Madre y Maestra.

Antes de entrar en el argumento sobre la educación de los hijos, haré presentes algunos aspectos esenciales de las catequesis de los años pasados, por su referencia directa a la educación de los hijos.

 

 

INTRODUCCIÓN

Como introducción traigo aquí una visión sintética de la familia cristiana en el mundo de hoy, expuesta en las Conclusiones del Congreso teológico-pastoral sobre los hijos, organizado por el Pontificio Consejo para la familia, en ocasión del III Encuentro Mundial del Santo Padre con las familias, en Roma (11-13 de octubre de 2000):

 

Vivimos en una época de crecientes y sistemáticos ataques contra la familia

Vivimos en una época de crecientes y sistemáticos ataques contra la familia y contra la vida.

En este contexto es necesario,  de  todas formas, evitar tanto un pesimismo paralizante, como un optimismo ingenuo e irreal. La tendencia a poner en duda la institución familiar, su naturaleza y misión, su fundamento sobre el matrimonio (unión de amor y de vida entre un hombre y una mujer) está, por así decirlo, generalizada en determinados ambientes  muy influyentes, mareados por una mentalidad secularizada. Esta tendencia.... está presente también en importantes medios  de  comunicación; cita trastorna la vida económica y profesional de muchos y obstaculiza la percepción de la realidad del matrimonio en nuestros hijos.

 

La fecundidad ha padecido un desmoronamiento en muchas regiones, especialmente allí donde las riquezas son abundantes. La plaga del divorcio se extiende en países de larga tradición cristiana. El aborto hiere profundamente el alma de los pueblos y las conciencias de las personas. Las "uniones de hecho" constituyen un grave problema social cada día más extendido.

Existe el riesgo de que un tal estado de las cosas lleve a nuestros hijos a dudar  de  sí mismos y de su futuro, y a contribuir a su desconfianza sobre su capacidad de amar y de asumir lías compromisos matrimoniales.

Esta crisis es reveladora de una enfermedad del espíritu que se ha alejado  de  la verdad y de una antropología errónea; refleja, además, un relativismo y un escepticismo sin precedentes. Esta demuestra que el hombre está tentado a cerrarse a la verdad sobre si mismo y sobre el amor.

Frente a este riesgo, es necesario... dejarnos guiar por el realismo que brota del Evangelio, y por una profunda confianza en Dios.

Frente a este riesgo, es innecesario ratificar nuestra esperanza en el futuro, dejándonos guiar por el realismo que brota del Evangelio, y por una  profunda confianza en Dios, sin esconder la gravedad de los males que amenazan a las jóvenes generaciones. Es precisamente al corazón desilusionado del hombre que deseamos llevar un mensaje de esperanza, dirigiendo nuestro pensamiento a aquellos que construirán el mundo del tercer milenio: nuestros hijos.

 

 

Los desafíos contra la figura del Padre y de la Madre

Para comprender la misión que Dios confiada las familias cristianas sobre todo en relación a la transmisión de la fe y a la educación de los hijos, tenemos que tener en cuenta algunos ataques a la familia cristiana presente y en acto en la sociedad en la que vivimos.

Además del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de la libertad sexual, de las convivencias, de las parejas de hecho, de las parejas homosexuales: todos ataques a la familia, a estas alturas aceptados y casi todos reconocidos por los Estados, trataremos este año de los ataques contra el hombre: marido y padre, y contra la mujer: esposa y madre, y de las consecuencias negativas en la educación de los hijos.

 

 

A - La progresiva ausencia del Padre en la familia

En un breve excursus histórico vamos a ver algunas de las causas que han contribuido a una progresiva ausencia del padre en la familia.

En el libro "IL Padre, l'assente inaccettabile" Claudio Risè[1], psicoanalista, católico cercano a Don Giussani, escribe:

La revolución francesa

Cuando los revolucionarios franceses, después de haber decapitado en la catedral de Notre Dame las estatuas de los reyes de Judá y de Israel, y haber reventado las tumbas de la abadía de Saínt-Denis para recoger el oro de los dientes y de los anillos de los reyes y de los obispos, cortaron quemaron la  cabeza de la estatua milagrosa de Notre Dame sous-Terre, en la catedral de Chartres (uno de  los mayores símbolos de la espiritualidad cristiana), lo que es llamado proceso de secularización, es decir, la expulsión de la experiencia religiosa de lo o sagrado   de  la vida cotidiana en Europa, se encontraba ya  buen  punto. Todas las campanas de la abadía de Mont-Saint-Michel fueron fundidas, y su bronce había sido entregado  o al ejército revolucionario para que hiciese armas contra los países que todavía se declaraban católicos

 

El "proceso de secularización"

Lo "Sagrado", la experiencia religiosa cristiana y sus símbolos, que habían marcado la civilización europea, habían quedado ahora en fuera cíe juego, por lo menos así lo creían los jacobinos, socialistas y liberales. La vida  de l hombre se desarrollaría por fin en el ámbito "secular", mundano,  de  las cosas y de  la materia, sin el estorbo de creencias trascendentes.

 

Para ambos fenómenos sin embargo, declino del padre y separación de Dios (secularización),  el derribo revolucionario de las imágenes sagradas  de  los reyes de Judá y  de  Israel no hace sino   continuar, aunque acelerándolo dramáticamente, un proceso iniciado mucho tiempo antes.

 

Lutero, la Reforma y el eclipse del padre

La Reforma, en efecto, ha  desempeñado un papel determinante en la promoción de ambos. Rompiendo la unidad de la experiencia humana en Reino de Cristo y reino del mundo y trasladando en el segundo la experiencia del matrimonio, instituto que él considera que pertenezca al orden terreno[2],

 

Lutero seculariza el matrimonio y la familia[3].

