ir a la lista de los libros bíblicos -
ir a las lecturas litúrgicas -
ir a los pasajes bíblicos comentados
Capítulo 1
PRINCIPIO del
evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Como está
escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío á mi mensajero delante de tu faz,
Que apareje tu camino delante de ti.
Voz del que
clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor; Enderezad sus veredas.
Bautizaba
Juan en el desierto, y predicaba el bautismo del arrepentimiento para remisión
de pecados.
Y salía á Él
toda la provincia de Judea, y los de Jerusalem; y eran todos, bautizados por Él
en el río de Jordán, confesando sus pecados.
Y Juan andaba
vestido de pelos de camello, y con un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y
comía langostas y miel silvestre.
Y predicaba,
diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, al cual no soy digno de
desatar encorvado la correa de sus zapatos.
Yo á la
verdad os he bautizado con agua; mas Él os bautizará con Espíritu Santo.
Y aconteció
en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fué bautizado por
Juan en el Jordán.
Y luego,
subiendo del agua, vió abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma, que
descendía sobre Él.
Y hubo una
voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tomo contentamiento.
Y luego el
Espíritu le impele al desierto.
Y estuvo allí
en el desierto cuarenta días, y era tentado de Satanás; y estaba con las
fieras; y los ángeles le servían.
Mas después
que Juan fué encarcelado, Jesús vino á Galilea predicando el evangelio del
reino de Dios,
Y diciendo:
El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al
evangelio.
Y pasando
junto á la mar de Galilea, vió á Simón, y á Andrés su hermano, que echaban la
red en la mar; porque eran pescadores.
Y les dijo Jesús:
Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres.
Y luego,
dejadas sus redes, le siguieron.
Y pasando de
allí un poco más adelante, vió á Jacobo, hijo de Zebedeo, y á Juan su hermano,
también ellos en el navío, que aderezaban las redes.
Y luego los
llamó: y dejando á su padre Zebedeo en el barco con los jornaleros, fueron en
pos de Él.
Y entraron en
Capernaum; y luego los sábados, entrando en la sinagoga, enseñaba.
Y se
admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene potestad, y no
como los escribas.
Y había en la
sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, el cual dió voces,
Diciendo:
¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido á destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios.
Y Jesús le
riñó, diciendo: Enmudece, y sal de Él.
Y el espíritu
inmundo, haciéndole pedazos, y clamando á gran voz, salió de Él.
Y todos se
maravillaron, de tal manera que inquirían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto?
¿Qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aun á los espíritus inmundos
manda, y le obedecen?
Y vino luego
su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.
Y luego saliendo
de la sinagoga, vinieron á casa de Simón y de Andrés, con Jacobo y Juan.
Y la suegra
de Simón estaba acostada con calentura; y le hablaron luego de ella.
Entonces
llegando Él, la tomó de su mano y la levantó; y luego la dejó la calentura, y
les servía.
Y cuando fué
la tarde, luego que el sol se puso, traían á Él todos los que tenían mal, y
endemoniados;
Y toda la
ciudad se juntó á la puerta.
Y sanó á
muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos
demonios; y no dejaba decir á los demonios que le conocían.
Y
levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fué á un lugar
desierto, y allí oraba.
Y le siguió
Simón, y los que estaban con Él;
Y hallándole,
le dicen: Todos te buscan.
Y les dice:
Vamos á los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto
he venido.
Y predicaba
en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios.
Y un leproso
vino á Él, rogándole; é hincada la rodilla, le dice: Si quieres, puedes
limpiarme.
Y Jesús,
teniendo misericordia de Él, extendió su mano, y le tocó, y le dice: Quiero, sé
limpio.
Y así que
hubo Él hablado, la lepra se fué luego de aquél, y fué limpio.
Entonces le
apercibió, y despidióle luego,
Y le dice:
Mira, no digas á nadie nada; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu
limpieza lo que Moisés mandó, para testimonio á ellos.
Mas Él
salido, comenzó á publicarlo mucho, y á divulgar el hecho, de manera que ya
Jesús no podía entrar manifiestamente en la ciudad, sino que estaba fuera en
los lugares desiertos; y venían á Él de todas partes.
Capítulo 2
Y ENTRÓ otra
vez en Capernaum después de algunos días, y se oyó que estaba en casa.
Y luego se
juntaron á Él muchos, que ya no cabían ni aun á la puerta; y les predicaba la
palabra.
Entonces
vinieron á Él unos trayendo un paralítico, que era traído por cuatro.
