jesús, señor de la historia  

 

Contenido
JESÚS, Señor de la historia ante las tragedias humanas
JESÚS, Señor de la historia de Benedicto XV a Benedicto XVI
JESÚS, Señor de la historia proclamado a todos los pueblos
 

Introducción
Jesús es Señor de la Historia”. ¿Cuál es el significado de esta afirmación? ¿Qué significa que Jesucristo es Señor de la Historia, del mundo, de la humanidad, Él, que luego de tres años de anuncio del Evangelio murió misteriosamente clavado en una Cruz? ¿Él, que en los últimos instantes de su vida fue abandonado incluso por sus propios amigos? ¿Él, que no ha querido eliminar el dolor, el sufrimiento o las contradicciones del mundo y, más aún, ha asumido personalmente todo este dolor hasta el fondo, hasta el fin?

¿No es acaso una contradicción? ¿No es acaso contradictorio afirmar el señorío de un hombre que diciéndose Dios fue maltratado y asesinado por el mundo? Y además, ¿porqué si Jesús es Dios, no elimina entonces el dolor, la fatiga, el sufrimiento? ¿Porqué deberíamos afirmar su señorío todavía hoy, si muchos inocentes están siendo asesinados por manos criminales?; ¿porqué, si miles de personas aún hoy caen víctimas del hambre, la miseria y la indigencia allí, en el así llamado “Sur del mundo”?; ¿si todavía hoy un desastre natural puede fácilmente hacer desaparecer una región entera, como ocurrió hace ya más de un año en la terrible experiencia del Tsunami en el sudeste asiático?; ¿porqué, si hace tan sólo poco más de medio siglo el mundo se auto-destruyó en aquella que fue considerada la última y terrible Guerra Mundial?; ¿si aún en nuestra época la guerra destruye poblaciones enteras en el África, un continente en situación de permanente y creciente crisis, incapaz de resolver las infinitas contradicciones que existen en su interior? ¿porqué, si las religiones aún hoy en día son usadas como pretexto para aniquilar a quien es considerado enemigo, o a quien piensa en modo diverso, o a quien simplemente es diferente? Más aún —y tal vez sea ésta la pregunta que más relación tiene con el “hoy”—: ¿cómo puede decirse que Jesucristo es Señor de la historia si un pequeño niño llamado Tomás, totalmente inocente y sin ninguna culpa, es raptado y luego asesinado brutalmente?

En este Especial buscaremos responder a estas interrogantes. Y por ello no podemos hacer otra cosa que buscar explicar el significado real de ese “señorío de Cristo”, pues sólo entendiendo ese señorío podemos aprender a vivir en medio de las contradicciones y de los sufrimientos, como hizo Cristo hace más de dos mil años; Él, que siendo Dios, experimentó el mal del mundo en toda su profundidad, asumiéndolo en sí mismo y sobre sí mismo, habiendo querido hacerse hombre como nosotros, siendo, también Él una víctima inocente, para la salvación de todos. Frente al mal —y es éste el significado del señorío de Cristo que desde ya queremos revelar— aunque a veces parezca que no hay explicación racional, sí existe respuesta, y es aquella que Cristo da al hombre: “Yo no he venido para hacer desaparecer el mal, —parece decir Cristo— sino para asumirlo y para decirte que puede ser vivido como ofrenda a Dios, puede ser asumido para Dios, para que Él lo use para el bien del mundo. Yo lo he hecho así. He aceptado sufrir como tú para que por medio de mi sufrimiento Dios salve a la humanidad. He sufrido y ha sido precisamente en el momento de máximo sufrimiento cuando he mostrado al mundo mi reinado, aquel de un Dios que prefiere abajarse por amor, más que imponerse, hacerse el último por todos, más que ser el primero. Es así que soy Señor, porque soy, oh, hombre, tu siervo. El dolor, el mal, el sufrimiento, son misteriosamente parte de este mundo. Pero en el mundo el dolor puede ser vivido como sacrificio de amor, y es en esto precisamente que he sido Señor, porque muriendo por ti he demostrado que todo me pertenece, ya que todo lo he conducido a Dios, cada cosa que he salvado, y he puesto todo mi dolor en las manos de mi Padre”.

En este Especial, queremos tratar de demostrar ese señorío de Cristo sobre el mundo. Y lo haremos en dialogo con algunas personas que han hecho el intento de explicarlo presentando su propia visión. Se trata, pues, de ofrecer un panorama histórico que cubre el largo periodo que va desde el pontificado de Benedicto XV al actual pontificado de Benedicto XVI, para intentar descubrir como los diversos Pontífices han hablado al mundo sobre el señorío de Cristo. «Jesús es Señor de la Historia» escribió Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor Hominis, y es un hecho que durante todo su pontificado, no dejó nunca de hablar al hombre acerca de Cristo como príncipe y Señor del mundo. Su señoría  es un señorío de amor que no se resiste a abajarse y hacerse el último para salir al encuentro de las miserias y sufrimientos del hombre. Juan Pablo II mostró muy bien este señorío de Cristo no solamente con las palabras, sino también con los hechos, con la aceptación heroica de su propio sufrimiento y enfermedad física en los últimos años de su vida. Habló de Cristo, Señor de la Historia, en Bangladesh, entre los últimos de la Tierra. Y también lo hizo en Nicaragua, entre los sandinistas, hostiles a su presencia, y también en las “favelas” brasileñas. Juan Pablo II, afirmando que la salvación sólo y únicamente de Cristo, se dirigió a los jefes de esos pueblos, a sus gobernantes y a varios dictadores de diversas ideologías del siglo XX, los cuales pretendiendo salvar al hombre sin la ayuda de Dios, no han hecho otra cosa que aniquilar al hombre, sin lograr al mismo tiempo, como pretendían, aniquilar a Dios. 

Pero en todo el siglo XX hasta hoy, en el umbral del tercer milenio, la voz de varios Pontífices ha sido un faro seguro para la vida y la fe de millones de personas. Incluso en lugares ya marcados por atroces sufrimientos, ya abundantes en bienestar y opulencia, la Iglesia, gracias a los sucesores de Pedro, ha recordado siempre y en todos los lugares que el verdadero Salvador y Liberador del hombre y del mundo es Cristo. La voz de los diversos Pontífices no se ha cansado nunca de hablar y esta breve exposición quiere ser un homenaje a ellos, a su incansable voz y, al mismo tiempo, a todas aquellas personas (pensamos en los misioneros, sacerdotes, religiosos, pero también a tantos otros fieles, incluso en los sencillos) que han tenido la inteligencia para escucharla.

 

 

 

·       JESÚS, SEÑOR DE LA HISTORIA ANTE LAS TRAGEDIAS HUMANAS

·         JESÚS, SEÑOR DE LA HISTORIA DESDE BENEDICTO XV A BENEDICTO XVI

 

·   JESÚS, SEÑOR DE LA HISTORIA, PROCLAMADO A TODOS LOS PUEBLOS

 

 

 

JESÚS, SEÑOR DE LA HISTORIA ANTE LAS TRAGEDIAS HUMANAS

 

El precio pagado por Cristo, entrevista a Chiara Lubich

“Jesús es Señor de la Historia”: hablamos de este tema con Chiara Lubich, fundadora del Movimiento Focolar.

¿Jesús es Señor de la Historia aún habiendo muerto en una Cruz?

“Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. Más elocuentes que un entero tratado, estas palabras de Jesús revelan el secreto de la vida. No hay alegría en Jesús sin la aceptación del dolor. No hay resurrección sin muerte. Jesús, hablando de sí mismo, explica el significado de su existencia. Su muerte será dolorosa, humillante. Pero, ¿porqué morir, si Él mismo proclamó la Vida? ¿Porqué sufrir, Él, que es inocente? ¿Porqué ser calumniado, pisoteado, humillado, clavado en una cruz, muriendo infamemente? Y sobre todo, ¿porqué Él, que vivió en constante unión con Dios, se sentiría abandonado por su Padre? También a Él la muerte le produce temor; pero ella tendrá un sentido: la resurrección. Vino a reunir a sus hijos dispersos, a romper toda barrera que separa a los pueblos y a las personas, a hermanar a los hombres divididos, a traer la paz y construir la unidad. Y he aquí precisamente la parábola, la más bella de todo el Evangelio: “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. Él es ese grano de trigo.

¿Cómo podemos los cristianos contribuir a hacer visible en el mundo el señorío de Cristo sobre la Historia?

En este tiempo de Pascua Él se nos presenta desde lo alto de la Cruz, su martirio y su gloria, en el signo del amor extremo. Allí lo ha entregado todo: el perdón a sus asesinos, el Paraíso al ladrón, a nosotros la Madre, así como su Cuerpo y su Sangre, y e incluso su vida, hasta gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”. Escribí en 1944: “¿Te das cuenta de que lo ha dado todo? ¿Qué más podía darnos un Dios que hasta parece olvidarse de que lo es?”. Y nos ha dado la posibilidad de ser hijos de Dios: ha engendrado un pueblo nuevo, una nueva creación. El día de Pentecostés el grano de trigo caído en tierra y muerto, ya florecía como espiga fecunda: tres mil personas, de todo pueblo y nación, se hacen “un solo corazón y una sola alma”, luego cinco mil, luego…

“Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. Esta Palabra da sentido también a nuestra vida, a nuestro sufrir, a nuestro morir, que vendrá un día.

La fraternidad universal por la cual queremos vivir, la paz, la unidad que queremos construir entorno a Él, es un sueño vago, una simple quimera, si no estamos dispuestos a recorrer la vía misma trazada por el Maestro.

 

¿Qué significa, en lo cotidiano, seguir la vida trazada por el Maestro, para dar con Él “mucho fruto”?

Ha compartido todo con nosotros, ha cargado con nuestros propios sufrimientos. Se ha hecho oscuridad con nosotros, melancolía, cansancio, contradicción… Ha sufrido traición, soledad, el ser huérfano… En una palabra, se ha hecho “uno con nosotros”, cargando con cuanto peso hubiera. Así nosotros. Enamorados de este Dios que se hace nuestro “prójimo”, tenemos un modo de decirle que le estamos inmensamente agradecidos por su infinito amor: vivir como Él vivió. Y a nuestra vez ser “prójimos” de cuantos pasan cerca de nosotros en la vida, queriendo estar dispuestos a “hacernos uno” con ellos, a afrontar cualquier desunión, a compartir cualquier dolor, a resolver cualquier problema, con un amor concreto hecho servicio. Jesús, en el abandono se ha dado por entero; en la espiritualidad que se centra en Él, Jesús resucitado de brillar plenamente y nuestro gozo debe dar testimonio de ello.

 

 

Tsunami: las palabras de Juan Pablo II

El primer domingo del año 2005, Juan Pablo II habló de la esperanza de la Navidad, más fuerte, según decía, que las dificultades en las que está inmersa la vida de cada hombre. Son días tristes en todo el mundo, golpeado por la violencia de la naturaleza que ha terminado con la vida de miles de hombres en el sud-este asiático. Son días de dolor también para el Papa que, no obstante la tragedia y la muerte, logra mirar más allá y, con pocas palabras, llegar al meollo de la cuestión.

¿Dónde estaba Dios cuando miles de personas eran arrasadas por la violencia destructiva del Tsunami? Esta es la pregunta que aparece por detrás de las palabras pronunciadas por Juan Pablo II en el discurso leído durante la oración del Angelus. Una pregunta que todos los hombres, creyentes o no, se han hecho durante aquellos terribles días de dolor, una pregunta a la que la Iglesia no puede evitar responder. El Papa ha querido tomarse a pecho esta interrogante y, ya al pronunciar sus primeras palabras, ha tratado de dar una respuesta. Ante todo, ha dicho el Papa, «en este primer domingo del Año Nuevo resuena nuevamente en la liturgia el Evangelio del día de Navidad: el Verbo se hizo carne y puso su casa entre nosotros». He aquí la perspectiva desde la cual mirar a los hechos terribles de estos días: desde la presencia hecha de carne y de sangre de Dios, que un día como hoy hace más de dos mil años, puso su casa cerca del hombre. Cercano, como lo puede ser un amigo que vive en el portón de al lado o en el vecindario contiguo al nuestro.

«El Verbo de Dios —continuó el Papa— es la Sabiduría eterna, que obra en el cosmos y en la historia; Sabiduría que en el misterio de la Encarnación se reveló plenamente, para instaurar un reino de vida, de amor y de paz». He aquí entonces porqué el Hijo de Dios vino a vivir entre nosotros: para instaurar, Él que es la Sabiduría eterna, un reino de vida, de amor y de paz. Pero, ¿dónde están esta vida, este amor, y esta paz? ¿Cómo puede Dios decir que quiere el bien de cientos de niños asesinados en un asilo de Beslan, o si miles de inocentes mueren por la fuerza destructiva de una gran ola? «La fe —subraya el Papa— nos enseña que también en las pruebas más difíciles y dolorosas, como en aquellas calamidades que golpearon en los días pasados el sud-este asiático, Dios nunca nos abandona: en el misterio de Navidad ha venido compartir nuestra existencia». Una repuesta que tan sólo en apariencia para eludir la pregunta, pero que en realidad, da la respuesta más plena y profunda porque resalta la cercanía de Dios al hombre, una cercanía hecha evidente en la Encarnación de Cristo, una cercanía que no ha pretendido quitar el dolor y el sufrimiento del mundo, sino que ha querido asumirlos en sí, hasta el fondo, hasta llegar al cáliz tremendo de la Cruz bebido entero por Cristo por amor a cada hombre.

El mismo papa, con el sufrimiento físico de su enfermedad, por años habló de la presencia de Cristo en cada sufrimiento, una presencia que es compañera del hombre en las circunstancias más terribles. Cierto, es la fe que enseña al hombre esta verdad y es solamente con la mirada de la fe que esta verdad puede ser descubierta en toda su fuerza y potencia.

Jesús es aquel que muriendo ha dejado a los hombre el mandamiento de amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. «Es en la actualización concreta de este mandamiento que Él hace sentir su presencia», ha dicho el Papa. «Este mensaje evangélico da fundamento a la esperanza de un mundo mejor en la medida en que caminemos en su amor. Que al inicio de este nuevo año, la Madre del Señor nos ayude a hacer de esto nuestro propio programa de vida.

