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Constitución
"GAUDIUM ET SPES"
(Pastoral sobre la Igesia en el mundo actual)
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia humana
universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las
angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y
de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y
angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano
que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está
integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el
Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido
la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por
ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su
historia.
Destinatarios de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano Ii, tras haber
profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los
hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos
los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia
y la acción de la Iglesia en el mundo actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la
entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre
las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus
afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado
y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre
del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el
poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género humano, admirado de
sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con
frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo,
sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido
de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de
las cosas y de la humanidad.
El Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el
Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de
solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar
con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del
Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que
la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador.
Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la
que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre
todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y
voluntad, quien será el objeto central de las explicaciones que van a
seguir.
Al proclamar el concilio la altísima vocación del
hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género
humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad
universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia ambición
terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del
Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar
testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no
para ser servido.
EXPOSICION PRELIMINAR: SITUACION DEL HOMBRE EN EL
MUNDO DE HOY
Esperanza y temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la
Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la
luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda
la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre
el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua
relación de ambas.
Es necesario por ello conocer y comprender el mundo
en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático
que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales
del mundo moderno.
El género humano se halla en un período nuevo de su
historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que
progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre
con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el
hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus
modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los
hombres con quienes convive. Tan esto es así, que se puede ya hablar de
una verdadera metamórfosis social y cultural, que redunda también en la
vida religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta
transformación trae consigo no leves dificultades. Así mientras el
hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue
someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su
intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca
de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda
sobre la orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas
riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo,
una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre
los que no saben leer ni escribir.
Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su
libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y
psicológica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad
y la mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin
embargo, gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas
contrapuestas.
Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones
políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera
falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se
aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo, aun las palabras
definidoras de los conceptos más fundamentales revisten sentidos harto
diversos en las distintas ideologías. Por último, se busca con
insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente
el mejoramiento de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de
nuestros contemporáneos difícilmente llegan a conocer los valores
permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con los
nuevos descubrimientos.
La inquietud los atormenta, y se preguntan, entre
angustias y esperanzas, sobre la actual evolución del mundo. El curso de
la historia presente en un desafío al hombre que le obliga a responder.
Cambios profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la
transformación de las condiciones de vida están vinculadas a una
revolución global más amplia, que da creciente importancia, en la
formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y a
las que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica
y a las ciencias de ella derivadas.
El espíritu científico modifica profundamente el
ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus avances
está transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los
espacios interplanetarios.
También sobre el tiempo aumenta su imperio la
inteligencia humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento de la
historia; ya en cuanto al futuro, por la técnica prospectiva y la
planificación. Los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y
sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino aun influir
directamente sobre la vida de las sociedades por medio de métodos
técnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención a
la previsión y ordenación de la expansión demográfica.
Cambios en el orden social
6. Por todo ello, son cada día más profundos los
cambios que experimentan las comunidades locales tradicionales, como la
familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros diferentes
grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.
El tipo de sociedad industrial se extiende
paulatinamente, llevando a algunos paises a una economía de opulencia y
transformando profundamente concepciones y condiciones milenarias de la
vida social. La civilización urbana tiende a un predominio análogo por
el aumento de las ciudades y de su población y por la tendencia a la
urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos y mejores medios de comunicación social
contribuyen al conocimiento de los hechos y a difundir con rapidez y
expansión máximas los modos de pensar y de sentir, provocando con ello
muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos hombres,
obligados a emigrar por varios motivos, cambien su manera de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican
sin cesar y el mismo tiempo la propia socialización crea nuevas
relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado
proceso de maduración de la persona y las relaciones auténticamente
personales (personalización).
Esta evolución se manifiesta sobre todo en las
naciones que se benefician ya de los progresos económicos y técnicos;
pero también actúa en los pueblos en vías de desarrollo, que aspiran a
obtener para sí las ventajas de la industrialización y de la
urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen tradiciones más
antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más perfecto y
personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete
con frecuencia a discusión las ideas recibidas. Esto se nota
particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e incluso a veces
angustia, les lleva a rebelarse.
Conscientes de su propia función en la vida social,
desean participar rápidamente en ella. Por lo cual no rara vez los
padres y los educadores experimentan dificultades cada día mayores en el
cumplimiento de sus tareas.
Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y
de sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado
actual de cosas. De ahí una grave perturbación en el comportamiento y
aun en las mismas normas reguladoras de éste.
Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre
la vida religiosa. Por una parte, el espíritu crítico más agudizado la
purifica de un concepto mágico del mundo y de residuos supersticiosos y
exige cada vez más una adhesión verdaderamente personal y operante a la
fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino.
Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas
se alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la
religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e
individual; hoy día, en efecto, se presenta no rara vez como exigencia
del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo.
