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Capítulo 1
HABIENDO
muchos tentado á poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han
sido ciertísimas,
Como nos lo
enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos, y fueron ministros
de la palabra;
Me ha
parecido también á mí, después de haber entendido todas las cosas desde el
principio con diligencia, escribírtelas por orden, oh muy buen Teófilo,
Para que
conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado.
HUBO en los días
de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la suerte de Abías;
y su mujer, de las hijas de Aarón, llamada Elisabet.
Y eran ambos
justos delante de Dios, andando sin reprensión en todos los mandamientos y
estatutos del Señor.
Y no tenían
hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran avanzados en días.
Y aconteció
que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios por el orden de su vez,
Conforme á la
costumbre del sacerdocio, salió en suerte á poner el incienso, entrando en el
templo del Señor.
Y toda la
multitud del pueblo estaba fuera orando á la hora del incienso.
Y se le
apareció el ángel del Señor puesto en pie á la derecha del altar del incienso.
Y se turbó
Zacarías viéndole, y cayó temor sobre Él.
Mas el ángel
le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer
Elisabet te parirá un hijo, y llamarás su nombre Juan.
Y tendrás
gozo y alegría, y muchos se gozarán de su nacimiento.
Porque será
grande delante de Dios, y no beberá vino ni sidra; y será lleno del Espíritu
Santo, aun desde el seno de su madre.
Y á muchos de
los hijos de Israel convertirá al Señor Dios de ellos.
Porque Él irá
delante de Él con el espíritu y virtud de Elías, para convertir los corazones
de los padres á los hijos, y los rebeldes á la prudencia de los justos, para
aparejar al Señor un pueblo apercibido.
Y dijo
Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? porque yo soy viejo, y mi mujer
avanzada en días.
Y
respondiendo el ángel le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy
enviado á hablarte, y á darte estas buenas nuevas.
Y he aquí
estarás mudo y no podrás hablar, hasta el día que esto sea hecho, por cuanto no
creíste á mis palabras, las cuales se cumplirán á su tiempo.
Y el pueblo
estaba esperando á Zacarías, y se maravillaban de que Él se detuviese en el
templo.
Y saliendo,
no les podía hablar: y entendieron que había visto visión en el templo: y Él
les hablaba por señas, y quedó mudo.
Y fué, que
cumplidos los días de su oficio, se vino á su casa.
Y después de
aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se encubrió por cinco meses,
diciendo:
Porque el
Señor me ha hecho así en los días en que miró para quitar mi afrenta entre los
hombres.
Y al sexto
mes, el ángel Gabriel fué enviado de Dios á una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret,
A una virgen
desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David: y el nombre de
la virgen era María.
Y entrando el
ángel á donde estaba, dijo, ¡Salve, muy favorecida! el Señor es contigo: bendita
tú entre las mujeres.
Mas ella,
cuando le vió, se turbó de sus palabras, y pensaba qué salutación fuese ésta.
Entonces el
ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia cerca de Dios.
Y he aquí,
concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y llamarás su nombre JESUS.
Este será
grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor Dios el trono de
David su padre:
Y reinará en
la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin.
Entonces
María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? porque no conozco varón.
Y
respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud
del Altísimo te hará sombra; por lo cual también lo Santo que nacerá, será
llamado Hijo de Dios.
Y he aquí, Elisabet
tu parienta, también ella ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes
á ella que es llamada la estéril:
Porque
ninguna cosa es imposible para Dios.
Entonces
María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase á mí conforme á tu palabra. Y
el ángel partió de ella.
En aquellos
días levantándose María, fué á la montaña con priesa, á una ciudad de Judá;
Y entró en casa
de Zacarías, y saludó á Elisabet.
Y aconteció,
que como oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre;
y Elisabet fué llena del Espíritu Santo,
Y exclamó á
gran voz, y dijo. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu
vientre.
¿Y de dónde
esto á mí, que la madre de mi Señor venga á mí?
Porque he
aquí, como llegó la voz de tu salutación á mis oídos, la criatura saltó de
alegría en mi vientre.
Y
bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas
de parte del Señor.
Entonces
María dijo: engrandece mi alma al Señor;
Y mi espíritu
se alegró en Dios mi Salvador,
Porque ha
mirado á la bajeza de su criada; Porque he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada
todas las generaciones.