 

 

Tomás Onofri: la reflexión de la Acción Católica

En los días sucesivos al hallazgo sin vida del cuerpo del pequeño Tomás Onofri, la Acción Católica valientemente decide hablar de lo sucedido y trae a colación las palabras de Benedicto XVI, quien frente a la sangre derramada de un pequeño inocente, ha pedido rezar por todos aquellos que han caído y que diariamente caen a causa de la violencia. Frente al derramamiento de sangre inocente el cristianismo presenta a su Dios, también Él caído como víctima inocente, al cual dirigirse con fe aún en medio de la desesperación. «En este amargo fin de semana —explican los responsables de la Acción Católica—, luego de casi un mes de angustia y temblor, hemos recibido con profunda tristeza la noticia del trágico fin del secuestro del pequeño Tomás Onofri. Desde el primer día de su misteriosa desaparición nos hemos preguntado sobre las razones y causas de un rapto como éste. Seguramente también nos hemos preguntado, mientras la crónica nos presentaba los diversos indicios e hipótesis de los interesados, qué tipo de motivaciones podrían haber empujado a una persona a arrancar a un niño tan pequeño y débil como “Tommy” del afecto de sus padres y de su hermanito. Al mismo tiempo en nosotros el tiempo ha pasado inexorable, mezclando en cada uno sentimientos a veces contrastantes: miedo, preocupación, indignación, pero también esperanza, oración, fe. Finalmente llegó la noticia que nadie hubiera querido jamás escuchar: Tomás, pequeño e indefenso, ha sido asesinado.

Los modos y las razones que han provocado este homicidio demencial hacen aún más difícil el poder aceptar una verdad de este tipo. Y es aquí donde nos preguntamos qué sentido puede tener todo esto y porqué es que ha sucedido. Como laicos cristianos que viven en el mundo, a través de la experiencia de la Acción Católica, sabemos que el Señor nos llama a afrontar con valentía el mal que frecuentemente tormenta al mundo y a nuestra misma existencia. El mal, aún el más duro de aceptar, no puede ciertamente apagar aquella esperanza que, por el contrario, nos empuja a no desesperar nunca de la infinita misericordia de Dios hacia nuestras pobrezas y límites.

En este momento gran parte de nuestro País ha quedado profundamente turbado por este terrible acontecimiento que nos conmueve y nos invita a reflexionar. Durante estos treinta días “Tommy” ha sido el hijo, el hermanito, el pequeño sobrino de cada uno de nosotros. En estas horas de incomprensible dolor, el Santo Padre ha invitado a cada creyente a la oración por Tomás y por todas las pequeñas víctimas de la violencia y de la maldad humana. Nos unimos también nosotros a esta llamada de Benedicto XVI y creemos justo no dejar que la historia de Tomás pase sin haber dejado en nuestras consciencias una enseñanza importante: la vida, sobretodo aquella de los más pequeños, es un don precioso que viene de Dios y debe ser siempre defendido. Deseamos que la muerte de “Tommy”, a tan sólo dieciocho meses de su nacimiento , haya tenido un sentido y que nuestra humanidad no se manche jamás de semejante atrocidad».

 

Don Andrea Santoro: “Quería únicamente recorrer los caminos de Cristo”

Don Andrea Santoro, sacerdote romano de misión en Turquía, fue asesinado el 5 de febrero pasado mientras rezaba en su Iglesia en Trebisonda. Fue a Turquía para llevar el anuncio del Evangelio de Cristo a toda la población del país, consciente de la presencia en ese lugar de diversas religiones, culturas y tradiciones. No quería imponer su propio credo a los demás sino simplemente mostrar que el señorío de Cristo en la cual creía —el Dios de Jesucristo— es un señorío de amor que se inclina hacia el hombre y lo ama tal y como es. «Don Andrea —explicó Magdalena Santoro, su hermana, el jueves 6 de abril en la plaza San Pedro durante un encuentro del Papa con los jóvenes de la diócesis de Roma, en preparación a la Jornada Mundial de la Juventud que se celebraría a nivel diocesano el domingo sucesivo— amó la Palabra de Dios más que cualquier otra cosa en el mundo, y trató de conformar su vida a Cristo y de recorrer su camino». «Me siento sacerdote para todos —dijo Magdalena repitiendo las palabras de Don Andrea—. Dios ama a musulmanes, hebreos y cristianos. Ese amor guía nuestra mirada. Y sabemos que este amor guió también sus pasos hacia el Medio Oriente, una tierra de la cual somos deudores». «El perdón por aquellos que asesinaron a Andrea, que ha salido del corazón de nuestra madre y de todos nosotros —añadió la hermana del sacerdote— nace también él de la meditación y de la asimilación de la Palabra de Dios. Que este perdón, unido a su sacrificio, contribuya a la unidad de las confesiones cristianas y al crecimiento del diálogo entre las diversas religiones del Medio Oriente». He aquí el señorío de Cristo. He aquí Cristo que en la persona de un sacerdote se deja asesinar por amor y en el momento de la muerte salva, con el amor, al mundo y al mal que hay en él.

 

 

 

JESÚS, SEÑOR DE LA HISTORIA, DE BENEDICTO XV A BENEDICTO XVI

 

Dios es Amor y por ello es Señor de la Historia: el sentido de la primera Encíclica de Benedicto XVI

Que Jesús sea el Señor de la historia lo ha evidenciado el Santo Padre Benedicto XVI ahí donde en su encíclica Deus Caritas Est ha hablado de la señoría de Cristo sobre el mundo, una señoría de amor. En un mundo contemporáneo cada vez más secularizado y relativista, donde cada uno quiere ser dueño de si mismo, el Papa Benedicto XVI propone, por el contrario, la total obediencia al Dios de Jesucristo. Es Él el verdadero Señor de la historia y solamente quién se abre a Él puede llegar a ser permanentemente libre. En una sociedad en la que todos quieren ser libres, la ausencia cada vez más evidente de Dios en la vida de las personas, hace a todos esclavos de la moda, del consumismo y de la mentalidad dominante. Esclavos y no libres como el Dios cristiano nos permite ser.

La encíclica de Benedicto XVI esta dirigida a un occidente opulento y acomodado que cotidianamente tiene que enfrentar una total incapacidad para reconocerse dependiente de alguien o de algo. Dios ha sido eliminado y todos son esclavos de si mismos, de los propios placeres y de las propias ilusiones. Al occidente Benedicto XVI le recuerda la necesidad que todos tenemos de regresar a reconocernos hijos y dependientes del verdadero Señor de la Historia. Quién quiera volver a ser libre tiene que mirar a Cristo. Quien quiere volver a ser hombre completo tiene que buscar ser hijo.

La encíclica se dirige también al Sur del mundo, a aquellos países cada vez más pobres que tienen dificultades para crear condiciones sociales y económicas dignas. También a ellos Benedicto XVI les recuerda que Dios es amor y que también Él, en Jesucristo, la padecido los mismos sufrimientos. No es una mera consolación sino la esencia de la vida. Ya que lo que verdaderamente cuenta no es el bienestar o la carestía sino más bien vivir la propia condición de vida como una oferta a Cristo, como donación de uno mismo a Él que ha sido el primero en darse a todos. El hombre tiene que luchar para conseguir condiciones de vida mejores pero al mismo tiempo tiene que ofrecer el propio presente a Cristo como Él se ofreció al Padre.  