Según apunta  el antropólogo Dieter Lenzen: "Se puede afirmar que la doctrina de Lutero sobre el matrimonio abrió la puerta a la sucesiva estatalización de la paternidad[4]. Quita, pues, a la figura del padre aquel reflejo  de  figura del Padre divino, que le confería enormes responsabilidades, pero de donde  derivaba su  específico   significado  en  el  orden  simbólico,  trastocado  precisamente  por  la secularización.

 

Consecuencia de esta afirmación es que el divorcio desde entonces no concierne más a la Iglesia, sino al Estado.

 

En efecto, dice el reformador: "las cuestiones relativas al matrimonio y al divorcio han de ser dejadas en manos  de  los juristas y colocadas dentro del orden mundano. Puesto que el matrimonio es algo mundano, exterior, así como lo  son la mujer, los hijos, la casa... éste pertenece al orden de la autoridad secular, está sometido a la razón[5].

 

Como observa Lenzen[6]: "Las consecuencias  de  la doctrina matrimonial de Lutero  era el plano jurídico, variamente diferenciadas a escala regional, en algunos casos fueron individuadas sólo después  de  250 años o más.

 

Es todavía con Lutero, que comienza el proceso de transferencia de las responsabilidades de la educación del padre (que a partir de allí se convertirá en una figura de relieve esencialmente económico) a la mujer madre y a la educadora.

 

Cuatro siglos después de Lutero: la pérdida de la noción de paternidad

Cuatro  siglos  después,   en   la  mitad  del  Novecientos, por el impulso de las sociedades protestantes, la casi totalidad de sus papeles educativos y de juzgar será confiada a mujeres, y la figura del padre será a estas alturas físicamente ausente de la casa en un relevantísimo número de casos.

 

Se llegará a ver, entonces, como a la pérdida de la noción de paternidad en Occidente se  le acompañe la pérdida de la transmisión de la identidad, y, por ende, de la misma masculinidad a nivel psicológico y simbólico.

 

A partir de entonces, y con la brusca aceleración sucesiva a las revoluciones burguesas y a la revolución industrial, el padre de la modernidad occidental ya no es el custodio familiar por cuenta del  orden natural y simbólico divino, y tampoco es el representante de la Ley del Padre.

 

Efectivamente, según la observación hecha por el arzobispo de Milán, Dionigi Tettamanzi, en su carta pastoral  Familia, ¿dónde estás?, en los tiempos modernos la cultura dominante "tiende a desposeer a la familia de su valor fundamental o, más bien, fundador: el valor religioso de la relación con Dios. Mellada por el secularismo del laicismo, la familia se interpreta a sí misma como una realidad exclusivamente humana y totalmente autónoma: la familia, en su mismo ser y vivir, prescinde de Dios".

Pero, ¿qué puede ser el padre de semejante familia? Era inevitable que, llegados a este  punto, él se convirtiera sencillamente en un administrador, un procurador de renta (provider), para el núcleo  de la familia "restringida" o "pequeña", que sustituye gradualmente a la familia "grande" (Incluyendo aquí a todos aquellos que podían tener necesidad  de  la familia y de sus sustancias), de la que se encargaba el padre antes de esta reducción.

El fin de la familia "patriarcal", y la secularización del padre coinciden, en efecto, con la afirmación del modelo de "intimidad doméstica" que lleva a la familia nuclear actual.

 

 

Reducción del papel del padre: el que procura la renta a la familia

A partir de la Reforma y durante la modernidad, marcada por la época de las dos revoluciones... la francesa y la industrial, el padre se convierte cada vez más en una figura dominada por motivaciones egoístas y hedonistas. Sus finalidades son cada vez más práctico -económicas, en el mejor de los casos de gratificación "sexual-sentimental”. Se trata de  un personaje que se ha auto-reducido "secularmente" al mundo de las cosas: del dinero, del sexo y de una afectividad contratada, medida en los objetos, en el dinero y ni sobre otra cosa más.

 

 

Además de la Reforma Protestante, de la revolución francesa e industrial, también corrientes y personalidades influyentes han contribuido a la progresiva muerte del padre. Giulia Paola di Nicola y Attilio Danese en el libro en el seno del padre escriben:

 

Influjo de Nietzsche y de Freud

En la historia del pensamiento la revuelta contra el padre ha evidenciado el paralelismo entre autoridad paterna y autoritarismo institucional y estatal. Así es para Martín Lutero, que asocia el imperativo de la obediencia a la autoridad paterna y al poder político; para Jean Bodin que, siempre en la estela  del concepto de familia como "prototipo de la sociedad política", recalca la analogía entre soberanía paterna y estatal; para Thomas Hobbes, para Jacques-Benigne[7], Bossuet, autores que remachan el paralelo entre el absolutismo monárquico y el absolutismo paterno.

 

Sobre estas premisas teóricas se basa el pensamiento nietzchiano de la muerte del padre y de la "muerte de Dios", anunciada por el profeta Zaratustra (anuncio opuesto al kerygma cristiano). Así que, cuando Freud interpreta la relación padre-hijos en términos de conflictividad, hasta hablar de la necesaria occisión del padre,  no hace si no exasperar las premisas culturales precedentes.