En muchas regiones esa negación se encuentra
expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente
la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de
la historia y la misma legislación civil. Es lo que explica la
perturbación de muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia
bajo el signo del desorden, y la misma conciencia agudizada de las
antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan
contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas veces en el propio hombre el
desequilibrio entre la inteligencia práctica moderna y una forma de
conocimiento teórico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus
conocimientos en síntesis satisfactoria.
Brota también el desequilibrio entre el afán por la
eficacia práctica y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas
veces entre las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de
un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge, finalmente,
el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión
general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al
peso de las condiciones demográficas, económicas y sociales, ya a los
conflictos que surgen entre las generaciones que se van sucediendo, ya a
las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos.
Nacen también grandes discrepancias raciales y
sociales de todo género. Discrepancias entre los paises ricos, los menos
ricos y los pobres. Discrepancias, por último, entre las instituciones
internacionales, nacidas de la aspiración de los pueblos a la paz, y las
ambiciones puestas al servicio de la expansión de la propia ideología o
los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en otras entidades
sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la
hostilidad, los conflictos y las desgracias, de los que el hombre es, a
la vez, causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el
género humano puede y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las
cosas creadas, sino que le corresponde además establecer un orden
político, económico y social que esté más al servicio del hombre y
permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas de
muchísimos, que tienen viva conciencia de que la carencia de bienes que
sufren se debe a la injusticia o a una no equitativa distribución. Las
naciones en vía de desarrollo, como son las independizadas
recientemente, desean participar en los bienes de la civilización
moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden
económico, y desempeñar libremente su función en el mundo.
Sin embargo, está aumentando a diario la distancia
que las separa de las naciones más ricas y la dependencia incluso
económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos hambrientos
interpelan a los pueblos opulentos.
La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado,
reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los
trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario
para la vida, sino que quieren también desarrollar por medio del trabajo
sus dotes personales y participar activamente en la ordenación de la
vida económica, social, política y cultural. Por primera vez en la
historia, todos los pueblos están convencidos de que los beneficios de
la cultura pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una
aspiración más profunda y más universal: las personas y los grupos
sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna
del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les
ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se esfuerzan cada
vez más por formar una comunidad universal.
De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez
poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el
camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o
el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien
que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha
desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se interroga
a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que
fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los
elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de
criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin
embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído
por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar.
Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo
que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello
siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias
provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida por
el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción
de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen
tiempo para ponerse a considerarlo.
Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y
plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el
futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y
no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida
un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la
existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle
un sentido puramente subjetivo.
Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son
cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva
penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre?
¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a
pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor
tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar
el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué
hay después de esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por
todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de
que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el
cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse.
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la
Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas
permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe
ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios
invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos
para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de
soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.
PRIMERA PARTE: LA IGLESIA Y LA VOCACION DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le
impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena
el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y
deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los
signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. La fe todo lo
ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera
vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones
plenamente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta
luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y enlazarlos
de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la
inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad
extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano,
sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación.
Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué
criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de
la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en
el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta hará ver
con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél forma
parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de la
Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
CAPITULO I
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no creyentes están generalmente de
acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en
función del hombre, centro y cima de todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las
opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e
incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o
hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en
consecuencia.
La Iglesia siente profundamente estas dificultades,
y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que
perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus
enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad
y la vocación propias del hombre.
La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a
imagen de Dios", con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que
por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para
gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para
que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te
cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de
gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue
puesto por tí debajo de sus pies (Ps 8, 5-7).
Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el
principio los hizo hombre y mujer (gen l,27). Esta sociedad de hombre y
mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El
hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no
puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.
Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto
había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin
embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la
historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo
alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le
glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y
prefirieron servir a la criatura, no al Creador.
Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la
experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba
su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a
reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida
subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo
que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con
el resto de la creación.
Es esto lo que explica la división íntima del hombre.
Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como
lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y
las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con
eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse
como aherrojado entre cadenas.
Pero el Señor vino en persona para liberar y
vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe
de este mundo (cf. 10 12,31), que le retenía en la esclavitud del
pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia
plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la
miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su
última explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su
misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual
alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la
libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida
corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su
propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último
día.
Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la
rebelión del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que
glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que lo esclavicen las
inclinaciones depravadas de su corazón.
No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad
sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la
naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su
interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda
interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le
aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la
mirada de Dios, decide su propio destino.
Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad
y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo
ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales
exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de
la realidad.
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de
la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia
es superior al universo material. Con el ejercicio infatigable de su
ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad ha realizado grandes
avances en las ciencias positivas, en el campo de la técnica y en la
esfera de las artes liberales.
Pero en nuestra época ha obtenido éxitos
extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo material.
Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más
profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene
capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza,
aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y
debilitada.
Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona
humana se perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría,
la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor
de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el hombre se alza por medio
de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad
de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la
humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no forman
hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse a este
respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas en esta
sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la
fe a contemplar y saborear el misterio del plan divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más profundo de su conciencia descubre el
hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la
cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los
oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y
que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene
una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la
dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente.
La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario
del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena
en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo
admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de
Dios y del prójimo.
La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos
con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los
numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la
sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto
mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del
ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad.
No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la
conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de
su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa
de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente
entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se
logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros
contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con
frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera
pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea
mala.
La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su
propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y,
adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada
perfección.
La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre
actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido
por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso
interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad
cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a
su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para
ello con eficacia y esfuerzo crecientes.
La libertad humana, herida por el pecado, para dar la
máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente
en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida ante el
tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado.
El misterio de la muerte
18. El máximo enigma de la vida humana es la muerte.
El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo.
Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga
con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la
ruina total y del adiós definitivo.
La semilla de eternidad que en sí lleva, por se
irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todos los
esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea, no pueden
calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy
proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que
surge ineluctablemente del corazón humano.
Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la
Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha
sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las
fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte
corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será
vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al
hombre en la salvación perdida por el pecado.
Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El
con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la
incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado
esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia
muerte.
Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en
sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante
angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece
la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos
arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en
Dios la vida verdadera.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más alta de la dignidad humana consiste
en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y
simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que
lo conserva.
Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la
verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su
Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del
todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma
explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro
tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas.
Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse
acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis
metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la
cuestión.
Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre
esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin
excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que
dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que
parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios.
Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que
nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se
plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no
sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de
preocuparse por el hecho religiosos.
Además, el ateísmo nace a veces como violenta
protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación
indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son
considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma
civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego
a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a
Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su
corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen
de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también
los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el
ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno
originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se
debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y,
ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana.
Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener
parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido
de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la
doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y
social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de
la religión.
El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste
también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva
el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre
respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia
de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único
artífice y creador de su propia historia.
Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el
reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal
afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que
el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse
la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación
económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia
naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el
espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del
esfuerzo por levantar la ciudad temporal.
Por eso, cuando los defensores de esta doctrina
logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a
la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa,
con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el
poder público.
Actitud de la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no
puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha
reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a
la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su
innata grandeza.
Quiere, sin embargo, conocer las causas de la
negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente
de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por
el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos
del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen.
La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se
opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en
el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que
constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo,
el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la
participación de su felicidad.
Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que
más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando,
por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la
vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy
con frecuencia sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la
culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al
hombre a la desesperación.
Todo hombre resulta para sí mismo un problema no
resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos,
sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir
del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da
respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a
pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la
exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la
Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como
visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y
purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo.
Esto se logra principalmente con el testimonio de una
fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las
dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro
testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo
toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la
justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado.
Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la
presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu
unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de
unidad.
La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el
ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no
creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que
viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo.
Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre
creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los
derechos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente.
Pide para los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este
mundo también un templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que
consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de
acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando
reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la
esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje,
lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el
progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es
aquello que "nos hiciste, Señor, para tí, y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en tí".
Cristo, el Hombre nuevo
22. En realidad, el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer
hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro
Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y
le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas
las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es
también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la
semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza
humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a
dignidad sin igual.
El Hijo de DIos con su encarnación se ha unido, en
cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los
nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su
sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con
nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo
que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios
me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20).
Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir
sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la
muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del
Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias
del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley
nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia
(Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la
redención del cuerpo (Rom 8,23).
Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre
los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre
los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de
su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11).
Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar,
con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la
muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de
Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente para los cristianos, sino
también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra
la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación
suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual.
Este es el gran misterio del hombre que la Revelación
cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el
enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en
absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y
nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu:
Abba!, ¡Padre!.
CAPITULO II
LA COMUNIDAD HUMANA
Propósito del Concilio
23. Entre los principales aspectos del mundo actual
hay que señalar la multiplicación de las relaciones mutuas entre los
hombres. Contribuye sobremanera a este desarrollo el moderno progreso
técnico. Sin embargo, la perfección del coloquio fraterno no está en ese
progreso, sino más hondamente en la comunidad que entre las personas se
establece, la cual exige el mutuo respeto de su plena dignidad
espiritual.
La Revelación cristiana presta gran ayuda para
fomentar esta comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una
más profunda comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que
el Creador grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.
Como el Magisterio de la Iglesia en recientes
documentos ha expuesto ampliamente la doctrina cristiana sobre la
sociedad humana, el Concilio se limita a recordar tan sólo algunas
verdades fundamentales y exponer sus fundamentos a la luz de la
Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de aquéllas
fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.