Y como no
podían llegar á Él á causa del gentío, descubrieron el techo de donde estaba, y
haciendo abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
Y viendo
Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Y estaban
allí sentados algunos de los escribas, los cuales pensando en sus corazones,
Decían: ¿Por qué
habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?
Y conociendo
luego Jesús en su espíritu que pensaban así dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por
qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?
¿Qué es más
fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, ó decirle:
Levántate, y toma tu lecho y anda?
Pues para que
sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar los
pecados, (dice al paralítico):
A ti te digo:
Levántate, y toma tu lecho, y vete á tu casa.
Entonces Él
se levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera que
todos se asombraron, y glorificaron á Dios, diciendo: Nunca tal hemos visto.
Y volvió á
salir á la mar, y toda la gente venía á Él, y los enseñaba.
Y pasando,
vió á Leví, hijo de Alfeo, sentado al banco de los públicos tributos, y le
dice: Sígueme. Y levantándose le siguió.
Y aconteció
que estando Jesús á la mesa en casa de Él, muchos publicanos y pecadores
estaban también á la mesa juntamente con Jesús y con sus discípulos: porque
había muchos, y le habían seguido.
Y los
escribas y los Fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores,
dijeron á sus discípulos: ¿Qué es esto, que Él come y bebe con los publicanos y
con los pecadores?
Y oyéndolo
Jesús, les dice: Los sanos no tienen necesidad de médico, mas los que tienen
mal. No he venido á llamar á los justos, sino á los pecadores.
Y los discípulos
de Juan, y de los Fariseos ayunaban; y vienen, y le dicen: ¿Por qué los
discípulos de Juan y los de los Fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?
Y Jesús les dice:
¿Pueden ayunar los que están de bodas, cuando el esposo está con ellos? Entre
tanto que tienen consigo al esposo no pueden ayunar.
Mas vendrán
días, cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán.
Nadie echa
remiendo de paño recio en vestido viejo; de otra manera el mismo remiendo nuevo
tira del viejo, y la rotura se hace peor.
Ni nadie echa
vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y se
derrama el vino, y los odres se pierden; mas el vino nuevo en odres nuevos se
ha de echar.
Y aconteció
que pasando Él por los sembrados en sábado, sus discípulos andando comenzaron á
arrancar espigas.
Entonces los
Fariseos le dijeron: He aquí, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?
Y Él les
dijo: ¿Nunca leísteis qué hizo David cuando tuvo necesidad, y tuvo hambre, Él y
los que con Él estaban:
Cómo entró en
la casa de Dios, siendo Abiathar sumo pontífice, y comió los panes de la
proposición, de los cuales no es lícito comer sino á los sacerdotes, y aun dió
á los que con Él estaban?
También les
dijo: El sábado por causa del hombre es hecho; no el hombre por causa del
sábado.
Así que el
Hijo del hombre es Señor aun del sábado.
Capítulo 3
Y OTRA vez
entró en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía una mano seca.
Y le
acechaban si en sábado le sanaría, para acusarle.
Entonces dijo
al hombre que tenía la mano seca: Levántate en medio.
Y les dice:
¿Es lícito hacer bien en sábado, ó hacer mal? ¿salvar la vida, ó quitarla? Mas
ellos callaban.
Y mirándolos
alrededor con enojo, condoleciéndose de la ceguedad de su corazón, dice al
hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y su mano fué restituída sana.
Entonces
saliendo los Fariseos, tomaron consejo con los Herodianos contra Él, para
matarle.
Mas Jesús se
apartó á la mar con sus discípulos: y le siguió gran multitud de Galilea, y de
Judea.
Y de
Jerusalem, y de Idumea, y de la otra parte del Jordán. Y los de alrededor de
Tiro y de Sidón, grande multitud, oyendo cuán grandes cosas hacía, vinieron á
Él.
Y dijo á sus
discípulos que le estuviese siempre apercibida la barquilla, por causa del
gentío, para que no le oprimiesen.
Porque había
sanado á muchos; de manera que caían sobre Él cuantos tenían plagas, por
tocarle.
Y los
espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de Él, y daban voces,
diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.
Mas Él les
reñía mucho que no le manifestasen.
Y subió al
monte, y llamó á sí á los que Él quiso; y vinieron á Él.
Y estableció
doce, para que estuviesen con Él, y para enviarlos á predicar.