Porque me ha
hecho grandes cosas el Poderoso; Y santo es su nombre.
Y su
misericordia de generación á generación A los que le temen.
Hizo valentía
con su brazo: Esparció los soberbios del pensamiento de su corazón.
Quitó los
poderosos de los tronos, Y levantó á los humildes.
A los
hambrientos hinchió de bienes; Y á los ricos envió vacíos.
Recibió á
Israel su siervo, acordándose de la misericordia.
Como habló á nuestros
padres A Abraham y á su simiente para siempre.
Y se quedó
María con ella como tres meses: después se volvió á su casa.
Y á Elisabet
se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo.
Y oyeron los
vecinos y los parientes que Dios había hecho con ella grande misericordia, y se
alegraron con ella.
Y aconteció,
que al octavo día vinieron para circuncidar al niño; y le llamaban del nombre
de su padre, Zacarías.
Y
respondiendo su madre, dijo: No; sino Juan será llamado.
Y le dijeron:
¿Por qué? nadie hay en tu parentela que se llame de este nombre.
Y hablaron
por señas á su padre, cómo le quería llamar.
Y demandando
la tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron.
Y luego fué
abierta su boca y su lengua, y habló bendiciendo á Dios.
Y fué un
temor sobre todos los vecinos de ellos; y en todas las montañas de Judea fueron
divulgadas todas estas cosas.
Y todos los que
las oían, las conservaban en su corazón, diciendo: ¿Quién será este niño? Y la
mano del Señor estaba con Él.
Y Zacarías su
padre fué lleno de Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:
Bendito el
Señor Dios de Israel, Que ha visitado y hecho redención á su pueblo,
Y nos alzó un
cuerno de salvación En la casa de David su siervo,
Como habló
por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio:
Salvación de
nuestros enemigos, y de mano de todos los que nos aborrecieron;
Para hacer
misericordia con nuestros padres, Y acordándose de su santo pacto;
Del juramento
que juró á Abraham nuestro padre, Que nos había de dar,
Que sin temor
librados de nuestros enemigos, Le serviríamos
En santidad y
en justicia delante de Él, todos los días nuestros.
Y tú, niño,
profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás ante la faz del Señor, para
aparejar sus caminos;
Dando
conocimiento de salud á su pueblo, Para remisión de sus pecados,
Por las entrañas
de misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó de lo alto el Oriente,
Para dar luz
á los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros
pies por camino de paz.
Y el niño
crecía, y se fortalecía en espíritu: y estuvo en los desiertos hasta el día que
se mostró á Israel.
Capítulo 2
Y ACONTECIÓ
en aquellos días que salió edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra
fuese empadronada.
Este
empadronamiento primero fué hecho siendo Cirenio gobernador de la Siria.
E iban todos
para ser empadronados, cada uno á su ciudad.
Y subió José
de Galilea, de la ciudad de Nazaret, á Judea, á la ciudad de David, que se
llama Bethlehem, por cuanto era de la casa y familia de David;
Para ser
empadronado con María su mujer, desposada con Él, la cual estaba encinta.
Y aconteció
que estando ellos allí, se cumplieron los días en que ella había de parir.
Y parió á su
hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y acostóle en un pesebre, porque no
había lugar para ellos en el mesón.
Y había
pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche
sobre su ganado.
Y he aquí el
ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de
resplandor; y tuvieron gran temor.
Mas el ángel
les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para
todo el pueblo:
Que os ha
nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
Y esto os
será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre.
Y
repentinamente fué con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, que
alababan á Dios, y decían:
Gloria en las
alturas á Dios, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.
Y aconteció
que como los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores dijeron los unos
á los otros: Pasemos pues hasta Bethlehem, y veamos esto que ha sucedido, que
el Señor nos ha manifestado.
Y vinieron
apriesa, y hallaron á María, y á José, y al niño acostado en el pesebre.
Y viéndolo,
hicieron notorio lo que les había sido dicho del niño.
Y todos los
que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.
Mas María
guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón.
Y se
volvieron los pastores glorificando y alabando á Dios de todas las cosas que
habían oído y visto, como les había sido dicho.
Y pasados los
ocho días para circuncidar al niño, llamaron su nombre JESUS; el cual le fué
puesto por el ángel antes que Él fuese concebido en el vientre.