 

  En su pensamiento, el padre primordial, este prototipo de la figura paterna, es expresión culmen del despotismo, que defiende celosamente su poder obstaculizando el bienestar de los  hijos.  Él es un legislador injusto y egoísta, que quiere reservar sólo para si mismo la "posesión" de la   mujer"  (el "placer") e impide a los demás el acceso al mismo.

 

La ley, el orden social, la moral aparecen como el baluarte de este egoísmo despótico.

Un semejante perfil de paternidad... es evidentemente el exacto contrario del Padre evangélico.

Despotismo, egoísmo, moralismo, placer, resultan ser, pues, los estímulos principales de la actuación paterna en la cultura del Novecientos y están  en contra de la libertad, la autonomía y la realización de si mismo.

 

La revolución del '68

También después de Freud la figura del padre opresor domina la interpretación filosófica, por lo menos hasta la escuela de Francfort, a la que hace referencia la revolución del ‘68  cuando  se  hace evidente como la muerte del padre que inevitablemente implica también a la madre , significa la muerte de la familia, del Estado (burgués), de Dios. El poder político y el religioso se consideran como enemigos de la libertad precisamente en cuanto que son extensión analógica de la autoridad paterna '(cf. Habermas, Adorno, Horkheimer, Marcuse, Fromm). .

 

Se siente gravitar todavía el peso de los prejuicios ideológicos difundidos en el Novecientos, siglo del "parricidio": es necesario "matar al padre" para poder librarse de los complejos de dependencia,  de  celos, de subordinación, para sentirse libres  de  quien nos ha precedido y,  por consiguiente, del condicionamiento  de  la memoria histórica[8].

 

 

El '68 ha marcado una verdadera y propia revolución cultural, de la que todavía hoy cargamos con sus consecuencias. Se ponen en discusión las bases que han sostenido la cultura occidental surgida del judeo­cristianismo. Junto con la pérdida del sentido de Dios y, consecuentemente, del sentido del padre, se pone en discusión sea la autoridad civil como eclesiástica, se proclama la libertad sexual, se exalta la autonomía moral, se des-estructura la familia. Conceptos que han hecho mella en la misma Iglesia, sobre todo en las familias religiosas, en las que ya no se habla de obediencia, si no de diálogo, y en lugar de Superior se habla de leadership.

 

De la familia patriarcal a la familia mononuclear.

 

Otro fenómeno que sin duda ha influido en la pérdida del padre y también en la crisis de identidad del hombre ha sido el paso de la familia patriarcal, típica de la civilización rural, a la familia mononuclear, fruto de la civilización industrial, sobre todo del cosmopolitismo.

 

En la sociedad de tipo patriarcal, la autoridad del padre que transmitía a los hijos el arte de su oficio, y los valores familiares se encontraba respetada e indiscutida.

La transmisión a las nuevas generaciones estaba favorecida por la presencia de los abuelos, de los tíos, de los primos, de los sobrinos n nietos: un tipo de familia alargada en la que los hijos eran ayudados en su desarrollo y donde las nuevas familias hallaban un sostén.

 

El "Pater familias", en general el más anciano, el abuelo o bisabuelo, como también la mujer más anciana gozaban de estima y autoridad.

Sin embargo, no se puede negar que en el seno de la estructura patriarcal había también unos condicionantes fuertes, que si a veces salvaban de peligros, otras veces limitaban la libertad de los individuos y de los varios núcleos familiares.

 

Con la llegada de la sociedad industrial, y sobre todo del éxodo de los campos a las ciudades, las familias patriarcales se desmembraron progresivamente. Las jóvenes parejas y las nuevas familias se hallaron proyectadas en el anonimato de grandes ciudades, obligadas a vivir en pequeños apartamentos de grandes inmuebles, habitados en general por gente desconocida, y con unos ritmos familiares impuestos por el trabajo, por la escuela y por otros muchos nuevos compromisos.

 

Típica de este periodo es la frase: "no quiero que acabes como tu padre, trabajando y fatigándote para ganar poco... Te daremos una instrucción aunque te cueste muchos sacrificios, mañana tendrás una posición mejor, más rentable y respetada".

 

En la ciudad el padre ya no transmite el arte del oficio al hijo, más bien es el hijo que muchas veces enseña al padre a desenvolverse en la sociedad moderna. La familia se encuentra normalmente sola, aislada en un piso. Los conflictos inevitables de la convivencia se agudizan y la pequeña familia ya no encuentra el apoyo directo e inmediato de la familia más grande, el parentesco, o el pueblo.

 

Ciertamente la pareja adquiere más libertad, se siente menos condicionada por la familia alargada y por la sociedad, pero se halla más débil frente a los desafíos del nuevo tipo de sociedad.

 

Es también por eso que se multiplican los fracasos matrimoniales, aumentan los divorcios y las convivencias libres, se aprueba el aborto, los abuelos y los tíos ingresan en los asilos...

 

Los hijos se sienten libres de seguir su propio camino, no les apetece obedecer a personas que no están preparadas a transmitirles unos valores que les ayuden a hacer frente a la modernidad y por eso reclaman el derecho de conducir su propia vida.

 

Delante de esta situación los padres se ven desprevenidos y carentes en la educación de los hijos, que forman parte de una generación que ellos no han conocido y que se les hace cuesta arriba comprender.

 

La educación familiar entra en crisis: el padre por razones de trabajo está cada vez más ausente, también muchas madres encuentran un trabajo, muchos hijos se hallan solos frente a un mundo lleno de peligros. La actitud de muchos padres es la de secundar en todo a sus hijos: crece una generación de hijos debilitados, no preparados para el sufrimiento, incapaces de sufrir, hijos que tienen miedo a entablar una relación seria con una chica y a casarse, se desliza la edad de los matrimonios, muchos hijos, aun reconociendo las limitaciones, prefieren quedarse en la casa de sus padres, donde encuentran alimento, un refugio para vivir. Aumentan los homosexuales y crece la impotencia masculina[9] , mientras que las chicas son cada vez más seguras y agresivas.