Y que tuviesen
potestad de sanar enfermedades, y de echar fuera demonios:
A Simón, al
cual puso por nombre Pedro;
Y á Jacobo,
hijo de Zebedeo, y á Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es,
Hijos del trueno;
Y á Andrés, y
á Felipe, y á Bartolomé, y á Mateo, y á Tomas, y á Jacobo hijo de Alfeo, y á
Tadeo, y á Simón el Cananita,
Y á Judas
Iscariote, el que le entregó. Y vinieron á casa.
Y agolpóse de
nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan.
Y como lo
oyeron los suyos, vinieron para prenderle: porque decían: Está fuera de sí.
Y los
escribas que habían venido de Jerusalem, decían que tenía á Beelzebub, y que
por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios.
Y habiéndolos
llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera á Satanás?
Y si algún
reino contra sí mismo fuere dividido, no puede permanecer el tal reino.
Y si alguna casa
fuere dividida contra sí misma, no puede permanecer la tal casa.
Y si Satanás
se levantare contra sí mismo, y fuere dividido, no puede permanecer; antes
tiene fin.
Nadie puede
saquear las alhajas del valiente entrando en su casa, si antes no atare al
valiente y entonces saqueará su casa.
De cierto os
digo que todos los pecados serán perdonados á los hijos de los hombres, y las
blasfemias cualesquiera con que blasfemaren;
Mas
cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas
está expuesto á eterno juicio.
Porque
decían: Tiene espíritu inmundo.
Vienen
después sus hermanos y su madre, y estando fuera, enviaron á Él llamándole.
Y la gente
estaba sentada alrededor de Él, y le dijeron: He aquí, tu madre y tus hermanos
te buscan fuera.
Y Él les
respondió, diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?
Y mirando á
los que estaban sentados alrededor de Él, dijo: He aquí mi madre y hermanos.
Porque
cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, éste es mi hermano, y mi hermana, y
mi madre.
Capítulo 4
Y OTRA vez
comenzó á enseñar junto á la mar, y se juntó á Él mucha gente; tanto, que
entrándose Él en un barco, se sentó en la mar: y toda la gente estaba en tierra
junto á la mar.
Y les
enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina:
Oid: He aquí,
el sembrador salió á sembrar.
Y aconteció sembrando,
que una parte cayó junto al camino; y vinieron las aves del cielo, y la
tragaron.
Y otra parte
cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y luego salió, porque no tenía
la tierra profunda:
Mas salido el
sol, se quemó; y por cuanto no tenía raíz, se secó.
Y otra parte
cayó en espinas; y subieron las espinas, y la ahogaron, y no dió fruto.
Y otra parte
cayó en buena tierra, y dió fruto, que subió y creció: y llevó uno á treinta, y
otro á sesenta, y otro á ciento.
Entonces les
dijo: El que tiene oídos para oir, oiga.
Y cuando
estuvo solo, le preguntaron los que estaban cerca de Él con los doce, sobre la
parábola.
Y les dijo: A
vosotros es dado saber el misterio del reino de Dios; mas á los que están
fuera, por parábolas todas las cosas;
Para que
viendo, vean y no echen de ver; y oyendo, oigan y no entiendan: porque no se
conviertan, y les sean perdonados los pecados.
Y les dijo:
¿No sabéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas?
El que
siembra es el que siembra la palabra.
Y éstos son
los de junto al camino: en los que la palabra es sembrada: mas después que la
oyeron, luego viene Satanás, y quita la palabra que fué sembrada en sus
corazones.
Y asimismo éstos
son los que son sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra,
luego la toman con gozo;
Mas no tienen
raíz en sí, antes son temporales, que en levantándose la tribulación ó la
persecución por causa de la palabra, luego se escandalizan.
Y éstos son
los que son sembrados entre espinas: los que oyen la palabra;
Mas los
cuidados de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias que hay en
las otras cosas, entrando, ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
Y éstos son
los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra, y la
reciben, y hacen fruto, uno á treinta, otro á sesenta, y otro á ciento.
También les
dijo: ¿Tráese la antorcha para ser puesta debajo del almud, ó debajo de la
cama? ¿No es para ser puesta en el candelero?
Porque no hay
nada oculto que no haya de ser manifestado, ni secreto que no haya de
descubrirse.
Si alguno
tiene oídos para oir, oiga.
Les dijo
también: Mirad lo que oís: con la medida que medís, os medirán otros, y será
añadido á vosotros los que oís.
Porque al que
tiene, le será dado; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
Decía más:
Así es el reino de Dios, como si un hombre echa simiente en la tierra;
Y duerme, y
se levanta de noche y de día, y la simiente brota y crece como Él no sabe.