Y como se cumplieron
los días de la purificación de ella, conforme á la ley de Moisés, le trajeron á
Jerusalem para presentarle al Señor,
(Como está
escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz, será llamado
santo al Señor),
Y para dar la
ofrenda, conforme á lo que está dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas,
ó dos palominos.
Y he aquí,
había un hombre en Jerusalem, llamado Simeón, y este hombre, justo y pío,
esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu Santo era sobre Él.
Y había
recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese
al Cristo del Señor.
Y vino por
Espíritu al templo. Y cuando metieron al niño Jesús sus padres en el templo,
para hacer por Él conforme á la costumbre de la ley.
Entonces Él
le tomó en sus brazos, y bendijo á Dios, y dijo:
Ahora
despides, Señor, á tu siervo, Conforme á tu palabra, en paz;
Porque han
visto mis ojos tu salvación,
La cual has
aparejado en presencia de todos los pueblos;
Luz para ser
revelada á los Gentiles, Y la gloria de tu pueblo Israel.
Y José y su
madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él.
Y los bendijo
Simeón, y dijo á su madre María: He aquí, éste es puesto para caída y para
levantamiento de muchos en Israel; y para señal á la que será contradicho;
Y una espada
traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los pensamientos de
muchos corazones.
Estaba
también allí Ana, profetisa, hija de Phanuel, de la tribu de Aser; la cual
había venido en grande edad, y había vivido con su marido siete años desde su
virginidad;
Y era viuda
de hasta ochenta y cuatro años, que no se apartaba del templo, sirviendo de
noche y de día con ayunos y oraciones.
Y ésta,
sobreviniendo en la misma hora, juntamente confesaba al Señor, y hablaba de Él
á todos los que esperaban la redención en Jerusalem.
Mas como
cumplieron todas las cosas según la ley del Señor, se volvieron á Galilea, á su
ciudad de Nazaret.
Y el niño
crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era
sobre Él.
E iban sus
padres todos los años á Jerusalem en la fiesta de la Pascua.
Y cuando fué
de doce años, subieron ellos á Jerusalem conforme á la costumbre del día de la
fiesta.
Y acabados
los días, volviendo ellos, se quedó el niño Jesús en Jerusalem, sin saberlo
José y su madre.
Y pensando
que estaba en la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los
parientes y entre los conocidos:
Mas como no
le hallasen, volvieron á Jerusalem buscándole.
Y aconteció, que
tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores,
oyéndoles y preguntándoles.
Y todos los
que le oían, se pasmaban de su entendimiento y de sus respuestas.
Y cuando le
vieron, se maravillaron; y díjole su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así?
He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con dolor.
Entonces Él
les dice: ¿Qué hay? ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de
mi Padre me conviene estar?
Mas ellos no
entendieron las palabras que les habló.
Y descendió
con ellos, y vino á Nazaret, y estaba sujeto á ellos. Y su madre guardaba todas
estas cosas en su corazón.
Y Jesús
crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres.
Capítulo 3
Y EN el año
quince del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato,
y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la
provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
Siendo sumos
sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra del Señor sobre Juan, hijo de Zacarías,
en el desierto.
Y Él vino por
toda la tierra al rededor del Jordán predicando el bautismo del arrepentimiento
para la remisión de pecados;
Como está
escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías que dice: Voz del que
clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor, Haced derechas sus sendas.
Todo valle se
henchirá, Y bajaráse todo monte y collado; Y los caminos torcidos serán
enderezados, Y los caminos ásperos allanados;
Y verá toda
carne la salvación de Dios.
Y decía á las
gentes que salían para ser bautizadas de Él: ¡Oh generación de víboras, quién
os enseñó á huir de la ira que vendrá?
Haced, pues,
frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis á decir en vosotros mismos:
Tenemos á Abraham por padre: porque os digo que puede Dios, aun de estas
piedras, levantar hijos á Abraham.
Y ya también
el hacha está puesta á la raíz de los árboles: todo árbol pues que no hace buen
fruto, es cortado, y echado en el fuego.
Y las gentes
le preguntaban, diciendo: ¿Pues qué haremos?
Y respondiendo,
les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué
comer, haga lo mismo.
Y vinieron
también publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
Y Él les
dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.
Y le
preguntaron también los soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les
dice: No hagáis extorsión á nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestras
pagas.
