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15 días con el P. Julio Chevalier msc
Tercer día:
APARECED, SOL DE SOLES

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 Jesús luz del mundo

 

Apareced,

Sol de soles,

luz del mundo, luz viviente,

principio y fin,

nuestro Dios y nuestro todo! 

Jesús, Jesús, ¡apareced entre los resplandores

de vuestro Corazón adorable,

esa hoguera de amor,

esa fuente de vida,

de gracia

y de bendición!

(S 75).

 

Desde el pequeño átomo hasta el hombre, Chevalier ha recorrido un camino en dirección al «Corazón de Dios». ¡Qué revelación! Pero aún está lejos de entrever los resultados. Él mismo dice que debe tener paciencia: el Creador no ha dicho su última «palabra»: No, no, nada de todo esto, ni los detalles ni el conjunto, nada merece la mirada de Dios. Todo esto es limitado; Dios no tiene límites; ¿qué es lo finito para el infinito? (S 74).

Chevalier insiste pues: Venga Jesús! ¡Venga tu Corazón! Con otra oración ya mencionada, que será objeto de nuestra meditación de los días dé­cimo y undécimo, la que abre este tercer día cons­tituye sin duda alguna uno de los puntos fuertes de su recorrido espiritual. Es lo que, a falta de un término mejor, hemos llamado en la presentación general «la emoción espiritual».

De ordinario tan reservado en sus impulsos, aquí Chevalier parece estar desenfrenado. El nuevo Chevalier ya no se parece al de antes. Los interrogantes se atropellan en él con el mayor de­sorden: ¿Qué hay que añadir? ¿Dónde estoy? ¿A dónde vamos? ¡Qué luz y qué tinieblas! Las ver­dades se entrechocan, como soles que se encuen­tran en órbitas opuestas, llenando el mundo con los residuos de sus atmósferas cegadoras. ¿Dónde estamos? (S 75). Y esta emoción sobreviene en un momento de su vida en que la venida de Jesús (la Encarnación) se impone a su corazón como una exigencia del amor de Dios para con sus creaturas.

He aquí el corazón

 

Chevalier acaba de pasar revista a la creación, de los minerales a los vegetales, de los animales al hombre... Ahora es necesario que aparezca el «primer-nacido-entre-los-hombres», el que, según Tertuliano, sirvió de modelo al Padre al modelar el corazón de Adán. Pues la Encarnación no es, como algunos suponen, un accidente en la histo­ria agitada de Dios y de los hombres; y menos aún una genial improvisación de su Corazón para arreglar la desdichada falta de Adán y su increíble ceguera. La Encarnación está inscrita desde siempre en los planes de Dios.

Aquí dan ganas de hacer una larga pausa y rezar (meditar) con Chevalier el himno de la Carta a los Efesios: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo... Él nos destinó de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo... llevando la historia a su plenitud al constituir a Cristo en Cabeza de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra» (Ef 1, 3.5.10). Desde toda la eternidad, el hombre y Cristo están indisolublemente unidos el uno al otro.

Chevalier conoce a los buenos autores espirituales y su espera está toda impregnada de ellos: Jesús estaba en todos los misterios, en todos los sacrificios, en todos los sacramentos... Estaba allí como el día en la aurora, como la espiga en la semilla, como el niño en el seno de su madre; estaba allí como el objetivo final y, por consiguiente, como la razón que lo determina todo (Mons. Gay, De la Vie et des vertus chrétiennes, t.1, 34­35; S 16). Chevalier vive esta espera con tal intensidad, que conserva, se diría, sin cesar ante sus ojos el modelo que desde toda la eternidad ha ele­gido el Padre para mostrarse.

¿Es ésta la razón por la que, después de cada nueva revelación de lo que espera, le invade cier­ta desilusión? Ciertamente, lo que Dios muestra le colma; pero, ¡a qué distancia del modelo! (cf. S 70). El día en que por fin Dios se decida a lle­nar nuestros vacíos (nuestros tipos, como él dice), deberá enviarnos a su propio Hijo, Jesús, cuyo nombre... es un nombre de esperanza, puesto que significa Salvador... (M1 107).

 

Jesús, ternura de Dios, te alabamos...

Jesús, misterio de amor, te alabamos...

Jesús, fuente de vida, te alabamos...