Indole comunitaria de la vocación humana según el
plan de Dios
24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud,
ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten
entre sí con espíritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y
semejanza de Dios, quien hizo de uno todo el linaje humano y para poblar
toda la haz de la tierra (Act 17,26), y todos son llamados a un solo e
idéntico fin, esto es, Dios mismo.
Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el
primero y el mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos enseña que el
amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo: cualquier otro
precepto en esta sentencia se resume : Amarás al prójimo como a tí
mismo. El amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,9-10; cf. I 10
4,20). Esta doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos
hechos: la creciente interdependencia mutua de los hombres y la
unificación asimismo creciente del mundo.
Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos
sean uno, como nosotros también somos uno (Io 17,21-22), abriendo
perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza
entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios
en la verdad y en la caridad.
Esta semejanza demuestra que el hombre, única
criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede
encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo
a los demás.
Interdependencia entre la persona humana y la
sociedad
25. La índole social del hombre demuestra que el
desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad
están mutuamente condicionados. porque el principio, el sujeto y el fin
de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la
cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida
social.
La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga
accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la
reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social
engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para
responder a su vocación.
De los vínculos sociales que son necesarios para el
cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad política,
responden más inmediatamente a su naturaleza profunda; otros, proceden
más bien de su libre voluntad. En nuestra época, por varias causas, se
multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las interdependencias; de
aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de derecho
público como de derecho privado.
Este fenómeno, que recibe el nombre de socialización,
aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas ventajas
para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y para
garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al
cumplimiento de su vocación, incluida la religiosa, recibe mucho de esta
vida en sociedad, no se puede, sin embargo, negar que las circunstancias
sociales en que vive y en que está como inmersa desde su infancia, con
frecuencia le apartan del bien y le inducen al mal.
Es cierto que las perturbaciones que tan
frecuentemente agitan la realidad social proceden en parte de las
tensiones propias de las estructuras económicas, políticas y sociales.
Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo humanos, que
trastornan también el ambiente social.
Y cuando la realidad social se ve viciada por las
consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal desde su
nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo
pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.
La promoción del bien común
26. La interdependencia, cada vez más estrecha, y su
progresiva universalización hacen que el bien común -esto es, el
conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las
asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil
de la propia perfección- se universalice cada vez más, e implique por
ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano.
Todo grupo social debe tener en cuanta las
necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún,
debe tener muy en cuanta el bien común de toda la familia humana.
Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa
dignidad de la persona humana, de su superioridad sobre las cosas y de
sus derechos y deberes universales e inviolables.
Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo
que éste necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el
alimento, el vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de
estado ya fundar una familia, a la educación, al trabajo, a la buena
fama, al respeto, a una adecuada información, a obrar de acuerdo con la
norma recta de su conciencia, a la protección de la vida privada y a la
justa libertad también en materia religiosa.
El orden social, pues, y su progresivo desarrollo
deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el
orden real debe someterse al orden personal, y no al contrario. El
propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para
el hombre, y no el hombre para el sábado.
El orden social hay que desarrollarlo a diario,
fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el
amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día más
humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una
renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El Espíritu de Dios, que con admirable providencia
guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno
a esta evolución. Y, por su parte, el fermento evangélico ha despertado
y despierta en el corazón del hombre esta irrefrenable exigencia de la
dignidad.
El respeto a la persona humana
27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima
urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma de cada
uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como otro yo,
cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para
vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó
por completo del pobre Lázaro.
En nuestra época principalmente urge la obligación de
acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya
se trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador
extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo
ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió, o de
ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra
del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos
menores, a mi me lo hicisteis. (Mt 25,40).
No sólo esto. Cuanto atenta contra la vida
-homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo
suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana,
como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los
conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la
dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las
detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones
laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero
instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad
de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí
mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus
autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido
al Creador.
Respeto y amor a los adversarios
28. Quienes sientes u obran de modo distinto al
nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser
también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa
sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la
facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben
convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia
caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable.
Pero es necesario distinguir entre el error, que
siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la
dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o
insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador
del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna
de los demás.
La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las
injurias. El precepto del amor se extiende a todos los enemigos. Es el
mandamiento de la Nueva Ley: Habéis oído que se dijo : Amarás a tu
prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo : Amad a vuestros
enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por lo que os
persiguen y calumnian (Mt 5,43-44).
La igualdad esencial entre los hombres y la justicia
social
29. La igualdad fundamental entre todos los hombres
exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de
alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y
el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma
vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no todos los hombres son iguales en
lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y
morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos
fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de
sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida
y eliminada por ser contraria al plan divino.
En verdad, es lamentable que los derechos
fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma
debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el
derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que
prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura
iguales a las que se conceden al hombres.