 

 

B - El feminismo exasperado

 

Como consecuencia de la pérdida del padre y del fenómeno de las reivindicaciones del movimiento feminista del que hablaremos ahora, aparece una familia dominada por la figura materna, no equilibrada por la presencia del padre y, por consiguiente, con desviaciones psicológicas graves sobre los hijos.

 

Para nosotros es necesario tener presentes estos factores, descritos aquí de manera necesariamente sintética y sumaria, porque constituyen la mentalidad cada vez más difundida sobre todo por los medios de comunicación social, pero también en los ambientes de la sociedad, del trabajo y de la escuela, y que, inevitablemente, atacan el concepto de familia cristiana y penetran también en nosotros, en nuestras familias sin que nos demos cuenta, y amenazan la estabilidad de la familia cristiana.

 

En su libro El eclipse del padre, Mons. Cordes escribe al respecto:

 

 

La revolución feminista se dio con mayor firmeza sobre todo en Estados Unidos

Desde la mitad del siglo pasado, el hombre y padre inseguro ha sido duramente hostigado. Las mujeres comenzaron su auto liberación de la prisión en la  que habían  sido recluidas, mediante los medios de comunicación, la propaganda, la cultura popular y también la voluntad de poder masculina. Nadie puede negar que las mujeres tuvieran razones para rebelarse contra su condición de Cenicienta.

La rebelión se dio con mayor firmeza en Estados Unidos. Como otras revoluciones, también la  de  los derechos  de  la mujer se dio en varias oleadas. En el siglo XIX, las abanderadas femeninas del movimiento de liberación  de  los esclavos afro americanos lucharon en favor del derecho de la mujer al sufragio universal.

 

 

Contra la explotación económica de las mujeres

 

La resistencia femenina de los años 60 y 70 del siglo XX se dirigió a despertar la conciencia de su discriminación en un sector completamente distinto, el de la explotación económica.

 

Naturalmente, también esta «segunda  oleada» dio la batalla en torno al bloque gobierno-religión-empleo, y puso de manifiesto la minusvaloración que las mujeres padecían en el trabajo, en la escuela, en la medicina y en el arte.

 

Contra la explotación comercial de la mujer

Pero el punto de salida del feminismo de posguerra es la obra «The Feminine Mystique» de Betty Friedan, de  1963, una  fuerte  denuncia  contra la degradación comercializada de la mujer. En un mundo dominado por el consumo las mujeres estaban doblemente maltratadas como objeto sexual y como compradoras y vendedoras de objetos " Las tesis militantes encontraron arraigo en la parte  femenina de la población norteamericana: «La publicidad es una máquina de propaganda insidiosa en favor de una sociedad con predominio absoluto de los varones» (Lucy Komisar, 1971). Con dichas frases se expresaba, en  los años 70, que ella estaba controlada y despersonalizada por él.

Ciertamente, mientras tanto, los ataques del feminismo fueron dando sus frutos para las   mujeres y produjeron efectos tangibles en la  relación entre los sexos; con el pasar de los años, la tensión en el ámbito social  y público  se ha  reducido considerablemente. No  obstante el paisaje social se ha visto afectado por la  avalancha de cambios introducidos por el feminismo: se ha dado la vuelta a todo lo antiguo de arriba abajo y se han generado novedades en modo confuso.

 

 

Presencia cada vez más activa de las mujeres en cada campo de la vida social

 

En América las mujeres  han vivido el último decenio como un tiempo de triunfo. Miles  y miles de mujeres desfilaron por las avenidas da las grandes ciudades embargadas  y entusiasmadas por sentimientos fraternos descubiertos por vez primera. Incluso sin pertenecer al movimiento de liberación, la mayoría de de ellas sienten que el viento les es favorable, sienten el entusiasmo de un nuevo amanecer y de un nuevo inicio... Ciertamente, la ganancia de esta lucha fue, en realidad, escasa en la mayoría de las profesiones y en la vida pública.

 

Muchos hombres se retiran cada vez más

 

Sino embargo, a muchos hombres les pareció que eso  les obligaba a "retirarse",  tanto del mundo laboral como del de la propia casa donde las mujeres les obligaban a revisar también el comportamiento más íntimo de su vida personal.

El rol masculino tradicional se ha convertido en algo incierto[10].

 

El Papa Juan Pablo Il, que en la Mulieris Dignitatem desea vivamente la manifestación de aquel "genio" de la mujer que asegure la sensibilidad para el hombre en un mundo cada vez más dominado por los éxitos de la ciencia y de la técnica y cada vez más insensible hacia la vida y hacia el hombre, apela también a las mujeres cristianas, cuyo modelo es la Virgen María, a que no se dejen arrastrar por modelos propuestos por movimientos feministas extremistas.

 

En nuestro tiempo la cuestión de los «derechos de la mujer» ha adquirido un nuevo significado en el vasto contexto de los derechos de la persona humana. Iluminando este programa, declarado constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíblico y evangélico custodia la verdad sobre la «unidad» de los «dos», es decir, sobre aquella dignidad y vocación que resultan de la diversidad específica y de la originalidad personal del hombre y de la mujer.

Por tanto, también la justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «el te dominará» (Gén 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de las mujeres. La mujer -en nombre de la liberación del «dominio» del hombre- no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia «originalidad» femenina.