Dios es amor y con este amor quiere Él cubrir el mundo. La primera encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, presenta ante el mundo un Dios que quiere dirigir el destino de la humanidad con su amor. Por lo tanto, el programa del Dios cristiano no es primeramente un programa social, un programa de justicia así como el hombre lo entiende, sino más bien un programa que busca mostrar la señoría amorosa de Dios sobre el hombre. Jesús, en el primer texto firmado por el Santo Padre Benedicto XVI, se nos presenta como Señor de la historia pero su señorío es más bien un abajamiento, un humillarse, un despojarse de si mismo para hacerse todo en todos. Es ésta la señoría de Cristo que Benedicto XVI explica bien en la primera parte de su texto.  

El Cristianismo, afirma Benedicto XVI, profundiza el significado que en la antigua Grecia se daba al amor, y al puesto de la palabra “eros”, que era usada para expresar el amor «por excelencia» «entre hombre y mujer»,  usa la palabra “ágape” «para expresar un amor oblativo». Es ésta la «nueva visión», la «novedad esencial» traída por el Cristianismo. Ésta no se ha de entender como rechazo  del eros o de la corporeidad —aunque se hayan dado tendencias de ese tipo—. El eros ha sido puesto en la naturaleza del hombre por Dios  y por lo tanto no tiene que ser eliminado sino más bien disciplinado. Este —explica el Papa Ratzinger— «necesita disciplina y purificación» para no perder su dignidad originaria y no degradar en puro “sexo”, convirtiéndose en una mercadería. ¿Dónde el amor entendido como unión de eros y agape encuentra su forma más radical? En Jesucristo. Él —explica el Papa— «es el amor encarnado de Dios», y es en Él que «el eros-agape alcanza su forma más radical». «En la muerte de cruz, Jesús, donándose para realzar y salvar al hombre, expresa el amor en la forma más sublime». Y todavía: «Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná».

Participando en la Eucaristía también nosotros nos vemos involucrados en la dinámica de la donación. Nos unimos a Él y al mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los que él se entrega; llegamos a ser así un “solo cuerpo”. De este modo, amor por Dios y amor por el próximo están verdaderamente unidos. Gracias a este encuentro con el amor de Dios, el doble mandamiento no es sólo una exigencia: el amor puede ser mandado porque antes ha sido donado.

Así, en la segunda parte de la encíclica, el Santo Padre explica como este amor «oblativo» se muestra en la historia, en la vida práctica de todos los días, en las dificultades y en las incongruencias que todo hombre esta llamado a vivir cotidianamente. La señoría de Cristo sobre el mundo se explica en la caridad, una actividad que, si es interpretada correctamente, «debe reflejar el amor trinitario». De todas formas, dicha actividad presente desde siempre en la Iglesia ha sufrido desde el siglo XIX «una objeción fundamental»: Según explica el Pontífice la caridad aparecería en contraposición de la justicia y por lo tanto terminaría por actuar como «un sistema conservador del statu quo».

Sustancialmente la objeción que se le hace a la Iglesia es que con el cumplimiento de obras de caridad ésta favorecería el mantenimiento de un sistema injusto en acto, haciéndolo en un cierto modo soportable «se frena así el potencial revolucionario y, por tanto, se paraliza la insurrección hacia un mundo mejor». En ese sentido —escribe el Papa Ratzinger— «El marxismo había presentado la revolución mundial y su preparación como la panacea para los problemas sociales: mediante la revolución y la consiguiente colectivización de los medios de producción —se afirmaba en dicha doctrina— todo iría repentinamente de modo diferente y mejor. Este sueño se ha desvanecido».

A la cuestión social y en particular al marxismo —lo ha recordado Benedicto XVI—, el magisterio pontificio ha respondido inmediatamente con la Encíclica “Rerum novarum” de León XIII (1891) y después con la triología de Encíclicas “Laborem exercens” (1981), “Sollicitudo rei socialis” (1987), “Centesimus annus” (1991).

A la problemática social la Iglesia ha respondido elaborando una doctrina social propia «muy articulada que propone orientaciones válidas más allá de los confines de la Iglesia». Pero —exhorta el Pontífice— «El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política» y por lo tanto no puede ser asumido como un encargo directo por la Iglesia. La doctrina social católica de hecho no quiere otorgarle a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón ofreciendo su contribución especifica a la formación de las conciencias «para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables».

De todas formas «no hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor». Así el principio de subsidiariedad es revalorizado por el Papa Ratzinger cuando afirma que «el Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal». Y aún más «quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».

 

Jesús al centro de la historia: el programa del entero pontificado de Juan Pablo II

Juan Pablo II le ha permitido descubrir al mundo vejado por las dictaduras y la pobreza la verdadera señoría de Cristo. Proponiendo incansablemente a Cristo y teniendo una fe ciega en Él ha podido derribar los muros que dividían el occidente libre de los regimenes nacional-socialistas. El Papa, gracias a una fe segura, ha podido derribar muros que se pensaba imposible de derribar. Su método ha sido el de hablarle siempre al mundo de Cristo como el Señor que sabe hablarle al corazón del hombre. Cristo habla al hombre. Le habla al dictador que piensa de poder cambiar el mundo con el propio poder y le habla también al perseguido que no obstante atroces sufrimientos morales y corporales tiene fe en Cristo, en su victoria silenciosa. Al final Cristo triunfa siempre y los sufrimientos no son un obstáculo sino más bien la condición misteriosa por medio de la cual Cristo mismo puede verdaderamente triunfar. No hay una explicación racional al sufrimiento. Lo que hay es simplemente imitación de Cristo, el asumir sobre uno el dolor y la certeza de que al final el bien no puedo sino triunfar.  

Es en su primera encíclica, la Redemptor hominis, que Juan Pablo II habla de Jesucristo «redentor del hombre», «centro del cosmos y de la historia». «A Él —escribe Juan Pablo II— se vuelven mi pensamiento y mi corazón en esta hora solemne que está viviendo la Iglesia y la entera familia humana contemporánea». La Redemptor hominis, promulgada el 4 de marzo de 1979, pocos meses después de la elección de Karol Wojtyla como Pontífice, marca y determina las líneas guías y el programa del entero pontificado del Papa polaco. Al inicio de la reflexión se concentra sobre la realidad de la Iglesia; el Papa se pone en continuidad con el magisterio del Vaticano II y de sus inmediatos predecesores, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I, y pone en evidencia el misterio de la redención de Jesucristo, fundamento de la realidad eclesial y «estable principio y centro permanente» de su misión.

La Iglesia esta llamada a llevar a Cristo redentor al hombre, que sólo en el Verbo encarnado puede encontrar la luz que ilumine su misterio; Juan Pablo II no habla aquí del hombre abstracto, sino real, concreto e histórico. Un hombre que, en el mundo contemporáneo, «vive cada vez más en el miedo», amenazado del fruto mismo «del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad»: de un progreso sin leyes éticas, de la explotación de la tierra sin una honesta y racional planificación, de una técnica muchas veces en contraste con su progreso moral y espiritual, de una civilización materialista que lo hace esclavo y de un totalitarismo que niega sus derechos naturales, en particular el de la libertad religiosa. A estas dramáticas situaciones se debe agregar la injusta y siempre más amplia separación del mundo en ricos y pobre, generada por un cierto «abuso de la libertad, que va unido precisamente a un comportamiento consumístico no controlado por la moral, lo cual limita contemporáneamente la libertad de los demás, es decir, de aquellos que sufren deficiencias relevantes y son empujados hacia condiciones de ulterior miseria e indigencia».