Porque de
suyo fructifica la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en
la espiga;
Y cuando el
fruto fuere producido, luego se mete la hoz, porque la siega es llegada.
Y decía: ¿A
qué haremos semejante el reino de Dios? ¿ó con qué parábola le compararemos?
Es como el
grano de mostaza, que, cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas
las simientes que hay en la tierra;
Mas después
de sembrado, sube, y se hace la mayor de todas las legumbres, y echa grandes
ramas, de tal manera que las aves del cielo puedan morar bajo su sombra.
Y con muchas
tales parábolas les hablaba la palabra, conforme á lo que podían oir.
Y sin
parábola no les hablaba; mas á sus discípulos en particular declaraba todo.
Y les dijo
aquel día cuando fué tarde: Pasemos de la otra parte.
Y despachando
la multitud, le tomaron como estaba, en el barco; y había también con Él otros
barquitos.
Y se levantó
una grande tempestad de viento, y echaba las olas en el barco, de tal manera
que ya se henchía.
Y Él estaba en
la popa, durmiendo sobre un cabezal, y le despertaron, y le dicen: ¿Maestro, no
tienes cuidado que perecemos?
Y
levantándose, increpó al viento, y dijo á la mar: Calla, enmudece. Y cesó el
viento, y fué hecha grande bonanza.
Y á ellos
dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
Y temieron
con gran temor, y decían el uno al otro. ¿Quién es éste, que aun el viento y la
mar le obedecen?
Capítulo 5
Y VINIERON de
la otra parte de la mar á la provincia de los Gadarenos.
Y salido Él
del barco, luego le salió al encuentro, de los sepulcros, un hombre con un
espíritu inmundo,
Que tenía
domicilio en los sepulcros, y ni aun con cadenas le podía alguien atar;
Porque muchas
veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido
hechas pedazos por Él, y los grillos desmenuzados; y nadie le podía domar.
Y siempre, de
día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, é
hiriéndose con las piedras.
Y como vió á
Jesús de lejos, corrió, y le adoró.
Y clamando á
gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro
por Dios que no me atormentes.
Porque le
decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo.
Y le
preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos
muchos.
Y le rogaba
mucho que no le enviase fuera de aquella provincia.
Y estaba allí
cerca del monte una grande manada de puercos paciendo.
Y le rogaron
todos los demonios, diciendo: Envíanos á los puercos para que entremos en
ellos.
Y luego Jesús
se lo permitió. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los
puercos, y la manada cayó por un despeñadero en la mar; los cuales eran como dos
mil; y en la mar se ahogaron.
Y los que
apacentaban los puercos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y
salieron para ver qué era aquello que había acontecido.
Y vienen á
Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la
legión, sentado y vestido, y en su juicio cabal; y tuvieron miedo.
Y les
contaron los que lo habían visto, cómo había acontecido al que había tenido el
demonio, y lo de los puercos.
Y comenzaron
á rogarle que se fuese de los términos de ellos.
Y entrando Él
en el barco, le rogaba el que había sido fatigado del demonio, para estar con
Él.
Mas Jesús no
le permitió, sino le dijo: Vete á tu casa, á los tuyos, y cuéntales cuán
grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.
Y se fué, y
comenzó á publicar en Decápolis cuan grandes cosas Jesús había hecho con Él: y
todos se maravillaban.
Y pasando
otra vez Jesús en un barco á la otra parte, se juntó á Él gran compañía; y estaba
junto á la mar.
Y vino uno de
los príncipes de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vió, se postró á
sus pies,
Y le rogaba
mucho, diciendo: Mi hija está á la muerte: ven y pondrás las manos sobre ella
para que sea salva, y vivirá.
Y fué con Él,
y le seguía gran compañía, y le apretaban.
Y una mujer
que estaba con flujo de sangre doce años hacía,
Y había
sufrido mucho de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía, y nada
había aprovechado, antes le iba peor,
Como oyó
hablar de Jesús, llegó por detrás entre la compañía, y tocó su vestido.
Porque decía:
Si tocare tan solamente su vestido, seré salva.
Y luego la
fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel
azote.
Y luego
Jesús, conociendo en sí mismo la virtud que había salido de Él, volviéndose á
la compañía, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?
Y le dijeron
sus discípulos: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?
Y Él miraba
alrededor para ver á la que había hecho esto.
Entonces la
mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en sí había sido hecho, vino y se
postró delante de Él, y le dijo toda la verdad.