 

Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a «realizarse> y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial, (Mulieris Dignitatem, 10)

 

 

C - La discusión sobre los géneros: una cultura andrógina cada vez más difundida

 

Sabemos que en los últimos encuentros mundiales sobre la Mujer en El Cairo y en Pequín, se ha puesto en discusión la tradicional distinción del género: hombre o mujer[11]. Tras el empuje de movimientos extremistas tanto feministas como homosexuales y grupos de presión anti-natalidad, se quiere que sean aceptados como jurídicamente reconocidos cinco géneros: hombre, mujer, homosexual, lesbiana, heterosexual. Traigo aquí lo que escribe al respecto Mons. Angelo Scola, actual Patriarca de Venecia en un libro suyo:

 

"universalismo científico y politeísmo neo -pagano explican la extrema facilidad con que  una cultura andrógina se difunde cada vez más.

 

Según esta  cultura  la diferencia sexual no es, como afirma la psicología  del  profundo, insuperable e in-deducible. Al contrario, llegará (y no tardará mucho) el día en el que cada hombre podrá elegir según su gusto su propio sexo ó pasar en el arco de la misma existencia  de  un sexo a otro. Las "biotecnologías" harán todo eso técnicamente posible...  y en la ausencia toral de valores de referencia desde el politeísmo neo-pagano, tenderá a transformar lo que "tú puedes" en lo que "tú debes".

 

El androginismo no es solamente la delirante búsqueda de la utopía de una autosuficiencia sexual que se basta a sí misma, si no que. . . se revela como la negación misma de la auto-donación fecunda

Así que el androginismo… tiende a pervertir los tres aspectos del misterio nupcial (diferencia sexual, don de sí, fecundidad)... (propalando) un "erotismo difusivo".

 

La revolución sexual ha acercado al nivel de las masas una práctica de la sexualidad que  entremezcla elementos liberales y elementos románticos.

 

El otro, su cuerpo, es reducido a una pura maquina que permita el acceso al fuego del  placer. Sobre todo la mujer, en su ser símbolo eminente del Otro, es anulada. La afección... es tratada como una enfermedad mortal contra la cual no hay ninguna defensa. El resultado es una des-construcción radical  de  la esfera  del amor y un demudamiento del misterio nupcial"[12].

 

 

A estos desafíos las familias cristianas están llamadas a responder mediante el testimonio de vida a la luz de la Revelación.

 

 

 

PARTE I

EL MATRIMONIO EN EL DESIGNIO DE DIOS

 

Para la educación de los hijos la condición más importante es la comunión de los padres.

 

Estamos todos de acuerdo, y lo sabemos por experiencia, que la condición principal para una auténtica educación de los hijos y para la transmisión de la fe, es la comunión entre los padres: marido y mujer.

 

Es por esta razón que mencionaré algunos aspectos tratados en años anteriores sobre el matrimonio, sobre la teología del cuerpo desarrollada por el Papa Juan Pablo II, que nos ayuden a comprender mejor la vocación y la misión específica de la vida matrimonial, porque viviendo el matrimonio según el diseño de Dios se descubre mejor el papel del padre y de la madre en la educación de los hijos.

 

 

El hombre está llamado "desde el principio" a la comunión con Dios y con el prójimo.

 

El hombre, en cuanto imagen de Dios, ha sido creado para amar: Esta verdad ha  sido revelada plenamente en el Nuevo Testamento, junto con el misterio de la vida intratrinitatia: “Dios es amor” (1 Jn 4,8)  y vive en si mismo un misterio  de  comunión personal de amor.

 

Creándola a su imagen...   Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la  mujer la  vocación y, consiguientemente, la capacidad y la responsabilidad del amor y  de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata  de  todo ser humano.

 

Todo el sentido de la propia libertad, y del autodominio consiguiente, está orientado al don de sí en  la comunión y en la amistad con Dios y con los demás (S. h. 8)[13].

 

La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según  salieron de la mano del Creador, CEC 1603

 

Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos convierte en imagen del amor absoluto c indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. (Gn I, 28): "Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” CEC 1604.

 

La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno  para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo". La mujer, "carne de su carne", su igual, la creatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como un "auxilio", representando así a Dios que es nuestro "auxilio". "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (G n 2. 24). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt  1 9,  6). CEC 1605

 

 

Mediante su recíproca donación personal los esposos tienden a la comunión... en la generación y en la educación de nuevas vidas.

 

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor.  Los esposos, mediante sur recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión  de  sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia. (S. h. 28).

 

Para comprender mejor esta vocación al mutuo don de si inscrito por el mismo Dios en la estructura sexual del varón y de la mujer, el Papa Juan Pablo en las Catequesis sobre la teología del Cuerpo (1979-1984) en las Audiencias de los miércoles profundizó y explicó el sentido del ser varón (hombre, masculinidad) y del ser hembra (mujer, feminidad).

 

Con esta enseñanza el Papa, a la luz de la Revelación y de la Tradición, arroja una luz en medio de la confusión que se ha creado en la sociedad por lo que concierne la visión antropológica del hombre y de la mujer y sus papeles en matrimonio y en la familia.

 

 

Asumir su propia masculinidad o feminidad

 

El Papa en estas catequesis ahonda en estos aspectos, porque, según veremos más adelante, la confusión creada en el mundo de hoy sobre la identidad del sexo y, por consiguiente, del papel del padre y de la madre, exige hoy más que nunca a los cristianos el asumir su propia sexualidad como querida en el designio de Dios sobre la familia, imagen de la comunión trinitaria.