A todas estas situaciones, a estos “miedos” y desafíos, el Santo Padre responde en la encíclica proponiendo a Cristo Jesús Señor del cosmos y de la historia, Cristo Jesús como respuesta a las necesidades del hombre contemporáneo. «Cristo revela plenamente el hombre a si mismo» escribe Juan Pablo II en la Redemptor hominis. El Cristianismo, por lo tanto, no es una doctrina, una enseñanza filosófica, sino un acontecimiento, es decir un encuentro con el Hijo de Dios, con Aquel que puede darle sentido a la vida. Así, a los problemas que desde hace siglos afligen a la humanidad, Juan Pablo II propone como respuesta no una revolución social sino más bien la presencia de Cristo compañero y amigo del hombre.  

De esta nueva perspectiva sobre la naturaleza humana, originada en la fe, nace un “humanismo auténtico”, una concepción del hombre que pone en evidencia el valor de la dignidad, y al mismo tiempo el peligro, siempre presente, de perder la propia grandeza en el olvido de la relación con Dios y en la exaltación de la autonomía humana. El hombre se realiza a si mismo, la promesa contenida en su naturaleza, sólo si respeta la verdad sobre si mismo y por lo tanto reconoce que depende del Padre y del encuentro con el Hijo.

Juan Pablo II, partiendo de estas concepciones, se pone en diálogo con los problemas sociales, éticos y filosóficos del mundo contemporáneo, proponiendo un nuevo humanismo, fundado en la fe en Jesucristo, en el cual emergen con fuerza la esforzada defensa de la vida, de la libertad y de la razón del hombre.

La Redemptor hominis, encontró su cumplimiento en la Dives in misericordia y en la Dominum et vivificantem, las dos encíclicas, respectivamente sobre la misericordia de Dios y sobre el Espíritu Santo, que completan la reflexión de Juan Pablo II sobre las Personas de la Santísima Trinidad. La Dives in misericordia, firmada el 30 de noviembre de 1980, inicia con estas palabras: «Dios rico en misericordia es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer». El amor misericordioso de Dios, comenzado ya «en el misterio mismo de la creación» y continuado en la experiencia de traición y perdón del pueblo hebreo, es plenamente revelado en el Hijo, Jesucristo, en su muerte y resurrección. El hijo en la parábola del “hijo prodigo” es visto como imagen del «hombre de todos los tiempos», conciente de haber “deteriorado” su ser hijo, de haber perdido su dignidad y la verdad sobre si mismo; los bienes perdidos son restituidos por el Padre más allá de cualquier justicia en un abrazo lleno de amor.

«En la parábola del hijo pródigo no se utiliza, ni siquiera una sola vez, el término «justicia»; como tampoco, en el texto original, se usa la palabra «misericordia»; sin embargo, la relación de la justicia con el amor, que se manifiesta como misericordia está inscrito con gran precisión en el contenido de la parábola evangélica. Se hace más obvio que el amor se transforma en misericordia, cuando hay que superar la norma precisa de la justicia: precisa y a veces demasiado estrecha».

Juan Pablo II no se detiene en una interpretación de los textos bíblicos y a una reflexión teológica, sino que nos presenta las implicaciones sociales de esta relación entre el amor misericordioso y la justicia. En una sociedad en la que el hombre esta lleno de miedo y de inquietudes por «el mal físico y moral», que amenaza directamente «la libertad humana, la conciencia y la religión», la «justicia sola no es suficiente» para construir la nueva «civilización del amor»; es necesario recurrir «a esa forma más profunda que es el amor para plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones».

Será necesario esperar hasta 1986 para la encíclica Domunum et vivificantem, una verdadera exhortación en vistas al Gran Jubileo del año 2000 a la Iglesia occidental, para que tenga en mayor consideración a la Tercera Persona de la Trinidad, y al mundo, para que acoja el don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es un «don de Cristo» y continua en la historia su obra redentora: «Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la economía de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu actúa en la historia del hombre como “otro Paráclito”, asegurando de modo permanente la trasmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret»

Su efusión es vista como «nueva comunicación salvífica de Dios», un «un nuevo inicio en relación con el primero, —inicio originario de la donación salvífica de Dios— que se identifica con el misterio de la creación

Juan Pablo II subraya con fuerza la necesidad que tiene el mundo de acoger la obra del Espíritu, que actúa en la Iglesia, para reconocer el propio pecado y los «signos y señales de muerte», como la carrera de las armas nucleares, la indiferencia frente a la pobreza, la falta de respeto a la vida, el terrorismo; para aceptar la necesidad de redención y construir una sociedad más justa.

 

 

“Aunque una madre se olvidara de su hijo, Dios no se olvidará de su pueblo”: la respuesta de Juan Pablo I a los problemas sociales de la historia.

En su breve pontificado, el Santo Padre Juan Pablo I, en el mensaje leído durante la oración del Ángelus el domingo 10 de septiembre de 1978 ha querido explicar que Dios, no obstante las tribulaciones de los pueblos de todo el mundo, no se olvida nunca de permanecer cercano al hombre. Él no resuelve los problemas con una barita mágica pero se apresura a ser hombre junto a los hombres, sufriente junto a los que sufren, atribulado junto a los atribulados.

 

«A Camp David, en América —explicó en aquella ocasión Juan Pablo I—, los Presidentes Carter y Sadat y el Primer Ministro Begin están trabajando por la paz en el Medio Oriente. Todos los hombres tienen hambre y sed de paz, especialmente los pobres que en los conflictos y en las guerras se ven más afectados y sufren más; por eso veo con interés y mucha esperanza el convenio de Camp David.
 

»También el Papa ha rezado, ha hecho rezar y reza para que el Señor se digne ayudar los esfuerzos de estos hombres políticos. Me ha impresionado mucho el hecho de que los tres Presidentes hayan querido expresar públicamente su esperanza en el Señor con la oración.


»Los hermanos de religión del Presidente Sadat suelen decir: “En una noche negra, una piedra negra y sobre la piedra una pequeña hormiga; pero Dios la ve y no la olvida”. El Presidente Carter, que es un ferviente cristiano, lee en el Evangelio: “Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará. Ni un pelo caerá de vuestra cabeza sin el consentimiento de vuestro Padre que esta en los cielos”

»Y el Premier Begin recuerda que el pueblo hebreo ha pasado por momentos difíciles y se a dirigido al Señor lamentándose exclamando: “Nos has abandonado y nos has olvidado”. “¡No! —ha respondido por medio del profeta Isaías— ¿Puede una madre olvidarse de su hijo? Pero aunque eso sucediera el Señor nunca se olvidará de su pueblo”. También nosotros —continuó Juan Pablo I— que estamos aquí, tenemos los mismos sentimientos y somos objeto de parte de Dios de un amor eterno. Sabemos que siempre tiene los ojos dirigidos hacia nosotros, también cuando parece que es de noche. Es padre y más aún es madre. No quiere hacernos ningún mal, solo quiere hacernos el bien a todos. Los hijos cuando están enfermos tienen  un título más para ser amados por la madre. También nosotros, si por casualidad estamos enfermos de maldad, fuera del camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor».

En fin, Dios (esto ha sido dicho por Juan Pablo I en uno de los pocos discursos que pronunció durante su breve pontificado) no responde al hombre con palabras vacías o con programas de ayuda imposibles de realizar sino que responde donando su propio infinito amor de Padre que no se olvida de ninguno de sus hijos.