Y estando el
pueblo esperando, y pensando todos de Juan en sus corazones, si Él fuese el
Cristo,
Respondió
Juan, diciendo á todos: Yo, á la verdad, os bautizo en agua; mas viene quien es
más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de sus zapatos:
Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego;
Cuyo bieldo
está en su mano, y limpiará su era, y juntará el trigo en su alfolí, y la paja
quemará en fuego que nunca se apagará.
Y
amonestando, otras muchas cosas también anunciaba al pueblo.
Entonces
Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Él á causa de Herodías, mujer de
Felipe su hermano, y de todas las maldades que había hecho Herodes,
Añadió
también esto sobre todo, que encerró á Juan en la cárcel.
Y aconteció
que, como todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fué bautizado; y orando,
el cielo se abrió,
Y descendió
el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y fué hecha una voz
del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.
Y el mismo
Jesús comenzaba á ser como de treinta años, hijo de José, como se creía; que
fué hijo de Elí,
Que fué de
Mathat, que fué de Leví, que fué Melchî, que fué de Janna, que fué de José,
Que fué de
Mattathías, que fué de Amós, que fué de Nahum, que fué de Esli,
Que fué de
Naggai, que fué de Maat, que fué de Matthathías, que fué de Semei, que fué de
José, que fué de Judá,
Que fué de
Joanna, que fué de Rhesa, que fué de Zorobabel, que fué de Salathiel,
Que fué de
Neri, que fué de Melchî, que fué de Abdi, que fué de Cosam, que fué de Elmodam,
que fué de Er,
Que fué de
Josué, que fué de Eliezer, que fué de Joreim, que fué de Mathat,
Que fué de
Leví, que fué de Simeón, que fué de Judá, que fué de José, que fué de Jonán,
que fué de Eliachîm,
Que fué de
Melea, que fué de Mainán, que fué de Mattatha, que fué de Nathán,
Que fué de
David, que fué de Jessé, que fué de Obed, que fué de Booz, que fué de Salmón,
que fué de Naassón,
Que fué de Aminadab, que fué de Aram, que fué de
Esrom, que fué de Phares,
Que fué de Judá, que fué de Jacob, que fué de Isaac,
que fué de Abraham, que fué de Thara, que fué de Nachôr,
Que fué de Saruch, que fué de Ragau, que fué de
Phalec, que fué de Heber,
Que fué de Sala, que fué de Cainán, Arphaxad, que fué
de Sem, que fué de Noé, que fué de Lamech,
Que fué de Mathusala, que fué de Enoch, que fué de
Jared, que fué de Maleleel,
Que fué de Cainán, que fué de Enós, que fué de Seth,
que fué de Adam, que fué de Dios.
Capítulo 4
Y JESÚS,
lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fué llevado por el Espíritu al
desierto
Por cuarenta
días, y era tentado del diablo. Y no comió cosa en aquellos días: los cuales
pasados, tuvo hambre.
Entonces el
diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di á esta piedra que se haga pan.
Y Jesús
respondiéndole, dijo: Escrito está: Que no con pan solo vivirá el hombre, mas
con toda palabra de Dios.
Y le llevó el
diablo á un alto monte, y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos de
la tierra.
Y le dijo el
diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque á mí es
entregada, y á quien quiero la doy:
Pues si tú
adorares delante de mí, serán todos tuyos.
Y
respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: A tu
Señor Dios adorarás, y á Él solo servirás.
Y le llevó á
Jerusalem, y púsole sobre las almenas del templo, y le dijo: Si eres Hijo de
Dios, échate de aquí abajo:
Porque
escrito está: Que á sus ángeles mandará de ti, que te guarden;
Y En las
manos te llevarán, Porque no dañes tu pie en piedra.
Y
respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
Y acabada
toda tentación, el diablo se fué de Él por un tiempo.
Y Jesús volvió
en virtud del Espíritu á Galilea, y salió la fama de Él por toda la tierra de
alrededor,
Y enseñaba en
las sinagogas de ellos, y era glorificado de todos.
Y vino á
Nazaret, donde había sido criado; y entró, conforme á su costumbre, el día del
sábado en la sinagoga, y se levantó á leer.
Y fuéle dado
el libro del profeta Isaías; y como abrió el libro, halló el lugar donde estaba
escrito:
El Espíritu
del Señor es sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas á los
pobres: Me ha enviado para sanar á los quebrantados de corazón; Para pregonar á
los cautivos libertad, Y á los ciegos vista; Para poner en libertad á los
quebrantados:
Para predicar
el año agradable del Señor.