Más aún, aunque existen desigualdades justas entre
los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se
llegue a una situación social más humana y más justa. Resulta
escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y
sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma
familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la
dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.
Las instituciones humanas, privadas o públicas,
esfuércense por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre.
Luchen con energía contra cualquier esclavitud social o política y
respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos fundamentales
del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez
más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas,
aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final
deseado.
Hay que superar la ética individualista
30. La profunda y rápida transformación de la vida
exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación
frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una ética
meramente individualista.
El deber de justicia y caridad se cumple cada vez más
contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y la
necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así
públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida
del hombre.
Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones,
pero en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de
las necesidades sociales. No sólo esto; en varios paises son muchos los
que menosprecian las leyes y las normas sociales.
No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no
tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con
la sociedad. Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por
ejemplo, las referentes a la higiene o las normas de la circulación, sin
preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida
del prójimo.
La aceptación de las relaciones sociales y su
observancia deben ser consideradas por todos como uno de los principales
deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundo,
tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los grupos
particulares y se extiende poco a poco al universo entero.
Ello es imposible si los individuos y los grupos
sociales no cultivan en sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes
morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres
nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de
la divina gracia.
Responsabilidad y participación
31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor
cuidado el sentido de su responsabilidad tanto respecto a sí mismo como
de los varios grupos sociales de los que es miembro, hay que procurar
con suma diligencia una más amplia cultura
espiritual, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el
género humano dispone hoy día.
Particularmente la educación de los jóvenes, sea el
que sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que
forme hombres y mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también
de generoso corazón, de acuerdo con las exigencias perentorias de
nuestra época.
Pero no puede llegarse a este sentido de la
responsabilidad si no se facilitan al hombre condiciones de vida que le
permitan tener conciencia de su propia dignidad y respondan a su
vocación, entregándose a DIos ya los demás.
La libertad humana con frecuencia se debilita cuando
el hombre cae en extrema necesidad, de la misma manera que se envilece
cuando el hombre, satisfecho por una vida demasiado fácil, se encierra
como en una dorada soledad.
Por el contrario, la libertad se vigoriza cuando el
hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre
sí las multiformes exigencias de la convivencia humana y se obliga al
servicio de la comunidad en que vive.
Es necesario por ello estimular en todos la voluntad
de participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de
aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos participa
con verdadera libertad en la vida pública.
Debe tenerse en cuanta, sin embargo, la situación
real de cada país y el necesario vigor de la autoridad pública. Para que
todos los ciudadanos se sientan impulsados a participar en la vida de
los diferentes grupos de integran el cuerpo social, es necesario que
encuentren en dichos grupos valores que los atraigan y los dispongan a
ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar con toda razón que el
porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las
generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.
El Verbo encarnado y la solidaridad humana
32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente,
sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios "ha querido
santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna
de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en
verdad y le sirviera santamente".
Desde el comienzo de la historia de la salvación,
Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino
también a cuanto miembros de una determinada comunidad. A los que eligió
Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3,7-12), con el
que además estableció un pacto en el monte Sinaí.
Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma
en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de
la vida social humana.
Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa de
Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la
excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más comunes de la
vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la vida
diaria corriente.
Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su
patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia,
fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su
tiempo y de su tierra.
En su predicación mandó claramente a los hijos de
Dios que se trataran como hermanos. Pidió en su oración que todos sus
discípulos fuesen uno.
Más todavía, se ofreció hasta la muerte por todos,
como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la
vida por sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a los Apóstoles predicar a
todas las gentes la nueva angélica, para que la humanidad se hiciera
familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.
Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el
don de su Espíritu, una nueva comunidad fraterna entre todos los que con
fe y caridad le reciben después de su muerte y resurrección, esto es, en
su Cuerpo, que es la Iglesia, en la que todos, miembros los unos de los
otros, deben ayudarse mutuamente según la variedad de dones que se les
hayan conferido.
Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel
día en que llegue su consumación y en que los hombres, salvador por la
gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano, darán a Dios
gloria perfecta.
CAPITULO III
LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO
Planteamiento del problema
33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo
y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias
a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo
de su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, con ayuda sobre todo el
aumento experimentado por los diversos medios de intercambio entre las
naciones, la familia humana se va sintiendo y haciendo una única
comunidad en el mundo.
De lo que resulta que gran número de bienes que antes
el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy
los obtiene por sí mismo.
Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el
género humano, surgen entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué
sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el uso que hay que
hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los esfuerzos
de individuos y colectividades?.
La Iglesia, custodio del depósito de la palabra de
Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin
que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir
la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino
recientemente emprendido por la humanidad.
Valor de la actividad humana
34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la
actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de
esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr
mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la
voluntad de Dios.
Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato
de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y
cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el
universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que
con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre
de Dios en el mundo.
Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres
más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el
sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte
provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con
su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus
hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios
de Dios en la historia.
Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas
logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura
racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario,
persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de
DIos y consecuencia de su inefable designio.
Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más
amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue
que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del
mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al
contrario, les impone como deber el hacerlo.
Ordenación de la actividad humana
35. La actividad humana, así como procede del hombre,
así también se ordena al hombre. Pues éste con su acción no sólo
transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo.
Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se
trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que
las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo
que es que por lo que tiene.
Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres para
lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en
los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos
progresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la
promoción humana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo.
Por tanto, está es la norma de la actividad humana:
que, de acuerdo con los designios y voluntad divinos, sea conforme al
auténtico bien del género humano y permita al hombre, como individuo y
como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena
vocación.
La justa autonomía de la realidad terrena
36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer
que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad
humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la
sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que
las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores,
que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es
absolutamente legítima esta exigencia de autonomía.
No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres
de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador.
Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están
dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden
regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la
metodología particular de cada ciencia o arte.
Por ello, la investigación metódica en todos los
campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente
científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad
contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen
su origen en un mismo Dios.
Más aún, quien con perseverancia y humildad se
esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun
sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las
cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar
ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima
autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios
cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a
muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la
realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla
sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte
la falsedad envuelta en tales palabras.
La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás,
cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la
manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún,
por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida.
Deformación de la actividad humana por el pecado
37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo
la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso
altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran
tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la
jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que
a lo suyo, olvidando lo ajeno.
Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una
auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está
amenazando con destruir al propio género humano.
A través de toda la historia humana existe una dura
batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes
del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final.
Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar
continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos,
con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en
sí mismo, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la
verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del
Apóstol cuando dice: No queráis vivir conforme a este mundo (Rom 12,2);
es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que
transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al
servicio de Dios y de los hombres.
A la hora de saber cómo es posible superar tan
deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la
cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección
todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el
egoísmo, corren diario peligro.
El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el
Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por
Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos
de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y
gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de
veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo:
Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor
3,22-23).
Perfección de la actividad humana en el misterio
pascual
38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas
las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entró como
hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola
en sí mismo.
El es quien nos revela que Dios es amor (I 10 4,8), a
la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es
el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad
divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos
del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son
cosas inútiles.
Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que
buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo,
en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros,
pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el
mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia.
Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que
le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la
virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el
anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo
también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la
familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la
tierra a este fin.
Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: si a
unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada
celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama
para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así
preparen la materia del reino de los cielos.
Pero a todos les libera, para que, con la abnegación
propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida, se
proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se
convertirán en oblación acepta a dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y
alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los
elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en
el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la
degustación del banquete celestial.
Tierra nueva y cielo nuevo
39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación
de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se
transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado,
pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva
tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de
saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón
humano.
Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios
resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la
debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y,
permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre
de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar
todo el mundo si se pierde a sí mismo.
No obstante, la espera de una tierra nueva no debe
amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta
tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede
de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo.
Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente
progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el
primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana,
interesa en gran medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión
fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de
la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por
la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato,
volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y
trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y
universal: "reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino
de justicia, de amor y de paz".
El reino está ya misteriosamente presente en nuestra
tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección.
CAPITULO IV
MISION DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
Relación mutua entre la Iglesia y el mundo
40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de
la persona, sobre la comunidad humana, sobre el sentido profundo de la
actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación entre la
Iglesia y el mundo, y también la base para el mutuo diálogo.
Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que
ya ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto
de consideración la misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y
vive y actúa con él.
Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el
tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia
tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el mundo
futuro podrá alcanzar plenamente.
Está presente ya aquí en la tierra, formada por
hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la
vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de
los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del
Señor.
Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y
enriquecida por ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada
por Cristo como sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios
adecuados propios de una unión visible y social".
De esta forma, la Iglesia, "entidad social visible y
comunidad espiritual", avanza juntamente con toda la humanidad,
experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar
como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y
transformarse en familia de Dios.
Esta compenetración de la ciudad terrena y de la
ciudad eterna sólo puede percibirse por la fe; más aún, es un misterio
permanente de la historia humana que se ve perturbado por el pecado
hasta la plena revelación de la claridad de los hijos de Dios.
Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no
sólo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el
universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando
y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la
sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y
de una significación mucho más profundos.
Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus
hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para
dar un sentido más humano al hombre a su historia.
La Iglesia católica de buen grado estima mucho todo
lo que en este orden han hecho y hacen las demás Iglesias cristianas o
comunidades eclesiásticas con su obra de colaboración.
Tienen asimismo la firme persuasión de que el mundo,
a través de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con
sus cualidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples
maneras en la preparación del Evangelio.