 

Humanismo plenario y respeto del orden establecido por Dios: la propuesta de Pablo VI y de Juan XXIII para el desarrollo de los pueblos.

Para el Papa Pablo VI el hombre, en todo tiempo, puede desarrollarse, puede llegar a su cumplimiento, puede dar fruto sólo si se abre a Dios. «Es indudable —escribe el Papa Pablo VI en la encíclica Populorum progressio— que el hombre puede organizar la tierra sin Dios: pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano». Por lo tanto para Pablo VI no existe un humanismo verdadero sino esta abierto al Absoluto, en el reconocimiento de una vocación que ofrece la verdadera idea de la vida humana. «Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre sí mismo, según la justa frase de Pascal: “El hombre supera infinitamente al hombre”»

 

Las desigualazas económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre un pueblo y otro provocan tensión y discordia, y ponen en peligro la paz. Pero la paz, advierte Pablo VI, no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. Esta se construye día a día en la búsqueda de un orden querido por Dios, que supone una justicia más perfecta entre los hombres. Por lo tanto, aquí esta el punto para Pablo VI, Cristo reconocido y predicado en la vida de todos los días se convierte en el verdadero artífice de la realización del hombre. Sólo Cristo puesto al centro de la vida puede darle sentido a la historia. Él viene a ayudar a los últimos, a los pobres, no quitándoles las fatigas de la vida sino dándoles un sentido y un significado. 

 

También Juan XXIII, en la inolvidable encíclica Pacem in terris, se esforzó por describir la posibilidad de un mundo en el que reine la paz, aquella verdadera, es decir aquella de Cristo. Ésta, lejos de ser una mera ausencia de problemas y dificultades, nace sobre todo del interior del corazón del hombre, llamado a reconocer en todas las cosas aquel «orden establecido por Dios»:

 

«Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país. Toda la autoridad que los gobernantes poseen proviene de Dios, según enseña San Pablo: Porque no hay autoridad que no venga de Dios (Rm 13,1-6).  Enseñanza del Apóstol que San Juan Crisóstomo desarrolla en estos términos: ¿Qué dices? ¿Acaso todo gobernante ha sido establecido por Dios? No digo esto -añade-, no hablo de cada uno de los que mandan, sino de la autoridad misma. Porque el que existan las autoridades, y haya gobernantes y súbditos, y todo suceda sin obedecer a un azar completamente fortuito, digo que es obra de la divina sabiduría (In Epist. ad Rom., c. 13, vv. 1-2, homil XXIII). En efecto, como Dios ha creado a los hombres sociales por naturaleza y ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe supremo que mueva a todos y a cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al bien común, resulta necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija; autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la naturaleza, y, por tanto, del mismo Dios, que es su autor (Enc. Immortale Dei de Leon XIII)»

 

 

Si se ha perdido el camino, es necesario regresar al Señor tanto en la vida pública como en la vida privada: la exhortación de Pío XII contenida en la Optatissima pax

El Papa Pío XII fue el Papa que recogió el testimonio de la Iglesia durante el drama de la Segunda Guerra mundial. Fueron repetidas sus intervenciones por la paz, por esa paz que se funda sólo y exclusivamente en la cruz de Cristo y en su señoría mostrada en la cruz. «La tan deseada paz —escribía el 18 de diciembre de 1947 en la Optatissima Pax— que debe ser la tranquilidad en el orden y la libertad tranquila, tras las cruentas vicisitudes de una larga guerra, vacila hoy, como todos notan con tristeza y amargura, todavía insegura, y tiene suspendido en un angustioso afán el espíritu de los pueblos, mientras que en no pocas naciones, devastadas últimamente por el conflicto mundial y por las destrucciones y miserias que han sido su dolorosa consecuencia, las clases sociales, movidas recíprocamente por amargo odio, amenazan, como todos ven, minar y convertir, con tumultos y turbulencias sin cuento, los cimientos mismos de los Estados». 

¿Qué hacer, se preguntaba Pío XII? ¿Cómo responder a los miedos que aún porta consigo el fin de una guerra tremenda? «Tengan todos presente que el acerbo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar se ha descargado sobre la humanidad principalmente porque la Religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre los hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada familiar y pública. Si, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a Él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquélla verdad divinamente rebelada que muestra la senda que lleva al cielo. Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar tantas angustias y sufrimientos»

Para el Papa, por lo tanto, el mal del hombre se da por un alejamiento suyo libre de Dios, por un no reconocimiento de Dios como verdadero Señor del mundo y de la historia. «Que él —continuo Pío XII hablando de Cristo— ilumine con su luz las inteligencias de los que muchas veces, más que movidos por terca malicia, son arrastrados al engaño por errores que se disfrazan bajo las especiosas apariencias de la verdad; que reprima y aplaque el odio de los espíritus, componga las discordias, haga vivir y florecer de nuevo la caridad cristiana; que a los que gozan de abundante fortuna les enseñe la abundante generosidad con los pobres; que a los que padecen de necesidad y pobreza les aporte y con su ejemplo y con su ayuda los consuelos del espíritu y enderece sus deseos hacia todas las cosas celestiales, que son las mejores y las que nunca se pierden.

»Entre las angustias presentes, ponemos gran confianza en las oraciones de los niños inocentes, escogidos y preferidos por el Divino Redentor de modo especial. Alcen, pues, ellos sus cándidas voces y su débiles manecitas, símbolo de su inocencia interior, implorando la mutua caridad, y que a las fervorosas plegarias unan aquellas prácticas piadosas y aquellos óbolos generosos con que la divina justicia, por tantas culpas ofendida, se puede aplacar y, al mismo tiempo, los indigentes puedan recibir, en la medida que permite la disponibilidad de cada uno, los socorros convenientes.

»Tenemos plena confianza, Venerables Hermanos, en que con el empeño y la diligencia de que habéis dado tantas pruebas, haréis que estas paternales exhortaciones Nuestras sean acatadas y produzcan dichosos frutos, y en que todos, y de modo especial los niños, correspondan con decisión y entusiasmo a esta invitación Nuestra, que vosotros haréis vuestra.

»Confortado con esta suave esperanza, como prenda de Nuestra paternal benevolencia y auspicio de las gracias celestiales os damos a todos y cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, lo mismo que a la grey confiada a vuestro cuidado, la Bendición Apostólica».

 

 

La Iglesia tiene el derecho y el deber de dirigir con las propias opiniones la vida social, política y económica de un País, afirmó Pío XI

El Papa Pío XI, Achille Ratti en el siglo, gobernó la Iglesia de 1922 a 1939. Son años en los cuales las dictaduras de matriz socialista se habían afianzado en distintas partes del planeta. El Pontífice, en muchas de sus intervenciones, respondía a cuanto estaba sucediendo exhortando a las Naciones y a sus gobernantes para que dejarán entrar a Dios en la política y en la sociedad ya que una política y una sociedad sin Dios resultan por fuerza de las cosas a-moral. En la encíclica Quadragesimo Anno, del 15 de mayo de 1931, el Papa parla de una problemática aún presente en nuestros días: del «derecho» y del «deber» que tiene la Iglesia «de juzgar con suprema autoridad» las cuestiones sociales y económicas de las Naciones.