Y Él le dijo:
Hija, tu fe te ha hecho salva: ve en paz, y queda sana de tu azote.
Hablando aún
Él, vinieron de casa del príncipe de la sinagoga, diciendo: Tu hija es muerta;
¿para qué fatigas más al Maestro?
Mas luego
Jesús, oyendo esta razón que se decía, dijo al príncipe de la sinagoga: No
temas, cree solamente.
Y no permitió
que alguno viniese tras Él sino Pedro, y Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.
Y vino á casa
del príncipe de la sinagoga, y vió el alboroto, los que lloraban y gemían
mucho.
Y entrando,
les dice: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La muchacha no es muerta, mas duerme.
Y hacían
burla de Él: mas Él, echados fuera todos, toma al padre y á la madre de la
muchacha, y á los que estaban con Él, y entra donde la muchacha estaba.
Y tomando la
mano de la muchacha, le dice: Talitha cumi; que es, si lo interpretares:
Muchacha, á ti digo, levántate.
Y luego la
muchacha se levantó, y andaba; porque tenía doce años. Y se espantaron de
grande espanto.
Mas Él les
mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que le diesen de comer.
Capítulo 6
Y SALIÓ de
allí, y vino á su tierra, y le siguieron sus discípulos.
Y llegado el
sábado, comenzó á enseñar en la sinagoga; y muchos oyéndole, estaban atónitos,
diciendo: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es ésta que le es
dada, y tales maravillas que por sus manos son hechas?
¿No es éste
el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, y de José, y de Judas, y de
Simón? ¿No están también aquí con nosotros, sus hermanas? Y se escandalizaban
en Él.
Mas Jesús les
decía: No hay profeta deshonrado sino en su tierra, y entre sus parientes, y en
su casa.
Y no pudo
hacer allí alguna maravilla; solamente sanó unos pocos enfermos, poniendo sobre
ellos las manos.
Y estaba
maravillado de la incredulidad de ellos. Y rodeaba las aldeas de alrededor,
enseñando.
Y llamó á los
doce, y comenzó á enviarlos de dos en dos: y les dió potestad sobre los
espíritus inmundos.
Y les mandó
que no llevasen nada para el camino, sino solamente báculo; no alforja, ni pan,
ni dinero en la bolsa;
Mas que
calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.
Y les decía:
Donde quiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de allí.
Y todos
aquellos que no os recibieren ni os oyeren, saliendo de allí, sacudid el polvo
que está debajo de vuestros pies, en testimonio á ellos. De cierto os digo que
más tolerable será el castigo de los de Sodoma y Gomorra el día del juicio, que
el de aquella ciudad.
Y saliendo,
predicaban que los hombres se arrepintiesen.
Y echaban fuera
muchos demonios, y ungían con aceite á muchos enfermos, y sanaban.
Y oyó el rey
Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan
el que bautizaba, ha resucitado de los muertos, y por tanto, virtudes obran en
Él.
Otros decían:
Elías es. Y otros decían: Profeta es, ó alguno de los profetas.
Y oyéndolo
Herodes, dijo: Este es Juan el que yo degollé: Él ha resucitado de los muertos.
Porque el
mismo Herodes había enviado, y prendido á Juan, y le había aprisionado en la
cárcel á causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado
por mujer.
Porque Juan
decía á Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
Mas Herodías
le acechaba, y deseaba matarle, y no podía:
Porque
Herodes temía á Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le tenía respeto:
y oyéndole, hacía muchas cosas; y le oía de buena gana.
Y venido un
día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su nacimiento, daba una cena á
sus príncipes y tribunos, y á los principales de Galilea;
Y entrando la
hija de Herodías, y danzando, y agradando á Herodes y á los que estaban con Él
á la mesa, el rey dijo á la muchacha: Pídeme lo que quisieres, que yo te lo
daré.
Y le juró:
Todo lo que me pidieres te daré, hasta la mitad de mi reino.
Y saliendo
ella, dijo á su madre: ¿Qué pediré? Y ella dijo: La cabeza de Juan Bautista.
Entonces ella
entró prestamente al rey, y pidió, diciendo: Quiero que ahora mismo me des en
un plato la cabeza de Juan Bautista.
Y el rey se
entristeció mucho; mas á causa del juramento, y de los que estaban con Él á la
mesa, no quiso desecharla.
Y luego el
rey, enviando uno de la guardia, mandó que fuese traída su cabeza;
El cual fué, y
le degolló en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato, y la dió á la muchacha,
y la muchacha la dió á su madre.