Expónense a continuación algunos principios generales
para promover acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en
todo aquello que en cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.
Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre
41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el
desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y
afirmación crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se ha confiado
la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre,
la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia
existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano.
Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella
sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el
cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. Sabe
también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca
jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como los
prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también
múltiples testimonios de nuestra época.
Siempre deseará el hombre saber, al menos
confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La
presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas;
pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del
pecado, el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por
medio de la Revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a
Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia
dignidad de hombre.
Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la
dignidad humana del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo,
deprimen excesivamente o exaltan sin moderación alguna el cuerpo humano.
No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad
personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el
Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y
proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las
esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado; respeta
santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte
sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y
bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de
todos.
Esto corresponde a la ley fundamental de la economía
cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e
igualmente, también Señor de la historia humana y de la historia de la
salvación, sin embargo, en esta misma ordenación divina, la justa
autonomía de lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que
más bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada.
La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le
ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en
mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas
partes tales derechos.
Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede
imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier
apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de juzgar
que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud
cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la
dignidad humano no se salva; por el contrario, perece.
Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana
42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y
se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida
por los hijos de Dios.
La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es
de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden
religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan
funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y
consolidar la comunidad humana según la ley divina.
Más aún, donde sea necesario, según las
circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede
crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos,
particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de
misericordia u otras semejantes.
La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla
en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad,
el proceso de una sana socialización civil y económica.
La promoción de la unidad concuerda con la misión
íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo
el género humano".
Enseña así al mundo que la genuina unión social
exterior procede de la unión de los espíritus y de los corazones, esto
es, de la fe y de la caridad, que constituyen el fundamento indisoluble
de su unidad en el Espíritu Santo.
Ls energías que la Iglesia puede comunicar a la
actual sociedad humana radican en esa fe y en esa caridad aplicadas a la
vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con
medios puramente humanos.
Como, por otra parte, en virtud de su misión y
naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización
humana ni a sistema alguno político, económico y social, la Iglesia, por
esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre
las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal que éstas tengan
confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para
cumplir tal misión.
Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y también
a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios
superen todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza
interna a las justas asociaciones humanas.
El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de
verdadero, de bueno y de justo se encuentra en las variadísimas
instituciones fundadas ya o que incesantemente se fundan en la
humanidad.
Declara, además, que la Iglesia quiere ayudar y
fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede
conciliarse con su misión propia.
Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en
servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los
derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos
del bien común.
Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos, procura
prestar al dinamismo humano
43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos
de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus
deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se
equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad
permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las
tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que
les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación
personal de cada uno.
Pero no es menos grave el error de quienes, por el
contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida
religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de
culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales.
El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos
debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra
época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con
vehemencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo,
Jesucristo personalmente conminaba graves penas contra él.
No se creen, por consiguiente, oposiciones
artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una
parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus
obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta,
sobre todo, a sus obligaciones para con dios y pone en peligro su eterna
salvación.
Siguiendo el ejemplo de Cristo, quien ejerció el
artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus
actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano,
familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos,
bajo cuya altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.
Compete a los laicos propiamente, aunque no
exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares. Cuando actúan,
individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente
deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben
esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos.
Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados
con sus energías, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas
iniciativas y llévenlas a buen término. A la conciencia bien formada del
seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena.
De los sacerdotes, los laicos pueden esperar
orientación e impulso espiritual,. Pero no piensen que sus pastores
están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución
concreta en todas las cuestiones, aun graves, que surjan. No es ésta su
misión. Cumplen más bien los laicos su propia función con la luz de la
sabiduría cristiana y con la observancia atenta de la doctrina del
Magisterio.
Muchas veces sucederá que la propia concepción
cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una
determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y
con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad,
juzguen del mismo asunto de distinta manera.
En estos casos de soluciones divergentes aun al
margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a
vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en
tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor
de su parecer la autoridad de la Iglesia.
Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un
diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial
pro el bien común.
Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la
vida de la Iglesia, no solamente están obligados a cristianizar el
mundo, sino que además su vocación se extiende a ser testigos de Cristo
en todo momento en medio de la sociedad humana.
Los Obispos, que han recibido la misión de gobernar a
la Iglesia de DIos, prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje
de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles
quede como inundada por la luz del Evangelio.
Recuerden todos los pastores, además, que son ellos
los que con su trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el
rostro de la Iglesia, que es el que sirve a los hombres para juzgar la
verdadera eficacia del mensaje cristiano.
Con su vida y con sus palabras, ayudados por los
religiosos y por sus fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola
presencia, portadora de todos sus dones, es fuente inagotable de las
virtudes de que tan necesitado anda el mundo de hoy. Capacítense con
insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con
el mundo y con los hombres de cualquier opinión.