 

Cierto —explicó Pío XI— «la Iglesia considera impropio inmiscuirse sin razón en estos asuntos terrenos. Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral.

»En lo que atañe a estas cosas, el depósito de la verdad, a Nos confiado por Dios, y el gravísimo deber de divulgar, de interpretar y aun de urgir oportuna e importunamente toda la ley moral, somete y sujeta a nuestro supremo juicio tanto el orden de las cosas sociales cuanto el de las mismas cosas económicas.

»Pues, aun cuando la economía y la disciplina moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste.
 

»Las leyes llamadas económicas, fundadas sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos, establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador».

 

En resumen para Pío XI las verdades de la fe cristiana deben entrar a juzgar la vida de una sociedad, ya que una moral no referida a Dios no es verdadera moral. «Obedeciendo fielmente esta ley — explicó el Pontífice refiriéndose a la ley divina que por su naturaleza es superior a la ley de los hombres—, resultará que los fines particulares, tanto individuales como sociales, perseguidos por la economía, quedan perfectamente encuadrados en el orden total de los fines, y nosotros, ascendiendo a través de ellos como por grados, conseguiremos el fin ultimo de todas las cosas, esto es, Dios, bien sumo e inexhausto de sí mismo y nuestro».

 

 

Benedico XV, el Papa de la paz en un mundo en guerra.

El Papa Benedicto XV fue el Pontífice que tuvo que enfrentar el estallido dramático de la Primera Guerra mundial. El drama de la guerra —no podía ser de otra manera— es la constante angustia que acompañará a Benedicto XV durante todo el conflicto. Desde su primera Encíclica — Ad beatissimi Apostolorum del 1 de noviembre de 1914— como «Padre de todos los hombres» denunciaba que «cada día la tierra se empapa con nueva sangre y se llena de muertos y heridos». Y rogaba a los Príncipes y gobernantes de considerar el desolador espectáculo que presentaba Europa: «el más tétrico, quizás el más oscuro en la historia del tiempo». Lamentablemente su reiterada invocación a la paz, tomada del Evangelio de Lucas —«Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» quedo sin ser escuchada. ¿Por qué motivos? Él mismo identifica los principales: la falta de un amor mutuo entre los hombres, el desprecio a la autoridad, la injustita en las relaciones entre las distintas clases sociales y el bien material que se ha convertido en el único objetivo de la actividad del hombre.

Ya cuando la guerra había acabado, en la encíclica Pacem Dei munus del 23 de mayo de 1920, Benedicto XV pide expresamente que todos los hombres se reconozcan hermanos en el nombre de Cristo. Lamentablemente, si bien las armas internacionales en su mayoría se habían callado, los odios de partido y de clase se expresaban con dramática violencia en Rusia, en Alemania, en Hungría, en Irlanda y en varios otros países. La desgraciada Polonia corría el riesgo de ser atropellada por los ejércitos bolcheviques, Austria «se debate entre los horrores de la miseria y la desesperación» escribía el Pontífice el 24 de enero de 1921, implorando la intervención de los gobiernos que se inspiran en principios de humanidad y justicia; el pueblo ruso, golpeado por el hambre y las epidemias, esta viviendo una de las más terribles catástrofes de la historia, al punto que —como escribe Benedicto XV en una Epístola del 5 de agosto de 1921— «de las orillas del Volga muchos millones de hombres invocan, frente a la muerte más terrible, la ayuda de la humanidad».

Solamente una fe auténtica e iluminada puede guiar la acción del Papa Della Chiesa, llamado a actuar en uno de los periodos más difíciles y dramáticos de la historia humana. Tuvo poquísimas satisfacciones. Antes de morir constataba con legítima satisfacción que los Estados acreditados ante la Santa Sede —catorce en el momento de su elección— se habían incrementado hasta veintisiete. Y también vino a saber también que el 11 de diciembre de 1921 había sido inaugurada en una plaza pública de Constantinopla una estatua dedicada a él que portaba como escrita «Al gran Pontífice de la tragedia mundial —Benedicto XVI— benefactor de los pueblos sin distinción de nacionalidad —o de religión— en signo de reconocimiento— el Oriente».

 

 

JESÚS SEÑOR DE LA HISTORIA, PROCLAMADO A TODOS LOS PUEBLOS

En el curso de los últimos cien años, han sido muchas las ocasiones que los Pontífices han tenido para proclamar “Jesús, Señor de la historia” a todos los pueblos, también a todos aquellos que por historia y tradición aparentemente se encuentran mas alejados de la fe católica. En tantas situaciones, también delante de dramas conmovedores de la humanidad, siempre las palabras de los distintos Pontífices no han querido dejar de recordar que Jesucristo, en cualquier situación, es y permanece siendo Señor de todos, porque todo y a todos quiere alcanzar con su amor. Recordamos aquí tres situaciones particulares en las cuales los Pontífices, sin miedo, testimoniaron en situaciones difíciles la realeza del Señor sobre el mundo, una realeza de verdad y de amor.

 

Roma arde, Pío XII con los brazos abiertos entre los romanos de San Lorenzo. En medio del conflicto mundial, el ejemplo de los santos mártires, entre los cuales P. Maximiliano Kolbe.

Jesús Señor de la historia bajo los bombardeos. El testimonio más impresionante en este sentido lo dio el Papa Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial. Era el 19 de julio de 1943 y en el barrio de San Lorenzo, cayeron las bombas. Pío XII salio inmediatamente del Vaticano, antes incluso que se diera la señal de que la alarma había cesado, y se dirigió inmediatamente al barrio Tiburtino entre la gente golpeada. Los testimonios visuales de esta visita del Pontífice cuentan de un Pío XII conmovido, que en medio de una muchedumbre de gente pobre que lloraba y rezaba quería testimoniar como también en los momentos tristes y oscuros de la historia, Cristo esta junto al hombre y sufre junto con él. Pío XII apretaba las manos de las personas que le estaban más cercanas y parecía que no podía separarse de ellos.

El mundo estaba conmovido por el segundo conflicto mundial. Millones y millones de muertos. La ferocidad del nazismo se abatía sobre poblaciones inermes e inocentes. ¿Dónde estaba Dios en todo esto? ¿En esta situación era verdaderamente Dios el Señor de la historia? ¿Dónde? ¿Cómo? También aquí, el ejemplo del Papa que llega a San Lorenzo después de los bombardeos y abre los brazos al cielo y a los hombres ayuda a comprender mucho. El Señor no es el amo del mundo. En todo caso es el que da sentido al mundo. Él esta presente en el mundo, dentro de las guerras, las miserias, las infamias, las injusticias más atroces y se hace compañero de todas las situaciones. Pío XII no quiere sino mostrar eso. Estar cercano y presente dentro de los sufrimientos de las personas. Cristo Señor del mundo sufre con el hombre y vence el mal porque lo transforma en bien. ¿En qué sentido? En el sentido que el mal, el sufrimiento y la fatiga permanecen pero estos pueden ser vividos como un ofrecimiento al Padre para que del cielo use este sufrimiento ofrecido para redimir y para salvar al mundo.

El Señor de la historia está dentro de los sufrimientos en el sentido que realmente sufre también Él con el hombre y usa este sufrimiento para la conversión y la salvación de otros hombres. Bien entendido, las tragedias de la Segunda Guerra mundial permanecen tales, nadie puede eliminarlas, pero dentro de estas tragedias han existido hombres que a pesar de todo han vivido a la luz de Cristo, su verdadero Señor dentro de la historia, una presencia a la que se le puede ofrecer todas las cosas.