 

El cuerpo, que expresa la feminidad "para" la masculinidad, y viceversa, la masculinidad "para" la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. La expresa a través del don como característica fundamental  de  la existencia personal.

 

Este es el cuerpo: testigo de la creación como de un don fundamental, testigo, pues, del Amor como fuente  de  la que nació este mismo donar. La masculinidad feminidad - esto es, el sexo - es el signo originario de una donación creadora y de una trama de conciencia por parte  del hombre, varón-mujer, de un don vivido, por así decirlo, de modo originario. Este es el significado con que el sexo entra en la teología del cuerpo. (Discurso XIV, n 4, Varón y mujer lo creó 75).

 

El Creador ha asignado como tarea al hombre el cuerpo, su masculinidad y feminidad

 

Reconociendo esta originaria destinación se puede afirmar que "el Creador ha asignado como tarea al hombre el cuerpo, su masculinidad y feminidad y que en la masculinidad y feminidad le ha asignado, en cierto modo, como tarea su humanidad, la dignidad de la persona  y también el signo transparente  de  la "comunión" interpersonal, en la que el hombre se realiza a si mismo a través del auténtico don de si. (Discurso LIX, n. 2, I Varón y mujer lo creó, 235).

 

Para cada cristiano todo es un don gratuito: es don la vida recibida de Dios por medio de los padres, es don el cuerpo, es don la sexualidad: y se siente llamado a responder a estos dones donando a si mismo a Dios, a los padres, a los demás.

 

La llamada a la comunión inscrita en la sexualidad ha sido trastocada por el pecado original, con consecuencias negativas en la relación entre hombre y mujer.

 

El pecado: ruptura con Dios, ruptura y oposición entre hombre y mujer.

 

Cometiendo el pecado el hombre rechaza este don y a la vez quiere llegar a ser "como Dios, conociendo el bien y el mal” (Gn 3,5), decidiendo lo que es bien y lo que es mal independientemente de Dios, su Creador.

 

El pecado de los orígenes tiene su medida humana, su metro interior en la libre voluntad del hombre y conlleva en una cierta característica "diabólica", como releva claramente el libro del Génesis (3, 1-5). El pecado actúa la ruptura de la unidad originaria de la que el hombre gozaba en el estado de justicia original: la unión con Dios como fuente de la unidad dentro del propio "yo", en la mutua relación del hombre y de la mujer' (comunión de personas) y, finalmente, respecto al mundo exterior, a la naturaleza[14].

 

Las consecuencias del pecado: "él te dominará". El dominio sustituye el vivir "para" el otro.

 

La descripción bíblica del Libro del Génesis delinca la verdad acerca de las consecuencias del pecado del hombre, así como indica igualmente la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno  de  ellos.

Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gén 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta «unidad de los dos», que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es más grave para la mujer.

En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, el dominio sustituye el  vivir «para» el otro: «él te dominará».

La unión matrimonial exige el respeto y el perfeccionamiento de la verdadera subjetividad personal de ambos.

La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina. Las palabras del texto bíblico se refieren directamente al pecado original y a sus consecuencias permanentes en el hombre y en la mujer.

Ellos, cargados con la pecaminosidad hereditaria, llevan consigo el constante «aguijón del pecado», es decir, la tendencia a quebrantar aquel orden moral que corresponde a la misma naturaleza racional y a la dignidad del hombre como persona. Esta tendencia se expresa en la triple concupiscencia que el texto apostólico precisa como concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia  de  la vida (Cf. In 2,  16). (Mulieris Dignitatem, 10).

 

Es muy importante tener siempre presente esta luz que nos viene de la revelación, para saber "discernir" la verdadera causa de los conflictos de la vida conyugal y familiar[15].

Todos los conflictos, en efecto, pueden nacer entre marido y mujer, por ejemplo, la rivalidad, y se pueden manifestar de muchas formas también en la relación conyugal, como asimismo los conflictos de los padres con los hijos, de los hijos con los padres y sus hermanos, o con los suegros, los yernos, las nueras: tienen su origen en el pecado que habita en nosotros[16].

Aunque el pecado original haya sido perdonado por el Bautismo, queda siempre la tendencia al pecado[17] explicitada en los siete vicios capitales. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, el no tener presente la realidad del pecado original es causa de valoraciones erróneas en el campo familiar y social, algo que conlleva graves consecuencias[18].

 

En Jesucristo la contraposición entre hombre y mujer es esencialmente superada

 

En el comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret, Se trata de una señal indicativa que "en Jesucristo" “no hay ni hombre ni mujer" (Gal 3,28). En él la mutua contraposición entre hombre y mujer - como legado del pecado original - es esencialmente superada. "Vosotros sois uno en Cristo Jesús", escribe el apóstol (Gal 3,28).

 

Las palabras paulinas comprueban que el misterio de la redención del hombre en Jesucristo, hijo de María, re-toma y renueva lo que en el misterio de la creación correspondía al eterno designio de Dios Creador.

La redención restituye, de algún modo, a su misma raíz el bien que fue esencialmente "disminuido" por el pecado y por su legado en la historia del hombre[19].

 

Los sacramentos injertan la santidad: penetran el alma y el cuerpo, la feminidad y la masculinidad del sujeto personal.

"Gran misterio es este lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a si mismo; y la mujer, que respete al marido" (Ef. 5,32-33)

 

Los sacramentos injertan la santidad en el terreno de la humanidad del hombre: penetran el alma y el cuerpo, la feminidad y la masculinidad del sujeto personal, con la fuerza de la santidad. La liturgia, la lengua litúrgica, eleva el pacto conyugal del hombre y de la mujer, basado en el "lenguaje del cuerpo" releído a partir de la verdad[20].