Tengan sobre todo muy en el corazón las palabras del
Concilio: "Como el mundo entero tiende cada día más a la unidad civil,
económica y social, conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus
esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice,
eviten toda causa de dispersión, para que todo el género humano venga a
la unidad de la familia de Dios".
Aunque la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo,
se ha mantenido como esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser
signo de salvación en el mundo, sabe, sin embargo, muy bien que no
siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus
miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios.
Sabe también la Iglesia que aún hoy día es mucha la
distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad
humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio. Dejando a
un lado el juicio de la historia sobre estas deficiencias, debemos, sin
embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con máxima energía para
que no dañen a la difusión del Evangelio.
De igual manera comprende la Iglesia cuánto le queda
aún por madurar, por su experiencia de siglos, en la relación que debe
mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como
madre, no cesa de "exhortar a sus hijos a la purificación y a la
renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el
rostro de la Iglesia".
Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno
44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como
realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia
reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica
del género humano.
La experiencia del pasado, el progreso científico,
los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a
fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y
aprovechan también a la Iglesia.
Esta, desde el comienzo de su historia, aprendió a
expresar el mensaje cristiano con los conceptos y en la lengua de cada
pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber filosófico. Procedió así
a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y a las
exigencias de los sabios en cuanto era posible.
Esta aceptación de la predicación de la palabra
revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización. Porque así
en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje cristiano de
modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta un vivo
intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas.
Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como
los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían
los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda
de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a
fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad
la razón íntima de todas ellas.
Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero
principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e
interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de
nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que
la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y
expresada en forma más adecuada.
La Iglesia, por disponer de una estructura social
visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se
enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le
falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para
conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla
de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros
tiempos.
La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el
conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda
variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo
el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la
cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional
como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino,
también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las
realidades externas.
Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho
provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la
persecución de sus contrarios.
Cristo, alfa y omega
45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al
recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el
advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad.
Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la
familia humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del
hecho de que la Iglesia es "sacramento universal de salvación", que
manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al
hombre.
El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se
encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas
las cosas.
El Señor es el fin de la historia humana, punto de
convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la
civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud
total de sus aspiraciones.
EL es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y
colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos.
Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como
peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide
plenamente con su amoroso designio: Restaurar en Cristo todo lo que hay
en el cielo y en la tierra (Eph 1,10).
He aquí que dice el Señor: Vengo presto, y conmigo mi
recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la
omega, el primero y el último, el principio y el fin (Apoc 22,12-13).
SEGUNDA PARTE: ALGUNOS PROBLEMAS MAS URGENTES
Introducción
46. Después de haber expuesto la gran dignidad de la
persona humana y la misión, tanto individual como social, a la que ha
sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz del Evangelio y
de la experiencia humana, llama ahora la atención de todos sobre algunos
problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género
humano.
Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos,
haya que mencionar principalmente las que siguen: el matrimonio y la
familia, la cultura humana, la vida económico-social y política, la
solidaridad de la familia de los pueblos y la paz.
Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de
los principios que brota de Cristo, para guiar a los cristianos e
iluminar a todos los hombres en la búsqueda de solución a tantos y tan
complejos problemas.
CAPITULO I
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El matrimonio y la familia en el mundo actual
47. El bienestar de la persona y de la sociedad
humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la
comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos
lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente
de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el
fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan
a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos
esperan, además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos.
Sin embargo, la dignidad de esta institución no
brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está
oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor
libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda
frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos
ilícitos contra la generación.
Por otra parte, la actual situación económico,
social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la
familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan
con preocupación los problemas nacidos del incremento demográfico.
Todo lo cual suscita angustia en las conciencias. Y,
sin embargo, un hecho muestra bien el vigor y la solidez de la
institución matrimonial y familiar: las profundas transformaciones de la
sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado
origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la
verdadera naturaleza de tal institución.
Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de
algunos puntos capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar
y fortalecer a los cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por
garantizar y promover la intrínseca dignidad del estado matrimonial y su
valor eximio.
El carácter sagrado del matrimonio y de la familia
48. Fundada por el Creador y en posesión de sus
propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece
sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento
personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se
dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución
confirmada por la ley divina.
Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de
los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión
humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado
con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la
continuación del género humano, para el provecho personal de cada
miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad,
paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana.
Por su índole natural, la institución del matrimonio
y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la
educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia.
De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no
son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus
personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren
conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente.
Esta íntima unión, como mutua entrega de dos
personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad
conyugal y urgen su indisoluble unidad.
Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor
multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado
a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque así como Dios
antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y
de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la
Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del
sacramento del matrimonio.
Además, permanece con ellos para que los esposos, con
su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la
Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el
amor d |