Es ejemplo luminoso el santo mártir padre Maximiliano Kolbe. Éste cuando se encontraba en un campo de concertación durante la Segunda Guerra mundial, con el estupor de todos los prisioneros y de los mismos nazis, salio de las filas de los detenidos y se ofreció en sustitución de uno de los condenados a muerte, el joven sargento polaco Francisco Gajowniezek. De esta manera inesperada y heroica el padre Maximiliano bajo con los condenados a muerte en el subterráneo de la muerte, donde uno después de otro los prisioneros murieron, consolados, asistidos y bendecidos por un santo. ¿Su muerte fue la derrota de Cristo o más bien la demostración de que Cristo reina ahí donde hay muerte y desesperación? El 14 de agosto de 1941 la vida del Padre Kolbe terminó con una inyección de ácido fenico. Al día siguiente su cuerpo fue quemado en el horno crematorio y sus cenizas esparcidas en el viento.  El 10 de octubre de 1982, en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II declaro “Santo” al Padre Kolbe, proclamando que “San Maximiliano no ha muerto, sino que dio la vida…”. Este es el secreto de la señoría de Cristo: Rey es quién da la vida por los otros dentro de las increíbles injusticias del mundo.

 

 

Juan Pablo II en Cuba, en la tierra de Fidel Castro: «He venido como mensajero de la verdad y de la esperanza».

En enero de 1998 Juan Pablo II logró llegar a la isla de Cuba, gobernada por Fidel Castro. Ahí el Pontífice habló de Jesucristo, verdadero redentor del corazón del hombre y expreso el deseo de que su visita pudiera ayudar al pueblo cubano a restaurar «al hombre como persona en sus valores humanos, éticos, cívicos y religiosos» y a hacerlo capaz de «cumplir su misión en la Iglesia y en la sociedad».

En su discurso de despedida en el aeropuerto de La Habana (25 de enero de 1998) él explicó de haber llegado a Cuba como sucesor del Apóstol Pedro y siguiendo el mandato del Señor: «he venido, como mensajero de la verdad y de la esperanza, a confirmarlos en la fe y dejarles un mensaje de paz y reconciliación en Cristo. Por eso, los aliento a seguir trabajando juntos, animados por los principios morales más elevados, para que el conocido dinamismo que distingue a este noble pueblo produzca abundantes frutos de bienestar y prosperidad espiritual y material en beneficio de todos». Y añadió aún mas: «a los que habitan en las ciudades y en los campos; a los niños, jóvenes y ancianos; a las familias y a cada persona, confiando en que continuarán conservando y promoviendo los valores más genuinos del alma cubana que, fiel a la herencia de sus mayores, ha de saber mostrar, aun en medio de las dificultades, su confianza en Dios, su fe cristiana, su vinculación a la Iglesia, su amor a la cultura y las tradiciones patrias, su vocación de justicia y de libertad. En ese proceso, todos los cubanos están llamados a contribuir al bien común, en un clima de respeto mutuo y con profundo sentido de la solidaridad».

En Cuba el Santo Padre no tuvo miedo de hablar de «sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos», los cuales —afirmó— « con frecuencia han potenciado el enfrentamiento como método, ya que contenían en sus programas los gérmenes de la oposición y de la desunión. Esto condicionó profundamente su concepción del hombre y sus relaciones con los demás. Algunos de esos sistemas han pretendido también reducir la religión a la esfera meramente individual, despojándola de todo influjo o relevancia social». 

En ese sentido, Juan Pablo II recordó como un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos.  El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe para el Papa Wojtyla,  promover un sereno clima social y una legislación adecuada «que permita a cada persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y cívicas». «Por otro lado, —añadió el Santo Padre— resurge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables. Así, en ocasiones, se imponen a las naciones, como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

 

Las dos visitas de Juan Pablo II a Nicaragua: El Evangelio de Cristo anunciado sin descanso ante las incomprensiones.

En 1983 Juan Pablo II decidió viajar a Centro América. Ahí hizo escala en Nicaragua. Fue uno de los viajes más dramáticos del Pontífice que no tuvo miedo de llevar la palabra de Dios a un país gobernado por un régimen sandinista.

Durante la celebración de la misa, en la plaza 19 de Julio, en Managua, ocurrió un hecho increíble. Al Papa de hecho se le impidió hablar. El sistema de micrófonos había sido manipulado. El rito eucarístico profanado. La gente mantenida lejos y la transmisión en directo de la televisión cancelada. Ya desde hacía unos años que el régimen sandinista había logrado imponerse en el país. Éste sostenía el nacimiento de una Iglesia popular, inspirada en la «teología de la liberación», que propugnaba un relectura del Evangelio en clave marxista para salir al encuentro de las ansias de injusticia de millones de pobres.

El Santo Padre viajó a Nicaragua precisamente en medio de aquella difícil coyuntura política y eclesial. Centro América, en particular modo Nicaragua, era un área de alto riesgo pues se había convertido en uno de los escenarios más grandes de la confrontación ideológica entre el capitalismo y el comunismo. Nicaragua era precisamente el epicentro del enfrentamiento hegemónico entre Estados Unidos y la Unión Soviética. 

Fue así que en el mismo instante en el que el Papa llegaba al país se ponía en movimiento la Gran Instrumentalización. Existía un verdadero «plan» para obstaculizar la visita y para desacreditar al Papa ante los ojos de la población haciéndolo aparecer como filo-americano así como contrario al sandinismo y a sus héroes. Más tarde contó uno de los ex dirigentes de la sección de la Seguridad, Miguel Bolaños: «Delante del palco habían solamente 400 “domesticados”. La gran muchedumbre se encontraba mucho más atrás… En el momento convenido, el comandante Calderón hizo una señal. Entonces las seis “madres de los mártires”, junto con las turbas (milicianos adiestrados para la acción de disturbo), recitaron el guión, subieron al palco…». El Papa tubo que defenderse solo, gritando «¡Silencio! ¡Silencio!», y respondiendo a los eslogan de los activistas.

Pero Juan Pablo II no se dio por vencido. Seguro de tener que llevar también en ese país el mensaje que solo Cristo es capaz de salvar al hombre y hacerlo definitivamente libre, más de diez años después regreso a Nicaragua. Fue en febrero de 1996. El sandinismo no solo había sido vencido en las elecciones sino que había perdido toda la simpatía del pueblo al salir a flote la corrupción económica de muchos de sus dirigentes. Y el Papa recordó la visita anterior con pocas palabras pero extremadamente significativas: «No logré encontrar realmente a la gente». Y en el encuentro que tubo en ese mismo viaje con los jóvenes de Venezuela les dijo: «Ante un mundo de apariencias, de injusticias y materialismo que nos rodea, os invito a todos, muchachos y muchachas de Venezuela, a hacer, con responsabilidad y alegría, una opción fundamental por Cristo en vuestras vidas: ¡Jóvenes, abrid las puertas de vuestro corazón a Cristo! Él nunca defrauda. Él es el Camino de la paz, la Verdad que nos hace libres y la Vida que nos colma de alegría»  (P.L.R.) (Agencia Fides 29/4/2006)