 

El sacramento presupone la "teología del cuerpo", es un "signo visible" de una realidad invisible.

 

... El Sacramento o la sacramentalidad - en el sentido más general de este término - se encuentra con el cuerpo y presupone la "teología del cuerpo".

 

El sacramento, en efecto, según el significado generalmente conocido, es un "signo visible".

 

El "cuerpo" significa también lo que es visible, significa la "visibilidad" del mundo y del hombre. De alguna manera, pues, aunque en sentido más general, el cuerpo entra en la definición del sacramento, siendo el mismo "signo visible de una realidad invisible", es decir. de la realidad espiritual, trascendente, divina.

 

En esté signo - y mediante este signo - Dios se dona al hombre en su trascendente verdad y en su amor. El sacramento es signo de la gracia y es un signo eficaz (miércoles, 28 de julio dé 1982).

 

 

Subrayo esta afirmación repetida más veces por el Papa, corno también invito a los esposos a recuperar la dimensión divina del acto conyugal.

En efecto dice el Papa: en este signo (el acto conyugal) - y mediante este signo - Dios se dona al hombre en su trascendente verdad y en su amor. Por eso invita a los esposos a librarse de los elementos maniqueos, que han distorsionado la visión de la sexualidad, presentándola como algo que está sucio, algo negativo, como un mal necesario, creando traumas de varia índole (cerrazón al acto, sentimiento de culpabilidad, de pecado tolerado, etc.) e impidiendo una visión positiva de la unión conyugal como vehículo de transmisión de la gracia divina a los esposos.

 

"Es necesario reconocer la lógica de estupendo texto, que libera radicalmente nuestro modo de pensar de los elementos del maniqueísmo o de una consideración no personalista del cuerpo y al mismo tiempo acerca el "lenguaje del cuerpo", encerrado en el signo sacramental del matrimonio, a la dimensión de la santidad real".

 

Explicando la analogía del amor de Cristo por la Iglesia con la unión sacramental del hombre con la mujer, el Papa enseña:

 

Cristo verdadero hombre, varón, es el esposo: paradigma del amor de los hombres-varones

 

"Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amo a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra. y presentársela resplandeciente a si mismo; sin que tenga mancha y arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a si mismo...

 

Cristo es el esposo. En esto se expresa la verdad sobre el amor de Dios que "nos amó primero" (l Jn. 4,19) y que con el don generado por este amor esponsal hacía el hombre ha superado todas las expectativas humanas. "Amó hasta el final" (Jn 13,1).

 

El esposo - el Hijo consustancial al Padre en cuanto Dios - se ha convertido en hijo  de  María, "hijo del hombre", verdadero hombre, varón. El símbolo del esposo es de género masculino.

 

En este símbolo masculino está representado el carácter humano del amor con el que Dios ha expresado su amor divino para Israel, para la Iglesia, para todos los hombres.

 

Precisamente porque el amor divino de Cristo es amor de esposo, este es el paradigma y el prototipo de todo amor humano, en particular del amor de los hombres-varones.

 

Cada persona presenta en sí misma unas características masculinas y femeninas.

Esta analogía entre Cristo esposo y el hombre, subraya el Papa, no contradice el hecho de qué cada persona presente en si misma unas características masculinas y femeninas. En efecto, en cuanto miembros del Cuerpo de Cristo, entre los cuales destaca por encima de todos la Virgen María, la mujer, todos, también los varones, están llamados a tener una actitud  de  receptividad y de respuesta generosa al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, por otro lado, todos, también las mujeres, están llamadas al don de si mismas a Dios y a los demás.

 

En el ámbito del "grande misterio" de Cristo y de la Iglesia, todos están llamados a responder - como una esposa- con el don de su vida al don inefable del amor de Cristo, que solo, como redentor del Mundo, es el esposo de la Iglesia. En el "sacerdocio real", que es universal se expresa al mismo tiempo el don  de  la esposa.

 

La mujer es la esposa: es ella la que recibe el amor, para poder amar a su vez.

En el fundamento del designio eterno de Dios, la mujer es aquella en la que el orden del amor en el mundo creado de las personas encuentra un terreno para su primera raíz.

El orden del amor pertenece a la vida intima de Dios mismo, a la vida trinitaria. En la vida íntima de Dios, el Espíritu Santo es la personal hipóstasis del amor. Mediante el Espíritu, don increado, en amor se convierte en un don para las personas creadas. El amor, que viene de Dios, se comunica a las criaturas: "el amor dé Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio  del Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm. 5,5).

 

La llamada a la existencia de la mujer al lado del hombre ("una ayuda adecuada"; Gn 2,18) en la unidad de los dos, ofrece en el mundo visible de las criaturas unas condiciones particulares a fin de que "el amor de Dios se ha derramado en los corazones" de los seres creados a su imagen.

Si el autor de la carta a los Efesios llama a Cristo esposo y a la Iglesia esposa, confirma indirectamente, a través de tal analogía, la verdad sobre la mujer como esposa.

 

 

El esposo es aquel que ama. La esposa es amada: es ella la que recibe el amor, para poder amar a su vez.

Cuando dijimos que la mujer es la que recibe el amor para poder amar a su vez, no entendemos solamente o antes que nada la específica relación esponsal del matrimonio.