Y oyéndolo
sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y le pusieron en un sepulcro.
Y los
apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo
que habían enseñado.
Y Él les
dijo: Venid vosotros aparte al lugar desierto, y reposad un poco. Porque eran
muchos los que iban y venían, que ni aun tenían lugar de comer.
Y se fueron
en un barco al lugar desierto aparte.
Y los vieron
ir muchos, y le conocieron; y concurrieron allá muchos á pie de las ciudades, y
llegaron antes que ellos, y se juntaron á Él.
Y saliendo
Jesús vió grande multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas
que no tenían pastor; y les comenzó á enseñar muchas cosas.
Y como ya
fuese el día muy entrado, sus discípulos llegaron á Él, diciendo: El lugar es
desierto, y el día ya muy entrado;
Envíalos para
que vayan á los cortijos y aldeas de alrededor, y compren para sí pan; porque
no tienen qué comer.
Y
respondiendo Él, les dijo: Dadles de comer vosotros. Y le dijeron: ¿Que vayamos
y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer?
Y Él les
dice: ¿Cuántos panes tenéis? Id, y vedlo. Y sabiéndolo, dijeron: Cinco, y dos
peces.
Y les mandó
que hiciesen recostar á todos por partidas sobre la hierba verde.
Y se
recostaron por partidas, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta.
Y tomados los
cinco panes y los dos peces, mirando al cielo, bendijo, y partió los panes, y
dió á sus discípulos para que los pusiesen delante: y repartió á todos los dos
peces.
Y comieron
todos, y se hartaron.
Y alzaron de
los pedazos doce cofines llenos, y de los peces.
Y los que
comieron eran cinco mil hombres.
Y luego dió
priesa á sus discípulos á subir en el barco, é ir delante de Él á Bethsaida de
la otra parte, entre tanto que Él despedía la multitud.
Y después que
los hubo despedido, se fué al monte á orar.
Y como fué la
tarde, el barco estaba en medio de la mar, y Él solo en tierra.
Y los vió
fatigados bogando, porque el viento les era contrario: y cerca de la cuarta
vigilia de la noche, vino á ellos andando sobre la mar, y quería precederlos.
Y viéndole
ellos, que andaba sobre la mar, pensaron que era fantasma, y dieron voces;
Porque todos
le veían, y se turbaron. Mas luego habló con ellos, y les dijo: Alentaos; yo soy,
no temáis.
Y subió á
ellos en el barco, y calmó el viento: y ellos en gran manera estaban fuera de
sí, y se maravillaban:
Porque aun no
habían considerado lo de los panes, por cuanto estaban ofuscados sus corazones.
Y cuando
estuvieron de la otra parte, vinieron á tierra de Genezaret, y tomaron puerto.
Y saliendo
ellos del barco, luego le conocieron.
Y recorriendo
toda la tierra de alrededor, comenzaron á traer de todas partes enfermos en
lechos, á donde oían que estaba.
Y donde
quiera que entraba, en aldeas, ó ciudades, ó heredades, ponían en las calles á
los que estaban enfermos, y le rogaban que tocasen siquiera el borde de su
vestido; y todos los que le tocaban quedaban sanos.
Capítulo 7
Y SE juntaron
á Él los Fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalem;
Los cuales, viendo
á algunos de sus discípulos comer pan con manos comunes, es á saber, no
lavadas, los condenaban.
(Porque los
Fariseos y todos los Judíos, teniendo la tradición de los ancianos, si muchas
veces no se lavan las manos, no comen.
Y volviendo de
la plaza, si no se lavaren, no comen. Y otras muchas cosas hay, que tomaron
para guardar, como las lavaduras de los vasos de beber, y de los jarros, y de
los vasos de metal, y de los lechos.)
Y le preguntaron
los Fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme á la
tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos comunes?
Y
respondiendo Él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como
está escrito: Este pueblo con los labios me honra, Mas su corazón lejos está de
mí.
Y en vano me
honra, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.
Porque
dejando el mandamiento de Dios, tenéis la tradición de los hombres; las
lavaduras de los jarros y de los vasos de beber: y hacéis otras muchas cosas
semejantes.
Les decía
también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.
Porque Moisés
dijo: Honra á tu padre y á tu madre, y: El que maldijera al padre ó á la madre,
morirá de muerte.
Y vosotros
decís: Basta si dijere un hombre al padre ó á la madre: Es Corbán (quiere
decir, don mío á Dios) todo aquello con que pudiera valerte;
|