Y rollando el
libro, lo dió al ministro, y sentóse: y los ojos de todos en la sinagoga
estaban fijos en Él.
Y comenzó á
decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos.
Y todos le
daban testimonio, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían
de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?
Y les dijo:
Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate á ti mismo: de tantas cosas que
hemos oído haber sido hechas en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.
Y dijo: De
cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su tierra.
Mas en verdad
os digo, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo
fué cerrado por tres años y seis meses, que hubo una grande hambre en toda la
tierra;
Pero á
ninguna de ellas fué enviado Elías, sino á Sarepta de Sidón, á una mujer viuda.
Y muchos
leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fué
limpio, sino Naamán el Siro.
Entonces
todos en la sinagoga fueron llenos de ira, oyendo estas cosas;
Y
levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del
monte sobre el cual la ciudad de ellos estaba edificada, para despeñarle.
Mas Él,
pasando por medio de ellos, se fué.
Y descendió á
Capernaum, ciudad de Galilea. Y los enseñaba en los sábados.
Y se
maravillaban de su doctrina, porque su palabra era con potestad.
Y estaba en
la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de un demonio inmundo, el cual
exclamó á gran voz,
Diciendo:
Déjanos, ¿qué tenemos contigo Jesús Nazareno? ¿has venido á destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios.
Y Jesús le
increpó, diciendo: Enmudece, y sal de Él. Entonces el demonio, derribándole en
medio, salió de Él, y no le hizo daño alguno.
Y hubo
espanto en todos, y hablaban unos á otros, diciendo: ¿Qué palabra es ésta, que
con autoridad y potencia manda á los espíritus inmundos, y salen?
Y la fama de
Él se divulgaba de todas partes por todos los lugares de la comarca.
Y
levantándose Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón: y la suegra de Simón
estaba con una grande fiebre; y le rogaron por ella.
E
inclinándose hacia ella, riñó á la fiebre; y la fiebre la dejó; y ella
levantándose luego, les servía.
Y poniéndose
el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades, los traían á
Él; y Él poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.
Y salían
también demonios de muchos, dando voces, y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.
Mas riñéndolos no les dejaba hablar; porque sabían que Él era el Cristo.
Y siendo ya
de día salió, y se fué á un lugar desierto: y las gentes le buscaban, y
vinieron hasta Él; y le detenían para que no se apartase de ellos.
Mas Él les
dijo: Que también á otras ciudades es necesario que anuncie el evangelio del
reino de Dios; porque para esto soy enviado.
Y predicaba
en las sinagogas de Galilea.
Capítulo 5
Y ACONTECIÓ,
que estando Él junto al lago de Genezaret, las gentes se agolpaban sobre Él
para oir la palabra de Dios.
Y vió dos
barcos que estaban cerca de la orilla del lago: y los pescadores, habiendo
descendido de ellos, lavaban sus redes.
Y entrado en
uno de estos barcos, el cual era de Simón, le rogó que lo desviase de tierra un
poco; y sentándose, enseñaba desde el barco á las gentes.
Y como cesó
de hablar, dijo á Simón: Tira á alta mar, y echad vuestras redes para pescar.
Y
respondiendo Simón, le dijo: Maestro, habiendo trabajado toda la noche, nada hemos
tomado; mas en tu palabra echaré la red.
Y habiéndolo
hecho, encerraron gran multitud de pescado, que su red se rompía.
E hicieron
señas á los compañeros que estaban en el otro barco, que viniesen á ayudarles;
y vinieron, y llenaron ambos barcos, de tal manera que se anegaban.
Lo cual
viendo Simón Pedro, se derribó de rodillas á Jesús, diciendo: Apártate de mí,
Señor, porque soy hombre pecador.
Porque temor
le había rodeado, y á todos los que estaban con Él, de la presa de los peces
que habían tomado;
Y asimismo á
Jacobo y á Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo á
Simón: No temas: desde ahora pescarás hombres.
Y como
llegaron á tierra los barcos, dejándolo todo, le siguieron.
Y aconteció
que estando en una ciudad, he aquí un hombre lleno de lepra, el cual viendo á
Jesús, postrándose sobre el rostro, le rogó, diciendo: Señor, si quieres,
puedes limpiarme.