Jesús, en lo profundo de nuestros corazones te alabamos...

(Plegaria MSC contemporánea).

 

¡La Encarnación! Grandioso misterio de la bondad divina (cf. 1 Tm 3, 16), cuya luz ilumi­nará toda la historia de la humanidad y que se ha manifestado, en cierta manera, con el mundo, a los ángeles en el cielo y a los hombres en la tierra... (S 15). Pero este Verbo increado que se revistió con el manto de nuestra carne, de la que no se despojará ya mas, a fin de manifestarnos hasta dónde puede llegar la caridad de Dios hacia nosotros, ¿de dónde viene? (S 15).

Chevalier no se pierde en confusas divagaciones. Va derecho a buscar la luz en «en el discípulo amado» que la noche del Jueves Santo se re­costó sobre el pecho del Maestro (y también en Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Clemente de Alejandría, Gertrudis y Tertuliano). Tejiendo los pensamientos de unos y otros, acaba por expresar lo que es verdaderamente su pensamiento personal. Todo lo que ha salido de la nada, desde un ángel hasta un gusanito, desde la brizna de hierba hasta la mota de polvo, es obra del Verbo, obra del amor. Todo ha sido creado por inspiración de este amor. Todos los seres sin excepción, animados o inanimados, estaban presentes en el Espíritu del Verbo antes de su creación. Vivían y existían en Él desde toda la eternidad, como en su causa, antes de existir efectivamente en sí mis­mos (S 115).

Desde entonces su meditación bucea casi sin aliento por los misterios de la Trinidad y nos hace entrever con toda profundidad el designio adorable del creador, que vincula indisolublemente el destino de Adán, el de Jesús y el de la humanidad entera: Por eso el Verbo veía... su santa humanidad que resumía todos los mundos... y en esa humanidad, su Corazón... Su Corazón, en el que está oculto el sol de justicia, donde reside el esplendor de la luz eterna, la fuente de la ciencia y de la verdad, es decir, en el Corazón de Cristo... (S 115). ¡Qué vorágine!

Aunque la devoción al Corazón de Jesús, a causa de las vicisitudes de su historia, no siempre está exenta de un sentimentalismo que la desvirtúa; aunque de la pluma de Chevalier salgan expresiones un poco anticuadas que extrañan y desentonan, no hay nada de empalagoso en su piedad. Ésta está arraigada en Juan: «En el prin­cipio existía el Verbo», y comenta: En su esencia, en su naturaleza, el Verbo es el Pensamiento de Dios, la Virtud de Dios; es su Imagen sustancial y la Irradiación de su gloria, es la Razón de las cosas, el Centro en el que todo subsiste, la Vida que se difunde en todos los seres; es la Fuerza y la Dulzura, el Poder y la Misericordia infinitos (S 117).

 

Jesús, vida eterna

 

Para meditar

«La gracia de Dios —dice san Pablo— es la vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor». La vida eterna: san Pablo no dice «una imitación de esta vida», o solamente «un derecho a poseerla más tarde», no; es la vida eterna en su misma realidad. Vida esencial e interior de Dios, dada pri­mero a Cristo por excelencia, en el adorable mis­terio de su Encarnación, y dada después a todos por Cristo, es decir, por su Corazón Sagrado, que es la suma viviente de su divino poder.. Jesucristo decía de esta vida: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna». No dijo: Tendrá; la tiene desde ahora. Es un germen que está depositado en su alma y que se desarrollará en el cielo, porque el cielo es la vida eterna en su forma final; pero esta vida tiene que tener su inicio desde aquí abajo, e incluso sólo puede comenzar aquí abajo: el que muere sin tenerla, no la tendrá jamás (S 241).

 

1. Día: Átomo ] 2. Día ¿Qué es el Hombre? ] 3. Día Apareced Sol ] 4. Día: Me diste un cuerpo ][ 5. Día: Síganme ] 6. Día: cansados ]
 
7. Día: el Pastor ] 8. Día: Corazón impaciente ] 9. Día: Don perfecto ] 10. Día: Corazón traspasado ][ 11. Día Contemplación ]
 
12. Día: Hombre nuevo ] 13. Día: Remedio de nuestros males ] 14. Día: Nuestra Señora SC ] 15. Día: Venid benditos ]


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