Entendemos algo más universal, fundido en el hecho mismo de ser mujer en el conjunto de las relaciones interpersonales, que, de las formas más variadas, estructuran la convivencia y la colaboración entre las personas, hombres y mujeres. En este contexto, amplío y diversificado, la mujer representa un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como esa persona concreta, por el hecho de su feminidad. Esto concierne a todas las mujeres y a cada una de ellas, independientemente del contexto cultural en la que cada una se encuentra y de sus características espirituales, psíquicas y corporales, como la edad, la instrucción, la salud, el trabajo, el ser casada o soltera.

 

Asunción de la unidad en la diversidad: masculinidad y feminidad

El Papa, tanto en la carta Mulieris Dignitatem, como en la teología del cuerpo, acentúa la urgencia de recuperar la masculinidad y la feminidad: puesto que Dios creo al hombre a su imagen: varón y hembra los creo.

En la estructura sexual diferenciada está inscrita, pues, la llamada a la comunión, a la formación de la familia, un amor fecundo: sacramento visible de la Santísima Trinidad.

Pero, para que un matrimonio sea verdadero, y pueda constituir la base de una autentica educación de los hijos, está llamado a asumir la unidad: ("Por eso el hombre dejará la casa de su padre y de su madre y se unirá a su mujer y los dos formarán una sola carne") en el respeto de la dualidad, o de la diversidad sexual, la masculinidad y la feminidad. Una autentica unión y armonía conyugal depende, casi al cien por cien de esta asunción y este respeto. La repercusión sobre los hijos y sobre su educación depende fundamentalmente de la armonía, del amor de la mujer y del marido: amor en la libertad de ser cada uno sí mismo.

El amor excluye todo tipo de sumisión, según la cual la mujer llegaría a ser sierva o esclava del marido, objeto de sumisión unilateral.

El amor permite que también el marido esté al mismo tiempo sometido a la mujer, y sometido en esto al Señor mismo, así como la mujer sí marido. La comunidad que ellos deben constituir con motivo del matrimonio, se realiza s través de una reciproca donación, que es también una sumisión mutua. Cristo es la fuente y al mismo tiempo el modelo de tal sumisión que, siendo mutua " en el temor de Cristo", confiere a la unión conyugal un carácter profundo y maduro.

La categoría introducida por Marx de la lucha de clases, que contrapone los dueños a los obreros, según decía el Papa León XIII es una categoría falsa, que no tiene en cuenta la realidad de la diversidad de, dones que Dios da a los unos y a los otros, no para luchar uno contra el otro, sino para complementarse, para ayudarse recíprocamente[21].

 

Esta categoría ha entrado también en la relación de los dos sexos: el sentido de lucha por la afirmación de sus propios derechos. Aunque empezó empujada por algunos aspectos verdaderos, ha llevado a una contraposición de los sexos cada vez más acentuada, y la lucha por los justos derechos se ha convertido en una lucha exasperada para la igualdad de derechos, que no tiene en cuenta la diversidad inscrita por el mismo Dios en la naturaleza del hombre y la mujer.

Pero, así como por la lucha de clases, también en la lucha por los derechos de los sexos, a la luz de la Revelación, sabemos que la verdadera causa del conflicto radica en el pecado. El pecado es lo que divide y contrapone, no sólo a los sexos, sino también el hombre al hombre, la mujer a la mujer, y los pueblos entre sí.

Jesucristo vino a abatir el muro de separación, la enemistad, y a hacer de los dos un solo pueblo.

 

El pecado es lo que divide y contrapone

 

Es importante tener siempre presente esta verdad para saber deshacer las trampas "los engaños del demonio”, que siempre nos engaña con sofismas, en apariencia racionales y buenos y que sin embargo, por los frutos de muerte, se reconocen que provienen del mismo demonio.

 

El sentido del "Debitum Coniugale "[22]: importancia de la relación conyugal.

En el contexto de las Catequesis sobre la teología del cuerpo el Papa insiste sobre el valor sacramental del acto conyugal:

Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de so cuerpo, sino la mujer. (1 Cor 7, 3-4)

Lo que un tiempo se presentaba como el "Debitum Coniugale ", es decir la actuación del mandato que el cuerpo de la mujer pertenece al marido y viceversa, y que ha llevado a menudo en el pasado a abusos sobre todo por parte del hombre sobre la mujer, y por consiguiente a una visión a menudo del acto conyugal por parte de la mujer, como un mal que había que soportar y en lo posible evitar, subrayaba por otra parte la indicación de la Iglesia que para una serena vida matrimonial es importante el acto conyugal.

Ciertamente, también gracias a algunas conquistas del movimiento feminista, percibidas por la Iglesia, pero sobre todo en las enseñanzas del Papa Juan Pablo II sobre la teología del cuerpo, en una visión personalista hoy, justamente se subraya que el acto conyugal ha de realizarse siempre de común acuerdo, en el respeto de la libertad del otro. Tanto es así que el Papa llega a hablar de adulterio del corazón cuando el marido mira a la mujer corno si se tratará de un objeto de placer y no como una persona.

Aún no habiendo leyes ni disposiciones explícitas sobre la cuestión por parte de la Iglesia, cuando San Pablo invita a los esposos a abstenerse del acto conyugal, de común acuerdo y temporalmente para dedicarse a la oración, deja entrever que eso acontezca, precisamente, en un lapso de tiempo breve y después volver juntos para no caer en las tentaciones de Satanás.

 

No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia (1 Cor 7, 5).

 

En efecto, los esposos encuentran normalmente en el acto conyugal la gracia que los une y les ayuda a superar las dificultades de su vida en común y la vida familiar.

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