Entonces,
extendiendo la mano, le tocó diciendo: Quiero: sé limpio. Y luego la lepra se
fué de Él.
Y Él le mandó
que no lo dijese á nadie: Mas ve, díjole, muéstrate al sacerdote, y ofrece por
tu limpieza, como mandó Moisés, para testimonio á ellos.
Empero tanto
más se extendía su fama: y se juntaban muchas gentes á oir y ser sanadas de sus
enfermedades.
Mas Él se
apartaba á los desiertos, y oraba.
Y aconteció
un día, que Él estaba enseñando, y los Fariseos y doctores de la ley estaban sentados,
los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y
Jerusalem: y la virtud del Señor estaba allí para sanarlos.
Y he aquí
unos hombres, que traían sobre un lecho un hombre que estaba paralítico; y
buscaban meterle, y ponerle delante de Él.
Y no hallando
por donde meterle á causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el
tejado le bajaron con el lecho en medio, delante de Jesús;
El cual,
viendo la fe de ellos, le dice: Hombre, tus pecados te son perdonados.
Entonces los
escribas y los Fariseos comenzaron á pensar, diciendo: ¿Quién es éste que habla
blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?
Jesús
entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué
pensáis en vuestros corazones?
¿Qué es más
fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, ó decir: Levántate y anda?
Pues para que
sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar pecados,
(dice al paralítico): A ti digo, levántate, toma tu lecho, y vete á tu casa.
Y luego,
levantándose en presencia de ellos, y tomando aquel en que estaba echado, se
fué á su casa, glorificando á Dios.
Y tomó
espanto á todos, y glorificaban á Dios; y fueron llenos del temor, diciendo: Hemos
visto maravillas hoy.
Y después de
estas cosas salió, y vió á un publicano llamado Leví, sentado al banco de los
públicos tributos, y le dijo: Sígueme.
Y dejadas
todas las cosas, levantándose, le siguió.
E hizo Leví gran
banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros, los
cuales estaban á la mesa con ellos.
Y los
escribas y los Fariseos murmuraban contra sus discípulos, diciendo: ¿Por qué
coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?
Y
respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no necesitan médico, sino los
que están enfermos.
No he venido
á llamar justos, sino pecadores á arrepentimiento.
Entonces
ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen
oraciones, y asimismo los de los Fariseos, y tus discípulos comen y beben?
Y Él les
dijo: ¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el
esposo está con ellos?
Empero
vendrán días cuando el esposo les será quitado: entonces ayunarán en aquellos
días.
Y les decía
también una parábola: Nadie mete remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de
otra manera el nuevo rompe, y al viejo no conviene remiendo nuevo.
Y nadie echa
vino nuevo en cueros viejos; de otra manera el vino nuevo romperá los cueros, y
el vino se derramará, y los cueros se perderán.
Mas el vino
nuevo en cueros nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conserva.
Y ninguno que
bebiere del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.
Capítulo 6
Y ACONTECIÓ
que pasando Él por los sembrados en un sábado segundo del primero, sus
discípulos arrancaban espigas, y comían, restregándolas con las manos.
Y algunos de los
Fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito hacer en los sábados?
Y
respondiendo Jesús les dijo: ¿Ni aun esto habéis leído, qué hizo David cuando
tuvo hambre, Él, y los que con Él estaban;
Cómo entró en
la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición, y comió, y dió también á
los que estaban con Él, los cuales no era lícito comer, sino á solos los
sacerdotes?
Y les decía.
El Hijo del hombre es Señor aun del sábado.
Y aconteció
también en otro sábado, que Él entró en la sinagoga y enseñaba; y estaba allí
un hombre que tenía la mano derecha seca.
Y le
acechaban los escribas y los Fariseos, si sanaría en sábado, por hallar de qué
le acusasen.
Mas Él sabía
los pensamientos de ellos; y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate,
y ponte en medio. Y Él levantándose, se puso en pie.
Entonces
Jesús les dice: Os preguntaré un cosa: ¿Es lícito en sábados hacer bien, ó
hacer mal? ¿salvar la vida, ó quitarla?
Y mirándolos
á todos alrededor, dice al hombre: Extiende tu mano. Y Él lo hizo así, y su
mano fué restaurada.
Y ellos se
llenaron de rabia; y hablaban los unos á los otros qué harían á Jesús.
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